El arte ante la historia / DUDAMEL Y EL TOTALITARISMO, por Edilio Peña

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Lo más grave de Gustavo Dudamel es que se ha pronunciado de hecho y no de palabra, al apoyar la dictadura totalitaria en Venezuela

El discurso político es muy diferente al discurso artístico. Así como no hay comparación entre una obra artística y una obra política. No es una consideración determinada por la rivalidad o la competencia de los oficios, sino porque simplemente, la naturaleza de la composición y los fines de cada una, las separa el puente que junta las orillas del abismo.

El político construye su obra en el presente inmediato, mientras el artista lo hace buscando sustraer su obra del tiempo condicionante. Quizá también porque la política está forzada a producir desde la historia; en cambio, la obra artística es fraguada desde el intangible y hondo espíritu de lo humano. Para el político, el destino colectivo es su razón de ser; en cambio, para el artista, lo constituye aquel que se resiste a ser solo una expresión colectiva: el individuo. Sin embargo, acontecen circunstancias sociales excepcionales que pueden forzar a algunos protagonistas de la política y el arte, a juntar su voluntad y talento para vencer la realidad que pone en vilo la estabilidad de una nación o de ellos mismos. En ese momento, la sobrevivencia y la ética los abraza en un solo objetivo: preservar la libertad del ser.

En la Francia invadida por los alemanes en la Segunda Guerra Mundial, dos escritores emblemáticos del existencialismo y el absurdo, ganadores después del Premio Nobel de Literatura, se incorporaron a la resistencia conformada por los legendarios Maquis. Me refiero a Albert Camus y a Samuel Beckett. Ambos participaron en la resistencia sin sacrificar los fines artísticos de su obra, porque supieron entender y diferenciar la acción de la política en relación con la acción del arte. Un auténtico y verdadero escritor tiene el olfato y la certidumbre de saber cuándo hay batallas que debe lidiar en la página en blanco, y otras, en un terreno sombrío y empantanado.

Un destino más dramático e infeliz lo tuvo el dramaturgo alemán Bertolt Brecht al enfrentar con su obra el ascenso del nacionalsocialismo pero, paradójicamente, al apoyar con su silencio los horrores del estalinismo. Igual de ambiguo fue Alejo Carpentier, quien con una novelística magnífica, refrendaba la dictadura de Fidel Castro sin importarle que su par, Reinaldo Arenas, con una obra que superaba la suya, fuese perseguido y acosado por la policía política del régimen, como una rata de albañal.

Porque cuando un artista compromete su talento creador a la disposición y exaltación de una dictadura, privilegia la obra artística  sobre la ética. Justificando desde allí cualquier acto de impudicia, contra los otros y contra sí mismo. Al hacerlo, zanja en su alma una hendija (o una herida) por donde comienza a supurar, aun sin que él se dé cuenta. Y no es precisamente sangre lo que manará de esa herida. El Renacimiento, a manos del poder de los Médicis, habla mucho de ello. Y los mismos Miguel Ángel y Leonardo da Vinci se vieron comprometidos en esa doblez, que en algún momento hubo de perturbarlos.

El monopolio del poder dictatorial acostumbra a utilizar el talento de genios y artistas para exhibirse ante su nación y el mundo, como genuinos filántropos de las virtudes humanas. Tal es así que mientras un artista exquisito es privilegiado por ese poder como un talento único e insuperable, otro artista, relegado a las sombras, jamás podrá ocupar el lugar que éste ocupa, aunque lo supere en virtuosismo. Porque el mecanismo de las oportunidades asfixiará los caminos para que ese talento reprimido o censurado, no sustituya al que hoy tiene la batuta de ser el mejor para el dictador. Es el caso del músico Gustavo Dudamel, ante el espectro de la dictadura totalitaria en Venezuela. Alicia Alonso tenía las mismas décadas que tenía la dictadura de Fidel Castro como la mejor bailarina de Cuba, y aun, del mundo. Esa excelencia perpetua, entonces, se hace sospechosa. No hay que olvidar que en las dictaduras comunistas la competencia es sustituida por la imprescindible presencia aplastante de un yo supremo que aniquila al rival. Es decir, el artista excepcional del régimen, como el dictador frente a la conducción del Estado, no puede ser relevado ni sustituido por nadie. A menos que el propio dictador lo decida. Mucho más peligroso cuando esa creencia se expande y se impone en el mundo.

El 10 de enero de 2013 se ejecutó un golpe de Estado en Venezuela, y los dos adalides de la música clásica del régimen inconstitucional, José Antonio Abreu y Gustavo Dudamel, trataron de eclipsar ese magno y repudiable hecho, con el pretexto de que el concierto que ejecutarían ese día sólo perseguía homenajear al héroe enfermo y agónico de la revolución que pronto partiría hacia el averno. Nada más. Pero cuando la orquesta Simón Bolívar comenzó a tocar Oda a la alegría, de Ludwig Van Beethoven, ocurrió un fenómeno extraño e inédito en la historia de los conciertos. Nadie oyó la música porque todos habían quedado sordos como Beethoven, ese genio que al enterarse de que su admirado Napoleón Bonaparte se había auto coronado Emperador tras un golpe de Estado, tomó la decisión de liberar su sinfonía Eroica, que antes le había dedicado a Napoleón, de ese infausto destino que es vender el alma al diablo. Y eso es justamente lo que no ha ocurrido con el alma de Gustavo Dudamel, hasta ahora, en medio de la tragedia venezolana que se agudiza por causa de una dictadura totalitaria, por más que la agudeza e inteligencia de Fernando Mires, pretenda explicarlo y justificarlo, en su impudicia.

“Lo que más llama la atención es precisamente que la mayoría de los enemigos (¿políticos?) de Dudamel no polemizan con el director por el hecho de que este haya emitido una opinión sino por lo contrario: por el hecho de no haberla emitido”. Escribe Fernando Mires.

Lo más grave de Gustavo Dudamel es que se ha pronunciado de hecho y no de palabra, al apoyar la dictadura totalitaria en Venezuela, como quedó representado y testimoniado en el concierto que dirigió en el año 2013, cuando se produjo un golpe de Estado en Venezuela en el umbral de la desaparición física del anterior dictador.

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