La otra política / NUEVAS MIRADAS SOBRE EL PODER (NO) DEMOCRÁTICO (2), por Armando Chaguaceda

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Poder y autoritarismo no son la misma cosa.

El poder no democrático se reinventa y adquiere diferentes formas. La mayoría de las naciones son gobernadas por regímenes autoritarios. La discusión es ineludible.

Discutiendo la teoría autoritaria

En una perspectiva crítica, John Keane (2020) considera al autoritarismo una categoría «simplista y éticamente cuestionable»; y le opone el término despotismo. Especifica el teórico político que la popularidad y el uso conceptual de autoritarismo se produjo gracias a una imprecisión y consecuente maleabilidad a la cual contribuyeron expertos, académicos, periodistas y políticos. «El término autoritarismo adolece de un conjunto de debilidades incorregibles» —puntualiza Keane— que comienzan por su descripción engañosa. Otras falencias se hayan en que el lenguaje del autoritarismo permite suponer que los nuevos regímenes no democráticos del siglo XXI —que él define como nuevos despotismos— están desprovistos de instituciones y procedimientos con referencias a la idea y praxis de la democracia.

Keane insiste en que estos despotismos no son, de manera exacta, la antítesis de las democracias. Sino unos usufructuarios, perversos y deformadores, de sus principios y mecanismos. El término autoritarismo, según Keane, es insuficiente para captar las realidades de países como China y Rusia —cuyos gobiernos afirman poseer democracias populares o democracias gestionadas— o incluso los procesos modernizadores en países como Singapur y Arabia Saudí.

Los nuevos despotismos no son directamente sistemas tradicionales de poder autoritarios gobernados por líderes narcisistas que suponen su incuestionable superioridad. Los que han aprendido a utilizar, deformándolas, cualidades atribuibles a la democracia, como la voluntad de experimentar con el arte de gobernar y el autoexamen o justificación constante ante los gobernados.

Otro punto que resalta Keane es el sesgo que ha contraído el término autoritarismo al emanar de un neologismo de la región atlántica, basado en las posturas liberales y angloamericanas. Ello habría provocado la división del mundo, afirma Keane, en regímenes autoritarios «malos» y democracias «buenas», reducidas estas últimas al canon de democracia liberal de estilo atlántico. Reducir la esencia de la democraticidad a la celebración periódica de unas elecciones libres y justas y la existencia de sistemas electorales calcados de los de Estados Unidos, Francia o Gran Bretaña son, para Keane, un error categorial.

Piensa John Keane que el modo en que los politólogos han utilizado el término autoritarismo para referirse a un tipo de régimen donde un poderoso grupo gobernante supone su derecho absoluto a la autoridad, ha conllevado a la destrucción del significado y riqueza política de la palabra autoridad. Y, también, a su imbricación con otro término del que no es sinónimo: el de poder. Pero poder y autoritarismo no son la misma cosa: Autoridad, recuerda Keane, es una palabra cuyas acepciones refieren a legitimidad, justificable, correcto y razonable. Por lo tanto, hablar de autoridad implica hacer notar que el uso de la fuerza no es necesariamente correcto. El poder, por otra parte, puede ejercerse de forma no autorizada mediante la intimidación, la fuerza o el chantaje. De tal suerte «[…] en contra de los usos alegres del término autoritarismo, hay que preservar la distinción vital entre autoridad y poder, que es lo que el término despotismo hace y ha hecho siempre» (Keane, 2020, p. 215).

La atención a la magra robustez conceptual y la confusión con los fenómenos de la autoridad y la fuerza no han sido patrimonio de teóricos políticos. También han llamado la atención, de manera paradójica, de exponentes de la política comparada de matriz anglosajona. Adam Przeworski (2019) desarrolló recientemente, desde la ciencia política, otra crítica implacable al concepto autoritarismo. Tras coincidir con Arendt en que los estudiosos que han calificado como autoritarias a las dictaduras modernas lo han hecho porque las han equiparado con el uso de la violencia, Przeworski observa un inconveniente en confundir fuerza con autoridad. Y en entender a la primera como la causa del poder de mandar y ser obedecido.

