Nostalgias / MI VIDA CON RENNY, por Antonio Llerandi

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Renny fue el personaje más importante de la televisión venezolana por décadas.

No significa que haya vivido con Renny (Renaldo José Ottolina Pinto, 1928-1978) ni nada por el estilo, sino que como a todo venezolano de la segunda mitad del siglo XX, Renny tuvo algo que ver con nuestras vidas. 

En mi caso particular tuve dos encuentros casuales con él, que guarda mi memoria. Era yo un adolescente cuando Renny era el conductor de un programa de preguntas que se realizaba en el Pequeño Teatro del Este, en la Plaza Venezuela, y era transmitido en vivo por RCTV.  En una aventura de la edad, algunos compañeros de clases y yo obtuvimos los pases para el programa semanal. Al momento de acudir nos era entregado un número en la entrada y durante el programa sorteaban esos números para decidir quién participaba, absolutamente al azar.  Dio la casualidad que me tocó a mí.  Acudí temeroso ante el estrado y Renny procedió a interrogarme con las preguntas escogidas. No las recuerdo, pero sí que contesté correctamente las dos primeras. A la tercera me eliminaron, esa sí la recuerdo. Hicieron sonar una música que debía nombrar.  Mi escasa cultura musical, aunada a la corta edad, me lo impidió. Se trataba del Baile de los cisnes de Tchaikovsky. Eso no lo olvidaré jamás. Renny procedió a entregarme mi premio, algo así como 20 bolívares por cada pregunta —un monto considerable para la época—, y se me quedó mirando, como analizándome, y me dijo “sí, pareces mayor” y me entregó como compensación un cartón de cigarrillos Viceroy. Evidentemente lo de mayor se refería a la edad, más de 18, lo cual produjo en mí, desde luego, un engrandecimiento del ego, pues calculo que andaría en los 16, y aunque no fumaba —nunca lo he hecho— aquel cartón de cigarrillos era una muestra indiscutible de éxito.

Muchos años después, me tocó dirigirlo en un comercial de productos Kellogg. El comercial era muy simple, se trataba de él con una caja de algún producto y su locución. Llegó en punto a la filmación, fue muy cordial con todo el equipo y cuando le señalé su posición y la ubicación de la cámara, se colocó y, desde la primera toma, emitió su texto de memoria, con toda la soltura del caso y en los 28 segundos exactos que se requerían por la duración del comercial.  Por no dejar, en parte por protección y en parte por justificar con la agencia publicitaria nuestro trabajo, hicimos dos tomas extras. Todas —las tres— fueron similares y su texto, sin errores, en los 28 segundos necesarios. Imposible más profesional.

Cuando mi compadre y hermano del alma, Reinaldo de los Llanos, y su cuñado Raúl Gómez tenían una empresa cinematográfica y éramos socios en equipos de filmación y montaje, ellos realizaron la campaña publicitaria dónde Renny era el presentador, acerca de las maneras correctas de comportarse en el tráfico vehicular y peatonal. Esa campaña aún se recuerda por su eficacia y consecuencias, aunque estos se hayan diluido con el tiempo.

Hasta aquí mis vínculos lejanos con Renny. Pero como todo venezolano que vivió su época, Renny fue una presencia indiscutible en mi vida. Era un personaje imprescindible en la cotidianidad, no sólo con su programa diario sino con el espectáculo semanal donde presentaba a las más importantes estrellas de la música mundial. El desfile de cantantes y músicos de valía universal por su programa fue gigantesco. No hubo ninguno significativo que no apareciera. Quizás la excepción fue Frank Sinatra, quien estuvo a punto de participar, pero discrepancias acerca del sitio de actuación lo impidieron. Sinatra quiso hacerlo desde el hotel donde se hospedaría, negándose a ir al estudio, y en eso Renny fue inflexible. Debo añadir que para esa época todos los participantes lo hacían en vivo, nada de grabaciones previas, ni doblajes de voces, ni nada por el estilo, máximo una pista musical. Eran otros tiempos, la interpretación era fundamental, no solo la presencia.

