Ian Fleming / 007: LICENCIA PARA EVADIRSE, por Iker Zavala

Sean Connery, el primer James Bond del cine, con su creador Ian Fleming.

No le voy a decir nada que no sepa, pero allá va: todos tenemos, como mínimo, dos vidas. Una definida por la existencia diaria, esa que se lleva como uno mejor puede, llena de rutinas, gestiones, obstáculos y, la verdad sea dicha, no pocas satisfacciones. Y otra imaginaria, o imaginada, que conforma todo un planeta paralelo deseado, anhelado, inmenso e inagotable que se nutre sin descanso de todas nuestras frustraciones diarias.

Entre los muchos exploradores de ese planeta, que intentan colonizar izando sobre su suelo la bandera del ideal, admiramos a los escritores (y a los poetas sobre todos ellos) por su característica de cartógrafos del territorio, de guías. En sus páginas hallamos nuevas sendas, vislumbramos destellos desconocidos y promesas alentadoras. Pero no nos engañemos: tampoco los escritores viven permanentemente en ese lugar perfecto. La frustración también es su combustible. Por eso ningún héroe de ficción ha nacido de la satisfacción, de la complacencia, del conformismo de su autor. Y James Bond no es una excepción.

El escritor Ian Fleming (1908- 1964) nació en el seno de una familia adinerada, fue un seductor nato, supo desde muy joven cuáles eran sus placeres preferidos de la vida y se entregó a ellos con ganas. Fue todo un bon vivant londinense, pero también un sujeto bastante amargado en según qué momentos de su vida. También él necesitó evadirse, cosa que hizo física y espiritualmente, inventando de camino a James Bond para que usted y yo tuviéramos algo que hacer esos domingos por la tarde en los que asoman las terribles fauces del tedio.

Fue Fleming un joven férreamente dominado por los designios de su santa madre: Eve, conocida cariñosamente como Miewy, o Mie. También, fíjense qué cosas, como M. Huérfano de padre a los nueve años, el testamento de este otorgaba plenos poderes a Eve para privar a su hijo de los ahorros familiares si se desviaba de la recta senda, cosa que Ian hizo con esmero durante sus años de juventud: no encajó en la honorable escuela de Eton por sus peleas con el director y por su gusto incontrolable por dos placeres poco compatibles con la institución: coches y mujeres. Tampoco se adaptó a la academia militar en la que su madre se apresuró a inscribirle para salvar el honor de los Fleming: Ian salió de ahí bien presto tras contraer la gonorrea en un club de alterne del Soho. Eve, desesperada, quiso entonces que el muchacho fuera diplomático, lo apuntó a las oposiciones al Foreign Office y él la tranquilizó presentando en casa a la hermosa hija de un notable empresario suizo con la que pretendía casarse y formar familia. Pero no se puede dar misa y repicar a la vez: Fleming suspendió el examen de ingreso y su madre tuvo a bien echarle la culpa a la pobre chavala, obligando a Ian a elegir entre la chica o el dinero de la herencia de papá. En una decisión estrictamente bondiana, Fleming comprendió que el mundo estaba lleno de mujeres, pero los martinis y el Aston Martin solo se los podía pagar su jefe, M.

Siguió por tanto soltero, deambulando de un oficio a otro y dedicado a la buena vida, a las fiestas y a los casinos gracias al paraguas financiero de mamá, pero secretamente resentido por el dominio que esta ejercía sobre sus decisiones. Su vida hasta entonces tenía algo de la más famosa escena de Goldfinger, ya sabe, cuando Sean Connery está inmovilizado sobre una tabla con las piernas abiertas mientras un rayo láser de oro rojo avanza decidido hacia su entrepierna. No cabe duda de que, en el mundo real, ese láser le habría librado de más de un disgusto a Eve. Pero en el mundo real Eve, como Auric Goldfinger, también custodiaba el oro, qué se le va a hacer.

