Enrique Gracia Trinidad / LA COTIDIANIDAD EN SU POESÍA, por Enrique Viloria Vera

Así va entonces por la vida nuestro poeta, disfrutando de la rutina ajena y rechazando la propia.

                                                                Nada como las bolsas de plástico y de mimbre / flotando a media altura en el mercado / bajo las manos de mujeres fuertes, / sobre pequeños carros donde un mundo cabe,  / siempre dejando ver un tallo de acelga, / una barra de pan o unas cebollas.  

                                                                                                                 * * *                               

Me levanté por la mañana, / la fecha es la de menos, / dispuesto a ser vulgar como se debe, / pero no funcionaba la rutina. / Alguien debió quitar los plomos de la mediocridad /o a Dios se lo olvidó que era jornada de trabajo.

ESPECIAL PARA IDEAS DE BABEL. Enrique Gracia Trinidad, dual, ambivalente, paradójico, disfruta y aborrece la cotidianidad, la rutina, la diaria usanza, la costumbre. Puede, a la vez, embelesarse con ella o repudiarla; sus versos de espectador agudo y solitario así lo testimonian: “La ropa a veces, mientras duermo, se me marcha a la calle”. O bien: “Me siento mal. / Algo fatiga mi cintura, quizás mi corazón. Debo marcharme / a dibujar también, sobre un papel o un muro; / esa pequeña historia / que a mí / me corresponde”.

El poeta es capaz entonces de prendarse de la cotidianidad del ama de casa, del fontanero, del vendedor de legumbres, del carnicero, de la pescadera, del trajín bullicioso del mercado de víveres, “después de levantarse y abrazar / al primer hombre”, pero también está presto a repudiar la suya, esa rutina que lo sofoca y debilita, haciéndolo pensar que un día más sobre la tierra no tiene sentido, que la vida no amerita de ser vivida.

Así va entonces por la vida nuestro poeta, disfrutando de la rutina ajena y rechazando la propia. Basta asistir con Enrique Gracia al Mercado de las Ventas en Madrid  —que puede ser cualquiera de los heterogéneos territorios de la alimentación en cualquier ciudad del planeta: el mercado de todo y para todos de Guacaipuro en Caracas, el escenográfico de la Rue Mouffetard de Paris, el central de los mariscos y moluscos en Santiago de Chile, el de las coloridas especias en Rabat, el del picante ají en Ciudad de México o el de los flamantes atunes y tiburones en el lejano Tokio— para exteriorizar en sus alimenticios versos el regocijo que le produce ver a como se llevan a cabo, aquí y allá, allende y aquende, las transacciones habituales y siempre inéditas, en las que el vendedor adorna su oferta para tentar al consumidor, y el comprador hace todo lo posible por llevarse algo de más o cancelar algo de menos.

Para el escritor un mercado como el de las Ventas “es el paraíso reencontrado”, “un circo de alma insospechada”, donde la vendedora de pescado es una miss internacional, el frutero se alborota con prontitud y el bobo del mercado, el infaltable tonto del lugar, el que carga, poseído por la felicidad las cajas de verduras, ríe por nada; el olor del embutido multicolor compite con los mejores aromas del universo que se perciben en el propio olfato del poeta: “el aire es de limones, de laurel o canela, / de verde perejil, gamba roja, café, / queso manchego, / vida”, y el ordinario y prosaico papel de envolver se convierte en protagonista final y apetecido de tantos entusiastas participantes en el jolgorio,  la jarana, el fandango que supone un alegre y variopinto mercado de víveres en cualquier lugar del mundo.

Se extasía y se divierte ciertamente el poeta, no puede ni quiere ocultar su vivaz entusiasmo: “No hay color en el mundo / como el que tiene un puesto de frutas apiladas, / un color oloroso de piel acariciable y fresca. / ¡hay tanta gente aquí, tanto alboroto! / —¿Quién da a la vez?— repite el eco, / mientras un universo multicolor, sin tregua, / sofocante, / desfila siempre igual, distinto siempre, / junto al escaparate de aceitunas: / Se vocea el pimiento con eróticos gritos / y cómplices sonrisas; interrogan al ojo del besugo, / miran en el profundo corazón de la lechuga, / se palpa la manzana”.

