Libertad y democracia / SE RESERVA EL DERECHO DE ADMISION, por Antonio Llerandi

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Como en muchas otras cosas de la humanidad, una cierta vanguardia avanza y la multitud remolona la sigue.

Especial para Ideas de Babel. Cuando yo era joven y deambulaba, como tantos otros, por bares y conciliábulos varios en el territorio venezolano, muchos de estos sitios detentaban uno de los dos siguientes letreros de bienvenida: “Se reserva el derecho de admisión” o “Ambiente familiar”. En el segundo de los casos, cuando la familiaridad era bienvenida, ya se sabía que si propasabas el umbral anunciante, lo que íbamos a encontrar adentro era un burdel, un simple, elemental y propiciatorio lenocinio. El primero de los avisos, simplemente nos preparaba para que si al dueño no le caíamos en gracia, tenía todo el legislativo poder de ponernos “de patitas en la calle”, sin pataleos ni reclamacioncitas, porque bien claro lo advertía antes que entráramos. Si no me gustas no vas pa’l baile, y punto.

Todo este artilugio viene a colación a raíz de las sesudas discusiones de las normas y su violación, que se ha desatado —como tantas cosas— en virtud de los últimos acontecimientos, sobre todo en EEUU. Que si Twitter tiene derecho a bloquear al que te conté, que pobrecito, que ahora todo el mundo la tiene cogida con él, que claro, como empezó su desgracia, y muchos etcéteras.

Pero intentemos entender el asunto, aunque la rapidez de estas cosas tecnológicas ha agarrado a toda la humanidad fuera de base, como se diría en el argot beisbolero.  Como la vaina ha ido a una velocidad impresionante, las condiciones legales, regulatorias, controladoras, no se han producido con la misma prontitud que la importancia del asunto reclamaba. Como en muchas otras cosas de la humanidad, una cierta vanguardia avanza y la multitud remolona la sigue.

¿Qué son los twitters o los emails o similares? Pues, sencillamente, que unas mentes brillantes y tecnológicamente preparadas, inventaron unos asuntos por el cual miles de millones de habitantes de este sufrido mundo, creemos dos cosas: la primera que nos estamos conectando con otros rápida e inmediatamente y la segunda –y más peligrosa– que todo lo que por ahí circula es verdad. La primera de esas acciones es lo que llamaríamos la comunicación humana, aunque si a ver vamos, los algoritmos que la controlan nos pudieran hacer pensar que no es tan humana, y la segunda es una nueva forma de religión, una fe que profesan muchos, de que todo lo que allí aparece, por más que se lo expliquen que no, es verdad. Una verdad como una catedral, y ya sabemos lo que significa las verdades y las catedrales reunidas.

Pues de libertad y represión va el asunto. Es como si digamos que algún españoleto trasnochado se mete en una de las susodichas catedrales a ‘cagarse en Dios’ —expresión muy común por esos lares— y sencillamente se encuentra con el malhumorado sacerdote que lo invita —decente o furiosamente, depende del estado de ánimo del cura y de la intensidad de la defecada del poblador— a hacerlo donde le salga del forro, pero por favor dentro de la iglesia, no.

¿Eso qué significa? en primer lugar, que uno tiene que tener muy claro varias cosas y la primera es escoger donde vas a armar el zaperoco. Porque dentro de mi casa ni se te ocurra, aquí mando yo, como diría toda esposa que se precie de su condición de ama, de la casa y de todo. En segundo término, tomar en cuenta la forma y el contenido del peo que vas a propiciar. Pues siempre se pueden encontrar maneras elegantes y civilizatorias para mandar a alguien al diablo, o por lo menos ponerlo en su lugar. Cada cabeza es un mundo, y a cada quién su cada cual, como dirían dos de los sabihondos refranes antiguos que en definitiva terminan no diciendo nada.

Pero volvamos al meollo del asunto. La gigantesca proliferación de estos medios por los cuales los seres humanos nos interconectamos hace, entre otras cosas, que lo sintamos como normales, como cotidianos, como nuestros de cada día, como el pan, pues. Y se han constituido en tal normalidad, que es poco o nada lo que reflexionamos sobre ellos.  Hasta que se prende un alboroto. Y allí sí salen tirios, troyanos, y sobre todo venezolanos, a protestar porque al pobre hombre no lo dejan expresarse todo lo que quiera y ensalsarse en el alma de Biden. La libertad de expresión es sagrada. Pero la tan cacareada libertad de decir lo que nos da la gana, es inversamente proporcional —para hablarlo en términos matemáticos— a los embustes que estés desparramando y sobre todo a la violencia y la mentira que vayas regando.

Por otra parte, como lo señalaba al comienzo de este artículo, Twitter tiene la pequeña característica que es una empresa privada, eso que muchos de los protestantes defienden a capa, espada y twitter, y por lo tanto, como toda empresa privada, pone condiciones para su uso, y tú si te entrometes, pues las aceptas y punto, y si no, pues te vas bien largo, porque aquí no entras. En fin, como decía anteriormente, ese conflicto entre medio social y empresa privada, no está resuelto por ahora. Hay quienes reclaman la intervención estatal, pero otros —y con mucha razón— advierten de que eso es un peligro, la libertad de expresión por encima de todo. Una discusión indiscutiblemente no resuelta.

El asunto es muy, pero muy complejo. Complicado. Es como eso que llaman la libertad individual y la libertad colectiva. El yo escucho la música que me da la gana, pero bájale el volumen porque me está atormentando. No sé si me explico. En todo caso, espero, anhelo, presumo, sugiero, deseo, exhorto, que mentes más sesudas se enfrenten en un futuro más cercano que lejano, a legislar sanamente, hasta dónde llega esto, a partir de cuándo hay que frenarlo, quién controla a quién, qué se permite y qué no, y tantas otras reglas y normas, que las sociedades civilizadas han ido convirtiendo en leyes y regulaciones, jamás para controlar, pero si para permitirnos convivir civilizatoriamente, y no matándonos entre unos y otros, por más que mi vecino me reviente las pelotas.

Después de escribir estos circunloquios, leo lo expresado por Angela Merkel, que creo que resume y concreta todas mis especulaciones: “La libertad de expresión sólo existe porque hay democracia, sí atentas contra ella no puedes exigirla porque no crees en el sistema que la permite. El odio, la ignorancia, la división, no son opiniones”.

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