Los desorientados / REENCUENTRO EN LA GUERRA CIVIL, por María Dolores Ara

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Amin Maalouf, escritor libanés residenciado en París y miembro de la Academia Francesa.

“También el odio contra la bajeza desfigura las facciones. También la ira contra la injusticia pone ronca la voz.”

Bertold Brecht

En el 2012, Amin Maalouf, escritor libanés residenciado en París y miembro de la Academia Francesa, escribe esta novela emotiva, entrañable y personal sobre un país desfigurado por emociones violentas que busca su sentido a través de las voces de unos hijos desperdigados, adoloridos y rotos que no consiguen entender ni entenderse.

Usando cartas y diarios, la narración se erige sobre sentimientos y vivencias íntimas que se concentran en los 16 días que dura el viaje del protagonista, Adam, a su tierra natal, luego de veinte años de ausencia. Esta cita entre el país y el hombre, entre la patria escindida y el renegado se cumple por obra y gracia de la muerte: ha fallecido un antiguo amigo de juventud, Mourad, y esa ausencia convoca el reencuentro de los antiguos miembros de una pandilla estudiantil, ahora réprobos de una historia local plagada de ausencias. Íntima, confidencial y autobiográfica, Los desorientados  plantea el drama ciego de los desencuentros ideológicos y la dificultad de encontrarles solución.

El telón de fondo de la obra es la guerra civil del Líbano ocurrida entre 1975 y 1990, en la que facciones musulmanas, cristianas y seculares se enfrentaron cuando los refugiados palestinos atacaron al Estado de Israel desde territorio libanés. Entre guerrilleros, palestinos infiltrados, musulmanes alzados, cristianos armados e israelitas enardecidos, el mapa libanés sufre lo indecible y obliga a sus habitantes a tomar partido, a hacer algo, a situarse frente a la confusión. El saldo deja entre 120 y 250 mil muertos, un millón de heridos y un millón de exiliados. En alguno de estos grupos están inscritos los protagonistas de esta crónica que ejercita la memoria y rinde homenaje a todas las víctimas, comprendidas e incomprendidas de una catástrofe absurda.

Con la excusa de despedir al amigo muerto, once personas se reúnen después de muchos años en el espacio de sus años estudiantiles: época dorada, paraíso inolvidable que explotó con el rugir de los primeros embates de la guerra. Como piezas de un rompecabezas sin armar, van acercándose a sí mismos, al pasado y al ideal de futuro desde el desarraigo, el conflicto y la desesperanza. Sin saber bien quiénes fueron, ni lo que son exactamente ahora, ni mucho menos lo que terminarán siendo en otros países donde viven casi todos; o en este país que no se parece al suyo y que no se sabe qué terminará siendo, se ponen al día con la coartada de una posible reconciliación entre todos ellos. Entre el país y ellos. Entre el mundo y ellos.

Para armar el rompecabezas hay que conocer cada pieza en fondo y forma. Adam, el narrador y organizador del póstumo homenaje, es un historiador laico, católico sin exagerar, occidentalista, racional y escéptico. Vive en París, enfrentado a los fanáticos árabes, extremistas y creyentes que han hecho de la religión un refugio político o viceversa. Su papel de mediador, de brazo vinculante entre los amigos recuperados supone un hilo que intenta rehacer la totalidad fragmentada de lo que queda de ellos.

Mourad es ahora un cadáver. Para Adam es un traidor que pactó con la guerrilla rural por motivos egoístas. Cómplice de la masacre que significó recuperar su casa invadida, termina por aliarse con los bárbaros y convertirse en su vocero gubernamental. Para Mourad, los que se fueron, los que abandonaron la tierra natal innombrada, son los únicos traidores. Apuesta a que todos hubieran hecho lo mismo, de quedarse. Expulsado de los afectos, solo y resentido, muere sin haber podido decir todo lo que piensa y siente. Sin haber podido escuchar lo que piensan y sienten los demás. Ha muerto mucho antes de este día; murió cuando no pudo comunicarse, ni comprender. Cuando el odio, el resentimiento, la culpa y la corrupción se apoderaron de su alma.

Tania es su esposa. La novia eterna desde los primeros años, le sobrevive con una mezcla de dolor y admiración. Recibe a Adam con alegría, pero le reclama su postura fría. Asam ha juzgado a Mourad y lo ha condenado. No se ha puesto en su lugar. Tania, al haber acompañado a Mourad en todo se convierte en cómplice de sus actos. A pesar de ello, la relación con los amigos que ahora se verán las caras es amable y cariñosa. El cariño priva y más en momentos presididos por la pérdida.

Naim es el judío de la partida. Fue el primero en abandonar el país en 1973, escapando a Brasil. Se ha convertido en un gordo tolerante, que disfruta el placer de la paz bien hallada. Sin ortodoxias de ningún tipo revive los años juveniles sin juicios y sin fantasías. A pesar de pertenecer al grupo responsable de sostener el conflicto desde el punto de vista bélico, nadie le reprocha su filiación religiosa porque la ejerce desde el término medio virtuoso y sabio.

