Venezuela / PAÍS ADOLESCENTE, por Antonio Llerandi

Esa adolescencia nos llegó junto con el petróleo.

Espero, para que nos podamos entender, que todos tengamos claro lo que es el concepto de adolescencia, esa etapa crucial y conflictiva en el desarrollo de los seres humanos, ubicada exactamente entre la feliz infancia y la dura madurez.

La adolescencia es esa parte de la vida donde comenzamos a creernos independientes de los mayores por un lado pero sin las grandes responsabilidades que deben asumirse cuando llegamos a esa mayoría de edad. Y es por eso que los adolescentes se tornan conflictivos, irresponsables, ferozmente individuales, incapaces de unirse colectivamente, tentados por cualquier locura, cuestionadores de todo y en todo momento, y en ese balance entre lo recibido y lo por recibir, viven en una cuerda floja sumamente peligrosa. Tanto que si la cuerda, ya de por si floja, se mueve en demasía, el peligro está en caerse y muchas veces hacia un abismo profundo.

Sustitúyase en el párrafo anterior el calificativo de adolescente y colóquese Venezuela y verá usted, si tiene a bien ejecutar ese ejercicio, que calza a perfección con lo descrito en él.

Venezuela fue de las peores colonias españolas en América, y digo de las peores porque nunca tuvo un desarrollo sostenido, no pasó ni siquiera en sus mejores momentos de ser una Capitanía General, contrariamente a lo sucedido en otras partes, como México o Perú, que no sólo tenían una sólida base indígena sino que posteriormente los colonizadores la constituyeron en poderosas colonias. Venezuela fue entonces un poco monte y culebra hasta que Bolívar la independizó, pero a raíz de eso el país no cambió, siguió siendo monte y culebra, ahora con el agravante doble, de quedar arruinada y destruida por la guerra por una parte, y por la otra la desgracia de tener un héroe momentáneo convertido en héroe eterno. Tanto que hasta en nuestros días ese nombre se lo encasquetaron al país.

Y así continuó siendo un país niño, que como todo niño pasó desapercibido durante centenares de años, manejado como una hacienda por caudillos poco o nada preparados.

Hasta que llegado un momento, un mago extranjero descubrió, que entre tanto monte y tanta culebra, había un tesoro escondido llamado petróleo. Y en ese momento ese niño que deambulaba feliz y salvaje por esas tierras maravillosas, preciosas, pero inútiles, empezó a crecer, comenzó a dejar de ser niño, pero como muy bien sabemos, de la niñez no se pasa a la adultez y la madurez de un solo trancazo. Tenemos en ese between, como dicen los gringos, que pasar por la adolescencia.

Esa adolescencia nos llegó junto con el petróleo. Y si ya de por sí un adolescente es un peo, todos sabemos lo terrible que es un adolescente con real, a la locura ya de por sí normal de la adolescencia se le suman ahora los recursos. Una gran parte de los adolescentes ricos terminan mal. El dinero propicia lo peor, y sobre todo si no es producto del trabajo, sino que nos llega de un maná, en nuestro particular caso, llamado petróleo. Con money, money, como se decía en el musical Cabaret, todo lo podemos lograr. Y todo adolescente con real se cree capaz de dominar el mundo, cualquier pendejada que se le ocurra la aúpa con ese dinero, generalmente mal habido.

La adolescencia en las personas es un período corto, de pocos años, pero eso sí, fundamental para el desarrollo personal. De una adolescencia decente, cuestionadora pero productiva, rebelde pero sensata al fin, surge una madurez sólida.

Podríamos decir que Venezuela como país, tuvo un período de adolescencia, como toda adolescencia, loca y contradictoria, que se corresponde con el lapso en que jugábamos el juego de ser una democracia, el período llamado la cuarentena, no de la famosa epidemia, sino de los cuarenta años con elecciones más o menos limpias y unos ensayos de civilidad más o menos exitosos. Pero como buenos adolescentes no teníamos la madurez para entender lo que nos estaba pasando, creímos tantas cosas que eran mentiras, supusimos que éramos firmes, eternos, solidarios, que hasta llegamos a creérnoslo. Vimos que algunos individuos crecieron y se hicieron importantes, en el arte, en la cultura, en la ciencia, en la investigación, y como buenos adolescentes locos nos dijimos: somos adultos, somos de pinga, somos arrechos, Venezuela es una verga tiesa, a Venezuela no la jode nadie. Habladurías de adolescentes. Sólo algunos pocos se habían salvado, individual y exclusivamente, pero la mayoría, la gran mayoría, la casi absoluta mayoría, seguía viviendo la vida loca de creerse rico y a mí no me jode nadie.

¿Y qué pasó? Que habíamos vivido en una mentira, una mentira en la cual muchos deambulan creyéndosela. Que Venezuela era un país, adulto y firme, porque muchos otros países nos miraban con envidia e incluso se acercaban a conocernos. Pero resulta que nos envidiaban no por nuestros valores, sino porque éramos ricos. Muchos se acercaban no para conocernos, sino para robarnos. Nos habíamos convertido en ese campamento minero de lujo del que hablaba Cabrujas. Todo el mundo nos saqueó y, como estábamos borrachos, no nos dimos cuenta sino muy tarde, cuando ya no quedaba casi nada. Y al despertarnos de la pea nos encontramos con una resaca de la puta madre, un dolor de cabeza que no se nos quita con nada, y unas ganas inmensas de vomitar, de vomitar todo lo que tenemos dentro, porque hemos tragado mucha mierda durante toda esta adolescencia terrible.

A Venezuela no la jodió nadie. Venezuela como todo adolescente que se balanceó irresponsablemente en la cuerda floja, no vio el precipicio. Numerosos adolescentes no lo ven y cometen la insensatez que muchos encuentran como salida final, se suicidan. Venezuela se suicidó. Basta de echarle la culpa a otros, fuimos nosotros mismos. No nos queda sino asumir el luto, velar a nuestro muerto y tratar de inventar en algún momento otro país que no se parezca al anterior, ni siquiera en el nombre, que ya era despectivo de por sí.

¿No será que en el nombre Venezuela, con esa terminación desdeñosa como la de mujerzuela, estaba implícito todo el caos que hemos vivido, un país que murió adolescente, que ni siquiera pudo llegar a adulto?

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