José Pulido / TRANSMUTADO EN JESÚS, por Enrique Viloria Vera

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La multifacética y polisémica escena de los ensueños del escritor —engalanada esta vez con la vida y pasión del Cordero de Dios— está evangélicamente servida

Sueño que sostengo una mano suya y la clavo / oigo el chasquido del dolor / ojalá que suene el teléfono / y me saque de este remordimiento ciudadano / quiero pedirle perdón / desde la vida real / al cordero intercostal izquierdo / que me agobia

Sin equívocos, confeso y creyente, liberándose de innumerables y no reconocidos pecados, propios y ajenos, el escritor jura en su poesía que es válido eliminar, excluir, suprimir, todo lo humano —putas, bares, amigos, cigarrillos, cervezas y parrilladas, acotaríamos nosotros— menos al Dios hecho hombre, a la Divinidad encarnada, al Hijo predilecto del Señor.

Pulido como sí asistiera, eminentísimo, engalanado, purpurado, como estimulado Cardenal a un imprevisto cónclave vaticano, declara: “Se puede prescindir de esa turbia sensibilidad / Pero no es posible olvidar al Cordero de Dios / Esa sangre me aturde / Esa sangre me escarba lo arbolario / Esa sangre que manchó al cosmos”.

Para nuestros paganos asombros de incrédulo sobrevenido, el poeta se hace uno con Cristo, se incluye en la tradición eclesial que hace suya los estigmas del Señor, las heridas, llagas y magulladuras del Redentor, clavado a su cruz de olvido, en un Gólgota de segunda. Sueña José que Jesús sueña “…con una brisa perfumada / Y es María Magdalena armando un giro / De brazos discutiendo / Con los otros discípulos “.

La multifacética y polisémica escena de los ensueños del escritor —engalanada esta vez con la vida y pasión del Cordero de Dios— está evangélicamente servida; los intérpretes del Quinto Nuevo Testamento Pulidiano se sitúan en la onírica escenografía que el escritor, regidor también de sus alucinaciones, reinventa, dirigiendo, neorrealista, los delirios de su más íntima y recóndita oración.

En fílmica jaculatoria, en poética plegaria, antitético, como teatino estupefacto, ignaciano del pasmo, narra sorprendido: “En un rincón del sueño / Judas Iscariote se arrincona / ¿Por qué discute María Magdalena? / Pregunta Jesús en el cuarto oscuro del soñar / Y María Magdalena se arrodilla y reza / Para no responderle / Si ella no fuera una pluma / flotando en su fe / le soltaría una avalancha de preguntas”.

Pulido se hermana con el Hijo del Señor, con el Cordero de Dios, y se equipara con su vida de redención y enmienda; el poeta, otra vez, viene y va, ronda y deambula, navega, vagabundea —circunvalación divina ahora— por los muertos mares de Galilea, por los infecundos parajes bíblicos de Judea. Como testigo y contemporáneo colega de Juan el Bautista, Pulido informa a creyentes e incrédulos: “A la sombra de las rocas del desierto / Se sentaban a meditar / con las manos hundidas en la arena caliente / Con los ojos ahítos de espejismos / Y el estruendo de la voz celeste / Curando su oídos // Les tocó vivir un mundo sin hechura / Tenían el infinito en la lengua / Era un kilo de fe”.

Encrespado, enfurecido, enardecido, arrecho contra la incesante publicidad romana y oficial en contra de la obra del Hijo de Dios, Pulido reivindica la información veraz, el contenido cierto, la noticia incontrovertible. Intrépido y desde la primera línea reporteril, el poeta evangelista apunta en su libreta experta, testimonia en sus versos de comensal osado y privilegiado, la misericordia de un hombre incomprendido por sus semejantes, bondadoso y rechazado protagonista de una “era devastadora / De inmediatez endémica / La ignorancia y el crimen / Son los postres de una última cena”.

En su rol de ventrílocuo del Hijo del Señor, cansino, defraudado, desilusionado, Pulido admite solícito en boca del Cordero de Dios: “Yo soy el paisaje y el agua / La luz y el hombre / El cansancio y la pasión / Yo pongo todo para que el sueño cunda / Y también me sé la desmemoria”.

