Jorge Pizzani / EL PINTOR, por Edilio Peña

Pizzani: “La búsqueda para aproximarse a la verdad, no es nada más que el disfrute del proceso creativo en sí mismo.” Foto de Eduardo Scannone.

El pintor Jorge Pizzani nace en el centro palpitante de la ciudad de Acarigua, al frente de la emblemática plaza Bolívar, en el año de 1949. Su madre no recordaría la hora de su nacimiento.

Allí donde el paisaje y la incandescencia de la luz solar lleva la impronta del corazón del trópico, pero también de luminosos misterios. Acarigua está cerca del pueblo de Curpa, donde nació el prócer de la Independencia José Antonio Páez. Figura mítica y telúrica que al principio sin formación académica, devino posteriormente en pianista y actor, hasta representar hasta al mismo Otelo de William Shakespeare.

En ese contexto de su naciente, Jorge Pizzani también está vinculado en tradición  y pertenencia a una familia afecta al universo de las artes y la cultura en sus diversas expresiones. Como la pasión por el buen cine y la lectura. A través de su madre (Gladys Campins Camacho) recibe ese legado  inicial, y por vía de su padre (Juan Gregorio Pizzani Payarés) aprende la capacidad expositiva de ese buen pedagogo que encarna su progenitor, el cual le enseña a cuidar con celo la caligrafía y las formas de la comunicación oral y escrita.

En ese periodo de los primeros años de su infancia, Jorge Pizzani llega a tener una figura primordial como su primer maestro del dibujo: su tío Luis Eduardo Campins Camacho, quien lo cultivaba y a su vez lo estudiaba por correspondencia, proveyéndose de los instrumentos básicos para iniciarse como dibujante y legar este conocimiento que aprendía, a su sobrino predilecto. En líneas y trazos primeros que llegaron a contener resonancias de historias increíbles, representadas a veces en la figura de un vaquero del lejano oeste, con su sombrero,  pistola y caballo. El mismo Jorge Pizzani recordaría después lo que aquel niño fascinado (quien fue) le diría a su tío Luis Eduardo: “Enséñeme cómo pintar la mano que agarra la pistola”. A partir de ese momento, aquel niño entenderá el dibujo como una forma de explicarse la realidad en su proximidad externa e interna, todos los afectos que lo rodean y habitan, las sensaciones, la relación con el padre y la madre, pero asimismo las fisuras y las heridas que presenta la realidad misma en su amplio espectro. Desde entonces, Jorge Pizzani habrá de constituirse en un personaje ligado al dibujo.

En esa primera infancia, el niño se verá atraído por el cuarto de su otro tío, Darío Campins. Cuarto ubicado en la segunda planta de la casa en la que, para aquella época, vivía el infante. Jorge Pizzani aprovechaba la ausencia continua del tío, para furtivamente, ingresar a ese  espacio de tentadoras y prohibidas ensoñaciones, donde se encontraban historietas realizadas por formidables dibujantes. Eran historias en tres dimensiones, que se visualizaban  con unos lentes de dos colores: un vidrio rojo y otro azul. Como la historieta  que lo estremeció y deslumbró una mañana. Aquella que trataba de una secuencia de una pelea entre un búfalo y un tigre de Bengala. El combate de los dos animales terminaba con el triunfo del búfalo sobre el tigre. Sin embargo, el triunfo del búfalo se vería mermado porque el tigre de Bengala había sido ensartado por sus cachos, debiendo cargar con el cadáver del tigre, hasta que la progresiva descomposición de aquel cuerpo colgante que llevaba encima, llevó a la muerte al búfalo hasta la orilla del río donde un aguacero de moscas, se disponían a celebrar el festín que disfrutaban los gusanos de ambos guerreros que se habían enfrentado en el fragor intenso de la vida.

Quizás, la experiencia con el dibujo de esta historieta es el principio del reconocimiento de la frondosidad de la imagen inagotable que emerge de la emoción y la intensidad de los acontecimientos, en la secuencia de cuadros que fragmentaba la historia tras la búsqueda de la totalidad de los sujetos que la protagonizaban. Desde entonces, aquel niño empezó a ver la realidad y sus rendijas, a través del dibujo. Ya no sería el mismo. Ser el pintor lo acechaba. El color y su intensidad lo esperaban.

