Focalizar la realidad / LA MUERTE DE LA IMAGEN, por Edilio Peña

El hombre primitivo simbolizaba la acción para hallar la mecánica que le permitiría conquistar de manera logística objetivos de subsistencia y vida.

Al principio la imagen representó al mundo y el hombre adquirió dimensión plural en esa representación. Su cuerpo y sus pensamientos, sueños y emociones, encontraron en la imagen el récipe perfecto de su expresión más honda.

Muchos antes de la primera palabra pronunciada, entre la oscuridad y las sombras, en la intemperie acechada por los peligros, el cerebro del hombre rumió la imagen de lo que era y  quería ser. Sin saberlo, con esa imagen primera que tallaba dentro de sí fue fabricando el tiempo.

El hallazgo tenía la dimensión de un relámpago prolongado, que paradójicamente, también lo enceguecía. Después  dejó que esa imagen que se había hecho de sí y de cada uno de los seres y de las cosas del entorno, brotara de sus manos hacia una perfecta o imperfecta materialidad. Con fruición la amasó en el barro de los pantanos, la cinceló en las piedras y la raspó en las paredes de las cuevas, a la luz del crepitar de las altas hogueras. Entonces, el árbol imaginado fue más que un árbol, el bisonte más que una presa de caza, el cazador un ente todopoderoso. Había comenzado la danza del trance.

Pudo focalizar la realidad a través del instrumental de la imaginación. Se aproximaba a la plástica y a la música, a un tallado gráfico que mucho después llamaría escritura. Entonces, pudo nombrar lo que hasta ese momento no había fijado en un nombre. Dejó de emitir sonidos guturales y en el torbellino de los aullidos, descubrió que también en la palabra que salía de su boca como grito desgarrado o sublime, se concitaba la imagen potencial de su ser. Al final, el primer desamparado del mundo —el hombre— reprodujo lo que veía y sentía al exaltar todo aquello que su foco de atención consideraba más importante entre la realidad y el sueño, entre la evocación y el deseo. Había creado el doble del mundo  y de sí, pero desde su predilección personal.  Supo entonces que a pesar de que formaba parte de un grupo era un sujeto, un individuo que más tarde alguien llamaría artista o creador. Esta acción que instrumentaba ese oscuro mecanismo psíquico que se había activado dentro de su cerebro, le prodigaba  una sensación que después llamaría libertad.

Aunque después también descubrió —y tuvo que conformarse— que la libertad es un efluvio que sólo existe en el instante de la creación, en esa plenitud que se escapa cada vez que se ejecuta en el intento obstinado de aprehenderla para la eternidad. El hombre primitivo simbolizaba la acción para hallar la mecánica que le permitiría conquistar de manera logística objetivos de subsistencia y vida. En esa tarea hallaba otros fines que no coronaba en objetivos concretos: los existenciales e inasibles. Al principio la idea y los conceptos se entrelazaban entre las imágenes, después los preceptos abstractos de la razón se separaron de la simbolización de las imágenes precipitando al hombre hacia una escisión que luego lo convertiría en un ser irreconciliable para sí mismo.

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