Renny fue el personaje más importante de la televisión venezolana por décadas. Sus programas los transmitía la desaparecida RCTV. Pero había una diferencia —una gran diferencia— entre él y los demás, No era un empleado del canal, era un productor independiente que manejaba su programa y todo lo que a él se refería con absoluta libertad. Su acuerdo con el canal era exclusivamente económico, los patrocinadores y su cobro eran de Renny, no del canal. Disfrutaba de una independencia excepcional, única diría yo. El valor de su rating y de la calidad de sus programas, le aseguraban ese poder. Los que trabajaban con él eran sus empleados, no del canal.  El canal era solamente el vehículo a través del cual se comunicaba. Eso lo hacía diferente.

Esa diferencia era lo que permitía la calidad de sus emisiones. Las decisiones dependían exclusivamente de él. El canal era solamente su soporte. Esa independencia fue la que le permitió hacer las cosas que hizo, pero también, desgraciadamente, fue la que lo hundió.  Su éxito fue tal, su importancia fue tal, su independencia fue tal, que a los ojos de los empresarios y los gobiernos se convirtió en un individuo peligroso. El peligro de ser independiente, de no someterse a las limitaciones de las componendas, fue lo que acabó con él. Como comunicador, porque su fin como ser humano vino después. Llegó un momento en que los canales privados, el 2 de RCTV, el 4 de Venevisión y el 8 que también era privado, decidieron vetarlo. Se salía de control, era demasiado peligroso para el poder que ellos manejaban.  En ese momento, el canal 8 que, en manos privadas, estaba tratando de ganar una porción del mercado —que casi monopolísticamente manejaban el 2 y el 4— le convidó a que trabajara con ellos, la propuesta era igualmente tentadora, como ofensiva, le ofrecieron la dirección del canal, pero con una condición, que él nunca apareciera en cámara. La operación de los empresarios del 2, el 4 y el 8 fue contundente, mataron la imagen de Renny, mucho antes que su muerte física. Después hizo intentos en la radio, pero no fue lo mismo, nunca fue lo mismo.

La vida de Renny fue sumamente contradictoria, un hombre de éxito público, una figura exageradamente notoria, con una carrera extraordinaria, con una influencia pública indiscutible, pero, por el contrario, con una vida personal y familiar con muchas dificultades, un divorcio de su matrimonio, muchas, muchísimas amantes, era un hombre muy deseado, unos hijos con problemas, una hija paralítica producto de un accidente, un hijo con parálisis cerebral.  En fin, un tormento de vida privada. Un gran conflicto entre el éxito por fuera y el dolor por dentro. Un solitario rodeado de multitudes.

El final de Renny fue su incursión en la política. Aupado por su popularidad, a pesar de los intentos de los empresarios por hacerlo desaparecer, buscó cobijo en tratar de caminar por los senderos de la política, quizás pensando en serle útil a su país. Aquí su andar fue también contradictorio. Durante sus programaciones —cuando aún trabajaba en televisión— fue sumamente polémico con muchos aspectos de la realidad nacional. Fue crítico de las autoridades universitarias, concretamente de la UCV y de su rector Jesús María Bianco, por las circunstancias políticas dentro del recinto universitario y su permisibilidad de actuaciones no cónsonas —para él— con la actitud democrática. En fin, Renny polemizó con muchos aspectos de la vida nacional.  Y castrado con su aparición pública, por lo menos en TV, se lanzó en una carrera política. Tengo la impresión que lo hizo por varias razones. En primer lugar, porque era un hombre que le gustaba la notoriedad, que no le interesaba quedarse tranquilo y que, desde luego, le importaba el país. Pero por otro lado pienso que hubo mucha gente que lo ensalzó, no necesariamente de la mejor manera, tratando de convertirlo en un líder político, quizás para poder aprovecharse a futuro de su posible poder, obtener un curul a su costa, por ejemplo.  Pienso que muchos de los que lo rodearon, a lo mejor no todos, le calentaron la cabeza con algunas ilusiones. Renny asumió ese rol, como todo lo que había hecho, a plenitud.  Se dedicó a la política, y esa fue su perdición.  Ahí murió.