«El inicio de mi escolaridad comienza en Acarigua, en el kinder de Luisa de Ponte. Entre los años de 1955 a 1956. Es el ámbito de ese desarrollo que tiene que ver con la vivencia en la familia, al calor amoroso de los tíos y tías, a la sombra de la figura imponente y recia de mi abuelo Luis Eduardo Campins Gallegos. En esas grandes casas familiares donde transcurrió mi infancia y en la que podía pensarse estar en las casas de los patricios romanos, yo dibujaba con un frenesí incesante, en ese ambiente cargado de un poder visual mágico y extraordinario, y que ahora desde el recuerdo, la memoria potencia.

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»En 1957 me mudo con mi madre a Turmero, en una casa muy linda. Allí el dibujo perseverará siempre. Mi madre me dará la libertad  de llenar esos muros de la casa o las paredes de mi cuarto, de caballos y guerras. Ella me permitió desarrollar todo mi imaginario. Yo dividía bandos guerreros que se enfrentaban con rifles o pistolas y los disparos que salían de aquellas armas letales, eran líneas que dibujaba con ahínco como certeros proyectiles que terminaban por alcanzar, a uno y otro combatiente en medio del fragor de la batalla y su polvareda que también dibujaba. En Turmero estudio en el colegio José Rafael Revenga, primero, segundo y tercer grado. En 1959 me traslado junto con mi hermano mayor Jhonny Pizzani Campins, a Caracas. Vivo en la zona de  Catia. En la recién inaugurada urbanización Simón Bolívar. En el apartamento de mi tía Florencia Pizzani Payares. Rozando los años 1960 y 1961, ingreso en el colegio José Gerbasio Artigas. Ahí estudio cuarto, quinto y sexto grado. En ese entonces, las carteleras escolares reclamarán mi mano de dibujante para ilustrar festejos y aniversarios patrios.

»Me traslado a la finca de mi abuelo que se encontraba en Guayabita, que mi padre le compra a sus hermanos. La finca  de mi abuelo  era parte del parcelamiento de lo que había sido la gran hacienda del dictador Juan Vicente Gómez. En Guayabita es donde se criaron los famosos toros de lidia, aquellos miuras de casta bravía. Allí convivo con la segunda esposa de mi padre Noemí Barbieri López, a quien quise mucho. Ella será como mi segunda madre. Ante una crisis, de inexplicable llanto, ella me consolara prodigándome de esperanza y fe. En las noches dibujaba cómics pornográficos para los empleados de mi padre, que eran parte también de mi despertar sexual. Esos dibujos se convirtieron en motivos de algarabía, que terminaron por alegrarles  la vida laboral, los fines de semana cuando se tomaban sus tragos, a aquellos trabajadores de la finca de mi padre. Pero las veces que mi padre me descubría, me regañaba y todas las formas y tamaños de la sexualidad que había dibujado mi febril y viril imaginación, terminaban en el fuego. Entre 1963 y 1966, estudio en el liceo Agustín Codazzi de Maracay para, de nuevo en Acarigua, terminar mis estudios en el liceo José Antonio Páez. En ese último liceo, culmino mis estudios de bachillerato, mención humanidades.

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Fotografías realizadas en el taller de Caracas, en La Florida, 17 y el 25-10-2018

»Mi adolescencia en Acarigua está signada por un rito ancestral nacido en Creta y que se prolongó en el tiempo hasta llegar al trópico. Esa relación entre el hombre y el toro. Una relación lúdica que crea puentes hacia la muerte, bien del toro o del hombre. Aunque el toro no es consciente de ello. Esa lucha de la fuerza racional contra la fuerza irracional y viceversa. Dos pulsiones que se rivalizan y contraponen. El coleo es una representación que si bien pone a prueba el valor, ingenio y astucia del hombre, presta la oportunidad de que el vaquero desde su caballo, en un estado exaltado domine al toro tomándolo por el rabo y en brusco forcejeo donde pone en vértigo el propio equilibrio, lo desplome en una especie de  humillante degradación del animal. Aunque no fui coleador, pude ver y testificar ese rito del coleo que se celebra con una cuantiosa fanaticada  en las zonas llaneras de mi país. Guardo en mi memoria la imagen de mi primo Manuel Bustillos, que al caer de su caballo sería pisoteado por un pelotón que lo seguía. Mi primo tuvo la templanza de levantarse herido. Se le reconocería como mejor coleador. Coronada su hazaña, se desplomaría muerto ante el asombro de todos. Esta experiencia de ser espectador del coleo, me sirvió de mucho al percibir las bruscas e inesperadas líneas de tensión corporal y emocional, en el avance de las acciones y posturas tanto del hombre y el toro en una  lucha desigual que busca darle supremacía al hombre mismo