En el mundo real como en la ficción, el duelo de titanes entre Ian y Eve solo podía resolverse con un conflicto como catarsis. Estalló entonces uno ajustado a la situación: la Segunda Guerra Mundial llegó puntualmente para liberar a Ian de la influencia de mamá, y gracias a sus contactos y a su carácter expansivo se labraría, durante los seis años de guerra, una meritoria carrera como espía en la Royal Navy, con rango de teniente y comandante, que tuvo mucho de leyenda hasta que la desclasificación de documentos secretos del Gobierno británico reveló que sí, que Fleming había sido un excelente servidor a la patria. También que algunos de los detalles peliculeros con los que adornó entrevistas posteriores tenían mucho de realidad, como esa operación llamada Goldeneye con la que maniobró para prevenir una invasión alemana del Peñón de Gibraltar.

Pero no estábamos hablando aquí de invasiones, sino de evasiones. Tras años de resistencia y pese a su inquebrantable espíritu de playboy, en 1952 Fleming accedió a casarse con su amante, embarazada. Con ello abrazaría, como confesó a sus amigos, el «horroroso espectro del matrimonio», recibiendo el compromiso como la confirmación de una derrota. Tenía ya por entonces un cómodo trabajo en un grupo editorial que conservaría casi hasta su muerte y que le permitía disfrutar de tres meses de vacaciones al año. Decidió que los pasaría siempre en el mismo lugar: una villa de Jamaica que compró a tal efecto. La llamó Goldeneye, como su misión de la guerra y como, ya sabe, un Bond de Pierce Brosnan. Ese mismo año de 1952, el de su matrimonio, dedicó sus primeras vacaciones en Jamaica a probar suerte como escritor de novelas de espionaje, buceando en sus recuerdos de la guerra y en sus propias frustraciones. Seis semanas después había escrito Casino Royale, primera novela del mito James Bond: comandante de la Royal Navy libre de cargas familiares, solo casado con el país y con el servicio. Hombre de exquisito gusto, gran bebedor, significativamente huérfano desde niño y mujeriego, pese a lo cual jamás contrajo la gonorrea, que se sepa. Hasta su muerte en 1964, Fleming dedicaría su retiro anual en Goldeneye a escribir una nueva novela de su querido personaje (serían más de diez). Allí también pescaba, preparaba martinis, tomaba el sol, se bañaba en su playa privada y se bebía una botella de ginebra al día mientras paseaba por su villa jamaicana, exigiendo al servicio que se dirigiera a él como «comandante Fleming», evidentemente.

La evasión. Ahí la tiene. La RAE la define como el «desentendimiento de cualquier preocupación o inquietud», pero ya sabemos todos de qué hablamos, entre otras cosas porque de una manera u otra todos hemos visitado nuestro Goldeneye particular. También viendo alguna de las más de veinte adaptaciones cinematográficas del mito a lo largo de una de las franquicias más longevas y exitosas de la historia del cine, si no la más. Ya sabe: hay películas de James Bond mejores, peores, buenas, muy buenas, olvidables y sonrojantes, pero ahí siguen en su aparentemente infinito ciclo de reencarnaciones, desafiando toda lógica de explotación comercial (si la fórmula fuera reproducible, alguien la habría copiado con iguales resultados), mientras nos preguntamos sobre el porqué de su éxito. De hecho:

¿Por qué siguen siendo un éxito las aventuras de 007?

Pues porque se llama Bond, James Bond, y todos esperamos el momento en que llega la frase de marras, entre otros elementos definidores de un rito que tiene ya más de medio siglo. Recuerdo haber percibido siendo muy pequeño que algo no funcionaba en Nunca digas nunca jamás (1983), ese Bond pirata de Sean Connery producido fuera del paraguas oficial de Eon Productions. Ese algo era, por supuesto, la ausencia de la celebérrima secuencia de apertura con 007 disparando al espectador rodeado por el cañón de un arma. La película se permitía de hecho, desvergonzadamente, presentar una secuencia de créditos al modo tradicional, con los nombres de los responsables sobreimpresos sobre las primeras escenas de la película. ¿Dónde estaba la secuencia de acción trepidante previa a los créditos? ¿Dónde estaban, de hecho, los clásicos créditos bondianos con transparencias sobreimpresas sobre cuerpos esculturales?