Más allá de los mujeriles velos desvelados, el Profeta cuerdo, lúcido, alejado de féminas seducciones, y de acuerdo con el poeta, se protege diferentemente de las influencias del Demonio que intenta convertirlo en un pecador, embriagarlo, hechizarlo con un oscilatorio vientre de mujer. Sin embargo, el Hijo de Dios, el Redentor, cuenta con toda la valentía del Cielo, con la audacia de las alturas, para desechar, poner de lado, alucinaciones incorpóreas y tentaciones carnales. Pulido, oníricamente reflejado en espejos de moralidad, en espejismos de virtud, divaga con ellos —metafísico, cómplice— apartando al Cordero de Dios de humanas inclinaciones. Como si fuese el privilegiado y exclusivo velador de los sueños de Cristo, el poeta testimonia que Jesús y sus apóstoles: “Cuando dormían soñaban afiebrados / Con Satanás y sus ventarrones / con atarrayas arropando el agua / Y pescando en el cardumen de los miedos”.

Con la escenografía montada, la obra, por todos conocida, comienza a ser representada de nuevo con una trama poetizada por el guionista y director, y también inusitado sorpresivo actor, José Pulido: “Jesús Iscariote está mirando / Desde el fondo del sueño / Y Jesús le hace un gesto /(…) Sólo Dios conoce la jugada / Y el resultado / él reparte pérdidas y ganancias / La sospecha de que conversaron / Sus asuntos es un soplo divino que se posa / En el alma / para escocer / como lo hacen las sospechas”.

José Pulido.

En policial, en detectivesca, se transforma la infatigable y polisémica circunvalación de Pulido, investido ahora como inspector de su propia orden religiosa, el poeta indaga, averigua, pregunta, ata cabos, formula hipótesis, elimina pistas, reconstruye el crimen, recoge opiniones de testigos y curiosos, ordena sus sueños.

De acuerdo con su personal evangelio, la cosa fue más o menos así, narra Pulido:

