Una tierra prometida / LAS VISIONES DE BARACK OBAMA, por Juan Francisco Misle

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Obama se muestra plenamente consciente de las simpatías que generaba mundialmente el hecho de ser el primer presidente negro de EEUU y esas simpatías se tornaron en franca admiración durante sus visitas de Estado al extranjero.

Acabo de concluir la lectura del último libro del expresidente Barack Obama titulado Una tierra prometida en el que narra de un modo muy intimista y reflexivo el periplo de su vida que va desde sus tiempos de activista político en las calles de Chicago hasta el momento de la captura y muerte de Osama Bin Laden en 2011.

Empiezo diciendo que el expresidente norteamericano muestra una sorprendente destreza con la pluma y una capacidad narrativa muy especial que hace de la lectura de este libro, de poco menos de 900 páginas, una experiencia grata y entretenida y, por supuesto, muy educativa. A diferencia de otros líderes mundiales (ni qué decir del ágrafo que resultó electo como presidente de EEUU en 2016) Obama nos asegura que escribió íntegramente este libro sin la participación de los llamados ghost writters, aunque reconoce que sus textos fueron revisados por especialistas con el fin de asegurar que no se revelasen en esta obra ningún secreto de Estado, y para confirmar la precisión de las cifras e indicadores técnicos que Obama utiliza con bastante frecuencia y efectividad de principio a fin de esta obra.

En Una tierra prometida el lector encontrará una prosa limpia y muy bien articulada que el expresidente usa para narrar en detalle y de un modo muy entendible para cualquier lego algunos episodios clave de su primer período presidencial. Entre ellos destacan la gestión de su gobierno en la crisis financiera que sacudió a su país entre el 2008 y el 2009, el hundimiento de la plataforma petrolera Deepwater Horizon en el Golfo de México en 2010, la reforma del sistema de salud americana y los intríngulis de economía política vinculados con la participación de EEUU en las negociaciones sobre cambios climáticos en el marco de la ONU, entre otros temas que enfrentó en el curso de su primer gobierno. Esto da testimonio de que quien es capaz de entender bien los espinosos aspectos técnicos presentes en todos estos temas es igualmente capaz de explicarlos con claridad, asegurando el interés del lector y no aburrirlo. Obama recurre frecuentemente al humor y a un uso esporádico —pero cuidadoso— de malas palabras para narrar ciertas conversaciones con sus colaboradores más cercanos y eso impregna a sus textos no solo de espontaneidad y frescura, sino que logra el milagro de incitar una cierta complicidad con el lector.

Varios son los asuntos que hacen de este libro una obra a ser leída para quienes se interesen en la política norteamericana, pero quizás el aspecto más llamativo y sorprendente de Una tierra prometida es que nos revela una faceta humanística muy enraizada en la personalidad de expresidente Obama. Allí se nos muestra como un hombre de fuertes convicciones principistas que entiende que el avance de las sociedades, sobre todo en democracia, es incremental, progresivo y por esa razón el expresidente tiende a favorecer la negociación y el consenso. En ese sentido, sorprende su respeto por la opinión de los adversarios, un rasgo que se siente genuino en el expresidente.

Un aspecto particularmente llamativo del libro de Obama es la relevancia que le da el expresidente a su familia, tanto la de su madre y abuelos maternos, y la que conforma con su esposa Michelle y sus dos hijas. Con frecuencia Obama intercala en su narración eso que los franceses denominan la petite  histoire  para contarnos acontecimientos de su niñez o juventud, o incluso de la vida diaria de su familia en la Casa Blanca, todos los cuales sirven para indicarle al lector el modo que su historia familiar moldea claramente sus actos públicos.  Puestos a especular sobre este asunto uno nota una fuerte influencia femenina en la personalidad de Obama pues tanto su abuela como su madre y sobre todo Michele son figuras recias, independientes, seguras de sí mismas y de convicciones muy arraigadas. Como vengo de decir, ellas aparecen citadas por Obama muchas veces en el libro y parecieran darle al expresidente el anclaje emocional que él necesitaba para balancear las inseguridades vinculadas al hecho de ser bi-racial, de carecer de una figura paterna en su entorno, y de haber pasado buena parte de su adolescencia en el extranjero o en Hawái que, si bien es un estado de Unión, no representa la cultura americana. Esas referencias están salpicadas de ternura, admiración y orgullo hacia ellas.

