Homenaje / LAS RUIDOSAS CALLES DE GUILLERMO MORÓN, por Enrique Viloria Vera

Después de tantas andanzas, vuelos, caminatas, pasitrotes, Guillermo Morón reclama el robo, la sustracción, el escamoteo, de los ruidos de la calle, de su calle, de sus muchas calles. Foto de Andrea Hernández.

Pero no se trata de la historia de la muerte, sino de la empedernida memoria de la vida, una vida sin subidas ni bajadas, más bien en llano, y al pasitrote eso sí, son las metáforas que tengo iguales a la memoria, aunque la mayor parte del tiempo el automóvil y el avión han sido los vehículos que han llevado y traído a Francisco por el mundo, es como si anduviera a pie, en su burro chueco de la infancia y en los caballitos sin maña de la hacienda La Pastora. La memoria restituye las imágenes.

                                                                                                                                    Guillermo Morón

Guillermo Morón, el maestro de escuela y de las letras es un redomado callejero en la triple acepción del término recogido en el DRAE:

  1. adj. Perteneciente o relativo a la calle. U. especialmente para referirse a lo que actúa, se mueve o existe en la calle.
  2. adj. Que gusta de callejear.
  3. m. Lista de las calles de una ciudad populosa que traen las guías descriptivas de ella.

Nuestro homenajeado escritor ha impenitentemente vagado por medio mundo con el intelecto y los sentidos atentos y abiertos para recoger, entender e interpretar los dicentes ruidos citadinos y rurales que, luego, transmuta en palabras para —en términos de Octavio Paz— en esta hora menguada de crueles pandemias combatir el silencio que conculca voluntades y esperanzas.

Desde muy joven, el niño Guillermo, el adolescente Morón, transitaba las calles de sus indelebles villas: Cuicas y Carora, para descifrar los códigos culturales de su ADN que definirán a la larga su identidad originaria, el maduro escritor, lustros después, estudiando mucho latín y griego en plena bruma londinense, compara inviernos y rememora el día de su partida de Cuicas para Carora, cuando los árboles de la ciudad le hablaron y comparó:

“no tienen hojas los árboles de Londres, en todo caso se secan por este tiempo llamado invierno aunque no llueva, lo cual es también una gran diferencia porque invierno allá en Cuicas significa lluvia, un aguacero del diablo, de día y de noche, llovió mucho en Cuicas cuando Francisco se fue del pueblo, como si se hubieran puesto a llorar, todo el día y toda la noche, mamá dijo en su carta que aquí comenzó a llover y no escampa, de triste que se puso todo el mundo por la noticia de aquella partida sin regreso; en los árboles pelones de Colville Garden, que se ven desde esta ventanita del altillo cuando hay luz, no cae la lluvia de Cuicas ni mis lágrimas de lejanía y soledad, sino que le caen encima las propias nubes llamadas curiosamente la nieve del invierno.”

Arriba expectante Moroncito a Carora, donde un calor permanente y un río agazapado caracterizan a esa villa que, a fuer de patear calles y plazas, se conoce de memoria, al dedillo, de pe a pa, en cada uno de sus detalles, de tanto recorrerla, caminando, dando brincos, saltando de una acera a la otra, a pleno sol o en la cómplice oscuridad de las sombras, volando ligero:

“tomé la decisión de mirar desde arriba todas las casas, en vuelo despacio, no como los pájaros, sino agachado, agarradas las piernas con las dos manos. Pero la mano derecha, suelta para pasar por encima de las maporas de la plaza y más alto que la torre de San Juan”.

En fin, vagando a sus anchas por unas calles que conoce al pelo y que puede recitar, una a una, con los ojos cerrados, visitarlas de nuevo con la imaginación como si estuviera consultando un preciosista portulano o las vías mostradas en pantalla por el más eficiente buscador satelital. Rememora Francisco las calles de la ciudad de poniente a naciente:

“la calle Bolívar, la Zamora, la Torres, la Carabobo (…) la calle de La Paz, la Miranda, la Democracia que le cambiaron el nombre, la Libertad que también le pusieron otro nombre por si acaso y no se alcen los caroreños, son todos gobierneros, por eso hay que mudar los nombres federales de las calles transversales, la Calle Falcón, ¡quién ha visto! que es la primera cerca del río, paralela claro está a la calle del Comercio las dos capillas en sus puntas, luego la calle real y principal, que es la de San Juan, toda hecha con casas sagradas (…) la calle Bruzual quién será ése, la Sucre más arriba que no le han cambiado el nombre al Mariscal de Ayacucho, Monagas cuál de los dos será, debe ser el libertador de los esclavos, que nos echó ese tronco e’ vaina de dejarnos sin esclavos, la calle Federación, ésa sí ya dejó de llamarse así (…), y la última que era la calle Independencia, porque de ahí para arriba ya es el trasandino y la carretera trasandina de tierra….”