»En 1968 paso a estudiar relaciones industriales en la Universidad de Carabobo. Fue una experiencia muy desagradable, que me confrontó con la muerte y la frágil existencia del cuerpo humano, porque debí ver la materia del pensum Anatomía uno (1). Los cadáveres que se seleccionaban para esas clases eran traídos de la guerra de Vietnam o de mendigos que morían en medio del desamparo y la indolencia. Allí  presencio la fragmentación del cuerpo humano,  la disección de sus tejidos, la exploración incesante del mismo en  las heladas mesas del espacio mortuorio de la cirugía donde los inquisidores son el bisturí y el escalpelo. A posteriori esta experiencia me reencontraría con  los estudios anatómicos de los grandes maestros del renacimiento. Esa otra manera de explorar las entrañas del ser. Como Leonardo Da Vinci, quien una vez debió velar toda una noche, la agonía de un anciano y al amanecer lo diseccionó para dibujar sus órganos y tejidos.

»Abandono la universidad. Marcho a Caracas, a la búsqueda de mi verdadera vocación. Pero tenía la presión de mi padre, a quien adoraba, el cual quería que yo estudiara una carrera de menor riesgo. Le llevé la contraria y me vine a Caracas con la intención de preinscribirme en el instituto de Diseño Gráfico e Industrial Hans Neumann. Cuando llego a la administración de dicho instituto, me dicen que no me puedo preinscribir porque eso ya pasó. Averiguo dónde están haciendo los exámenes del psicopropedéutico para aquellos que estaban ya preinscritos, a fin de medir la capacidad vocacional de cada uno. Entonces me introduzco en el curso de evaluación furtivamente, obviando la preinscripción. Estaba aterrado, pensando que pudieran pasar la lista y descubrieran que estaba realizando una actividad que no me concernía. Pasé los tres días que duró el curso psicopropedéutico, apostando a cumplir todas las exigencias requeridas, pero como un desconocido. En un momento dado, me quedo mirando a  una muchacha muy hermosa que asistía al examen, y esta me encaró desafiante, casi gritando: “Bueno, chico, ¿qué me miras, se te perdió  una igualita? “. Me dio terror  y temí que me descubrieran y echaran como a un intruso. Eso no llegó a ocurrir. Al final del examen había que hacer una obra libre. Como yo era fanático de los automóviles y estaba enamorado de la estética de estos por haber formado parte del club de autos de carrera de Turmero, opté por dibujar un automóvil como prueba concluyente, para demostrar que yo tenía vocación para el diseño. La evaluadora que me asignan, Gertrud Goldschmidt (Gego), me interpela y quiso saber por qué quería convertirme en diseñador de automóviles, me confronta con dos preguntas claves: “Pizzani, ¿a ti te gustan las matemáticas?, ¿te gusta el cálculo?”. Y al reconocerle que no, ella sentencia que no podría ser un diseñador de automóviles porque no cumplía con esa base esencial del diseño de automóviles de la época. Entonces me regreso a la Universidad de Carabobo para continuar mi carrera de Relaciones Industriales, pero a la semana recibo una carta del Instituto de Diseño Hans Neumann, donde me dicen que he sido admitido, reconociéndome la preinscripción y la inscripción. Mucha fue mi alegría al saber que había sido becado para estudiar en tan importante instituto, que haría historia  en Venezuela, con un programa de estudios que incorporaba y fusionaba las formas artísticas tradicionales de los maestros más destacados, así también de los más adelantados movimientos de la modernidad artística, en los cuales se fundamentaban los principios del recién fundado instituto de Diseño Gráfico e Industrial Hans Neumann. Allí estudiaría desde 1969 a 1973. De esa experiencia de estudios en el Instituto de Diseño guardo un preciado recuerdo. Una vez,  entró a mi salón de clases mi amiga la cineasta Marilda Vera, junto con el renombrado maestro Jesús Soto. Este se paseó por el salón donde se exponían varios trabajos de los estudiantes, entre ellos un afiche de mi realización. El maestro Soto se detuvo frente al afiche mío y después de mirarlo acuciosamente quiso saber quién lo había realizado. Yo levanté la mano y él se aproximó a mí, y me preguntó: en cuánto me lo vendes?

