Hablando de cáncer / GRACIAS, MR. TRUMP, por Antonio Llerandi

El cáncer explotó por todo lo alto y Washington DC y las entrañas del Capitolio se vieron invadidas por él.

Especial para Ideas de Babel. Cuando alguna persona descubre que es víctima de un cáncer, tiene dos posibilidades. Si se encuentra en un estado avanzado, es muy difícil que se recupere, y generalmente con una agonía más o menos larga, el individuo fenece.

La otra posibilidad es que el cáncer sea descubierto en una fase cercana, y aplicando los tratamientos médicos que han estado al alcance de la humanidad, la persona supere ese cáncer, y mediante los cuidados y las previsiones necesarias, logre, no sólo sobrevivir, sino incluso descubrir una mejor calidad de vida, haciendo hincapié en lo más sano y descartando lo dañino, lo perjudicial, preparándose así para una mejor sobrevivencia. Creo que todos hemos conocido ejemplo de ambos casos.

Las sociedades, como reflejo y reunión de los individuos, también pueden vivir en carne propia una situación similar.

Venezuela podría ser un buen ejemplo, como nación, del primer caso, un cáncer la fue carcomiendo desde hace mucho tiempo y la falta de tratamientos adecuados o la carencia de médicos sociales avezados, permitió que el mal avanzara, tanto que podríamos llamarlo metástasis, y como en el ejemplo de los individuos, sabemos lo difícil que es superar esta situación.

EEUU está en una situación similar, en lo que al cáncer se refiere. La ventaja es que esa malignidad es relativamente reciente y ciertos especialistas comenzaron a alertarlo.  Algunos empezaron a prestarle atención entonces a los síntomas y se dieron cuenta que las manifestaciones eran evidente prueba de que se estaba frente a una enfermedad, grave, muy grave, a menos que se comenzara de inmediato una terapia de recuperación.

Muchos —quizás incrédulos— se mostraron indiferentes pues consideraron que los síntomas eran leves y que no era motivo de grandes preocupaciones. Pero como todo cáncer, si no se le extirpa a tiempo, continúa avanzando. Es similar a lo que sucede con ciertas personas cuando un familiar es víctima de esa enfermedad, algunos se niegan a aceptarlo, otros deciden tratar de buscar ayudas en creencias o milagros y hay quienes optan, satisfactoriamente, por enfrentarlo, mientras sea posible corregirlo o eliminarlo.

En todo caso, llega un momento en que al asunto no se le puede dar más vueltas, el cáncer está ahí, está dañando al organismo, y es necesario eliminarlo, o él nos eliminará a nosotros,  en Venezuela, el tipo de cáncer que hemos sufrido está médicamente señalado en una categoría llamada chavismo y una mutación de él, llamada madurismo.

EEUU es tan grande y poderoso que siempre pensó que era invulnerable a esa enfermedad, pero sabemos que todo cuerpo vivo es capaz de sufrirlo, y por lo tanto debemos estar muy atentos a las llamadas manifestaciones secundarias o periféricas.

Algunos médicos sociales habían advertido de ciertos síntomas significativos, pero muchos aún pensaron que eran males secundarios o pasajeros. Pero de repente, basta una prueba, única, irrebatible, científicamente comprobada, para que todos y cada uno entendamos que el cáncer ha calado en esta sociedad. Las células malignas se propagan, y salen del órgano originario y se riegan por todas partes, por todos los estados. Así como algunos individuos recomiendan agüitas y brebajes para resolver el problema y otros piensan que el asunto se va a ir reabsorbiendo. Los verdaderos médicos advierten que hay que atacar el mal desde su propio centro.

El cáncer de EEUU tiene nombre propio, y a pesar de haber dado bastante manifestaciones durante estos últimos cuatro años, el día 6 de enero, cual mejor regalo de reyes para una sociedad inmersa aún, a pesar de las restricciones del coronavirus, en unas festividades navideñas, se disparó públicamente, se hizo evidente, incluso para aquellos que se negaban a ver la realidad. Gracias, muchas gracias, Mr. Trump, por hacer evidente todo lo que usted significa, todo lo que ha intentado, todo lo que ha hecho por destruir la más sólida democracia del mundo, que había sido un ejemplo para la humanidad.

Se acabaron las diarreítas, los cólicos, las fiebrecitas, las tosecitas y todas las manifestaciones menores de la enfermedad, el cáncer explotó por todo lo alto y Washington DC y las entrañas del Capitolio se vieron invadidas por él. Gracias, Mr. Trump, por dar el aviso final, por demostrarles sin tapujos a los ciudadanos de EEUU y del mundo, cuáles habían sido y siguen siendo sus intenciones, para nada diferentes a las de su patrón Putin, pues para algo él lo ayudó a escalar a donde llegó. Porque el Envenenador de Siberia, como toda inteligencia maligna, sabía que colocándolo allí iba a serle útil en su objetivo principal, debilitar a los EEUU.

Sí, es cierto, como todo cáncer en pleno desarrollo, ha ido avanzando, pero esta última manifestación ha puesto a toda la sociedad en alerta, ha despertado a lo mejor de EEUU, a sus mejores científicos, a la vanguardia intelectual, a los políticos preocupados por lo nacional y lo justo, a los estudiantes, a los grupos racialmente minoritarios y a gran parte, por no decir que casi todo el país, en la necesidad de reaccionar, de buscar, como han hecho en anteriores oportunidades, a la mejor América.

Estoy absolutamente seguro que la ciencia y la decencia triunfarán, que cada vez habrá más personas a favor de ello y que ese cáncer desaparecerá más temprano que tarde y que quede, como tantos otros casos médicos de antaño, como un ejemplo del peligro de apartarse de las buenas costumbres de vida sana. En el caso de los países, de las terribles consecuencias de alejarse de ese equilibrio médico denominado democracia.

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