Es muy probable que Obama haya decidido compartir con el lector ese lado de su vida personal para poder abordar cómo sus adversarios intentaron explotar políticamente su origen y sembrar miedos sobre su estilo de vida, su formación académica y hasta su fe religiosa. No hay que olvidar, por ejemplo, que ya en 2010 Donald Trump, en preparación de su precandidatura presidencial de 2016, dedicó mucho esfuerzo y dinero intentando conformar una matriz de opinión según la cual Obama no había nacido en EEUU sino en Kenia o quizás en Indonesia, y que por tanto su elección en 2008 era írrita. Esa acusación, a todas luces falsa, si bien estaba destinada a fracasar ante la evidencia demostrable y demostrada de que Obama había nacido en Hawái fue, en opinión del propio expresidente Obama, una distracción perturbadora en momentos en que su gobierno buscaba detener la quiebra de los mayores bancos norteamericanos, palear la crisis del sector automotriz con asiento en Detroit, estimular el crecimiento económico y atajar el desempleo que afectaba a 10% de la población de su país. La cuestión del birtherism, dicho sea de paso, es un buen ejemplo de una gestión política inadecuada de su gobierno que por mucho tiempo ignoró o subestimó por considerarlo un tema frívolo y que a falta de una respuesta fulminante y rápida terminó haciendo metástasis en un gran sector de la sociedad estadounidense nucleada en torno al Tea Party. En todo caso es bueno destacar que Obama no elude su responsabilidad en el precario manejo que se hizo de este asunto.

Obama nos plantea con mucha crudeza que si bien durante sus dos primeros años de gobierno había logrado un  éxito ostensible gestionando la crisis financiera heredada de Bush, rescatado de la quiebra a la industria automotriz local y su programa de recuperación económica ya empezaba a cosechar sus frutos (el crecimiento del PIB americano pasó de -2.8%  en 2009 a 2.6% en 2010), nada de eso lo dejaba a salvo de tres críticas muy importantes y hasta cierto punto justificadas, como él mismo reconoce en su libro: el desempleo seguía en aumento, los salarios reales permanecían estancados y el rescate a los grandes bancos e instituciones de seguros se hizo muy impopular entre los norteamericanos que veían a su gobierno ayudar a Wall Street mientras se mostraba incapaz de revertir la caída en los estándares de vida del pueblo estadounidense. Todos esos problemas creados por la administración Bush fueron explotados políticamente de una manera muy hábil, oportunista y abiertamente hipócrita por los republicanos, y eso derivó en que los demócratas perdieran la mayoría en el Congreso de EEUU a finales del 2010.

Una de las cosas que más se le critican a Obama es que desperdició la mayoría parlamentaria que obtuvo el partido demócrata en 2008. Como podrán recordar, su triunfo electoral ese año estuvo acompañado por una rotunda victoria de los demócratas en la Cámara de Representantes del Congreso (257 demócratas y 178 republicanos) y en el Senado (59 demócratas y 41 republicanos) y eso hacía presumir que su administración no tendría prácticamente ningún obstáculo para hacer aprobar su agenda legislativa a pesar de que se requieren 60 votos en el Senado para superar el llamado filibuster y poder aprobar leyes. En apariencia a Obama solo le faltaba un voto para alcanzar esa mayoría calificada. Pero la política norteamericana, nos advierte el expresidente, está muy descentralizada y ningún partido puede contar por adelantado con que cada uno de sus miembros vote ‘entubadamente’ de acuerdo con una línea partidista y eso se manifestó claramente entre los congresistas demócratas provenientes de estados muy conservadores, sobre todo los del sur, que o no apoyaban algunas de las iniciativas parlamentarias del expresidente por considerarla muy liberales en sus propios estados o circunscripciones,  o ralentizaban su aprobación bajo cualquier excusa banal o técnica. De ese modo la mayoría nominal del partido de gobierno en el Congreso no era sino virtual y se hizo más complejo el proceso de negociación entre las fracciones políticas en temas espinosos como los de inmigración, de salud pública, cambios climáticos y en el área fiscal.  De todos esos temas apenas si pudo aprobarse la Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Accesible —el Obamacare—, una de las conquistas que más enorgullecen al expresidente norteamericano. En su descargo hay que reconocer que la prioridad absoluta del gobierno en aquellos momentos consistía en aplicar un torniquete para contener el descalabro financiero de Wall Street, evitar la quiebra de General Motors y Chrysler y superar la recesión económica. Alcanzar esos objetivos requería de un apoyo amplio parlamentario para la aprobación de varios y costosos paquetes de ayudas, a ser financiado con la emisión deuda pública, para lo cual Obama obtuvo el respaldo político necesario en el parlamento y con ello logró superar lo peor de la crisis norteamericana de 2008-2009.

