A propósito del Oscar / GENTES DE COLOR, por Antonio Llerandi

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En las crónicas de la premiación, a la señora coreana se le menciona como una persona ‘de color’.

Déjenme decirles que no me acostumbro. Llevo algunos años —pocos, a decir verdad— viviendo en EEUU y la expresioncita me sigue reventando las Termópilas. Todo viene a colación a raíz de los últimos premios Oscar.

Durante la premiación, en una de sus partes, le tocó a un bronceadísimo Brad Pitt mencionar el correspondiente a mejor actriz secundaria, que terminó en las manos de una señora coreana divertidísima, por su participación en la película Minari, producida entre otros por el mismo Pritt. El nombre de la señora, como todos los de los coreanos, son irrecordables, por lo menos para mí. Lo que les produce una gran limitación en ser universalmente reconocidos. La señora, muy emocionada, le espetó a Pitt que al fin lo veía, pues no había portado por el rodaje, esperando desde luego poder besarlo detrás de las cortinas, cosa que 99,99% de las mujeres del mundo desearían. Digo 99,99% para excluir a las ciegas.

Pero anécdota aparte, vayamos al quid del asunto. En las crónicas de la premiación, a la señora coreana se le menciona como una persona ‘de color’. Y si a ver vamos, ella es más blanca que Pitt, pero Pitt es blanco y ella es de color. A mí que me lo expliquen. ¿O será un problema de traducción?

Ya lo había oído el año pasado cuando Antonio Banderas fue mencionado también como un actor de ‘color’.  Debe ser en mi caso una aberración, pero cuando hablan de colores pienso en los lápices Prismacolor de mi infancia. En su variedad y calidad, había una infinita diversidad, de 12, de 24, de 36, de muchísimos colores. Como la humanidad. Si hiciéramos una colorística geografía universal de los seres humanos, la variación sería sumamente gratificante.

Pero en EEUU siguen aferrados a la blanquitud. Tremendo complejo.  Un problemita que, a pesar de los años, los avances y el desarrollo, no han podido resolver.  El problemón después de la esclavitud, de no poder llamar negros a los negros, trataron de solventarlo con una hipocresía, e inventaron un calificativo, absolutamente arbitrario: afroamericanos.  Lo cual no se apega a la verdad, los africanos negros son los subsaharianos, pues los del norte de África son más claritos. Pero vamos a estar claros, la mayoría de los norteamericanos no son muy duchos en lo que a geografía universal se refiere, a pesar incluso de National Geographic y Google.

El problema en EEUU no sólo es geográfico sino también lingüístico, verbigracia se dicen norteamericanos, sin tomar en cuenta que Canadá y México comparten esa ubicación, pero claro eso es consecuencia que como país no tienen nombre y deben usar ese subterfugio para autonombrarse.

Pero volvamos a los Oscar y la colorimetría. Muchos amigos, nada racistas por cierto, cayeron en el lugar común de mencionar que para ellos la premiación había estado un tanto llena de ‘negritud’. Yo más bien hablaría de ‘pluricoloritud’, como los mismos EEUU. Una cosa buena, muy buena, que tiene este país, como lo tuvo Venezuela en su momento, fue la conjunción de personas de las más variadas culturas, orígenes e idiomas. La única diferencia es que en Venezuela se produjo un maravilloso ‘todos contra todos’ de mezcolanza y en EEUU el racismo aún vigente no lo ha permitido. Cuando sea más universal el intercambio entre negros, blancos, asiáticos y sus diferentes variantes, es que EEUU se va a poner más sabroso. A mezclarse es la consigna.

La presencia de películas con temáticas exclusivamente vinculadas con los negros, setenta mujeres señaladas en todas las categorías, el otorgamiento de un Oscar honorario a un actor, productor y filántropo negro, la nominación de un actor de origen árabe, las premiaciones a personas de origen asiático, las candidaturas de nueve mujeres ‘de color’ por sus actuaciones, la iniciación del espectáculo con una mujer negra, Regina King, nominada como mejor directora, son todas manifestaciones de la pluralidad de la nación norteamericana. Y todo lo que conduzca a la integración, sea bienvenido. La amalgama de colores constituido en un gran país. Y si algún vuelco interesante tuvo esta premiación, fue la indiscutible inclusión y premiación de películas exhibidas en streaming, como ejemplo, las de Netflix se llevaron siete premios, un poco de menos poder a los grandes estudios monopólicos por décadas.

Como muy acertadamente lo calificó la escritora Jessica Bruder, autora del libro Nomadland sobre el que se basa la película ganadora: “The most introspective year in American history”, refiriéndose a la premiación, pero podría aplicarse también a muchos otros sucesos actuales en el país.  Los Oscar fueron el reflejo de ello.

 

 

 

 

 

 

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