Recorrió —sin cansancio— el gallo Morón las calles de Carora a pie, por aire y río —por mar no; fruto de ese trayecto se le espuelearon las patas la lengua, el habla y la letra… en plena Plaza Bolívar los godos caroreños colocaron en una olleta las portadas, las páginas, el depósito legal y el ISBN del libro del gallo de las espuelas doradas, para cocinarlo todo a fuego lento en vengador acto inquisitorio contra ese prontuario de chismes, adulterios, mentiras, pecados veniales y mortales, cometidos con cara de yo no fui los cara coloradas que esgrimen una inexistente impunidad.

Concluye Morón su litúrgico vuelo por Carora y sus alrededores, por sus curas y sus hechos; enterado al detalle Francisco, adolescente ingenuo, piensa que, ahora sí, todo lo sabe, que lo ha oído todo, que todo lo ha visto y que todo ha sido contado, acerca de las andanzas sicalípticas e inmorales de los eclesiásticos, sacristanes, diáconos, arcedianos, monaguillos, acólitos, arciprestes, ayudantes, prelados, misarios, feligresas y feligreses, primo comulgantes, catequistas, Hijas de María, de la católica comarca. El escritor mozo, incrédulo, atónito, estupefacto, boquiabierto, constata desengañado que:

“la ciudad nocturna, despierta a medias, en puntas de pie, los viejos antiquísimos pecados, repetidos, perdonados, vueltos a cometer, yo te absuelvo en nombre del Padre, cada generación con su fornicación, en el nombre del Hijo, la soberbia, la avaricia, el empecinamiento, y del Espíritu Santo, el desprecio, la burla, los tirapiedras, la falacia, el golpe de pecho, amén.”

Conoce también el escritor que en los recatados caseríos, en las reducidas comarcas, en las menguadas villas interioranas, el sexo, su placer y su disfrute, el personal y el de contárselo a los demás compinches que escuchan embobados las aventuras sexuales reales e imaginarias del adolescente fanfarrón, es una sucesión de actos que va in crescendo: se inicia con la candidez de la imaginación, continúa con la reiterada paja, aumenta con el polvito fugaz con las puticas del pueblo y se consolida con el orgasmo adulto con la puta de verdad, la sabia y sabida, la amiga y respetada como tal, antes de ser oficio plenamente conocido para ser ejercido con maestría con cualquier hembra aquende o allende.

En las comarcas de Trujillo, por los lados de Cuicas, Arenales y Las Virtudes, por Carache, Chejendé y hasta los lejanos Puertos de Altagracia en el estado Zulia, quien anda suelto no es el Diablo como en Carora, sino El Gallo de las Espuelas de Oro, muchas veces confundido por crédulos, inocentes o ignorantes con otros seres, animales, entidades fantasiosas, bragueteras y culeadoras también, que se dan a la tarea de preñar mujeres advertidas o carajitas sin advertencia, aquí, allá y acullá. Francisco explica prontamente cuáles son las características y habilidades de esos personajes para que, en ningún momento, ni por equivocación, sean confundidas o comparadas con el inimitable y exclusivo Gallo de las Espuelas de Oro, el de El Tendal.

Después de tantas andanzas, vuelos, caminatas, pasitrotes, Guillermo Morón reclama el robo, la sustracción, el escamoteo, de los ruidos de la calle, de su calle, de sus muchas calles; los tripartitos virus y contagios lo empandenmian, lo embotellan en un casero y obligado silencio, reconoce el que más le aturde y solivianta, ese ensordecedor que emerge de la Tumba socialista —roja rojita— donde reprimen, sin piedad, los ruidos libertarios de aquellos que exigen justicia y respeto de los derechos fundamentales del próximo prójimo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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