Muchos nostálgicos criollos, buscando asideros milagrosos, hablan de “sí Renny hubiese sido presidente”, pero contrariamente a esos profesionales de la ilusión, creo que no lo habría logrado, incluso en una contienda democrática. Tenía arrastre popular, pero le faltaba la estructura partidista, la organización nacional para acceder a los votantes y lograr la victoria. Lo había comenzado con algunos colaboradores, pero pienso que el tiempo no le hubiera alcanzado. Creo que —de haber participado en esas elecciones— su no ganancia hubiese sido otro golpe para él. Todo esto es especulación, pues la realidad se fue por otros caminos. En todo caso se convirtió también en un individuo indeseado por los políticos, como lo había sido con los empresarios televisivos.

En algún momento de mi vida cinematográfica pensé —e hice algunas investigaciones para hacerla— realizar una película sobre él, sobre su vida.  Entrevisté algunas personas, recopilé algún material, averigüé su historia, borroneé algunas páginas, pensé en mi entrañable amigo Gustavo Rodríguez para que lo interpretara, pero todo lo detuve cuando Renny murió. Con él murió mi proyecto. Me lo había pensado como polémico, cómo era él, incluso confrontándolo con él mismo. Pero no fue posible, Renny se murió muy pronto, como tantas otras cosas en Venezuela.

Hoy en día, mi amiga y cómplice de algunas aventuras cinematográficas, Mariella Pérez, se encuentra abocada a la realización de un largo documental sobre él. Tarea ardua pero necesaria. En este dolor actual que estamos viviendo, aquello que nos acerque a nuestra memoria, a lo que hemos sido, es importante. Es una manera de seguir trascendiendo a pesar de las dificultades.  El cine sirve para eso.

Hace ya muchos años, debido a mi amistad con Raúl Gómez, quién era sobrino de la esposa de Renny, René, pude entrar a la casa de Renny. Se había construido una súper mansión en Colinas del Tamanaco en Caracas. Allí vivió gran parte de su vida, incluso después de divorciarse de su esposa.  Se construyó un pequeño apartamento al lado de la piscina y allí habitó sus últimos años. Una manera, extraña —pero una manera— de seguir cerca de su familia. Era una mansión hecha a todo trapo, con baños con griferías de oro, grandes jardines, habitaciones deslumbrantes, cocina gigantesca, una vista total sobre el valle de Caracas, y en el garaje podía haber cuatro o cinco carros de los más costosos. A Renny le fascinaban los carros de carrera, incluso compitió con ellos, pero dejó de hacerlo pues lo consideró peligroso.

En el momento que yo visité esa casa, había dejado de ser la mansión que era. Mi amigo Raúl había llegado a vivir en ese mini apartamento al lado de la piscina, divorciado él, al igual que Renny, pero Renny ya no existía. Había fallecido hacía unos años en un accidente nada aclarado, con muchas confusiones u omisiones de por medio, donde la prensa se hizo eco de muchísimas especulaciones. Unas involucraban de alguna manera a Diego Arria, a la sazón ministro de CAP, a quien éste destituyó inmediatamente a la muerte de Renny, auspiciando las intrigas. Y encima un tiempo después Molina Gásperi, director del grupo Gato de la PTJ, involucrado también por algunos, falleció en un accidente similar.  Avionetas que se estrellan y que dejan pocas huellas, pocos indicios, que muchas veces se volatilizan.

Décadas después, esas imágenes de un personaje extraordinario, de esa casa esplendorosa, de tanta historia de país, se me mezclan con las últimas que tuve de esa mansión, en ruinas, en indudable abandono, en destrucción y desaparición, como ocurrió un tiempo después, y evidentemente pienso en Venezuela —en mi Venezuela— que lamentablemente está viviendo algo similar.  Otra avioneta que volaba libre y feliz y que de repente se estrella.

 

 

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