Si bien es cierto que en el proceso de gestión de la crisis económica en su país el expresidente Obama consumió buena parte de su capital político interno, a nivel internacional aún lo mantenía intacto, o incluso en alza. En su análisis sobre este aspecto, Obama se muestra plenamente consciente de las simpatías que generaba mundialmente el hecho de ser el primer presidente negro de EEUU y esas simpatías se tornaron en franca admiración durante sus visitas de Estado al extranjero. En la víspera de su primer viaje oficial a Europa, Obama nos plantea sus inseguridades y dudas respecto a su capacidad real de rescatar el liderazgo mundial de EEUU. El hombre se pregunta: “¿Estaba preparado para ser un líder mundial? ¿Tenía las habilidades diplomáticas, el conocimiento y la fuerza de autoridad para dirigir?” Y uno entiende perfectamente la validez de esas dudas, habida cuenta de que EEUU seguía enredado en la madeja de dos guerras de su propia hechura, en Afganistán y en Irak, mientras que los problemas que azotaban al mundo seguían profundizándose ante la ausencia del liderazgo norteamericano y la inutilidad práctica del sistema multilateral. A ese nivel, sus principales preocupaciones se centraban en el conflicto entre Israel y los palestinos, el papel de Irán como instigador internacional de conflictos en el Medio Oriente sumado a sus aspiraciones de convertirse en una potencia nuclear, el ascenso de China como poder económico mundial, las amenazas imperiales de Putin en Rusia y el tema de los cambios climáticos.

casino slot book of ra deluxe apk androidSus pronunciamientos, más que sus acciones, en cada uno de esos temas despertaban la admiración de la prensa y del público en general, pero muy particularmente la de los jefes de Estado en los países aliados de EEUU. Obama compartía con ellos su propia visión del mundo reconociendo que históricamente la intervención norteamericana fuera de sus fronteras arrojaba luces y sombras por doquier, y la declaración fue asumida como un testimonio de realismo y humildad pocas veces vista en un presidente estadounidense. Lo mismo puede decirse del reconocimiento de que en su país la lucha contra la discriminación racial, religiosa y de género era —y seguía siendo— una aspiración permanente y no exenta de etapas tristes y vergonzosas y que el futuro se presentaba con una mezcla de esperanza e incertidumbre. Pero lo que quizás estimulaba mayor aprobación hacia su figura eran cosas como la reiteración del compromiso de su gobierno en la defensa y promoción de los derechos humanos, la libertad de expresión y la democracia en todo el mundo, su apego al sistema multilateral y a la cooperación entre las naciones, la promesa de acabar con la tortura, el cierre de Guantánamo, la promoción del libre comercio y las seguridades en torno a la participación de su país en las negociaciones internacionales sobre cambios climáticos. Todo eso nos relata Obama en su libro, renovaban la esperanza sobre el liderazgo a ser desempeñado por EEUU  y levantaba un gran entusiasmo y expectativas sobre su gestión de gobierno que recién empezaba. De hecho, Obama reconoce aquí que el Premio Nobel de la Paz que recibió en 2009 fue sorpresivo pues “no creía merecer estar en compañía de aquellas figuras transformadoras que habían sido premiadas en el pasado… veía el galardón como una llamada a la acción”. Y era evidente, digo yo, que otorgarle el Nóbel al bisoño presidente de EEUU fue un gran error de cálculo de la Academia Sueca.