Bilal fue la primera víctima mortal del caos. Muere en un tiroteo, combatiendo por causas fantasiosas que no entendía a cabalidad. Su pasión por los héroes literarios inmolados en batallas de tinta y papel, lo llevan a su destrucción.

Semíramis era su novia y todavía duele el costado vacío donde Bilal no está. Hoy es dueña de un hotel pequeño en las afueras, que cobija a Adam en este viaje. Es hija de egipcios y nació en El Cairo. De jovencita, ella y Adam tuvieron un juego amoroso sin resultados. En esta vuelta a la recuperación del pasado, deciden completar ese episodio maltrecho y tener un romance singular: Semíramis le pide permiso a la pareja actual de Adam para acostarse con él y cerrar el ciclo. Dolores se lo concede.

Albert es el más antiguo amigo de Adam. Estudiaron juntos desde la infancia. Intentó suicidarse de joven y en el intento, terminó secuestrado para canjearlo por otro muchacho, también secuestrado. Sus secuestradores son los padres del otro chico, que muere en la operación. Estos padres desolados deciden adoptar a Albert para siempre, y este es más bien quien los adopta ya que no tiene padres. Emigra a EEUU donde trabaja para el Pentágono. Bajo una artimaña logra llegar al Líbano para la reunión. Es la oportunidad de confesar su homosexualidad y la verdad sobre sus padres ausentes.

Nidal es el hermano de Bilal. Fundamentalista, radical y talibán, entabla un duelo de creencias con Adam centrado en la defensa y ataque de la razón de ser árabe y las violentas relaciones con Occidente. Desprecia a Adam y lo emplaza constantemente como símbolo de la cobardía de los árabes que han decidido traicionar su condición. Nidal representa todo lo que Adam adversa: el dogmatismo, la irracionalidad, la ceguera mental y la obsesión destructiva.

Ramzi es hoy en día un monje católico que se hace llamar Fray Basile. En su juventud estudió ingeniería y emigra a Londres con su amigo Ramez, socio también de la exitosa empresa común, de la que se retirará por principios morales irreconciliables para sumergirse en un monasterio y alcanzar una paz desconocida. Ha perdido la relación con sus hijos que instigados por la madre, ya fallecida, se han puesto en su contra y le han hecho la vida imposible. Ramzi es un sosegado ermitaño que ha huido, de otra forma, hacia el interior de sí mismo dándole la espalda al mundo que lo rodea, lleno de ambiciones, y vacío de escrúpulos.

Ramez era el socio y compañero fraterno de Ramzi. Se hizo millonario con la compañía constructora. Vive en Ammán, felizmente casado, con una familia unida que lo apoya. Dolido por la decisión de Ramzi de abandonar el negocio compartido, lo disculpa y perdona a pesar de todo. Su mujer, Dunia, es una matrona firme y cariñosa, que va con él a donde sea y como sea.

Finalmente, llega Dolores. Pareja actual de Adam en París, de nacionalidad argentina, editora de una revista científica. Se presenta para el reencuentro al arrepentirse de haber accedido a que Adam se acostara con Semíramis. Es bienvenida y no se genera conflicto alguno por lo sucedido.

Estas piezas de tan variado olor, sabor y textura deberían haber calzado perfectamente en el dibujo basal del rompecabezas, al sacar a relucir los temas de reflexión a los que la novela quiere conducirnos: la falacia acerca de la indiferencia política, el dilema de los que se van y de los que se quedan cuando hay un territorio en conflicto, la posición de los árabes frente al mundo, la religión convertida en bandera para obtener el poder político, las relaciones de amor-odio entre los bandos en pugna cuando se trata de antiguos camaradas ahora enfrentados por las vicisitudes de la guerra. La amistad que deriva en rivalidad, el sentido común que deriva en disparate, la conveniencia que deriva en corrupción, las alianzas que terminan en chantajes, la bondad de la vida que deriva en soledad y desconfianza. El mundo sonriente que era tu mundo y ahora es una mueca desconocida y amenazante que causa espanto.

El accidente fatal donde fallecen Ramzi y el chofer, y donde Adam queda inconsciente, “en suspenso, como todos nosotros” según sentencia Dolores, parece destinado a demostrar que la promesa de la recomposición, que la posibilidad esperanzada de un amanecer luminoso donde se instaure el reino de la concordia es, por lo pronto, una quimera. Habrá que esperar mejores tiempos y mejores hombres para homenajear a Mourad y brindar por los amigos que han sido y son.

Mientras tanto, suscribo una frase inolvidable del texto: “más vale equivocarse en la esperanza que acertar en la desesperación.”

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