Sobre imágenes y palabras / CARTA A FEDERICO VEGAS, por Antonio Llerandi

Cuando leí ‘El proceso’ de Kafka mi imaginación voló, pero después de Welles me impuso a Anthony Perkins como el protagonista. Y no es que lo haya hecho mal, es que mató al mío que yo había fabricado en mi cerebro.

Te leo en Prodavinci y decidí escribirte pero, como no tengo tu correo, lo voy a hacer por aquí, donde publico regularmente y porque lo que voy a decirte no es ni secreto ni privado. No pretendo, pobre de mí, cuestionar ni mucho menos desmerecer lo que planteas en tu texto, Dios me libre, sobre todo tratándose de uno de mis héroes admirados de la venezolanidad.

Siempre he preferido a la hora de divinizar a escritores, voltear hacia el patio de la casa, quizás porque me hablan de lo que conozco, de lo cercano que me duele e ilusiona. Nunca he cometido el sacrilegio, como hacen muchos jóvenes, de desaparecer a los anteriores, llamándolos menores o sin importancia. Si en algún momento, los antiguos habitantes de un país llamado Venezuela, quieren construir edificaciones sólidas que no se las lleve el viento, tienen que partir de los adoquines que le precedieron. Desde el insigne Gallegos para acá, y sin excluir a los actuales, tú entre ellos, como Cadenas, Montejo, Suniaga, Barrera Tyszka y otros etcéteras.

Pero no era de historia de la literatura nacional que quería hablarte, sino de tu nueva dedicación a los videos. Veo que los estás disfrutando enormemente, creando con tecnologías al alcance de la mano, obras donde la imagen pesa más que las palabras. El juguete te ha fascinado y quieres llevarlo a algo más que juego y eso me parece noble y loable. En algún momento hablas de tus escondidas ganas de ser cineasta, de tu pasado y pesado oficio de constructor, de obras físicas desde luego, y empiezas a disfrutar cual quinceañero enamorado de un teléfono que te permite capturarlo todo más allá de tus ojos. Loable descubrimiento y realmente me entusiasma tu entusiasmo actual.

Todo en la vida es un azar, y tu teléfono-cámara adicción surge según avisas de tu encierro pandémico en Nueva York, ¡oh! envidia malsana, el mío transcurre entre la ciudad de Miami (¿ciudad?) y alrededores. Un sitio extraño donde el inglés se habla poco y el español se maltrata mucho, tanto que a veces me ha aterrado la posibilidad de quedar mudo. Pero bueno, la dispersión se me alborota y debo concentrarme en lo que quería decirte.

A ti, como a tantos, eso que llamo la democratización de la imagen, los ha fascinado, y créeme es realmente maravilloso, que cualquiera con un teléfono pueda hacer una película, pero muchos filman, o graban como se dice con ese instrumento, sin hacer propiamente un filme.  No digo que sea tu caso, vi incluso uno que hiciste sobre las paredes que me pareció interesante. El problema es que esa epidemia, la de los videítos, se está tornando tan grave como la otra, la del virusito. Muchos ya no ven con ojos propios sino a través del telefonito. Y tú, que tienes un bagaje grande, lo haces con otras intenciones, pero desgraciadamente la mayoría juega a hacer películas, porque eso se convirtió en un juguete muy preciado.

Con la facilidad desapareció el rigor. Acepto, y eso es posible, que un Jacobo Borges haga un video con las imágenes de sus recortes, unos cuadros efímeros y volátiles. Pero el problema es que una inmensísima mayoría se ha quedado en la habilidad y evitado la profundidad. Tú sabes, pues aunque sólo hablas de literatura, que el cine también es cosa de honduras y que es una conjunción maravillosa de imágenes y palabras, cuya magia sustituye el ver y el hablar, como el que ejercemos cuando enamoramos a alguien.

Tú hablas de un camino recién emprendido, de la literatura al cine, yo quizás vengo por la misma ruta pero en sentido contrario, del cine a la literatura. En mi —nuestra— desaparecida Venezuela hice algunas peliculitas que nos jurungaban. Creo incluso que la última vez que nos vimos, fue en casa de Diego Rísquez, ese maravilloso aglutinador de personas que fue Diego. Aunque por una rendija te vi, yendo a afrontar la última mía sobre Cabrujas. Por cierto, otro pilar importante del país, que precisamente jugó con la palabra y la imagen, pues ambas se complementan maravillosamente.

Pero a lo que iba el asunto —y ya se está poniendo largo— es que la literatura le gana al cine en imaginación y perspectiva. Contrario a lo que muchos piensan —y esto es echar basura a la propia casa— el cine no lo es. El cine es una imagen que está ahí, es la que el cineasta escogió y me la impone, me deja poco vuelo a mi vuelo, me deja poca posibilidad de imaginarlo. Es quizás un defecto de su origen —otro más— además de la memoria retiniana que lo hizo posible.

Fellini, ese genio indiscutible, decía algo maravilloso, que él prefería el cine en blanco y negro, porque si filmaba el mar, cada quién le ponía el azul que deseaba. Cuando leí El proceso de Kafka mi imaginación voló, pero después de Welles me impuso a Anthony Perkins como el protagonista. Y no es que lo haya hecho mal, es que mató al mío que yo había fabricado en mi cerebro. Quizás, como tú lo dices, “sea un acto de ceguera”.

Suelo —y reconozco la traición— proponerle a mis alumnos de cine que lean, que lean mucho, porque “esas letras negras y confinadas a papeles blancos de pulpa seca” los hace elevarse en el mundo de la imagen mucho más que las películas que vean. Sin embargo, les recuerdo —te recuerdo— que para hablar de las maravillas de los videos usaste necesariamente “esas letras negras” de las cuales afortunadamente no podemos prescindir. Un abrazo, virtual por ahora.

 

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