Gracia Trinidad hace suyas las leyendas ajenas; las pequeñas historias, las trascendentes anécdotas diarias, que “se dibujan en pálidas paredes, en esquinas que ocultan su dolor y su triunfo (…) Las pequeñas historias esperan a sus novios, / cogen el autobús, / llevan cartera de colegio, / salen del almacén de ultramarinos, / van al cine; / dan de comer a las palomas / cuando saben que el tiempo ya no espera: / Río que se desborda por la orilla cansada de mis ojos”.

Así la cotidianidad del otro, la forastera, se convierte en inevitable motivo poético que el escritor suma a su propio fastidio vital, a su permanente fatiga existencial. Los trenes, los cafés, el metro, las aceras, los centros comerciales, los cines, las esquinas, al igual que los mercados municipales, los bares, la plaza de toros, las tascas y mesones, le brindan al poeta un desechable y variopinto material humano que alimenta también, en más de una ocasión, su inapetencia por la vida, su perenne vértigo personal: “Dejo pasar el tiempo, minutos alejados de este cuerpo, / respiración ajena al espectáculo / que me ofrece mi nombre / y el nombre que le invento a cada asunto (…) La realidad es un gusano que ha comido de más, / tiene la digestión pesada, / no habla a sus vecinos / y se enrosca a dormir en el momento menos oportuno (…) Debe ser lo que llaman asuntos cotidianos, / o costumbre, /  o cualquier otra historia que mejor no escribir”.

Sin embargo, reconciliado a ratos con su prójimo de todos los días, el concreto y evidente, el anónimo y tumultuoso, Gracia Trinidad confiesa sin hipocresías su interés por la gente del común, por los ciudadanos de a pie, que se transforman en cotidiano paisaje humano visitado ardorosamente por el escritor con misericordiosos propósitos redentores y justicieros: “Tengo que devolverle lo que es suyo: / las palabras, / el ansía por decirlas como si fuesen mías. / ¡Oh, la palabra siempre, / sangre que se derrama del silencio / cuando es asesinado! (…) He de restituir esta alegría, / ¡ya se sufre bastante! / De la sonrisa y la palabra queda / para todos / por más que devolvamos”, o más revoltoso y anarquista todavía: “Y esta palabra debe seguir siendo / soledad disparada, / a quemarropa, / contra la multitud que se disuelve / en un ácido esfuerzo, cotidiano y servil, / pasto de la miseria; / descalabrada sombra del olvido”.

Confirma Gracia Trinidad que los peregrinos de vidriera, los desocupados, los oficinistas, los presos, los recién bañados y afeitados, los bebedores de café y menta poleo, los parroquianos habituales, los fumadores sin remedio, los vecinos de ocasión, los menguados madrileños y los incesantes inmigrantes de diferente color y habla, son efectivamente: “el paisaje humano que busco, / escritura de carne entre las calles, / arañazo de piel / que avanza hacia las horas de la tarde, / Gente. // Espectáculo vivo, improvisado, / que hace suyas las plazas: / hijos del laberinto, / corriendo a los oficios y las cárceles; / desde el humo a las páginas, / desenredando la madeja / para encontrar después la ruta de regreso”.

También se atreve el inconsciente de Gracia Trinidad a salir de paseo para continuar hurgando en las costumbres ajenas, en las cotidianidades foráneas, a fin de contrastar su propia descompostura con el vértigo de algunos dramáticos y descabellados personajes que habitan vívidos sólo en su indetenible imaginación.  En efecto, con las “puertas inclinadas / hacia el lado derecho del olvido / que es el lado siniestro de la desesperanza”, el escritor se imagina – en cursivas – el guión que un sueño alocado y repleto de prójimo le sugiere: “Allí una mujer clara, / gótica imagen de la belleza rubia, / fabricante de besos, / me sonríe / y se aleja / y ya es bastante. / Un hombre con el rostro / velado por la nada, / zapatos y columnas que siguen recostándose / sobre el lado profundo de esta casa / – torre, cueva, pretil de olvido – / donde se juega al vértigo / y se cae…”