»El espectro recorrido en el Instituto de Diseño de la Fundación Neumann fue una suerte de paradigma muy acertado para sus afortunados estudiantes. El diseño fue para mí una metodología para la investigación, y el instituto constituyó un encuentro de creadores que le dieron vida. Cuando hablo de metodología hablo de una herramienta, es una virtud adquirida, sirve de guía, podría ser una brújula que te allana el camino, los ojos miran y ordenan, saben distinguir, de su piel, su confort y su sentido, es un añadido muy importante para la acción de pintar, son estructuras asumidas dentro de un orden en movimiento, en el instituto nos enseñaron a dibujar y a aprender de los grandes maestros, afinar una habilidad cuando estás joven, ávido de conocimiento y tienes esa suerte, los conceptos, las ideologías, la poesía, los metales, la cerámica, la mejor literatura, buenos pintores y diseñadores industriales, hablando de sus experiencias y transmitiéndotelas… qué suerte, son espacios de tiempo, momentos estelares»

El paso del dibujo a la pintura.

«Tuve una relación de amistad con Luisa Richter, mi profesora. Fuimos grandes amigos, muy fraternos. Ella era una amiga permanente para mí. Me decía: “Pizzani, ya sabes, cuando vayas a pasar a la pintura y al color, comienza trabajando todos los sepias, los sienas, todos los marrones. Así, poco a poco te vas a acercar a la pintura  de una manera más temperamental. Recuerdo, que tuve una figura paterna en mi proceso de formación creadora. Una figura estelar. Mi profesor, que devino después en mi entrañable amigo: Manuel Espinosa. Él me brindó su profundo conocimiento sobre el arte y la conceptualización del mismo, bajo la premisa a través de la frase de Henri Matisse: “Hay que dibujar mucho primero para cultivar el  espíritu y para llevar la pintura por senderos espirituales.

»El Instituto de Diseño, básicamente nos enseñó a concebir una sociedad perfecta, sin clases. Porque el principio regidor, era la forma y la función. Todo estaba relacionado a  la pulcritud del diseño. Una vez egresado del Instituto de Diseño Gráfico e Industrial yo salgo a trabajar a una publicidad donde lo primero que me encargan es el diseño de una caja de medias panty. Con una arpa de ilustración. Que debía ser para la clase D o para una clientela de escasos recursos Y por ende, tenía que ser una cosa fea. Y yo básicamente no podía, mucho más después de haber llegado a realizar unos diseños excelsos para una sociedad imaginaria. Por supuesto abandoné el trabajo en esa publicidad.

»Comienzo a trabajar en el departamento de diseño del Conac (Consejo Nacional de la Cultura). Elaboraba afiches para espectáculos teatrales, operísticos, danza y eventos culturales en general. Ahí trabajé también en la Revista Nacional de Cultura, en la revista Imagen. En ese contexto, por igual, se me permitía hacer  trabajos en otros ámbitos e instituciones. Como trabajar en las ilustraciones del Papel Literario del periódico El Nacional, bajo la dirección de Luis Alberto Crespo. Ilustré  buena parte de los escritores latinoamericanos. Asimismo, hacía portadas para  libros editados por el Ateneo de Caracas. En general todo partía en la calidad del  diseño por la cual era requerido para  todas estas actividades. Afiches para obras de teatro bajo las premisas del Bauhaus y mi estudio riguroso del diseño gráfico polaco y de mi sensible aproximación a su temperamento. Paralelamente había hecho un conjunto de exposiciones, como en la galería Viva México, el Museo de Bellas Artes, la Galería  Mendoza, etcétera. Estuve en colectivas junto con otros grandes artistas venezolanos como Alirio Palacios, William Stone, Margot Romer, Sigfredo Chacón, Héctor Fuenmayor, etcétera. No obstante, tenía el impedimento de no poder dedicarme a trabajar en el dibujo y en general en mi obra, en su investigación.

