Crónicas Marcianas / LO PEOR Y LO MEJOR DE NOSOTROS, por María Dolores Ara

Las letras del mundo celebran el centenario de Ray Bradbury.

La relación entre la metafísica y la ciencia-ficción sería difícil de probar si no fuera porque las obras del género atestiguan, por sí mismas, su interés en indagar acerca de las verdades más profundas del ser y su vinculación con lo sagrado, que se lleva adentro, y que cuesta tanto exponer por fuera.

El prólogo de Borges a Crónicas Marcianas da buena cuenta de esa relación, tan temida como deseada, entre hombre y divinidad, entre misión terrena y misión supra-terrena del hombre en minúscula y su lucha por llegar a ser mayúsculo como hombre que busca a un Dios dentro de sí, y lo busca para escribir su nombre, también, en mayúscula. Borges asegura que al leer Crónicas Marcianas, algunos podrán empezar a preguntarse (y otros, a responderse) ¿quiénes somos?, ¿qué hacemos aquí?, ¿qué quiere Dios de nosotros? Preguntas y respuestas que circularán por la amargura y la belleza de esta conquista y colonización de Marte que nos pone frente a lo peor y lo mejor que somos, incapaces de ser de otro modo que tal como somos.

Dos afirmaciones de Borges en el prólogo encienden la señal de alarma: en la conquista del planeta rojo “…vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria”; “…los verdaderos antiguos somos nosotros y no los hombres del Génesis o de Homero”. Si a cada oportunidad que nos dan vamos a  repetirnos en nuestros desatinos, ciertamente no vale la pena la oportunidad que nos ofrece un Dios más bien ingenuo, ni tampoco merecemos entrar en una historia que nos avergüenza cuanto más adelanta. O cree que.

Crónicas Marcianas, efectivamente, alarma. No solo porque lo atestigüe Borges. Alarma vernos ante un espejo que no nos tiene compasión, que no nos deja resquicio para engañarnos, que nos ata a la imagen menos halagadora  de esta civilización: niños inconscientes y pedantes que juegan a ser dioses, no levantan un palmo moral del suelo y se creen con derecho sobre todo el universo. La novela nos deja en ridículo y se agradece.

Escrita en capítulos independientes que conforman unidades propias y pueden leerse sin el concierto del conjunto, la obra es un paseo por las heridas fundamentales de la sociedad contemporánea, perpetradas por los enemigos que duermen dentro de nosotros. Nadie nos hace nada. Somos nuestro premio y nuestro castigo, y en el lirismo triste de estas historias nos vemos vencidos por nuestros demonios: largo tiempo mimados en nombre de una superioridad traicionada por la razón.

En el principio, un Marte extraño, erigido sobre mar seco, sirve de escenario a la violenta incomunicación de una pareja que ha sucumbido a la rutina demoledora. Sepultamos las ilusiones de Ylla como si fueran nuestras, y Marte se quita el disfraz de planeta ignoto para recordarnos que el amor es otra cosa, y no esa farsa triste que se suele practicar. El Sr. K asesina a los hombres de la primera tripulación y, de paso, deja tirado el cadáver de una felicidad imposible. Igual que en el planeta cotidiano de nuestros desvelos, no sabemos ser felices. Materia reprobada. No es la única: las siguientes dos expediciones muestran un historial que duele: soberbios, cerrados, tercos, caprichosos y cobardes, los marcianos empiezan arrasando a una humanidad insustancial.

Pero al llegar a la cuarta expedición todo cambia. Los hombres de esta nave arriban a una tierra desierta por el exterminio de sus gentes. No quedan marcianos, han muerto indignamente por enfermedades que les hemos dejado de regalo. El regalo es para nosotros: un planeta donde expandirnos y demostrar que ahora sí vamos a hacerlo bien. ‘Aunque siga brillando la luna’ es, a mi juicio, el mejor capítulo del libro; la historia más entrañable y poderosa de esta saga que nos describe, pidiéndonos que nos reconstruyamos para rendir homenaje al significado de nuestra presencia en el cosmos. De la mano de un héroe inolvidable, Spender, conocemos las virtudes de la cultura marciana, sus aciertos, sus valores, y se nos dibuja una civilización que supo vivir, entender la vida y homenajearla. Spender nos enseña lo mal que pensamos, creemos y sentimos. Spender nos muestra el equívoco crucial: no sabemos parar. Lo queremos todo, queremos siempre más, nada nos satisface, ni nos colma. Insaciables, vamos destruyendo todo lo que hay de bueno, justo, noble y bello en la vida… en pos de algo que desconocemos y que nos espera en alguna parte fuera de nosotros. Y no lo encontramos porque no está. El poema de Lord Byron que se reproduce en el texto y sirve de base a esta idea es uno de los más impactantes del romanticismo, y concentra una verdad implacable: sólo al detenernos seremos y sabremos lo que haya que ser y saber. Spender muere a manos de la pequeñez infinita del entorno que no entiende. Pero nos duele: armados con lanzas y piedras queremos defender, desde nuestro Spender particular, al que desde el libro nos exige otro camino para respirar más y mejor humanidad. La novela empieza a hablarnos de aprender, de levantarnos desde nosotros, de alcanzar la cumbre de una grandeza que hay que subir por dentro. Y le creemos: queremos que Spender triunfe y con él, todo la espléndido que no hemos sabido poner a funcionar.

Entre esta cuarta expedición y los últimos terrícolas que fundan una nueva existencia en Marte, sin marcha atrás, las Crónicas despliegan su mirada sobre las citas puntuales con nuestras cuentas pendientes: los prejuicios raciales, el rol de las mujeres, la enemistad con quien es diferente, el miedo a lo desconocido, la competencia despiadada, el irrespeto por lo extraño, la modificación del entorno hasta su asfixia, la codicia como norte, la comodidad como meta, la lucha a brazo partido contra la soledad, el culto a los dioses tecnológicos… y así.

Cuando la Tierra ha explotado por obra y arte de nuestros desmanes, la última familia terrestre quema sus naves en el planeta por estrenar. Nuevos hombres se dan cuenta de la necesidad de rescatar valores antiguos. Solo desterrando la manera de vivir que nos llevó a morir podremos emular al ave fénix y salir volando en medio de cenizas. Las cenizas de un modelo fracasado. Los marcianos somos todos aquellos que queremos ser los hombres que siempre debimos ser. No hay que viajar muy lejos. Basta mirar hacia adentro.

Publicado originalmente en https://pasionpais.net/

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