Y ya que estamos abordando la cuestión internacional, hay que decir que resulta muy llamativo las pocas referencias que se hace en libro sobre Hillary Clinton a la que Obama dedica apenas uno pocos párrafos para contarnos los rifirrafes que tuvo con ella en el marco de la campaña electoral para seleccionar el candidato demócrata a las elecciones del 2008, de la cuales, como se recordará, Obama salió electo. La gestión de Hillary como secretaria de Estado es minimizada de un modo sorprendente a pesar de que la política internacional de su gobierno ocupa un espacio muy destacado en esta obra. Eso sí, el expresidente trata a Hillary con guantes de seda y una muy cordial indiferencia. Mucho mayor protagonismo le da Obama al equipo de colaboradores que lo acompañaron desde sus inicios políticos en Illinois, nombres que probablemente ustedes no serían capaces de identificar o reconocer, y a otras   personas que forman parte de la burocracia norteamericana, o incluso académicos que se unieron más tarde a su administración.

En cuanto a los líderes mundiales con los cuales se vinculó durante su primer gobierno, Obama revela una admiración muy especial hacia la canciller alemana Angela Merkel, una persona “firme, honesta, intelectualmente rigurosa e instintivamente amable”. A David Cameron de Inglaterra como “el conservador educado en Eton que se desempeñó como primer ministro del Reino Unido de 2010 a 2016 que era cortés y confiado y que tenía la confianza fácil de alguien a quien la vida nunca había presionado demasiado”. A Nicolás Sarkozy de Francia; “muy dado a las explosiones emocionales y de exagerada retórica. Una figura sacada de un cuadro de Toulouse-Lautrec”. Con Dmitri Medvédev de Rusia desarrolló una relación de trabajo productiva y pragmática en diversas áreas, pero sin perder de vista que no era él quien tomaba las decisiones más importantes en Rusia. En cambio, Obama no oculta su desdén hacia Vladimir Putin que le recuerda a esos barones políticos que el entonces activista político enfrentó al principio de su carrera en Chicago: “él era como uno de eso jefecillos distritales, excepto que poseía capacidad nuclear y poder de veto en el Consejo de Seguridad de EEUU… un hombre duro, con inteligencia callejera, poco sentimental, que veía a los padrinazgos, el chantaje, el fraude y la violencia ocasional como herramientas legítimas del oficio”. Y, finalmente, de América Latina apenas si hay une fugaz mención del presidente Lula de Brasil. Ni una vez menciona a Fidel Castro o a Chávez.

Obama concluye su libro con una narración bien detallada de todo el proceso de rastreo, captura y muerte de Osama Bin Laden, el archienemigo de la sociedad norteamericana, jefe de Al-Qaeda, y responsable del atentado de terrorista del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. Al momento de su baja habían pasado 10 años de un esfuerzo sostenido, fatigante y respaldado por todas las fuerzas políticas de su país en su búsqueda, y había justificado o servido de excusa, desde la óptica norteamericana, para la intervención militar en Afganistán, la cual terminó siendo muy costosa en vidas y dinero. Obama reflexiona sobre este episodio con comprensible orgullo y en términos aspiracionales invocando los mejores espíritus que anidan en el pueblo americano: “Por primera y única vez en mi presidencia no tuvimos que justificar lo que habíamos hecho. No tuvimos que contener ataques republicanos ni responder a acusaciones de electorados clave que aseguraran que habíamos cedido en algún principio crucial. No afloraron quejas sobre la ejecución de la misión ni consecuencias imprevista… el ataque en Abbottabad supuso una especie de catarsis”. Todo ello no obsta para que Obama se pregunte así mismo “si aquella unidad de esfuerzos, aquella idea de un propósito compartido, solo era posible cuando ese propósito era matar a un terrorista”. Como se puede ver, la duda no parece abandonar nunca al expresidente americano.

Al término de mi lectura de Una tierra prometida y reflexionando sobre esta experiencia literaria recordé una frase que se le atribuye a Winston Churchill y que viene como anillo al dedo al intentar descubrir la motivación más profunda que pudo haber movido al expresidente Obama a escribirla. Decía Churchill: “la historia será generosa conmigo puesto que tengo la intención de escribirla”. Yo estoy seguro que  Obama decidió seguir la recomendación del líder británico, y me parece además, a juzgar por lo que ha escrito en este libro, que está muy bien encaminado. Quedamos a la espera del segundo volumen.

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