Toponimia / LOS NOMBRES Y LA GEOGRAFÍA COMO PROBLEMA, por Antonio Llerandi

ESPECIAL PARA IDEAS DE BABEL. Al principio, cuando todo era caza, pesca y recolección de frutos silvestres, había más o menos felicidad. Después, cuando crecimos, en número quiero decir, la cosa se puso más complicada. Empezó el asunto de yo, tú, él, nosotros, vosotros, ellos.

Y el problema grande realmente dio inicio cuando tuvimos que nombrar, que ponernos nombres, porque éramos tantos que teníamos que diferenciarnos. Y como no paramos de aumentarnos, sobre todo cuando no existía la pastilla anticonceptiva, la cuestión se complicó aún más. Surgieron entonces unas legalidades. A cada cual había que ponerle un nombre, y unos apellidos que indicaban quién supuestamente había puesto la semillita y quién la engendró.

Loa apellidos nos tocaban a juro, los nombres a pesar de que los llamaban propios, no era tan así, pues nos lo encasquetaban sin consultarnos y a llevarlos toda la vida. Para mí siempre fue un trauma, mi primer nombre era el mismito de mi padre y de mi abuelo, con lo cual se suponía o se aseveraba, que yo era una simple continuidad de ellos. Pero en mi Cuba natal, había la fatídica costumbre de colocarle a uno también otro nombre por añadidura, como si el primero no bastara y generalmente era el del santo del día que le tocara a uno nacer. A mí me tocó uno horrible y llevo toda mi vida cargando esa cruz, sin haber yo participado del asunto, porque si me hubieran preguntado otro gallo cantaría.

Tuve otro caso cercano en la familia, pues dos primos gemelos, jimaguas en Cuba, fueron el producto de un embarazo complicado de mi tía, que devota como era, prometió, sin saberlo, que si era niña le pondría Caridad y si varón Lázaro, los dos patronos católicos más venerados en la isla. En esas antiguas épocas, que eco ni que ocho cuartos, hasta que asomaba la cabecita y lo que venía atrás, ni idea de lo que sería, por más que algunas parteras trataran de adivinar si la barriga era puyúa o redonda. La explosión concluyó en un par de dos, y varones ambos, de más está decir que uno fue llamado Lázaro y el otro Caridad, la familia lo llamaba Pipe, precisamente como un acto caritativo.

En Cuba y en Venezuela, donde me ha tocado vivir, el problema de los nombres es bien complicado, pues sus habitantes compiten en lo más lanzado de la creatividad. Oigo que a un jugador de béisbol de la isla, los padres se fueron de originales y le pusieron Yotúél, las tres divinas personas en uno sólo y no sé diga más. En Venezuela, años atrás, había una gran disyuntiva vinculada también con los asuntos religiosos, concretamente a la existencia de la patrona de Venezuela, la Virgen de Coromoto. El origen de ese nombre vernáculo se debía a que a un aborigen de nombre Coromoto se le apareció la susodicha. Costumbre se hizo en llamar así a muchas mujeres, pero uno que otro padre desnaturalizado se lo injertó al hijo, aduciendo que el original era un hombre. Los Coromotos no se la pasaban nada bien en mi época, cuando teníamos un gran lote de Coromotos hembras. Hoy en día como van las cosas, el asunto creo que mejoraría, si a las mujeres que le clavaran ese nombre las llamaran Coromotas, por aquello del feminismo.

Todo esto lo menciono porque para mí implantarle un nombre a mi primer hijo fue todo un trauma, dos meses se pasó el chico sin nombre, aunque en realidad él ni se enteraba. Una amiga a falta de definición comenzó a llamarlo Pancracio, y aún lo mienta como tal, aunque desde luego no fue el escogido. Con la segunda hija, me fue más fácil, le zampé el de Claudia, pues toda la vida había estado enamorado de la Cardinale, y a la tercera se lo puso la madre y yo a lavarme las manos.

Anécdotas personales aparte, la cuestión se torna mucho más complicada a partir del momento que las tribus se fueron agrupando y constituyeron reinos, dominios, territorios y de unos años para acá, una entelequia que llaman países. Y aquí el problema tomó una dimensión inusitada. Porque además, el nombre se refería a una geografía concreta. Antes, de donde pasa el río tal a la cordillera aquella y etcétera, pero desde que la inteligencia humana inventó los mapas, aparecieron unas rayitas que delimitaban el asunto. Aunque si lo vemos en retrospectiva, esas rayitas se han movido muy a menudo, las llaman fronteras.

Aparece entonces una cosa muy estudiosa llamada la Toponimia, que para decirlo en pocas palabras, es el sesudo conocimiento de porqué un sitio se llama como se llama. Y ahí la cosa se complica y de qué manera. No es lo mismo si yo nací de la rayita para acá, que de la rayita para allá. Las llamaron naciones o países, y entre los privilegios de pertenecer a alguna de ellas, está el beneficio de tener unos libritos que llaman pasaportes, que son imprescindibles para pasar del otro lado de la rayita. No sé si nos estamos entendiendo, pero es que el asunto así, de buenas a primeras, no es fácil.