»Esa etapa comienza a cumplirse a plenitud hasta que decido, a finales del año 1978, salir de Venezuela e ir a Barcelona, España. Finalmente viajo becado por Fundarte, una institución cultural  de la capital de Venezuela. En Barcelona estuve muy próximo a la obra de Gaudí. También de la obra de Antoni Tapies, de Joan Miró, hasta llegar a participar en una exposición en el salón de dibujo Joan Miró. De mano del director del Museo Pablo Picasso, en la calle Moncada, se me permite acceder, las veces que quiera a tan  importante museo. De esa manera, al detenerme en su pintura, comprendí más mi sentir y pensamiento creador: “He dibujado para explicarme un poco y cada vez estos dibujos se hicieron más feroces, sensación tácita de descarga, de mutilaciones, pedazos de carne, preocupaciones orgánicas, plancton, fragmentos sangrantes, dolor orgánico, máquinas de materia. Tuve que tomar distancia, me agobiaban, adorné lo intuido, comencé a elevarme.

»Después de dos años y medios de estar en España, decido irme a París. Salgo de Barcelona buscando un mayor complemento Informativo en torno a la actividad plástica mundial. A la búsqueda de encontrar nuevos nutrientes, me dirijo entonces, a París, que en ese momento es uno de los grandes centros, como Nueva York, Italia, Alemania, donde confluían todos esos movimientos artísticos avanzados, como el Fluxus, el Body Art, el Land Art, el arte Povera,  la transvanguardia. Europa fue la gran experiencia: Pier Restany, Bacon, Dubuffet, un mar de referentes, Beuys, Tony Cragg, Kiefer en los inicios de su grandeza, la Documenta de Kassel, la Bienal de París, la Bienal de Venecia. Michael Foucault, Paul Virilio, Germano Celan, Gaston Bachelard, Jorge Luis Borges. Enterarme que Fibonacci se llamaba Lorenzo Pisano, entender los caminos de la duda como fuente inagotable de energía, los fractales, la teoría del caos. Una absorción total de conocimientos en una década gloriosa para el arte, los años 80, la eclosión de la pintura a través de la Transvanguardia, capitaneada por Achile Bonito Oliva, el Graffitti de New York, Basquiat, Julian  Schnabel, los salvajes alemanes, la gran mezcla de sabores del arte contemporáneo en primera fila. Voy a Venezuela al encuentro de mi familia manteniendo una  incesante actividad expositiva… Son temporadas de contrastes. En ese periodo, en el marco de la exposición Casa Bonita, hago una escultura de dos toneladas. Doce metros de largo y dos de alto. Será un homenaje a Mario Merz. Así nace lo que será uno de los hitos de mi creación: la copa de Dios.

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»Regreso a Venezuela. Instalo mi taller en la Churuata de Diego Rísquez. Nueve años después me mudo a Turgua, estado Miranda, por sugerencia de Juan Pablo Pérez Alfonzo, fundador de la OPEP (Organización de países exportadores de petróleos). En una zona boscosa construyo mi casa con su atelier. En ese periodo alcanzo continentes plásticos totales que me representan. Cada cuadro es una experiencia amparada por la naturaleza. Repentinamente, Venezuela es asaltada por un golpe de Estado y se instala una dictadura militarista, a la sombra de Cuba inicialmente, para luego entregar el país a potencias como China, Rusia, Irán, Turquía. Más grupos terroristas y narcotraficantes. La premisa será el socialismo del siglo XXI. Esto genera un cambio radical en la sociedad venezolana que progresivamente comienza a corromper todos los estamentos del tejido social. La pobreza se extrema. Esa descomposición llega a la zona de Turgua y soy asaltado cuatro veces  en mi casa por la delincuencia desatada. En el umbral de la muerte decido abandonar el paraíso perdido, pero nunca mi apasionado amor por la pintura.»

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El pensamiento del pintor

«La búsqueda para aproximarse a la verdad, no es nada más que el disfrute del proceso creativo en sí mismo. Si la dedicación es absoluta, el goce siempre te aproxima a una verdad personal, de alguna manera es una conexión con la totalidad, con el pensamiento desplazándose por el hilo de Ariadna. Las obras son fragmentos encadenados en una continuidad, los símbolos que la conforman, principios como la circularidad, donde el espacio, el tiempo y lo sagrado se encuentran. Lo decía Fred Hoyle: “el universo es inteligente, o dirigido por una inteligencia superior”. Conocer a las personas como una unidad y un destino, cada individualidad es un tesoro inigualable, es el motivo central y el más interesante, de tal variedad que su dimensión es infinita, allí se alberga la esencia de todo lo creado, por eso me dedico o trato de aproximarme a esas profundidades de la condición humana.»

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