Venezuela y Bolivia / LA POLÍTICA COMO VENGANZA, por Trino Márquez

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AstraZeneca fue cuestionada por algunos países europeos. Sin embargo, ha sido aplicada con éxito en Inglaterra.

La decisión de Nicolás Maduro de impedir el ingreso al país de la vacuna AstraZeneca —en el marco del mecanismo Covax promovido por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Panamericana de la Salud (OPS)— constituye un acto de retaliación contra ese sector opositor, el G4, por no haber bajado la cerviz ni comportarse frente al régimen como mansas ovejas.

El mandatario carece del valor para admitir públicamente que quienes consiguieron los 18 millones de dólares exigidos por el Covax para suministrar las vacunas fueron Juan Guaidó y su equipo. En medio de su desconcierto hizo una acrobacia. Apeló a un subterfugio cada vez más manoseado: invocar la defensa de la salud de los venezolanos.

AstraZeneca fue cuestionada por algunos países europeos. Sin embargo, ha sido aplicada con éxito en Inglaterra. Fue desarrollada en la Universidad de Oxford. Es probable que si ese país no se hubiese salido de la Unión Europea, nunca se le habría cuestionado. De esa decisión vienen de regreso las naciones que dudaron de su eficacia, debido a la pequeñísima fracción de receptores que han padecido trombos. En la actualidad, los gobiernos de esos mismos países han levantado el veto sobre la vacuna y están adquiriéndola para continuar inmunizando a la población.

Maduro, que dice preocuparse tanto por la salud de los venezolanos, sin embargo propone comprar millones de dosis de la vacuna cubana, que tantas dudas despierta en la comunidad científica venezolana; y de la rusa Sputnik V y de la china Sinopharm, también puestas en entredicho por expertos en el área. Sería interesante saber con cuál vacuna se han inmunizado los miembros de la nomenclatura madurista. Estoy seguro de que no es la cubana ni la china.

El régimen decidió torpedear el acuerdo para combatir la Covid-19 que había sido firmado entre el gobierno y la oposición reunida en la Asamblea Nacional electa en 2015. Ese convenio fue suscrito en junio del año pasado entre el ministro de Salud y el doctor Julio Castro, asesor de la AN. Los venezolanos celebramos que ambos bandos se hubieran puesto de acuerdo para diseñar una política común frente al problema sanitario más grave confrontado por el país. La alegría duró poco. En la primera oportunidad que hubo de ponerlo a prueba, Nicolás Maduro lo dinamitó. Prevaleció su visión sectaria por encima de los intereses nacionales.

En una nación arruinada por quienes la han dirigido durante más de dos décadas, sin recursos para honrar el compromiso con el Covax, el gobierno comete la insolencia de rechazar un contingente de vacunas que les salvarían la vida a millones de venezolanos humildes y a los trabajadores de la salud, contra quienes el virus se ha ensañado. Maduro prefirió retaliar a su adversario político, antes que proteger la salud pública. De paso, amenazó a Guaidó con encarcelarlo, lo que generaría una crisis aún más grave que la existente.

El otro caso reciente de venganza lo vemos en Bolivia. El odio contra la expresidenta Jeanine Áñez y algunos de sus ministros es un símbolo de la sevicia con la cual actúa ese sector de la izquierda latinoamericana del que forman parte Nicolás Maduro, Evo Morales y Luis Arce, el actual gobernante boliviano.

El todavía frágil sistema democrático boliviano se las ingenió para que Jeanine Áñez, segunda vicepresidenta de la Cámara de Senadores y en el quinto lugar de la línea sucesoral, asumiera de forma interina la jefatura del Estado.

Morales cometió un fraude continuado en el período que va de 2016 —cuando pierde el referendo que le impide presentarse a las siguientes elecciones presidenciales— y 2019, cuando se efectúa la consulta electoral. Durante esos tres años, Evo Morales manipuló el Congreso, donde su partido tenía mayoría, y presionó al Tribunal Supremo, donde contaba con magistrados que le obedecían. De esa manera logró torcer la decisión adoptada por el pueblo en la consulta refrendaria del 2016. Más tarde, en las votaciones de 2019, escamoteó los resultados para obtener una victoria amañada en la primera vuelta presidencial. El fraude fue ampliamente documentado por el informe técnico elaborado por los expertos imparciales que estuvieron en los comicios. A partir de ese material y otros testimonios, la oposición y distintas instituciones desconocieron la falsa victoria del caudillo. Este desconocimiento, unido a la tozudez de Morales, terminaron desatando la crisis que llevó al pronunciamiento del Alto Mando militar y a la salida del poder del antiguo dirigente cocalero.

El todavía frágil sistema democrático boliviano se las ingenió para que Jeanine Áñez, segunda vicepresidenta de la Cámara de Senadores y en el quinto lugar de la línea sucesoral, asumiera de forma interina la jefatura del Estado. No dudo de que a la señora Áñez le quedó muy grande el cargo. Actuó con poca habilidad. Persiguió de forma indebida a Morales. Cometió la insensatez de postularse como candidata presidencial. Sin embargo, ninguno de esos desbarros justifica el encono con el cual el tándem Morales-Arce se comporta contra ella. Como dice Fernando Mires: la virulencia de esa conducta solo pretende ocultar el fraude de Evo.

Venezuela y Bolivia —Maduro, Morales y Arce— representan un claro ejemplo del uso de la política como arma para vengarse. Hay que distanciarse de ese estilo. Resulta pernicioso.

@trinomarquezc

Publicado originalmente en https://politikaucab.net

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