Hablando de virus / LA HEPATITIS C, por Antonio Llerandi

Las características del virus, que muta permanentemente, hacen difícil, por no decir imposible, la existencia de una vacuna.

Especial para Ideas de Babel. Hoy voy a referirme a un tema en el cual me considero un experto, no por ser médico ni científico, sino por haber tenido esa enfermedad por décadas. El asunto viene a colación por varias razones.

En primer lugar por el otorgamiento del Premio Nobel de Medicina a tres importantes científicos, dos estadounidenses, Harvey J. Alter y Charles M. Rice, y el británico Michael Houghton. Merecidísimos premiados dada la importancia de sus investigaciones, a quienes en lo particular les estoy sumamente agradecido. Y precisamente como un paciente consuetudinario de ese padecimiento es que les quiero contar.

Como en muchos otros aspectos científicos, pareciera que en vez de avanzar en su conocimiento y divulgación es cada vez menos lo que se sabe, por lo cual voy a hacer un breve recuento explicativo. Las principales hepatitis virales son las llamadas A, B y C, de las dos primeras la A es de alguna forma la más benigna, es fácil contagiarse por saliva, alimentos o malas condiciones sanitarias. Sin embargo, con reposo y cuidados es superable sin problemas ni consecuencias. La B es un poco más complicada y su contagio está más relacionado con intercambio de fluidos entre las personas. Pero tanto la A como la B tienen a su favor la existencia de una vacuna, que nos protege de ellas. En muchos países, todos los niños son vacunados para prevenirlas, por lo tanto hace mucho tiempo dejaron de considerarse un peligro para la humanidad.

Ahora hablemos de mi no querida C y la importancia de que estos doctores se hayan puesto a estudiarla. La hepatitis C solo se contagia por sangre y quienes la hemos padecido, en general, es consecuencia de transfusiones, operaciones y eventos donde la sangre juega un papel preponderante. Es casi imposible determinar cuándo se contagia. En mi caso debió ser en mi infancia cuando me realizaron transfusiones sanguíneas. Los de mayor riesgo, así como hoy en día con el coronavirus, son los profesionales de la salud, médicos, enfermeras u odontólogos.  Aunque en los últimos tiempos, el contagio se debe mayoritariamente a piercings, tatoos o agujas infectadas al compartir drogas. El caso más patético es el de Egipto, quizás el país con mayor número de contagiados, producto de una vacunación masiva en los años sesenta del siglo pasado, donde se usaba una misma inyectadora o aguja para varias personas. Alguna estadística que vi por ahí mencionaba 57% de la población que la padecía.

Hablemos de la ciencia ahora. La hepatitis como toda enfermedad que termine en titis, significa una afectación o inflamación del órgano mencionado. El problema con nuestra no deseada C es que es producto de un virus que pasó mucho tiempo desconocido. Durante siglos infinidad de personas la sufrieron sin saberlo. En primer lugar porque es lo que llaman una enfermedad silenciosa, sin aparentes síntomas y sobre todo porque recién a finales de los ochenta fue  identificado el virus que la causa. El virus va haciendo su trabajo dañino en el hígado que, por ser uno de los órganos más nobles del ser humano, tiene una gran capacidad de resistencia, hasta con 80% dañado puede seguir cumpliendo con su función. Es importante señalar que el hígado no tiene terminaciones nerviosas, por lo tanto no produce dolor. Pero el virus lo va dañando paulatinamente. Por todas estas características muchísima gente que posee el virus no tiene conocimiento de su existencia. Muchos, como yo, nos enteramos por hechos fortuitos. En mi caso a raíz de la operación de vesícula biliar, los índices de laboratorio permanecieron alterados incluso después de ser extirpada, pero para los momentos —años noventa del siglo pasado— recién estaban estableciéndose los primeros kits de comprobación del virus, que llegaron a Venezuela avanzada la década y en ese momento se pudo determinar mi enfermedad.

Puedo considerarme afortunado por haberlo descubierto a tiempo y tomar a partir de entonces las precauciones del caso, no beber alcohol ni tomar medicamentos que afectaran al hígado, entre otros. La enfermedad en sí no da síntomas, sino cuando a veces ya no hay nada que hacer debido al daño hepático. El caso más conocido fue el del cantante español Raphael, cuando se enteró que tenía la hepatitis ya su hígado no funcionaba. En esos casos —como le sucedió a él— fue necesario el trasplante del órgano de otra persona.

