Cruceros / EL MAR SIN LEY, por Antonio Llerandi

Cuando se flota en ese 70% del globo terráqueo que llamamos mar, no pertenecemos a nadie, a ningún lugar, a ningún país.

Tengo algunos amigos y conocidos, casi todos músicos, que han trabajado en los cruceros y me han contado su experiencia. En primer lugar, si bien hacía de esos trabajos una actividad remunerativa importante, también conllevaba riesgos. Lo normal era embarcar en cualquier puerto del mundo y estar seis meses sin apearse, es decir, medio año con el bamboleo y sin tocar tierrita y no jugar más.

Todos sin excepción lo hacían por ganar una buena pasta, como dicen en España, pero de alguna manera su trabajo era excepcional, pero severo, dentro de los barcos. Los que si la pasaban fatal eran esos que llamaban la tripulación, los miles —sí, porque son miles— de  mesoneros, limpiadores, cocineros, que tenían los trabajos más duros.

Los dueños de las líneas de cruceros habían encontrado una minita de oro con esos centros comerciales flotantes, pues no eran otra cosa, donde un pocotón  de pasajeros, creían que estaban viajando, simplemente porque navegaban mientras comían, bebían, jugaban y cogían sol en las piscinas, como si estuvieran en su casa, porque el mar, ni lo veían, salvo aquellos que habían pagado un dineral más para tener un balconcito donde mirarlo y no la claraboya de los que se iban por las ofertas.

Y los trabajadores, como se suponían que estaban en algo excepcional y no en un laboro normal, pues a darle, 12, 14, 16 horas, a ver si con las propinas me hago un capitalito. Como en los mejores tiempos de los piratas, y común aún en todas las tripulaciones de barco, los trabajadores, como los marineros, los recolectaban en todo el mundo, sobre todo en aquellos lugares donde la pelazón es grande.

Diversiones o tiempo libre de los trabajadores, pues poca o ninguna. Los más aventureros decidían disfrutarlo por la vía más fácil. En todos los barcos había unos bol gigantescos llenos de condones, preservativos para prevenir el contagio en aquello de todos contra todos, o para ser más justo, de todos con todos, y a pasar el raquítico que nos queda libre. Porque hay que pegar de nuevo y esto de follar debe ser rapidito. Y preñarse menos, porque eso en seis meses, claro que se nota, se hincha. Y si te falló el asunto, pues afuera con barriga y todo, porque no me vas a venir a parir aquí, esto no es un país, y el bastardo ni nacionalidad tendrá, y encima, con tanta singazón capaz que no sepas quién es el padre.

Todo esto, simplemente bien pensado, porque cuando se flota en ese 70% del globo terráqueo que llamamos mar, no pertenecemos a nadie, a ningún lugar, a ningún país, por más que el barco ostente una bandera pirata de cualquier territorio. En el mar no hay ley. Un cierto orden impuesto por la máxima autoridad, el capitán, que como en los viejos tiempos, decide y dictamina. Si un trabajador no cumple con las estrictas normas, pues pa’bajo en el próximo puerto y si te he visto no te conozco, pues allí mismo se subía otro que lo sustituía. ¿Defensa del trabajador, condiciones laborales? Explícame qué es eso, porque funcionará en algunos países, pero aquí no estamos en ninguno, estamos en el agua de nadie, y por lo tanto a reclamarle a tu santísima madre.

Los defensores del capital dirán: “pero le daban trabajo a un gentío”. Ciertamente, pero en qué condiciones. Y la cosa reventó, como muchas otras, con la bendición o la maldición del coronavirus. Los dueños de las líneas decidieron seguir con el negocio y la viajadera, a pesar de que la cosa no pintaba bien, les seguía funcionando. Con miles de contagiados en el mundo, siguieron montando gente y vamos a divertirnos, porque eso es publicidad comunista para jodernos. Conclusión: los cruceros, como en los mejores tiempos de la edad media, se convirtieron en apestados. Nadie los quería, anda a aparcar en otro lado, aquí ni de vaina. Y a flotar en ese mar de la nada, de la no ley. Y los pasajeros a chillar, pero cómo hacemos si no nos dejan llegar a ningún sitio.

La cosa terminó —en parte— con la aceptación humanitaria de algunas naciones, de permitir el atraco —nunca un sustantivo había sido mejor usado— y permitir bajarse, con todas las precauciones del caso, de los contagiados. Pero sólo los pasajeros y uno que otro tripulante que se le veía bastante mal. Los que no tenían síntoma, a seguir, porque el barco no puede quedar a la deriva.

Miami, el centro más importante de cruceros del mundo, ostenta hoy en día, el récord de muertos por venir montados en esos bichos. Y a partir de ahí y gracias a la labor periodística publicada en El Nuevo Herald, leo con espanto que el horror sigue y en alta mar, en la tierra de nadie, porque desde luego en el mar no hay ni tierra, ni ley.

Según ese informe, me entero que a los tripulantes con síntomas nunca se les examinó, pues con un mediquito recién graduado y dos enfermeras, cómo lo íbamos a poder hacer, además no teníamos cómo. Mascarillas y guantes, ¿qué es eso?, aquí no se necesita, acuérdense que en el mar la vida es más sabrosa y esos adminículos son innecesarios.

Por lo tanto a los pasajeros y tripulantes los tuvieron en ascuas todo ese tiempo, e incluso después de desembarcarlos, muchos tuvieron el virus pero como no presentaron síntomas, pues váyase para su casa, si te he visto, no me acuerdo. Consecuencias legales, morales, ninguna. Acuérdense que vienen del mar, de ninguna parte.

Y lo más terrible, saben ustedes que hay centenares en medio de los océanos, lejos del mundanal mundo, llenos de tripulantes, sin pasajeros, flotando, como los barcos fantasmas de las tantas historias de piratas que nos han contado los escritores a través de la historia.  Atrapados en esas cárceles flotantes hay miles, una sola compañía informa que en sus barcos hay 72,000.

Pero los dueños de las líneas dicen que la cosa está bien, que los barcos están dando vueltas por ahí, preparándose para la reapertura, que ya va a pasar todo, y que retomaran el placer de navegar. ¿Le echas bola?

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