Actores del engaño / EL SIMULADOR Y EL DOBLE, por Edilio Peña.

El histrionismo de algunos dictadores nos hace pensar que son grandes actores cuando se dirigen a las  pueblos degradados en masas.

La simulación es querer parecer lo que no se es. Es el camuflaje de una identidad falsa. Toda simulación pretende lograr un objetivo. Un objetivo de poder o de sobrevivencia.

Quien tiene poder termina por dominar a aquél que intenta escapar desnudo de la simulación. Sin embargo, en el preámbulo de esa crisis, el pudor enrojece al  percatarse el huidizo, en vulnerable ambiguo. Allí comienza el disimulo. El  hijo bastardo de la mentira. En lo real o lo virtual.

El drama para alguien que simula es saber que otro pueda sospechar o descubrir lo que en el fondo oculta o desconoce de sí, y eso pueda orillarlo en el tormento que atiza el laberinto. La misma sospecha lo desestabiliza en la intranquilidad y la paranoia. El mismo se persigue, pero no se encuentra. Sentirse atraído por lo prohibido es una tentación para quien se ve inducido a convertirse en un simulador. Su sinceridad (si la tiene todavía) se hace añicos, como la fidelidad o la lealtad. Entonces, ese ser termina por habitar en el claroscuro, como un personaje en un cuadro de Rembrandt o en una obra de Shakespeare. Porque toda simulación coquetea con la irresistible seducción para encantar o sojuzgar. Ofrece lo que no se es, entonces se reta a ser lo imposible. Aunque hay un momento en que se le presenta una dificultad: lo imposible no puede conquistarse por los senderos de lo posible. Por eso, ese abismo entre el enamoramiento y el amor.

La simulación acontece entre algunas especies de la naturaleza, sobre todo, en aquellas especies animales o vegetales que no tienen otra opción que las determinadas por su habitat natural. Entre todas, el camaleón ha ganado prestigio y popularidad, pero también algunas plantas carnivoras. La simulación se instala en el espacio de la razón humana por un horror al misterio. Allí donde la emoción aniquila la contemplación ya no es posible soñar con la eternidad.  La historia es la memoria de esa predisposición del ser que se abate entre las sombras del pensamiento y el conocimiento.

Aquel que simula pretende un objetivo que fragua desde el impulso del deseo o una claridad meridiana. Ese es su propósito así desconozca la motivación que subyace en el lecho profundo del inconsciente. Una vez que el objetivo es alcanzado por el simulador, se podría creer que se   despoja de su máscara y comienza a ser lo que verdaderamente es. Sin embargo, no necesariamente ocurre así. Porque existe la posibilidad de seguir persistiendo en la simulación progresiva y perversa. Más cuando la naturaleza humana está determinada por la multiplicidad del yo.

En el siglo XVIII Cyrano de Bergerac, la pieza teatral de Edmond Rostand, ejemplifica con asombroso  contenido la astucia de la simulación. Cyrano de Bergerac es un hábil y destacado espadachín, pero a su vez un notable poeta que posee el don de la seducción a través de la palabra escrita y hablada. Lo conduce la espada, pero también la virtud poética. Es un caballero, pero tiene una nariz demasiado grande que lo avergüenza. Christian,  joven hermoso, solicita de Bergerac la ayuda para conquistar a la bella Roxanne, porque de alguna manera su hermosura física de varón no le es suficiente para rendir la irresistible prenda femenina de Roxanne. Cyrano de Bergerac, que en el fondo de su corazón también ama a Roxanne, no se resiste en ayudar al pretendiente de la dama,  quizás porque se reconoce feo en el imposible desafio.

Cyrano de Bergerac comienza a escribir cartas de amor a Roxanne como si fuera Christian y Christian se las hace llegar a Roxanne como si fuera él el verdadero autor de composiciones epistolares tan sublimes y arrebatadoras. No hay que olvidar que el romanticismo se funda con el género epistolar: la carta enviada como esperada es la ansiedad del amor. En la noche, ante el balcón por donde se asoma ese esplendor de mujer, llamado Roxanne, Christian le declama hermosos versos como si nacieran de su propia alma. Ignorando Roxanne que, Cyrano de Bergerac, oculto en los bosques de la noche, es el apuntador poético de Christian. Esa boca que dice y pronuncia, sin sentir como suyo, el verso ajeno.

