La normalidad / EL INFIERNO TAN TEMIDO, por Fernando Yurman

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Cuando llegue la inmunización no habrá inmunidad para los impulsos destructivos.

Quizás no sea azaroso que sea precisamente Israel —primer país casi enteramente vacunado, de verificada inmunización, recientemente entrado en la flamante ‘normalidad’— el sujeto actual del brusco y enorme zarandeo de todos sus pilares conflictivos. Este pasaje de una plaga a otra tiene el carácter de una admonición bíblica y tienta a la interpretación oportunista de todos los ángulos políticos.

Creo, no obstante, que posiblemente sea el adelanto experimental de algo que sucederá en muchas partes: el comienzo de una era radicalizada, sin las referencias que antes frenaban, dosificaban o acompañaban reflexivamente los acontecimientos.

No es sorprendente la masiva mirada tendenciosa y critica, enriquecida con manifestaciones de aquellos que nunca levantaron un dedo por los sucesos de Birmania, el secreto genocidio chino, la brutalidad turca o rusa, la infame degradación chavista o de Corea del Norte. Es solo el remate triste de una historia moral.

Después de la Primera Guerra Mundial, la pérdida masiva de los influjos de la Ilustración suscitaron, entre otras transformaciones, el resignado derrotero teórico de Sigmund Freud hacia una plausible pulsión de muerte. Esa presencia fue primero advertida como tendencia autodestructiva por la psicoanalista Sabina Spielrin, que murió fusilada en Rostov por los nazis. No sabemos si sus especulaciones teóricas fueron abonadas por la abusiva relación con Jung o por la Primera Guerra, pero vicisitudes de la Segunda las confirmaron plenamente. Una ascendente destructividad, el mal, la sombra oscura, suceden cíclicamente, pero con nuevas lecturas. No obstante, hace décadas que suele ser el Medio Oriente lo que vuelve a los bien pensantes a sus orígenes morales, a los saludables prejuicios de antaño, esa facilidad de entender el mal de una sola vez. Quizás por eso no advierten que sus sociedades han resquebrajado los mismos ladrillos, erosionados por esta pandemia sin edad; buena parte de sus paredes apenas sostienen certezas de opinión y cuando llegue la inmunidad empezaran a soltar el revoque improvisado. El fascismo que impera en Europa, el nazismo en Alemania, el populismo inglés o el oscurantismo francés, no es el de la anterior guerra mundial. Resulta una sustancia más fluida, ya naturalizada y primaria, tan arbitraria y pasajera como cualquier otra. Por ejemplo, el humanismo, los valores trascendentes o el respeto, ahora tibios fósiles del Otro como referencia.

Cuando vuelvan a llenarse las autopistas, bares y hoteles, volverá casi todo lo normal, meno algo inasible y sin peso: el sentido humano de la especie. La facilidad de los asesinatos familiares y vecinales en EEUU ilustra que ya la gente está dejando de discutir, no sabe hablar, ni buscan pensar mucho. No les gusta simplemente y entonces disparan la escopeta. Y eso crece. Una herencia de la pandemia fue el miserable comportamiento de la mayoría de los políticos y estadistas, el despiadado abandono de valores que siempre parecieron centrales, relevantes para la dignidad ciudadana. Y eso hará síntomas en la pos pandemia, eso se acumuló en la tierra de nadie de una nueva condición humana. Ya había ocurrido de sociedades y países que tienen una conducta suicida frente a lo nuevo, como ocurre con los lemings cíclicamente o las ballenas cuando pierden la orientación. Ha pasado con países. El chavismo, por ejemplo, fue un ejemplar gesto suicida de toda una sociedad. El problema con esos suicidios nacionales es que la víctima sigue viva, tiene tiempo para mirar pasar su propio cadáver.

Cuando llegue la inmunización no habrá inmunidad para los impulsos destructivos. Eso no estará, se huele la muerte del hombre como entidad distinguida, aquel resplandor ético protector que solía solidarizar los grupos. Lo que Israel estrena en esta ‘normalidad’ es el nuevo mundo a secas, sin apariencias ni anestesia, porque ya nadie logra siquiera disfrazarse.

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