Las películas de Bond no se ven, se celebran. Porque tienen su protocolo: desde que los talentos de Ken Adam (decorados), Maurice Binder (créditos), John Barry (música), el inmortal Connery y demás definieron las claves de la saga en los sesenta, no hay entrega de 007 que se precie sin su flema, su ironía, las chicas Bond marcando el paso vestidas de gala, el inmortal «Bond Theme» de Monty Norman, el Aston Martin, el martini con vodka, los inventos de Q, las instrucciones de M, los viajes por destinos exóticos, el exageradísimo y desquiciado product placement, el flirteo ocasional con Moneypenny y demás. Todo ello con ocasionales variaciones, pero siempre orquestadas en torno a un eufórico pacto con el espectador de ruptura de la credibilidad. Los productores saben que nos encanta volver a ese lugar feliz, conocido y seguro (repetimos: todo el mundo tiene su Goldeneye) y calculan todo matemáticamente para la ocasión. Roald Dahl, que escribió el guion de Solo se vive dos veces (1967), contaba al respecto las instrucciones previas que le dio el productor Cubby Broccoli, uno de los padres espirituales de la saga: «Recuerde respetar la fórmula de las tres chicas. La primera es pro-Bond, y no debe llegar viva al final del primer rollo, donde muere a manos del enemigo, preferiblemente en brazos de Bond. La segunda es anti-Bond, trabaja para el malo, debe capturar a 007 y este debe salvarse de ella haciéndose valer de su magnetismo sexual. Si consigue matarla de un modo original, mejor. La tercera chica es pro-Bond de modo fervoroso, ocupa el último tercio de la película y debe seguir viva hasta el final, más que nada porque debe aparecer junto a Bond en el fundido a negro».

Y así es como las películas de Bond se construyen sobre varias reglas inamovibles para llevarnos a ese mundo sin reglas. Sin grandes variaciones respecto a esa y otras fórmulas, la saga sobrevive, y hay motivos para celebrarlo. Por ejemplo: por aquí hace apenas un par de generaciones que todos sabemos leer, pero debe ser que estamos ya muy intelectualizados, pues nos hemos dejado cierto gusto por la aventura desacomplejada por el camino, creo yo. Hemos olvidado que hubo un tiempo en que la gente no leía La isla del tesoro lanzando miradas de reojo al busto de Stevenson, no sé si me explico. Recientemente, de hecho, una parte nada desdeñable del público arqueó la ceja con desaprobación cuando vio a todo un Indiana Jones salvarse de una explosión nuclear gracias a una nevera. Es una pena, la verdad, y por eso yo celebro que la saga Bond siga reivindicando las escenas de acción con fantasmadas perfectamente coreografiadas. En Spectre, que es una película de 2015 nada menos, Bond se salva del malo por enésima vez haciendo uso de gadgets ocultos en su reloj-bomba, como toda la puñetera vida. Yo casi hago la ola, qué quiere que le diga.

También parece regla hoy en día que los malos de ficción escondan dobles y triples lecturas. ¿Recuerda esas novelas infantiles del tipo Los Hollister, o Los Cinco de Enid Blyton? Los malos eran siempre «contrabandistas», poco más. En esta era de villanos presuntamente metafísicos uno echa de menos a los contrabandistas, la verdad, y por eso se agradece que Bond siga más o menos en su línea de malos que son malos porque sí, que siguen sirviéndose de un animal sin cerebro para ejercer la fuerza bruta o que se caracterizan por delirantes defectos físicos. La estupenda Casino Royale (2006) fue, ya sabe, un Bond maduro. A pesar de ello, y aunque adaptara fielmente la primera novela de Ian Fleming, uno de los más gozosos añadidos de sus guionistas, y toda una reivindicación de la vertiente cinematográfica de la saga, fue que Le Chiffre llorara sangre. ¡Sangre! ¡Bravo!

