Fragmentos de una mujer / EL DUELO Y SUS ESPACIOS, por Héctor Concari

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La película se llena de pequeños detalles, los ángulos se confunden alternativamente con los de los protagonistas o sus familiares que empiezan a desfilar y revelar un cuadro actoral de envidia.

La película comienza con una falsa impresión de cotidianidad, mostrando un obrero portuario en un día cualquiera. Una escena en la cual el único elemento llamativo es el virtuosismo del plano secuencia, un procedimiento —dicho sea de paso— del cual abusa el cine contemporáneo, engolosinado como está por los avances de la técnica.

Pero junto a este protagonista está su entorno, pintado con precisión, porque hay una suegra que combina con dosis exactas el poder y la precisión. Y además está ese clima grisáceo de un Boston otoñal en el cual se instalará el drama. La secuencia siguiente coquetea a la vez con el genio, la actuación magistral, el renovado virtuosismo de una cámara ágil que siempre se ubica donde debe y el abismo al cual se van a ver precipitados los personajes. Porque se trata de un parto, pero por motivos que apenas si conoceremos, como conoceremos poco de la vida anterior de los personajes, han elegido la casa como su escenario. Y esa cámara que al principio se mostraba amistosa y seguía una vida sin sobresaltos, se encabrita a medida que los contratiempos se suman. La partera asignada no está disponible, la que la reemplaza transmite un aire de solidaridad tras el cual creemos adivinar una cierta inseguridad. Y la escena gira, persistente y sin pausa posible —porque los planos secuencia tienen esa particularidad, no dan espacio para el respiro o el parpadeo— a la catástrofe. Y el bebe muere, cuando no ha transcurrido ni un cuarto de película.

Lo que sigue es un lento aprendizaje, de lo que no se aprenderá nunca: la elaboración del duelo. La película lo aborda desde dos ópticas. La primera ya la hemos conocido. Todo ha ocurrido en septiembre, al comienzo del otoño, y las fechas del calendario van cayendo como guillotinas en los meses que siguen, en la Boston plomiza que ya hemos visto. La segunda es la presencia de una cámara, tal vez no tan cruel como en la secuencia que precipita el drama, pero acaso más refinada y más curiosa.

La película se llena de pequeños detalles, los ángulos se confunden alternativamente con los de los protagonistas o sus familiares que empiezan a desfilar y revelar un cuadro actoral de envidia. A los excelentes Vanessa Kirby y Shia LaBoeuf se agrega Ellen Burstyn. Las coincidencias no existen en el cine. Ellen Burstyn es (lo seguirá siendo de por vida) casi cincuenta años después, la madre torturada de la niña de El exorcista. Y su vejez nos la trae ahora en un contexto radicalmente diferente pero igualmente plomizo, como suegra pudiente económicamente, dispuesta a digitar el núcleo al cual persona alguna puede asomarse: la necesidad de reconstruir una vida después de una pérdida radical.

Toda la película rota entonces en torno a Vanessa Kirby y cada personaje encuentra un ángulo, igualmente desequilibrador e inútil. Una amiga de la madre surge de la nada, una parienta remota puede ayudar legalmente (pero supone una trampa que no se debe revelar). El personaje más importante, sin duda, es la madre, porque todo indica que, aunque hay distancias innegociables, solo una madre consumada puede entender a una madre fallida. Pero el ascendiente personal, que no deja de ser una forma de poder, no es un camino viable para la sanación. Porque, y esto la película lo deja claro, la protagonista tiene por delante una ruta que es intransferiblemente personal y solo ella puede llegar al fondo de su dolor y a partir de allí reconstruirse. Veremos su posible resolución en una escena de juzgado acaso inverosímil, pero que pasa agachada porque el final guarda la carga de poesía y de enigma que un drama de estas características exige.

Es un filme abismal, narrado con la puntería y la sencillez (que no es lo mismo que simplicidad) de los grandes. Acaso quepa reprocharle algún minuto de más. Pero la articulación de actuaciones mayores, una fotografía que jamás pierde de vista el tono vital de los personajes y un trabajo de cámara superior hacen de estos fragmentos de una mujer una de las grandes películas en lo que va del año.

Fragmentos de una mujer (Pieces of a Woman). Estados Unidos 2020. Director Komel Mundruczo. Con Vanessa Kirby, Shia La Boeuf, Ellen Burstyn. En Netflix.

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