  • Primero: “Todos los equivocados, / Soldados y civiles / se sintieron eufóricos / el viernes / los viernes son un precipicio / se reían y gritaban que cargaban al rey… / ¡por aquí va pasando al rey! / lo golpearon y se burlaron / Lo humillaron hasta quitarle la humillación”.
  • Segundo: “Es el hijo de del carpintero / Asegurando que su padre es Dios / Dónde habrá aprendido a leer como los sabios / Reviéntale las costillas para que sepa / Que no queremos locos en estas calles cuerdas”(…)”Jesús era áspero y tan seco / aunque sólo tenía treinta y tres años sin ser felicitado / Hablaban de que sus mesas y sus sillas / Eran muebles sin gracia y sin paciencia / Y he ahí una obra de dos maderos / Para que no se burlen del oficio”.
  • Tercero: “Soñé que iba por el callejón que incita al Gólgota / Al promontorio de la Calavera… / Jesús caminaba con la frente bañada en sanguaza / Porque las espinas de la corona se hundían bajo la piel / Su barba y sus cabellos se entiesaban con pegostes de sangre”.
  • Cuarto: “Un forastero fue obligado / a ser el ayudante de Jesús / cargando el estribor de aquella cruz / Hecha con dos troncos tan pesados / Que iban escribiendo sobre el polvo / La inclemencia y la melancolía / era una cruz rasposa”.
  • Quinto: “las mujeres lloraban y asustaban / sus sollozos de tanto sollozar / las mujeres que creían en milagros y bramaban en Jerusalén / ¿Quién es esa mujer que llora como gaviota caída? pregunté / sin esperanzas de que me respondieran / y yo mismo contesté esa es María / la madre de Jesús / la imaginaba muerta…”
  • Sexto: ” La Madre de Jesús avanza adolorida a duras penas / Las otras Marías la acompañan / María Magdalena empuja y se abre paso / Y a nadie parece importarle que la Madre / desfallezca de dolor y sed / Ella tarda en llegar al lugar de la crucifixión…/ Cuando mira de cerca hay un martillo / Que va cayendo sobre el largo clavo / Del rosal de las rosas que en la muñeca temblorosa / Riega Jesús de Nazaret”.
  • Séptimo: El poeta —soñador-reportero–detective— recoge en su libreta tres testimonios directos que reproduce fielmente: el del mismo Jesús: “Dile a mi vieja que no llore  / Que va a sufrir cuando se vaya / que va gemir cuando se duerma / Y va a sentirse amarga”, el del centurión romano: “Están a punto / De terminar señora / faltan dos clavos que ya vienen / en esa mano / que se acerca ahora”; el de la dolida Madre: “Que no terminen tan rápido / Que el tiempo no retroceda / Que la madera se deshaga / Que los clavos se derritan / Que su cuerpo se convierta en aire”.
  • Octavo: Ni Jesús pudo evitar el dolor de María ni la madre el sufrimiento de su hijo: “Cada golpe de martillo resuena / Nueve veces / Y en seguida se escuchan las vocales del dolor / Con plena lucidez al martillar / el crucificador coloca el clavo / en la juntura / A las tres de la tarde del viernes / Estaba clavado en la cruz // Unos lloraban y otros reían / No se podía llamar festejo / Pero Jesús permanecía / Sin un quejido viendo”.
  • Noveno: “Así pasaron las cuatro de la tarde. Algunos se aburrieron / Porque ya no cabían más burlas / Los soldados se habían jugado hasta la ropa de Jesús / A los dados”…A las cinco de la tarde alguien lanzó una piedra / que rebotó de la cruz y cayó por la grava / un centurión puso en la punta de su lanza una esponja con vinagre / y le mojó los labios a Jesús / que respiraba por última vez”.
  • Décimo: Ahora como testigo de lujo, el poeta confiesa: “yo vi la sangre de Jesús / roja y pertinaz goteando piedras / las moscas nunca sabrán lo que probaron”.
  • CONCLUSION: Después de lo expuesto en autos, de las pruebas y testimonios recogidos, de los libelos redactados, de las actas levantadas, el poeta concluye: “fue la tarde en que Dios / era circuncidado de corazón / dejó de ser tribal / un segundo después de que Jesús lo reconociera como padre”.

Inmediatamente de la larga y dolorida pesquisa, de la atribulada y minuciosa investigación llevada a cabo por Pulido sobre las últimas horas de la agonía del Señor, nos preguntamos ¿Y qué más aconteció en los sueños del poeta? ¿Qué sucedió con los otros protagonistas? ¿Qué fue de María Magdalena, de María la madre, de Judas Iscariote? ¿Qué pasó finalmente con Jesús?

El poeta, generoso de sueños y versos, recuerda y discurre: “Nadie quería recordarlo el sábado / En la mañana del domingo María Magdalena y la Madre de Jesús / Fueron a buscarlo / Y la tumba estaba abierta / Ellas anhelaban la realidad del cuerpo / Y sólo había quedado la mortaja / Jesús se apareció de repente / y se le acercó a María Magdalena / ella pensaba “¿Quién será este hombre?” / y lo reconoció cuando él dispuso… No me toques porque aún no has subido / hasta donde tenía que subir (…) Es un resucitado / El desde chiquito / Era tan diferente decía María, la madre, / Y yo les miraba dialogar en mi sueño / Deseando consolarlas”.

Y para despejar cualquier duda pendiente acerca de los detalles de su sueño evangelizador, Pulido desvela su más íntima confesión de durmiente entrometido, de soñador entrépito, de humano y simple poeta tuteándose, nada más y nada menos, que con el Hijo de Dios, con el Cordero del Señor: “Me senté en un rincón, las manos me sudaban / Y entonces escuché la voz serena y tibia de Jesús / Anidando su magia en mis oídos / Recuerdo que me dijo / ‘vamos, Judas / debemos conversar en el jardín / mientras sopla la brisa’ / y desperté aterrado / afiebrado, balbuceante en el susto, sudando vértigos y estremecido / porque yo conozco / sus conversaciones”.

 

 

 

 

 

 

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