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Zoofilia UNA PASIÓN COMÚN (y 2), Rubén Monasterios

Primates
Uno de los primates predilectos por los zoofílicos es el bonobo (pan paniscus), una variación de la especie chimpancé (pan troglodytes).

La acción política pro bestialista. Al menos dos acontecimientos han ocupado espacios mediáticos en los últimos tiempos. La decisión del organismo legislativo germano, antes reseñada, contó con la oposición de colectivo Compromiso Zoófilo para la Tolerancia y la Claridad (ZETA en sus siglas en alemán) que dirige Michael Kiok, un bibliotecario de Münster.  El grupo ZETA inició una campaña nacional para impedir la prohibición de la zoofilia con el argumento «Las leyes morales, tales como la prohibición de la zoofilia, no tienen nada que hacer en un Estado de derecho».

Michael Kiok
Michael Kiok

Kiok es un zoófilo declarado; ha mantenido por años una relación amorosa con su perra de raza pastor alemán, Cissy. Tendrá que separarse de su amante canina para evitar pagar la elevada multa de 25 mil euros. Estuvo casado y quedó decepcionado. «Es más fácil comprender a los animales que a las mujeres», ha declarado. Confesó que había reprimido durante años su inclinación por los animales, después de haber tenido su primera experiencia a los 15 años. Según informa, el movimiento involucra a unos 100 mil alemanes; otras organizaciones civiles elevan el número hasta dos millones de personas.

El asunto es más complicado en los Países Bajos. El Estado fue indiferente a la zoofilia hasta 2010, cuando la Cámara Alta del Parlamento holandés prohibió el sexo de humanos con animales, tanto en público como en privado, independientemente de que el animal resulte herido o no. Además, veta la distribución de pornografía animal, una disposición de efectos económicos importantes, considerando que casi 80% de la pornografía zoófila se realizaba en Holanda.

Ad vander Berg
Ad vander Berg.

En Holanda, el principal opositor de la disposición legal fue el partido que adoptó el cándido nombre de Caridad, Libertad y Diversidad, cuyo fundador y líder fue Ad vander Berg (70 años). Esta organización abogó por la legalización no sólo de la zoofilia, sino también de la pedofilia, de la pornografía infantil y de las drogas blandas y duras; pretendía que se rebajara de 16 a 12 años la edad legal para que los menores puedan tener relaciones con adultos, así como el derecho a andar desnudo en público y la inclusión en la televisión de programas pornográficos en horario diurno. Se disolvió como organización política al no lograr el número de firmas indispensable para legalizarlo según la ley de los Países Bajos. Al  respecto, declaró que «Holanda no está lo suficientemente madura aún para admitir esta proposición».

El bestialismo como show

Un caso histórico notable, debidamente registrado, se refiere al uso de osos y aves. Teodora, emperatriz de Bizancio, antes de alcanzar tan elevado estatus fue una artista de la performance pornográfica en las calles de Constantinopla; uno de sus números, según reporta Procopio de Cesarea en su Historia Secreta (s. VI), consistía en fornicar con un oso; otro estaba inspirado en la leyenda de Leda y el Cisne; desnuda, tendida en una alfombra, regaban semillas en su entorno y una oca las seguía hasta llegar a picotear las puestas en su sexo. Con toda probabilidad, otras perfomancistas de la antigüedad tenían rutinas más o menos semejantes.

El bestialismo dramatizado, o exhibicionismo con animales, aparece en circos y otros espectáculos públicos al menos desde los tiempos romanos; el gran revival, por así decirlo, ocurre en la segunda mitad del siglo pasado con un personaje singular que saltó del show porno al Congreso de Italia, la italiana de origen húngaro Ilona Staller, más conocida por su nombre de guerra, Ciccolina. Su número cumbre consistía en simular una relación sexual con una serpiente pitón de su propiedad, cuya cola se introducía en sus genitales. A continuación hacía felices a sus fanáticos regando su orina al público.