Hablando de cuestiones paradigmáticas referentes a eso que han dado en llamar países, me voy a referir a dos ejemplos que creo que son bien sintomáticos de los problemas de los nombres: Estados Unidos de América y el Reino de España. Uno es moderno, por llamarlo de alguna manera, y el otro ancestral, digo yo, sobre todo porque tiene muchas cosas viejas.

Estados Unidos de América es la única nación propiamente dicha del mundo que no tiene nombre, bueno nombre como el resto de los países, aquí la Toponimia no existe, es sencillamente un título que dice que hay un grupo de Estados, por ahora 50, que están unidos y que se encuentran en América. Hubo dos naciones en América que también, pienso yo que por parejería, asumieron un nombre similar, los Estados Unidos Mexicanos (1917-2012) y los Estados Unidos de Venezuela (1864-1953), casi un siglo cada uno. Es por esta razón que las partes de Venezuela y México se llaman Estados, en lugar de Provincias, como es usual en el resto de los países de América.

Pero volviendo a USA, como se abrevia en inglés, o EEUU, como se hace en español, debemos indicar que al no poseer nombre, lo toma de su ubicación geográfica, es decir son unos estados que están en un solo país y que está en Norteamérica. Pero ya aquí empiezan las contradicciones, en lo que a nombres respecta. Porque Hawái, que es un estado, no está en Norteamérica, sino en medio del mar y por allá lejote. Alaska, que es otro estado y que USA se lo compró a Rusia por algo más de 7 millones de dólares en 1867, sólo fue incorporado como estado en 1959, pero no está unido a los demás porque tiene a Canadá de por medio. Y como Canadá también está en Norteamérica, no sería entonces correcto llamar a los habitantes de EEUU norteamericanos porque si a ver vamos, los canadienses también lo son. A México no tanto, porque aunque geográficamente podríamos decir que tiene parte en el Norte, los de USA prefieren empujarlo hacia Centroamérica más cerca de los pinches pobres que de los norteños ricos. Entonces, y debido a las exigencias de la Toponimia, cómo diablos llamamos a los ciudadanos de USA o EEUU, ‘usados’ o ‘eunidos’. Terminaron llamándolos estadounidenses con todo lo feo que eso suena y lo poco que significa, pero la creatividad latinoamericana, a falta de nombres propios que los distingan les clavó lo de gringos o yanquis y resuelto el problema, por lo menos a nivel popular, que es lo que cuenta.

La cosa llega a unos límites inusitados, pues cuando uno le pregunta a un gringo por su nacionalidad nos responde americano, con su cara bien lavada, como si fueran los únicos, cuando hay otros 34 países que comparten esa ubicación, que ellos quieren expropiar.

Lo de USA o EEUU es otra característica muy gringa, pues es notorio que les da flojera hablar y utilizan en demasía las contracciones, casi como hablar en clave, y encima todo lo inicializan. No se te ocurra llamarte Alejandro o Gustavo u Oswaldo en USA porque pasarás a ser Al, Gu u Ozzy, dos sílabas máximo como concesión y ya. Ni hablar cuando nos referimos a Potus, Flotus o Scotus.   Porque escribir también como que les da flojera, con lo sabroso que es.

El otro que está metido en un berenjenal es el Reino de España, que ya ni tan reino, porque el viejo rey anda sacudiéndose el asunto bien lejos y al joven no le paran mucho. Y a ver lo de los nombres en este caso: es un Reino, pero no un país, porque dentro del reino resulta que hay otros países, como el Vasco y el Catalán, que quieren ser países, diferentes al reino, con todo lo que eso significa, con la modificadera de rayitas y pasaportes nuevos y etcétera. Y como encima quieren dejar de ser reino, a lo mejor imitan a EEUU y se convierten en ‘Estados Unidos Ibéricos’, que tiene el problema que Portugal está ahí atravesado, pero en fin, sucedería lo mismo que con Canadá y USA, que con no pararle tienen. Pasarían entonces a llamarse “euibéricos” que con lo rápido que están hablando los españoles últimamente, le van a entender los marcianos. Ni se diga los que van a imponer las mojigangas que hablan los otros, porque el español a hablarlo en América, que aquí en la península es colonizador.

En fin, de nombres y problemas estamos rodeados, aunque no nos demos cuenta, y quizás la solución, siguiendo los patrones de equilibrio, tranquilidad y desarrollo de los suizos, lo mejor es convertirnos en cantones y vivir mejor. Pero estoy  seguro que a más de un loco por ahí se le ocurrirá decir que Cantón le suena a cantonés, que eso es chino, y por lo tanto comunista, y a tomar por…  (Como dicen los españoles, mientras puedan seguir hablando ese idioma retrógrado).

 

 

 

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