El drama de los más pobres / LA CASA DERRUMBADA, por Antonio Llerandi

¿Por qué en California? Porque no llueve, y no podemos olvidar que la definición propia de ‘homeless’ es vivir a la intemperie

Vi la noticia en la prensa miamera. Una casa humilde en un barrio ídem llamado Liberty había sido arrasada. Se había cumplido la orden de demolición. Demolición es una cosa grande para lo que aquí se hizo. Esa casa, como casi todas aquí, son frágiles, como de cartón y haberla demolido con un tractor era por lo menos exagerado. Sucumbir a esas orugas y esa pala fue cosa de minutos, de segundos diría, para no exagerar. Quedó en la foto, pues la foto es el único testigo sobreviviente, un vestigio de cosas, telas, papeles y vidas, aplastadas con una orden judicial.

La historia periodística cuenta que estaba habitada por un viejo solitario, que en el journal portaba para la foto lo que parecía un documento de propiedad sobre la nada existente. Vivía solo, la casa la había comprado un familiar hace un siglo, por decir algo, y él malvivía ahí. Los vecinos lo habían denunciado múltiples veces pues ese habitáculo era un mierdero, como decimos en criollo. Lo acusaron ante las autoridades competentes (¿incompetentes?) que cumpliendo con las estrictas normas de la sanidad social le habían notificado sus cruentas violaciones a la normalidad de vida. Y un día, cuando él no estaba, arrasaron con todo, dejando el reguero ahí.  Gracias a la prensa, que a veces hace buenas acciones, las incompetentes se enteraron de que ahí vivía alguien, en el mierdero. Que ellos no sabían, que era un atentado para la sanidad, que los vecinos habían colocado múltiples denuncias y todas las excusas que los arrasa-gente tienen para justificar sus tropelías.

Sé que ya es imposible, pero retrocedamos un poco en el tiempo. Si los sapos vecinos, digo yo, hubieran averiguado un poquito más y en vez de denunciar a un pobre viejo miserable sin trabajo, lo hubieran visitado como buenos vecinos y le dijeran: “Fulanito, sabemos que estás jodido, vamos a ayudarte un poco y nuestra comunidad solidaria, así como participamos en jornadas de auxilio, vamos a venir en cambote a ayudarte a limpiar la casa, ponerla en orden, botar ese cachivachero inútil, y tranquilo, que entre todos te vamos a conseguir un sofá, usado pero donde te puedas sentar, y una cocinita que funcione y no ese armatoste que tienes, y ¿tú sabes usar un microondas? Y tranquilo, que yo tengo una aspiradora en el garaje que no uso y te la puedo dejar, y seguro conseguimos alguna viuda que antes de botar la ropa de su marido te la pueda dar, total, tú no es que estás a la moda, ni nada por el estilo”.  Y como en esos programas tan de moda de televisión salen —dos días después— dejando al viejito feliz e instalado en su vieja-nueva casa para los pocos años que le quedan.

Pero no, había que arrasar con esa mierda. Porque una de las cosas que la escenografía de EEUU no se puede permitir es que la miseria se vea. Si no se ve, no existe. Es que el valor de las casas en esa calle, en todos los alrededores, se estaba deteriorando por culpa de un solo tipo, que además ya tiene un pie del otro lado. ¿Y ahora? ¿Para dónde coge ese buen o mal vecino? A una categoría muy difundida por estos medios, aunque se hable poco de ella: los homeless. Es una invasión más arrecha que la de los zombis, aunque de alguna forma se le parece. No se acaba nunca, se reproducen como moscas y andan por todas partes.

En Florida los hay, pero no en demasía.  El asunto al por mayor es en California, allí los hay para exportar. ¿Por qué en California? Porque no llueve, y no podemos olvidar que la definición propia de homeless es vivir a la intemperie. Si usted tiene a bien, como turista, más allá de Hollywood y el glamour, pasearse por ciertas calles de Los Ángeles, los verá por miles, ángeles pero de la calle. Y la vaina ya se regó, San Francisco, Nueva York y otras ciudades, full de ellos.  Sobre todo en las ciudades, porque allí hay puentes debajo de los cuales es más fácil guarecerse del frío, hay más desperdicios donde jurungar, hay más transeúntes para pedirle aunque, vamos a estar claros, la mayoría anda en carros y, de vernos, nos ven de pasadita, ya formamos parte del paisaje urbano, casi como un decorado cosmopolita.

California tuvo que hacer denuncias porque otros de los Estados Pegados de EEUU habían cogido la costumbre de montar sus homeless autóctonos en autobuses y vamos a dar un paseíto hasta California, que allí la vaina es de pinga y zuácata, a engrosar la lista, total donde hay mil cabe uno más, y además California es el estado más rico de la unión y ellos tienen con qué.

Sé que es tan iluso como hablar de arreglarle la vida al viejito de Miami, pero si por ejemplo, en esa California súper rica, llena con esos millonarotes, con casotototas y carrotototes, le ponemos un impuestico, digo yo, por cada millón que valga tu casa, tienes que pagarle el albergue a alguien que no tiene con qué costear una vivienda, ¿quizás no se aliviaría el asunto?

El problema, que muchos no quieren ver, y que se ha agravado en los últimos tiempos, es la brecha cada vez mayor entre los pocos que tienen mucho y los muchos que tienen poco. Y lamentablemente si eso no se corrige, y pronto, es una bomba de tiempo que puede explotar en la cara de todos. Algunos dirán que eso es comunismo, socialismo o cualquiera de los descalificativos usuales, pero ¿no sería un poquito de humanidad? La riqueza y la ostentación pueden durar poco, sobre todo en EEUU, donde todas las casas son de cartón, como la del viejito de Miami.

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