Ello provoca, afirma Przeworski, que el término autoritarismo sea redundante y se utilice como sinónimo de dictadura blanda. A partir de ahí, rechaza que la categoría autoritarismo signifique, únicamente, que la represión es menos intensa. Sobre todo, por la probada intimidación que induce en ciertos contextos la represión preventiva —sin que sea necesaria la manifiesta— y porque el régimen sigue basándose en la fuerza para gobernar. Se pregunta, entonces, si existen características específicas en el autoritarismo que lo distingan como un tipo de dictadura, sin contar la intensidad de la represión manifiesta. Algunos expertos, reflexiona Przeworski, utilizan el concepto autoritarismo como una etiqueta para los regímenes que se basan en la fuerza, aunque conserven una fachada de instituciones democráticas. Pero considera que si alguna utilidad conceptual se le debe al autoritarismo es la de distinguirlo, de alguna manera, de la democracia (Przeworski, 2019).

Otro punto significativo que destaca Adam Przeworski tiene que ver con aquellos estudios que solo consideran a los regímenes autoritarios como gobiernos que cooptan, reprimen, censuran y hacen propaganda. Pero dejan fuera de la ecuación el cumplimiento voluntario de los ciudadanos. Por lo tanto, propone como punto de partida para entender al autoritarismo el tener claridad sobre el hecho de que la autoridad, aunque no es el poder, puede causarlo. Asimismo, recuerda el politólogo, el poder que genera obediencia puede surgir a partir de fuentes diversas. Volver sobre el significado del término autoridad —cuyos análisis positivistas la entendieron como una comunicación que es más que un consejo, pero menos que una orden— resulta entonces fundamental.

Puntualiza Przeworski que la distinción de autoridad radica en que el emisor del mensaje conoce mejor las eventuales consecuencias de sus acciones que el receptor. Por lo tanto, ese consejo dado se ignora —con seguridad, pocas veces—. Ello provoca, a su vez, que la autoridad se coloree de una cierta sabiduría sobre la voluntad de acción de los individuos. La autoridad, entendida como el conocimiento superior de lo que es bueno para todos, puede ser eficaz cuando las afirmaciones que trasmite no son observables y cuando disuade a los ciudadanos de que una búsqueda de información sería costosa para ellos. Según Przeworski una condición necesaria de la autoridad es que las personas crean que el líder (o líderes) sabe mejor que ellos lo que es mejor para la colectividad. Para que actúan, entonces, en consecuencia.

Un debate abierto

En resumen: los usos y desarrollos más recientes en torno a los conceptos que nombran a la otra política, no democrática, animan un debate con fuertes implicaciones epistémicas y empíricas. Frente a la ciencia política mainstream —ligada a los estudios sobre democratización y desdemocratización— que utiliza a menudo el término autoritarismo para aludir, con gruesos trazos, a cualquier régimen distinto a los poliárquicos, emerge una rica discusión que recupera el legado de los clásicos y la innovación conceptual. De tal suerte, desde la ciencia y teoría políticas, diferentes autores continúan revisado críticamente la genealogía y consistencia misma de la categoría, en contraposición a su uso genérico nacido en el Occidente de la Guerra Fría.

Sería más oportuno repasar los contenidos y contornos precisos de esos conceptos, a la vez que recuperamos (y revisamos) las nociones clásicas y actuales sobre la política no democrática. A fin de cuentas, la mayoría de naciones del orbe siguen gobernadas por esos regímenes, en sus distintos tipos y subtipos. Y el rumbo de la historia reciente parece marchar —sin teleologías irreversibles— en esa dirección. Autoritarismo y autocracia, dictadura y despotismo, continúan formando parte, conceptual y empírica, del paisaje geopolítico global.

La primera parte de este artículo se publicó en Diálogo Político el miércoles 21 de abril de 2021.

Referencias

Cassani, A., y Tomini, L. (2019). Autocratization in post-Cold War Political Regimes. Palgrave Macmillian. https://doi.org/10.1007/978-3-030-03125-1

Keane, J. (2020). The New Despotism (1.ª ed.). Harvard University Press.

Przeworski, A. (2019). A Conceptual History of Political Regimes: Democracy, Dictatorship, and Authoritarianism. En J. Wiatr (ed.). (2019). New Authoritarianism: Challenges to Democracy in the 21st century. Opladen, Berlín, Toronto: Verlag Barbara Budrich.

Svolik, M. W. (2012). The Politics of Authoritarian Rule. (M. Levi, ed.). Cambridge Studies in Comparative Politics.

Publicado originalmete en https://dialogopolitico.org

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