Detras de un apellido / YERANDY, por Antonio Llerandi

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Vuelve a mi memoria que mi apellido es originario de las tierras asturianas.

A raíz de mi actual residencia en Miami me he encontrado con una cantidad de novedades relacionadas con mi apellido que me han producido una inesperada curiosidad. En primer lugar, debo reconocer que es algo que me fue dado y que yo —como casi todo el mundo— ni escogí ni decidí, simplemente me lo zamparon y ya, pecado desde luego de eso que llaman la estirpe familiar.

Mis hijos siempre me lo reclamaron, un apellido con un inicio tan poco común con LL es algo ya dificultoso. Recuerdo con añoranza que casi ningún cajero de banco en Venezuela era capaz de pronunciarlo, ante la mirada entre dudosa e incomprensible de mi cédula de identidad, tendían a llamarme simplemente Antonio o por mi segundo apellido Torres, que les parecía más cómodo o familiar.

Ahora, que mis hijas y yo vivimos en EEUU, la cosa se complica. Ningún habitante de esta gigantesca tierra es capaz de pronunciar correctamente la LL inicial que unida a la e subsiguiente se convierte en un laberinto lingüístico de proporciones mayores. El correcto LLe se puede trastocar en cualquier cosa, un Lié o un Le, que además siendo seguido con la r española les crea un enredo pronunciativo que para qué les cuento. Ahora entiendo por qué mi esposa nunca quiso anexarse mi apellido, visionaria ella. En mis clases de inglés encontré por azar una palabra cuya pronunciación se asemeja a la de mi apellido y eso, por ahora, me ha salvado, la palabra es gerund, que si le agregamos una i cita después, ya se acerca bastante al asunto.

En Venezuela sólo conocí a dos personas que ostentaban mí mismo apellido aun cuando no éramos familia: una chica muy simpática que conocí por azar y Felipe LLerandi, que me llamaba primo aunque no lo fuéramos, y quien fue siempre la mano derecha de Diego Arria y el que le sacaba las patas del barro sobre todo en los aspectos culturales. Fue el primer presidente de Fundarte, la organización que promovía la cultura en la Caracas, que poseía muchas expresiones de ese tipo durante esa época. Pero la mudanza a Miami me ha dado muchas sorpresas. La primera de ellas surgió a partir de un envío de Amazon, algo demasiado cotidiano en este país. El envío no llegaba y cuando estaba a punto de reclamar, una vecina del mismo edificio donde habito me tocó la puerta pues ella también posee el apellido LLerandi y el paquete había llegado erróneamente a sus manos.  Haber encontrado por primera vez en mi vida a otra persona con mi mismo apellido siendo vecina es una coincidencia realmente espectacular, por lo menos para mí.

Pero lo que indiscutiblemente me ha producido más sorpresa aún es la conversión de mi problemático apellido en un nombre, más común de lo que me podría imaginar en mi originaria Cuba. Un tiempo atrás leí una noticia sobre un boxeador cubano de nombre Yerandy y de apellido que no recuerdo, que había fallecido sobre el ring de manera intempestiva debido a eso que los expertos llaman un knockout. La noticia se titulaba “Se murió Yerandy” y recuerdo haber decidido rebotárselo a algunos amigos, uno de los cuáles me armó tremendo zaperoco pues no leyó el contenido y se puso hasta a llorar creyendo en mi fallecimiento. Cosa que no sólo me sorprendió, sino que me produjo hasta un cierto orgullo, que alguien fuese capaz de llorar por mi desaparición. También, ahora, acabo de leer la noticia de una atormentada madre que su hijo de nombre Yerandy y de apellido no sé qué cosa, está desaparecido desde hace meses en que se embarcó en una miserable balsa para huir del comunismo cubano.

Me asombra enormemente la transformación de un apellido en nombre, sobre todo tomando en cuenta que el camino recorrido por el idioma español fue, al contrario, los hijos de Gonzalo obtenían el González, los de Rodrigo el Rodríguez, y así por el estilo. Pero sospecho que en Cuba, ante la falta de buena televisión y escasos mecanismos de información vía internet, los cubanos se ponen a jugar con las letras y las palabras. De ahí la universal tendencia —dentro de la isla— de meterle la y a cualquier nombre y en el caso de mi apellido, ni mandado a hacer, era facilito introducirle la y por partida doble, sustituyendo a la ll y a la consabida i, que para ambas cosas sirve la promiscua y. El asunto es tan importante y tan generalizado, que la prestigiosa periodista Yoani (con y) Sánchez llamó a su página La generación Y.  Todos los jóvenes cubanos, orondos, ostentan en alguna parte de su nombre la consabida y, quépale o no le quepa, se lo incrustan y listo.

Mientras tanto, reflexionando sobre estas cuitas, vuelve a mi memoria que mi apellido es originario de las tierras asturianas, donde alguna vez, hurgando por Papá Google —que siempre tiene una respuesta a tus dudas— me informó de la existencia de un pueblecito, al  final de una carretera, en una escondida montaña de ese Principado, donde el maltratado apellido se originó y donde alguna vez soñé que podrían transcurrir plácidamente mis últimos días. Espero tener tiempo y condiciones para lograrlo.

 

 

 

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