Inventar la palabra amor / LA ENTREGA, por Edilio Peña

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La razón del poder flota en la superficie, el amor subyace en la profundidad.

La entrega verdadera supera la razón del poder. La conduce un espíritu puro y auténtico que supera lo predecible. Quizá por ello no todos se entregan. Hay quienes lo hacen para ser y otros para tener. La voluntad primera, es vidente; la segunda, ciega. Entre el sentir del corazón humano y la necesidad de la mundana avaricia, hay un umbral que separa ambos territorios: el amor.

Este sentimiento brinda una lucidez ajena a la conciencia del interés. Quien ama lo hace rebasando a su propia razón, a su mezquina cordura. Es una conciencia que puede ignorar porque está demasiada despierta. El sueño no la vencerá. Ni el dolor ni la enfermedad logran abatir al amor. La posibilidad de la muerte, tampoco. La levedad de un espíritu lo trasciende de su pesadumbre y el tormento. Se acompaña en la soledad del ensimismamiento. Su dilecto refugio. No teme porque gusta reír. Pero tiene el valor de llorar. No le preocupa ser comprendido porque se reconoce hecho por el  barro que sembró un aguacero en las entrañas de la tierra. No acepta migajas para tener la ilusión de ser feliz con poco. Amar a alguien no es lo mismo que sucumbir a una abstracción que enceguece con  espejismos.

Los verdaderos místicos pertenecen a esa estirpe porque están acostumbrados a cruzar los umbrales del atardecer. La razón del poder flota en la superficie, el amor subyace en la profundidad. No se ve, ni siquiera llega a oírse. Las palabras no logran alcanzarlo. Pocos, percibirlo. Alguien sueña que lo ha palpado, y muestra una herida en el pecho. El rostro más bello no lo representa. Algunos mueren de tristeza o asesinan por celo. Sobre todo cuando descubren que el rival es el propio ser amado. El amor lo supera todo cuando se entrega y le asalta el terror de perder lo más preciado que nunca se había propuesto esperar desde la lejanía. Ese extranjero o ese pasajero que desea  que pronto llegue, que esté a su lado con el beso que nunca le han dado.

No es necesario tener un corazón para amar. Porque no siempre este es un sentimiento destinado a otro ser humano que palpita igual que su corazón. La bóveda celeste testimonia de otra manera el sentimiento que estremece a los humanos, tanto como el delta del río, la inmensidad del mar o la frondosidad de la selva, donde aquellas aves se bañan de colores. En esas dimensiones, no hay miedo, rivalidad o muerte que vincule a la palabra amor. Porque todo aquello que se expande es la bifurcación del universo que no ceja en mirarnos con asombro desde aquella vez, en que decidimos ante el fuego, inventar esa palabra: Amor.

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