Sabores literarios / EL GABO Y LA COCINA (1), por Josu Iza

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“El amor es tan importante como la comida, pero no alimenta”

Gabriel García Márquez.

Vamos a cruzar el mar océano y acercarnos por estos lares de nuestra Latinoamérica. El que fue para muchos el gran Gabriel García Márquez —o sencillamente Gabo— fue un amante extraordinario y lujurioso de la cocina de su amada Colombia pero también de otros climas y latitudes.

Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera, El coronel no tiene quien le escriba y tantos otros son sus libros más conocidos. Pero hay una serie de relatos que se publicaron con el nombre de Los doce cuentos peregrinos, donde GGM —además de tejer sus historias con el vínculo que es común a la identidad latina en América— le da una presencia importante a la cocina y la experiencia de compartir la comida entre los personajes de sus relatos, personajes americanos y europeos, allá donde se desarrollan las historias de sus doce cuentos.

En Buen viaje señor presidente, el protagonista —exiliado en Ginebra— es invitado a comer en casa de una pareja de bajos recursos —como se dice ahora— y “Lázara Davis, una mulata fina de San Juan de Puerto Rico, del color del caramelo en reposo, le sorprendió con un arroz con camarones, tajadas de plátano maduro y ensalada de aguacate, que le conmovieron las nostalgias del Caribe en la fría Europa”.

En el cuento La Santa relata que “Margarito Duarte y sus amigos les llevaban helados y chocolates a las putitas de verano que mariposeaban bajo los laureles centenarios de la Villa Borghese en Roma que se daban el lujo de perder un buen cliente para irse con nosotros a tomar un buen café bien conversado en el bar de la esquina”.

En El avión de la bella durmiente el personaje principal queda hechizado por la mujer más bella que ha visto en su vida en el aeropuerto Charles de Gaulle de París. Pero lo importante es que a causa de una tormenta que retrasa todos los vuelos, las colas se hacen interminables en los restaurantes y cafeterías donde se acaba la comida en menos de tres horas y lo único que alcanza a comer en medio de la rebatiña fueron dos vasos de helado de crema de una tienda infantil.

Me alquilo para soñar es uno de los cuentos más floridos en cuanto a contenido gastronómico. En él “el poeta Pablo Neruda se comió tres langostas enteras a las que descuartizó con maestría de cirujano y al mismo tiempo devoraba con la vista otros platos e iba picando un poco de cada uno de ellos con un deleite que contagiaba las ganas de comer: almejas de Galicia, percebes del Cantábrico, espardenyas —pepino de mar— de la Costa Brava, cigalas de Alicante. Mientras tanto, como los franceses, solo hablaba de otras exquisiteces de la cocina, especialmente los mariscos del Chile que llevaba en el fondo de su corazón”.

Pero no todo es epicúreo en los Doce Cuentos. María de la Luz Cervantes, la mexicana protagonista de Solo vine a hablar por teléfono sobrevivía picoteando la pitanza de la cárcel con los cubiertos encadenados al mesón de madera bruta, la comida de perros en su encierro equivocado en un sanatorio mental español. Y Billy Sánchez colombiano recién casado y perdido en París en El rastro de tu sangre en la nieve, había aprendido a saludar en francés y a pedir sándwiches de jamón y café con leche. También sabía que nunca le sería posible ordenar mantequilla ni huevos porque nunca los aprendería a decir, pero la mantequilla la servían siempre con el pan y los huevos duros estaban a la vista en el aparador y se cogían sin pedirlos, pero mientras esperaba a su esposa que se estaba desangrando sin él saberlo, un día consiguió ordenar un filete de ternera con papas fritas y una botella de vino.

Hay un cuento titulado Espantos de agosto que se ubica en el pueblo de Arezzo en plena Toscana, donde se narra cómo el escritor venezolano Miguel Otero Silva, compra un castillo encantado e invita a GGM y su familia a conocerlo. MOS, que además de escritor era un anfitrión espléndido y un comedor refinado, les ofrece un almuerzo espléndido de nunca olvidar, pero nos quedamos con las ganas de saber lo que comieron porque no lo detalla el autor del cuento. Aunque conociendo el gusto por el buen yantar y el buen beber de MOS no tenemos duda que el menú debió ser abundante y sabroso.

La señora Prudencia Linero, una colombiana de Riohacha, se libra de morir en la Italia de la posguerra en Diecisiete ingleses envenenados al conformarse con una sopa de fideos, un plato de calabacines hervidos con unas tiras de tocino rancio y un pedazo de pan que parecía mármol, mientras su intuición  le hace  rechazar  una sopa de ostras envenenada.

En el pueblo costero de Cadaqués en La Tramontana, que es un viento frío y desapacible que sopla en Cataluña —y hace honor al carácter de sus habitantes— un portero de un edificio que era un hombre muy viejo, cocinaba en una lata y un infiernillo de alcohol todas las exquisiteces de la cocina gótica y al almuerzo del martes les regaló a los personajes del cuento, la pieza maestra de la cocina de la huerta catalana: conejo con caracoles.

La luz es como el agua nos cuenta como dos niños colombianos —Totó y Joel, que vivían en el Paseo de La Castellana de Madrid— se bebían a escondidas un vaso de brandy de la botella de su papá y María dos Prazeres, nombre del cuento y de la hermosa mulata brasileira de 72 años que siendo niña fue vendida a un marino y abandonada en Barcelona a su suerte, logra sobrevivir  vendiendo su cuerpo y espera a la muerte cocinando canelones gratinados y un pollo tierno en su jugo.

Y para finalizar, la señora Forbes, una institutriz alemana, preparaba para dos niños colombianos en la isla de la Pantelaria en la costa siciliana sus pasteles de crema, sus tartas de vainilla y sus exquisitos bizcochos de ciruelas en El verano feliz de la señora Forbes, aunque en realidad los niños añoraban la cocina y las ganas desordenadas de vivir de Fulvia Flamínea que después de una sopa les servía un filete al carbón que les alegraba la vida y les recordaba a su casa de Guacamayal, en el Magdalena colombiano.  Y de paso les hacía olvidar la frialdad de la germánica.

RECETA DE PESCADO FRITO COLOMBIA. BANDEJA COSTEÑA (Con Arroz con Coco y Patacones)

En Colombia Mojarra. En Venezuela Coro coro o Pargo.  Ajo, limón, sal.

Desescamar, limpiar bien el pescado de sus vísceras y hacerle unos cortes no muy profundos en el lomo. Salar bien en el interior y exprimir el limón regándolo bien. Dejar reposar diez minutos para que adquiera el sabor. Calentar el aceite abundante a unos 350 F o 180 C. Enharinar el pescado pero sacudiendo el exceso. Introducir en el aceite y freír hasta que quede bien crujiente y hecho en el interior.

ARROZ CON COCO: Preparar el TIOTÉ, reducción cocinada de la leche del coco con papelón. Luego pasar la carne restante del coco por la licuadora y hacer lo que será el caldo. Mezclar ambas antes de añadir el arroz que se cocinará hasta quedar al punto. Acordarse de ponerle su al correspondiente.

PATACONES: Método tradicional de freír, aplastar y freír de nuevo el plátano verde. Sal necesaria al gusto.

Publicado originalmente en https://pasionpais.net/

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