Nada quiere, sin embargo, el escritor con su propia rutina, con esas “orillas tristes de la necesidad”, con la cotidianidad que lleva a cuestas como una indeseada giba, como una mole etérea más pesada que un Escorial, a ella quisiera renunciar o que lo renuncien: “Mientras los girasoles proponen una huelga / contra un sol que no quiere dar la cara; / yo me siento en el filo de un libro de cocina, / balanceo los pies sobre la eternidad / y echo recetas  a los pájaros. // Vaya una forma idiota de perderme otro día”. Nada desea pues el poeta con el automatismo contemporáneo, con las aburridas usanzas personales – “Y permitidme ahora una pregunta: / ¿Por qué no puede ser este poema también un sacacorchos?” -, con un desafecto e incoloro día a día: “La costumbre es la cálida trampa de la vida. / Uno se deja llevar poco a poco y está perdido, / se siente a gusto y está muerto / Hace trampas la luz en la costumbre, / los minutos no tienen nada nuevo – eso ya es viejo – / y es la rutina un óxido, una grama, / una costura ineficaz, / el harapo tendido en una cuerda / que se secó hace tiempo y ya ni gesticula”.

Gracia Trinidad se acerca a ratos a su infancia y adolescencia para desvelarla y dejarla al descubierto en versos que hablan de tiempos que no son ni fueron mejores ni peores…simplemente fueron: “ He llegado esta tarde hasta la misma / calle donde crecí. Lugar extraño / sin el juego de entonces ni la risa / rebotando en los viejos portalones: / Cualquiera puede regresar un día, / es fácil retornar pero terrible / porque no se regresa en realidad…” Constata así el escritor —sin añoranzas, melancolías ni nostalgias— que toda cotidianidad es intemporal, que vivencialmente da lo mismo,, aunque, en ciertas ocasiones, deba defenderse el recuerdo y una que otra tradición que hacía la existencia, en su momento, más natural y menos artificiosa: “ni que las calles, arena, piedra, resto de brasero (…) donde ingenieros fuimos del polvo y la merienda, / fuesen mejores que las calles / que recorremos hoy, / teléfono inalámbrico en el coche y prisa de colores; / perfectas avenidas / con sus limpias fachas de cristal / tras las que el mundo es eficacia, máster, negocio “on line” y dividendos. // No quisiera que nadie / sacase una opinión equivocada: / Cuarto de kilo de azúcar en su bolsa de estraza / no puede compararse con la belleza hermética de un frasco / de diseño anatómico para la sacarina. /  Faltaría más.”

Registra también Gracia Trinidad otras cotidianidades personales y ajenas, más sangrientas y dolorosas empero, como aquellas situaciones sin destino en el las que “siempre queda un zapato después de un accidente, / un zapato sin alma y sin aliento (…) Algo también nos quedará a nosotros / al final de la insípida tertulia donde siempre acabamos, / tal vez un alienígena en el fondo del vaso, / a quien secar las gotas de cerveza y ofrecerle tabaco, / con el que discutir hasta que nos alcance la mañana, / sobre estúpidos versos y atrevidas hipótesis futuras”.

En fin, dejemos al poeta con sus malmirados idos y venires, con sus inevitables andanzas de todos los días, con su rutina negadora, con esa cotidianidad irrenunciable y necesaria que maldita nos impone la existencia: la desdeñosa, soberbia y despectiva vida, ante la cual Enrique Gracia Trinidad, con la única arma válidamente disponible para domeñarla: sus versos, reflexiona sobre lo vertiginosamente vivido y acuerda para sí mismo, estricto y resignado, lo siguiente:

“Nunca estaré de acuerdo con la vida. / Ella no entiende nada de lo que aquí nos pasa, / sigue a lo suyo, ignora lo más simple de mis necesidades, / se oculta a mis deseos, ensordece mis súplicas: / Últimamente he decidido / vivir sólo lo justo / para que esta malvada / no me moleste demasiado”. 

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