Conductas depredadoras / ESTUPOR POR EL ESTUPRO, por Antonio Llerandi

Comparte en tus redes
El violador se ampara en el anonimato, en que su acción no trascienda, en infundirle miedo a la víctima para que no diga, no denuncie.

Esa nueva manera de convivir que hemos dado por llamar redes sociales, ha estado incendiada en Venezuela en los últimos días debido a la denuncia de hechos de asedio, maltrato y violación, acontecidos en entornos literarios, artísticos y similares.

El asunto no es nuevo. Estos casos salen a la luz pública ya que muchas víctimas han decidido contarlo en las redes, y sabemos que estas últimas están ávidas de este tipo de noticias. El sensacionalismo vende. No estoy tratando de quitarle importancia al asunto ni mucho menos, pero creo que debemos enfrentar el problema desde una perspectiva mucho más sólida y coherente, so pena de convertir a las víctimas en sujetos de escándalos y no de justicia, que es lo que se debería.

Lamentablemente el problema no es nuevo. De hecho, las denuncias se refieren al pasado. La sexualidad mal entendida —o enfermiza— es quizás lo esencial del asunto. Hay una tipología de individuos, generalmente masculinos, que asocian sexo con posesión, con dominio, con imposición.  El sexo ‘fuerte’ aplicando su fortaleza sobre el sexo ‘débil’.  Las mujeres tienen siglos cargando con este estigma. Desgraciadamente esta enfermedad es bastante universal. Todavía existen sociedades donde las mujeres en general son individuos —individuas dirían las nuevas tendencias— de segunda categoría.  Al servicio del hombre, que es el que detenta el poder.

Y ese es precisamente el origen y razón del problema, el poder. Si alguien detenta el poder, cualesquiera que este sea, lo utiliza en beneficio propio y aplasta al otro, llámese poder político, militar, social o humano. El violador utiliza su poder físico, o más sutilmente su poder psicológico, para engatusar, para desarmar a la víctima.

En los últimos casos aireados, este último elemento parece ser el argumento. Un energúmeno, rodeado de un falso aire de superioridad —debido a sus aparentes éxitos musicales, literarios o educativos— envuelve, manipula, ejerce ese poder maligno sobre chicas ingenuas, inicialmente ‘alumbradas’ por ellos, que caen en esas redes de encantos superfluos y generalmente cuando se dan cuenta, ya es muy tarde y las consecuencias se arrastran por años y a veces para siempre.

Estos depredadores son seres que no conocen el amor, ese misterio que necesita de dos para constituirse. Vienen con un cerebro acondicionado para el estupro, un delito establecido en las leyes y que consiste en la violación sexual de un adulto a un adolescente. Este concepto bien lo podríamos ampliar a aquellas personas que ejercen algún poder para aprovecharse de alguien más débil.

El violador se ampara en el anonimato, en que su acción no trascienda, en infundirle miedo a la víctima para que no diga, no denuncie. Y aquí juega un papel fundamental la justicia. Lamentablemente, desde tiempos ancestrales, la justicia ha estado del lado de los poderosos, léase en este caso, los individuos masculinos. Mucho ha costado que la verdadera justicia se cumpla. Recién ha comenzado a repararse algunos daños. En EEUU en los últimos tiempos los jueces han dejado de hacerse los locos con casos emblemáticos de violencia sexual, El caso Weinstein, en un entorno de actividades cinematográficas, es paradigmático y muchos creemos que puede ser el inicio de una rectificación y justicia para con las víctimas.

Además de la individualización de casos, existen dos ejemplos masivos de conductas depredadoras similares, en la Iglesia católica y en la Asociación de Boy Scouts. La primera, gracias a su poderío universal ha ido capeando el aguacero pero —cada vez más— una multitud de víctimas ha salido a la luz pública. En el caso de los boyscouts, la institución se declaró en bancarrota para así evadir las denuncias abrumadoras que se le vinieron encima. Todos estos casos demuestran afortunadamente que la justicia, la verdadera justicia está empezando a funcionar, aunque sea parcialmente.

En el caso venezolano, el asunto es más complicado. Somos un país sin justicia y lograr que el asunto sea establecido con la neutralidad y ponderación de todo acto judicial no creo que sea posible. Las denuncias y los señalamientos, bien entendidos, pueden ser un camino para lograr, por lo menos, airear el asunto y que futuras víctimas entiendan el peligro y lo eviten.

Sin embargo, una amplia conexión con este problema tiene el asunto de la sexualidad. La actividad sexual. Un tema que por álgido y por universal es necesario analizar en profundidad. Los hombres y mujeres somos animales sexuales, siempre lo hemos sido.  Pero así como hablo de animales sexuales, también es necesario diferenciarnos de la sexualidad puramente animal. Por algo somos humanos… o pretendemos serlo.

Hasta mediados del siglo pasado, la sexualidad tenía un muro de contención: la posibilidad del embarazo. Pero a partir de los años sesenta, la proliferación de las pastillas anticonceptivas y otros medios de evitar las consecuencias de la aparición de los bebecitos, produjo una explosión universal de sexo, ligadas en esos momentos al hipismo, pero que se ha ido desarrollando, como tantas otras cosas, a una velocidad que a falta de mejor nombre llamaré digital.

Ahora todo está al alcance de la mano, en un aparatico que todos tenemos, y lo que antes nos hubiese costado meses para conocerlo ahora lo sabemos en minutos. Qué bueno, pero qué malo también. Porque así como llegan noticias importantes, llegan otras no sólo menos importantes, sino dañinas. Estadísticas actuales demuestran que, por lo menos en EEUU, en promedio, los niños comienzan a ver pornografía en sus aparatos, a los 11 años, otros incluso antes. Es la escuela del sexo. Y los pipicitos se elevan y las totonitas se mojan. Y a ver qué vamos a hacer con eso. El problema es bien complicado.

La proliferación digital ha traído aparejada la publicidad sexual. Los nudes son el pan nuestro de cada día. Y no estoy hablando de prostitución ni nada por el estilo, sino de jóvenes comunes y corrientes que entran en la tendencia —por no quedarse rezagados o ser ‘bullimeados’— de exhibir sus cuerpos. Separar sexo de amor es la tendencia. Y así todo se vale.  Los hombres mencionan que tienen un ‘culo’ y las mujeres en sus chats ponen fotos de sus ‘culos’, amén de las que se lo engrosan. Una abrumadora ‘culificación’ de la humanidad.  Las mujeres dándole la espalda a los hombres, la manera más animal de tener sexo, quizás para no verlos, convertirlos en unos penes portantes. La verdadera guerra de los sexos. Cuando tratemos de pensar que los seres humanos, somos la ÚNICA especie animal que puede hacer el amor con su pareja de frente, viéndose las caras, besándose, queriéndose. A lo mejor podríamos comenzar a rectificar, el sexo como un intercambio amoroso. Larga tarea tendrá los educadores a futuro para tratar de ir corrigiendo el problema.

 

 

Deja un comentario