La obra de Edilio Peña / UNA PESADILLA LLAMADA ‘HAMBRE EN EL TRÓPICO”, por Ramón Ordaz

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Teatro de la crueldad, teatro del absurdo, teatro de todas las formas posibles.

¿Dónde pacer después de tanta mierda?, valga la interrogante dado que lo que queda del hombre en nuestro país ha sido animalizado. Hambre en el trópico es la última pieza teatral de Edilio Peña, título que pareciera dar cuenta de algunos cómputos estadísticos, de una comparatística entre naciones según la ingesta per cápita; pero no, Hambre en el trópico es apenas un señuelo que, una vez dentro del escenario, es imposible salir indemne de estas escenas inesperadas como desesperadas.

Peña posee una bien cimentada obra en el teatro venezolano, pero en el campo de la escritura abarca la novela, el ensayo y la crítica como arte de trasiego que ejerce todo verdadero escritor. Desde joven compartí con Edilio esos primeros pasos suyos que pasaron por el trabajo actoral y esa luminosa batalla que se da entre bastidores en búsqueda de un sentido al oficio de escribir. Muy temprano trazó el mapa de sus propósitos y el primer logro de su trabajo de dramaturgo. Los pájaros se van con la muerte (1974) sería el principio de una consagración que hasta nuestros días mantiene el distingo de una consecuencia con sus inicios.

No es nuestro propósito deshojar aquí el currículo de Peña, sino que su última obra de teatro reclama otras urgencias, la que impone y obliga que acudamos a comentarla y reseñarla para un país que es hoy un rompecabezas, donde el más ilustrado suda sangre para reconfigurar algo visible de lo que fue. No hay ningún goce en representar el holocausto, no me cabe la menor duda, pero si no fuera por los fríos testimonios de quienes escribieron sobre él poco sabríamos de las infelices existencia que lo padecieron. Lo macabro no puede ser una simple ideación del artista, mucho de verdad extraída de la realidad conseguimos en quienes dan cuenta de ella en el texto literario.

El teatro es apenas un soporte que nos abre las puertas a esas dimensiones desconocidas de un homo sapiens que cada vez más se aleja de su maquillado concepto de cultura, lo desviste de sus civilizados trajes y lo integra —¿lo degrada?— a esos rituales que dicen más de su condición primitiva. La civilización, toda ella, es una máscara, una impostura que al menor tropiezo se cae. Teatro de la crueldad, teatro del absurdo, teatro de todas las formas posibles, hasta que al fin se agotan las teorías, la mínima opción de encartar en la conciencia del hombre un mensaje de conciliación para purificar sus falsos credos, sus asqueantes poluciones ideológicas.

Hambre en el trópico es el ápice donde convergen muchas pequeñas catástrofes de lo que hemos vivido los venezolanos durante las últimas décadas, las que reunidas para una escena en primer plano dan lugar a lo insufrible de la condición humana. Ya ni polvo somos, porque se habla desde el teatro de la muerte, del pausado y silencioso exterminio del habitante, no por obra de un mago o una pandemia, sino por efectos del más horrendo de los círculos viciosos, el poder y la majestad miserable de quienes se aferran a él.

Cómo no recordar el sobrecogedor libro de Elías Canetti, Masa y poder, desde ese primer llamado inquietante “Nada teme el hombre más que ser tocado por lo desconocido”, esa pulsión que se une a lo imponderable y lo fatal. Lo que padecemos los venezolanos es una guerra encubierta, solapada, subrepticia, y la mayoría no se da cuenta. Una asquerosa guerra, y la mayoría no se da cuenta. En ella estamos inmersos como impotentes ciudadanos de superficie en la que siempre habrá dos bandos para que se cumpla la ley de los contrarios. “La forma de conducir la guerra es pues, en detalle, la exacta imagen de aquello que sucede en general: se quiere ser la masa más grande de vivos. En el lado contrario, sin embargo, el montón mayor de muertos” (Masa y poder).

Sí, los muertos copan el escenario de esta obra de Edilio Peña. Un montón de muertos es el que tiene la palabra en esta obra propiciatoria de incordios para cualquier poder. Hambre en el trópico, si quisiéramos ver una contraparte positiva, constituye un paredón de fusilamiento para esos encarnados poderes que sojuzgan y hambrean a los pueblos. Allí, desde el ambiguo, frágil terreno de la vida-muerte, habla el tirano a través del funcionario, del militar, de Dios, del Papa, de un país intruso y fallido como Cuba, ante una vaporosa y fugaz familia que todavía rinde culto a su buena vida del pasado, a esos olores de cocina que dejan de pertenecer a los vivos. ¿Qué ocurre con el hambre?

“El hambre es egoísta, hijo mío”, le dice el padre al hijo desde el estercolero en que se convirtió lo que antes fuera un prestigioso restaurant. Cuando cunde el hambre, cuando se hace obsesión de la ‘masa’, se animaliza el hombre, se hace perro de los basureros, se ‘partidiza’ la bestia que cada uno lleva por dentro, gracias al santo y seña de quienes detentan el poder. Hay que estar muerto para adquirir el carnet de la patria, advierte El Funcionario cuando interpela al Padre si hizo la cola en el basurero, el que responde: “Pero, señor, no creo que para comer mierda sea necesario tener el carnet de la patria”. No faltará la Dulcinea de Palacio que hará los favores de ordeño al tirano: El Funcionario: ¡Dulcinea, es la hora de alimentar a los muertos! Hermano 1: ¿Los muertos comen? El Funcionario: Es el principio de toda dictadura revolucionaria. Dar de comer a los muertos racionando su comida. Hermano 2: ¿Y quién lo ordena? El Funcionario: El todopoderoso. El dictador. Que es como decir, Dios. Pero hay que tener cuidado, porque lo que Dios te da, el día menos pensado te lo arrebata”. Más adelante dirá El Funcionario: El carnet de la patria no es cualquier cosa. Es el que le dará sentido a sus vidas. Inclusive, después de muertos”.

Despiadado y escatológico, a la vez, es el lenguaje patológico que Peña despliega en su obra. Llama la atención el poder de síntesis de una historia que corre para tres décadas y que los puntillosos parlamentos de los personajes logran airear ante los futuros espectadores. Termina Hambre en el trópico cuando la familia vuelve a ‘encontrarse’ en un restaurant chino. Esta escena es la pesadilla final de la obra, todo ha vuelto a la ‘normalidad’ y el único plato que ofrece el menú es estofado de perro. Porque ahoga, porque la náusea impide ofrecer más evidencias, desea uno más bien que el lector y el espectador carguen también con lo suyo.

Hambre en el trópico nos resulta un veredicto donde el teatro mismo es una sinrazón, un non-sens, si sabemos que los parlamentos son todos tóxicos, movidos por pregnaciones infrahumanas, donde están invertidos los términos que dan cuenta de lo real y la ficción. El espacio de lo real pertenece al Hades, al reino de los muertos, desde allí impone su ley de ‘vida’ el poder del tirano y, como todo se ha desdibujado, queda el trabajo de Sísifo, remontar la cuesta para reinventar la realidad perdida a través de los perturbados recuerdos de quienes una vez habitaron esta tierra.

Sin duda, una obra imprescindible de la dramaturgia nacional en estos turbulentos tiempos. Si es que la censura no le baja el telón, llegado el momento, es obligante verla.

 

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