El mal acecha / LA CIEGA NECESIDAD, por Edilio Peña

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Macbeth, de William Shakespeare, trata de vencer el miedo a la incertidumbre que le presenta el más allá de las brujas con sus oráculos, aceptando lo espantoso que la ambición ha descubierto de sí.

Existe una ciega necesidad acechando, la cual puede emerger sobre todas aquellas que han sido satisfechas. Aquella que la individualidad especifica como singular, justo cuando —en un momento dado de iluminación o turbulencia— despierta. La que se halla más allá de las necesidades del cuerpo,  de la conciencia y de esa dimensión inaprensible llamado espíritu.

La libertad en la cúspide de su frenesí, puede abolir cualquier frontera y juntarse con lo que la niega. No hay principio ético ni religión que lo impida. Ciega necesidad que ni siquiera se presiente en medio de abrumadores espejismos. La misma que es ignorada por la conveniencia o la desestimada inocencia de los ingenuos. Porque la costumbre de las necesidades mundanas desbordadas siembra la idea de que la vida está hecha de muchos senderos y que por todos se puede andar por igual. Un lactante que priva en las pulsiones primitivas, en las hondas sombras de los personajes. En la mente libre, a veces acecha la mentira y la traición para sostener la ilusión de un amor perpetuo que hace tiempo murió, pero que aún no se ha percatado. El  abismo no pareciera tener moral porque toda caída es precipitada. A mayor complejidad individual, mayor complejidad  colectiva.

Quizás por eso todo individuo, en algún momento de su vida, sorprende al revelar algo de su personalidad que tenía oculto; algo que probablemente él mismo ignoraba. Las situaciones límites se constituyen en propiciatorias para que esto emerja. El mal acecha mucho más que el bien —es un instinto reprimido por la cultura— hasta que encuentra las condiciones para actuar desenfrenadamente, como una fiera o una belleza  irresistible. Se puede concluir entonces que las pautas culturales y las ideologías son la servidumbre dilecta para que emerja la ciega necesidad, con justificativos civilizatorios. El fanatismo es el estadio culminante para su desarrollo. Lo que crea la manada que sigue al jefe tribal, al caudillo. Inevitablemente, el mal es una de las tantas expresiones del poder, su sendero está roturado de rivalidad, envida, odio, resentimiento y avaricia que propicia una excitabilidad inimaginable, antropófaga. Paradójicamente, quien llega al poder en nombre del bien, inmediatamente es tentado a corromperse. Capaz de matar a padres, hermanos, amigos, parejas, si estos se oponen a sus fines más obsesivos y superlativos. La única manera de escapar a este destino funesto, es no permaneciendo mucho tiempo en el ejercicio del poder. Pero ser un renunciante estoico y místico, no es nada fácil. Porque el poder es más poderoso que el sexo. Para quien lo conquista y lo detenta  por mucho tiempo constituye su droga más adictiva y predilecta,  la  única  a la que no está dispuesto a renunciar. Así se lo exija la propia sexualidad en su dimensión perversa y alucinante.

Macbeth, de William Shakespeare, trata de vencer el miedo a la incertidumbre que le presenta el más allá de las brujas con sus oráculos, aceptando lo espantoso que la ambición ha descubierto de sí. No obstante, su sentir no siempre coincide con su pensar. Su tormento comienza cuando la disfunción pone a rivalizar ambas partes. Entonces, apuñala el plácido sueño del rey Duncan hasta convertirlo en una horrorosa pesadilla. Macbeth es utilizado por esa ciega necesidad que inaugura con el magnicidio que comete. Mas para conquistar el poder absoluto —pero por igual para mantenerse— se hace acompañar y conducir por la conducta fría y calculadora de su mujer, Lady Macbeth. A quien esta trata como a un niño desvalido. Sin embargo, al final, los dos sucumben a la locura y al delirio del extravío metafísico. Es decir, no llegan a ser completamente malignos. Muy por el contrario, en Ricardo III, del mismo autor, otra de sus piezas teatrales sobre el poder, el personaje protagónico asume el ejercicio maquiavélico del mal para justificar y darle sentido a su existencia física deforme. Ricardo III no sufre de culpa ni de arrepentimiento mientras ejecuta conspiraciones y comete asesinatos para hacerse de su objetivo más caro: esa cúspide que rodea con un océano de sangre. Cualquier vínculo afectivo que se le atraviese es eliminado sin ningún pudor.  Además, se deleita en ejecutarlos. Comprende que la inteligencia del mal puede ser genial en la instrumentación de sus fines magnos, inclusive, mucho más que el  blando bien. Paradójicamente, Ricardo III  sólo pareciera tener miedo o estremecimiento gélido, cuando ante la pérdida del poder conquistado en el campo de batalla, grita desbocado: “¡Mi reino, mi reino por un caballo!”. Aunque esa expresión desesperada podría considerarse como estratagema de su arrolladora malignidad. Ricardo III es la prefiguración, desde la ficción teatral, de lo que habría de ser después  en la realidad, Joseph Stalin, Adolfo Hitler,  Fidel Castro, Hugo Chávez, Nicolás Maduro.
El carácter del poder ha querido ser explicado como enfermedad, por parte de psicólogos y psiquiatras, cuando en este se incuba el mal. Como una expresión primitiva subyacente, aún no explicado por la antropología. Lo paradójico es que las sociedades se han acostumbrado a su conducción y arbitrariedad desde el Estado.

En el Estado monárquico, aristocrático, comunista, democrático, son aceptados con normalidad y naturalidad, aquellos desmanes de estadistas que coronan su poder dictatorial  a través de la ejecución sistemática del mal más aborrecible. Como exterminar de hambre de manera fría y sistemática a más de treinta y cinco millones de personas como ocurren actualmente en Venezuela. Quizá por ello las rebeliones de los pueblos tardan. Les da vergüenza ejecutar a sus verdugos. Con el prurito de un sentimiento inequívocamente humanitario. Porque terminan en un pacifismo que conduce a un martirologio inútil e impotente. Ningún Estado como el totalitario ha hecho suyo su poderosa maquinaria exterminadora, desde principios ideológicos extremos, mesiánicos y divinos. Ha sumado la ciencia y monopolios económicos, desatando virus como el máximo Ángel de la muerte que custodia, selecciona, y extermina a los confinados en el nuevo campo de concentración planetario. El totalitarismo del mal se hace absoluto al vencer el sentimiento de culpa y repugnancia del victimario, pero igualmente el de la víctima propiciatoria que se entrega sin rebelión. Aquella que por conciencia e inconciencia, se hace su más fiel cómplice si el totalitarismo prolonga  su existencia en el tiempo. Ese enemigo a quien tanto teme y que se le imposibilita vencer.

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@edilio_p

 

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