Por otra parte, las características del virus, que muta permanentemente, hacen difícil, por no decir imposible, la existencia de una vacuna. En este aspecto tiene muchas similitudes con el virus del sida. La importancia de las investigaciones sobre la hepatitis C, y en particular estos galardonados, es que han permitido al fin descubrir un medicamento que la cura.

Aun cuando no se habla mucho de ello, la hepatitis C es tan catastrófica que se considera culpable de 400.000 muertes anuales. Proporcionalmente muchas más que el coronavirus, ya que este lleva una cantidad mayor en un año, pero la hepatitis C lleva matando muchísimos años. En toda familia ha habido siempre alguien muerto con una cirrosis hepática, generalmente atañida a las bebidas alcohólicas. Todo el mundo tiene una tía abuela que murió de eso, y los malos pensamientos siempre habían dicho “que escondida tenía la tía la botellita”. Pues no, hoy en día se sabe la verdadera causa, pues su conocimiento y reconocimiento es lamentablemente reciente.

Vayamos ahora a la situación actual. Millones de personas están contagiados y no lo saben. A menos que se hagan un examen específico para determinarlo. Se calcula que solo en EEUU más de 5 millones de personas lo tienen y lo ignoran. Muchos organismos de salud han tratado de establecer la obligatoriedad de ese control, pero hasta el momento no se ha generalizado lo suficiente.

Contra la hepatitis C se habían probado varios tratamientos con un nivel de respuesta positiva muy bajo, usando Interferón y otras drogas muy agresivas. Afortunadamente desde hace varios años se descubrió un medicamento, sin efectos secundarios y con un alto grado de efectividad, pues elimina el virus en 96% de los casos. Su nombre genérico es Sofosbuvir con variados nombres comerciales, los más conocidos en EEUU es Harvony y Sovaldi. El tratamiento es muy sencillo, se toma una pastilla diaria por 12 semanas. La dosis necesaria comprende tres frascos de 28 pastillas —uno por mes— para un total de 84 cápsulas.

Hasta aquí todo suena maravilloso, pero ahora entra en juego algo terrible en la medicina de EEUU: el costo del medicamento. Hace unos años las 84 pastillas costaban US$ 120.000, sí, leyeron bien, ciento veinte mil dólares. Claro que tomando en cuenta eso que llaman el mercado, con el correr del tiempo ese valor ha descendido. Actualmente está en US$ 84.000, es decir, el módico precio de mil dólares cada pastillita diaria. Y encima, la mayor parte de los seguros médicos no lo cubren. Pobres pacientes norteamericanos. La seguridad social de algunos países europeos también la cubren, pero generalmente a los casos más complicados, pues allí el medicamento está costando casi 55.000 euros.

Ustedes me preguntarán ¿cómo hiciste tú? Pues bien, les cuento, por un azar, y me puedo considerar afortunado por ello, gracias a otro conocido también infectado y a la información de mi médico en Venezuela, el Dr. Bernardo Beker, a quién desde mi punto de vista le debería haber tocado una migajita del Nobel, logramos establecer un contacto con un laboratorio en La India que también produce el medicamento. Las 84 benditas pastillas costaron US$ 990, mi hija me las pidió y previo el pago de US$150 del courier internacional, me llegaron a Caracas.  Al módico precio de once dólares la pastilla. Y vamos a estar claros, el laboratorio aún gana, pues según informes internacionales el costo de fabricación es de un dólar por pastilla.

Nuestro querido laboratorio norteamericano fabricante, hace que cada pastilla cueste mil dólares. Creo que es un ejemplo muy descriptivo del grandísimo negocio que es la medicina en EEUU.

Afortunadamente yo me encontraba en Caracas y allí me hice el tratamiento. De haber estado residenciado en EEUUU, como  ahora, no estoy tan seguro de haberlo podido adquirir en la India, que aparte de ser mi salvación, es el primer productor de cine del mundo, lo cual me produce un agradecimiento especial por mi profesión. Y digo que a lo mejor no lo hubiera podido importar porque el  gobierno norteamericano no quiere permitir que se adquieran medicamentos en otros países, ni siquiera en Canadá, donde son muchísimo más baratos y además tiene un sistema de medicina universal y gratuito para todos sus habitantes. Un asunto que cuando alguien lo plantea en Estados Unidos lo tildan de socialista o comunista, como están acostumbrándose a hacerlo algunos compatriotas en estas tierras. Pero este es un tema tan polémico que ameritaría otro artículo.

 

 

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