De la leyenda griega al río americano / EL MITO DE LAS AMAZONAS, por Enrique Viloria Vera

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Este mito menor helénico, recreado, transformado, también viajó a América en la imaginación de los conquistadores.

Especial para Ideas de Babel. De acuerdo con el DRAE amazona es “mujer de alguna de las razas guerreras que suponían los antiguos haber existido en los tiempos heroicos”; en sentido figurado se asocia con una mujer alta y de ánimo viril o con una mujer que monta a caballo.

El viejo mito se remonta a una leyenda griega según la cual, en la región bárbara del río Termodonte, en Leucosiria, en las orillas meridionales del mar Negro, vivía una tribu de mujeres gobernadas por una reina. Según ciertas versiones de la época, las amazonas, que así se denominaban, al llegar la primavera recibían a los hombres de las comarcas vecinas para tener con ellos relaciones sexuales. Según otras versiones, los hombres vivían en la propia tribu de las amazonas como esclavos dedicados a los trabajos domésticos, las guerreras les quebraban los huesos de las piernas para inutilizarlos e impedirles hacer uso de las armas que estaban exclusivamente destinadas a las amazonas.

El término amazona proviene del griego: a —privativo— y mazón —pecho o teta—, es decir, sin tetas, porque se decía que aquellas belicosas mujeres se cortaban el pecho, el seno derecho para facilitar un mejor uso del arco.

Este mito menor helénico, recreado, transformado, también viajó a América en la imaginación de los conquistadores. Sobre este particular Uslar Pietri comenta:

 “El gran auge de los libros de caballería coincide con el comienzo de la empresa de Indias. Amadís de Gaula, que fue el modelo definitivo del género, apareció bastante antes de que Cortés saliera a la conquista de México. En las cartas y documentos de los conquistadores aparece con frecuencia el recuerdo de los libros de caballería. Uno de los más populares fue el de las Sergas del Esplandián, que narraba las descomunales aventuras del hijo de Amadís. Una de las mayores aventuras del Esplandián fue su tentativa de conquistar el reino de las amazonas. Las amazonas del libro español eran, en el fondo, las mismas del mito antiguo, pero con algunas importantes novedades: la reina guerrera ostenta un nombre nuevo que va a tener, gracias a la Conquista española, enorme resonancia histórica y geográfica. La reina se llama Calafia y su país California. Los españoles creen que pueden encontrarlo dentro de la desconocida e imaginaria geografía americana”.

Tanta era la convicción de los españoles en el Mito de las Amazonas que Colón creyó haber pasado cerca de la isla donde reinaba Calafia en alguna de las Antillas Menores. Pedro Mártir de Anglería también se refiere a él en sus célebres Décadas. Esta creencia, este convencimiento de los conquistadores se ve reforzado por los comentarios y narraciones de los propios indios, tal como lo recoge el cronista Agustín de Zárate:

 “…dijeron a los españoles que cincuenta leguas más adelante hay entre dos ríos una gran provincia poblada de mujeres que no consienten hombres consigo mas del tiempo conveniente a la generación. La reina dellas se llama Gabolmilla, que en su lengua quiere decir cielo de oro, porque en aquella tierra diz que se cría una gran cantidad de oro”.

En sus Cartas de Relación, Hernán Cortés menciona la fabulosa isla de las mujeres guerreras; Magallanes también trató de ubicarla en la ignota inmensidad del Pacífico. Bernal Díaz recuerda que Cortés envió a su capitán Juan Rodríguez de Carrillo a buscarla en el confín occidental de México, quien avizoró por primera vez la costa occidental de la hoy llamada Baja California, confundiéndola con una isla, y la bautizó con el contenido del mito que llevaba en su imaginación: California.

Empero no es sino con la desobediencia de Francisco de Orellana en 1542, que el Mito de las Amazonas adquiere existencia definitiva en el Nuevo Mundo. En efecto, Orellana, en busca del tan ansiado metal precioso, el oro de las Indias; desatendiendo las órdenes de su jefe Gonzalo Pizarro, se aventuró a recorrer, por su cuenta y sin destino, el que después sería el río más grande de la Tierra. El desobediente aventurero navegó dos mil leguas del río y sus afluentes a través de selvas vírgenes, para llegar, al final, a la costa opuesta en el Atlántico, y embarcarse de nuevo a España. A su llegada, temeroso de las represalias a que pudiese hacerse acreedor por su audacia y desobediencia, Orellana adornó su viaje con elementos de la realidad y con otros que extrajo de su imaginación caballeresca, en particular el viejo Mito de las Amazonas. Así narró que en su travesía fluvial se topó con un ejército de vírgenes desnudas, combatiéndolas tal como en tiempos arcanos lo hicieron Hércules, Aquiles y Teseo.

Producto de esa desobediencia, del combate con una tribu india a fines de junio de 1542, en el que también lucharon las mujeres de la tribu, y, sobre todo, del imaginario medieval, de la fantasía  de Orellana, el gran río, ese inconmensurable mar de agua dulce, pasó a conocerse con el nombre de Amazonas.

 

 

 

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