Si pese a todo esto usted pertenece al grupo de «los verosímiles» y espera que esta tontería de 007 se nos pase pronto, siento decirle que Spectre, que es una película con marcadísimos paralelismos con casi todo el Bond previo (empezando por Dr. No, de 1962), recaudó casi novecientos millones de dólares en todo el mundo mientras usted se une a un igualmente longevo grupo de agoreros: los que ya pronosticaron el final de la saga cuando terminaron los sesenta, cuando llegó el sida y el fin del sexo libre, o cuando cayó el Muro de Berlín y la muy gráfica amenaza soviética fue reemplazada por un terrorismo global de identidad difusa. La saga Bond se adapta a los tiempos: el machismo de las novelas de Fleming o de las películas de Connery provoca ahora cierto estupor, pero la palabra clave es esa: ahora. Por eso el primer Bond deDaniel Craig trajo como carta de presentación a uno de los más ricos y densos personajes femeninos de toda la saga, muy alejado de las bobas bidimensionales que poblaban varias películas de Roger Moore, por ejemplo.

Porque la saga Bond no solo tiene futuro, sino que la revisión de sus eslabones semiolvidados depara grandes recompensas, como comprobar que Timothy Dalton fue un 007 muchísimo mejor de lo que se recuerda, o que Al servicio secreto de su majestad es, de lejos, la película más infravalorada de la serie. La saga se retroalimenta, y tiene cierta aura invencible porque está llena de pasos en falso por los que no paga: los recicla en combustible para el futuro. Por eso yo confío en que dentro de veinte o treinta años alguien haga un Quantum of Solace (2008) mínimamente comprensible y menos mareante. Los productores de la serie van tan sobrados de recursos que se han permitido hasta prescindir del héroe original de Ian Fleming (salvo, quizá, en Al servicio secreto de su majestad y Casino Royale): sigue habiendo ahí un gran personaje más o menos desconocido para la mayor parte del público, y, de hecho, si no ha leído usted jamás la primera novela de Fleming, sepa que hay en ella un momento en que Bond cree haberse quedado impotente. James Bond impotente, ya me dirá. El personaje literario flirtea en ocasiones con la derrota, tiene sus inseguridades y sufre muchas más frustraciones que ese macho alfa invencible cinematográfico que tan bien conocemos, aunque la verdad es que también tiende a salirse con la suya. Yo espero de hecho que el día en que la saga precise otro lavado de cara urgente no se ponga a copiar de nuevo tics de éxitos contemporáneos, como ya ha hecho otras veces, sino que decida lanzarse a adaptar de verdad Moonraker, por ejemplo, una novelita estupenda de Fleming cuya trama nada tiene que ver con ese disparate galáctico de 1979 con Roger Moore enfrentado a un improbable sujeto con dientes metálicos.

Porque Fleming, en su retiro anual en Goldeneye, creó un modesto, fresco y desinhibido entretenimiento desde su propia evasión personal. En 1964, moribundo, consumido y destruido por sus excesos con la ginebra y el martini, el escritor se disculpó flemáticamente ante los enfermeros que le trasladaban al hospital donde fallecería prematuramente. «Siento hacerles perder el tiempo», dijo. Quiero pensar que se refería al tiempo que esos médicos no estaban empleando en evadirse también ellos, gracias a héroes como su James Bond, y alejarse momentáneamente de ese mundo doloroso de matrimonios infelices, madres posesivas y largas y despreocupadas ingestas de alcohol con consecuencias irreversibles para la salud. Quién fuera Bond, oiga.

Larga vida a 007 pues. Y a sus fantasmadas imposibles.

Publicado originalmente en https://www.jotdown.es/2020/07/007-licencia-para-evadirse/

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