Ese simulador romántico que en esencia no es el seductor que Roxanne ha comenzado a creer que es. De haber existido la cirugía plástica en el período romántico del siglo XVIII, Cyrano de Bergerac hubiese conquistado a Roxanne, sin intermediario alguno que revelara su impotente amor hacia ella.

A pesar de la creencia de que el simulador es idéntico al doble, a ambos los separa un aspecto caracterológico fundamental: el doble no simula ser, porque en el interior de él habitan dos que lo determinan. Es como la existencia de los gemelos. Ambos son uno y dos. El vínculo de identidad no sólo es consanguíneo, por igual es físico, mental y espiritual. Una sola identidad existencial, pero bifróntica. Pueden llegar a amar y odiar al mismo ser que pretenden o rechazan. En el doble no existe la necesidad de parecerse al otro. Fedor Dostoievski, el novelista ruso, abordó desde sus narraciones esta tormentosa disyuntiva de la doblez que devora a la psiquis de algunos seres humanos. En su novela, llamada El Doble, expuso el intrigante tema.

En la realidad, mucho más que en la ficción, el poder ha hecho suyas las proyecciones que generan el carácter del simulador y el doble. El histrionismo de algunos dictadores nos hace pensar que son grandes actores cuando se dirigen a las  pueblos degradados en masas. El caso más notable lo representa Adolf Hitler. Recibió clases de un ilusionista entrenado para seducir, a través de gestos y registros tonales,  a la audiencia expectante. Más tarde, terminada la Segunda Guerra Mundial,  se encontró un dossier de fotografías donde Adolf Hitler  aparecía ensayando sus dotes de líder simulador, con estrambóticas  poses.

El mismo Fidel Castro fue un actor que engañó al pueblo cubano y al mundo entero, con su histrionismo de simulador. Fidel Castro comenzó  a utilizar dobles físicos para repartirse por toda la isla de Cuba, para potenciar el poder de su omnisciencia  simuladora.

Hugo Chávez no fue un líder con histrionismo ni destino propio. Tuvo que simular ser como Fidel Castro para poder ser lo que infelizmente fue. Admiraba tanto al dictador cubano que parecía que hubiese querido que este fuese su padre o su amante. Llegó al extremo su pasión y frenesí que viendo a Fidel Castro partir en un avión, no pudo evitar lanzarle besos a la aeronave donde iba el patriarca de la primera dictadura comunista del Mar Caribe. Fue la primera declaración de amor pública de un estadista hacia otro estadista. La locura amorosa  de Chávez por otro hombre, lo llevó a calcar para su país, Venezuela, el mismo guion de dictadura que existe en Cuba. Ya Cuba había instalado el modelo estalinista, en los primeros años de la revolución cubana con el paredón, la tortura y los campos de concentración. Hugo Chávez extremó sus  apetencias personales, al querer fusionar en una sola nación a Cuba y Venezuela. Una especie de ardorosa cópula tropical de su pulsión inconsciente. Cada nueva revolución no es más que una simulación dentro de otra simulación que lleva el horror en  las entrañas de sus tinieblas. La revolución bolivariana  terminó por instalarse a través del hambre, la degradación y la tristeza. Sus instrumentos depredadores: el Sebin,  la Faes y la Dgcim.

Si Hugo Chávez amó a Fidel Castro, Nicolás Maduro no ama a Cilia Flores. Ama al deseo perpetuo de querer ser la reencarnación de aquel hombre que lo desnudó en la oscuridad de su servidumbre. La diferencia entre Hugo Chávez y Nicolás Maduro es que Chávez, en su simulación, quiso con obstinación ser el otro (su paradigma y carácter ideal representado en Fidel Castro); en cambio, Maduro ha querido simular ser quien no es, pero sin tener la contextura  de ninguno de los dos difuntos dictadores que lo tutelaron. Ni la de Fidel Castro ni la de Hugo Chávez. Porque Nicolás Maduro deriva su simulación hacia la caricatura y el caos absoluto que instala en torno suyo. Ahogando en tragedia inenarrable, a todos los ciudadanos de una nación. Su falsedad es absolutamente descarada en su lenta y torpe elefantiasis. No es un buen actor.

No obstante, en medio de la evidencia de su fracaso, no tiene ojos para advertir el pantano de la derrota en la que se hunde. Quizá  porque ya no se mira en los espejos del Palacio de Miraflores, donde se halla el otro simulador de su reflejo: Diosdado Cabello.

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