Los objetos del deseo zoófilo

Los mamíferos predilectos para fornicar, más o menos por orden de preferencia, son las hembras equinas: burras, yeguas y mulas; las cabras, las terneras, las llamas, las vacas, los perros y perras (cinofilia), los gatos (ailurofilia), las hembras de corderos y ovejas, las cerdas y los lechones. Simios como los orangutanes y los chimpancé, machos y hembras, figuran entre los favorecidos por los zoófilos. Se conocen casos de relaciones sexuales humanas con osos amaestrados. También figuran en la enumeración de los animales usados por los humanos con fines eróticos una nutrida diversidad de otras especies: aves (ornitofilia) como ocas, patos y gallinas, serpientes (ofidiofilia), mamíferos acuáticos, peces, insectos y arácnidos. Uno de los primates predilectos por los zoofílicos es el bonobo (pan paniscus), una variación de la especie chimpancé (pan troglodytes) menos familiar que otros antropomorfos al hombre común, al punto de haber sido llamado por un estudioso «el simio olvidado».

Estos primates, parecidos al chimpancé, aunque más gráciles y pacíficos, se localizan en el centro de África, en el Congo, y con ellos compartimos 98,7 % del genoma, de modo que están más emparentados con el Homo sapiens, que con los gorilas; además, presentan una importante similitud anatómico-sexual con los humanos: las hembras tiene el clítoris fuera de la vagina, como la mujer. (Frans van der Waals, Bonobo: The Forgotten Ape, 2008.)

Pero la preferencia hacia ellos de los inclinados al sexo animal no responde sólo a esas similitudes genéticas y a su carácter gentil; entre los primatólogos, también dice de los bonobos ─a medias en broma, a medias en serio─ que son «adictos al sexo». En su ambiente natural estos primates practican besos labilinguales, penetración por delante y por detrás, felación, cunilinguo, anilinguo, frotamientos, msturbación recíproca y tocamientos diversos, y todo esto indistintamente del sexo del otro bonobo, sea en pareja o en grupos más extensos; no lo hacen con el propósito de reafirmar dominancia, por cuanto animales de estatus superior y más viejos admiten ser poseídos analmente por individuos inferiores; tampoco para satisfacer la necesidad sexual en condiciones de escasez de hembras, ni obedeciendo al drive reproductivo, por cuanto 75% de sus interacciones sexuales son hedónicas; el individuo que hace un momento fue pasivo poco después será activo en otro macho o en una hembra; acarician y copulan sin discernir en cuanto a edad, estatus ni género; incluso, sin distinguir especie; de tener la oportunidad ¡también lo hacen con seres humanos! Una científica lo verificó al entrar a la jaula de los bonobos; los animales la acariciaron y besaron y fue necesario rescatarla estando a punto de ser violada por un macho.

El tráfico ilegal de bonobos con fines sexuales es una preocupación seria de las autoridades locales; la especie se ha vuelto vulnerable, figura entre las que corren peligro de extinción. Los adictos al bestialismo pagan fortunas por los ejemplares. No menos problematizada está la supervivencia del orangután (Pongo); a la pérdida de su espacio vital a causa de la ocupación humana, la cacería para usar su carne como alimento y su piel con fines artesanales, se suma su captura a propósito de usarlos como objetos sexuales en burdeles de bestialismo existentes en Asia y Europa.

Mamíferos acuáticos también están presentes en este cuadro. En algunas regiones lacustres y fluviales del trópico existe un tipo de delfín conocido como tonina (Inia geoffensis); las hembras tienen una contextura semejante a la de una mujer obesa y su vulva ubicada en la parte inferior del vientre. Es costumbre de los lugareños capturarlas, tenderlas en postura decúbito supino y llevar a cabo relaciones sexuales con ellas. En Venezuela, en las regiones marcadas por el lago de Maracaibo y el río Orinoco, era corriente que  la iniciación sexual de los mozos ocurriera con tales animales.

Tal como ha sido señalado, los insectos y arácnidos también son objetos del deseo de los humanos; algunos, la mayoría, como afrodisíacos, vale decir, como estimulantes del poder sexual mediante su toxina que al ser introducida por la  picadura actúa como afrodisíaco de acción interna; otros como estimulantes de acción externa.

Se identifican artrópodos, de la clase insectos, cuya picadura es afrodisíaca; en la fauna venezolana figuran al menos dos: la machaca y el lambeojitos; respecto al último, escribe Salazar Léidenz:

«Si pica en el lugar adecuado, inmediatamente se registra una reacción que dura hasta que el atacado consiga pareja, o logre una simulación por métodos artificiales… Muchos cojedeños cargan su propia lambeojitos, en una caja de fósforos, por lo que  pueda suceder. Con ella se practican una especie de acupuntura en lugares reservados»Ã¢â‚¬Â¦ (Geografía Erótica de Venezuela.)

Cojedeños son los nacidos en el estado Cojedes, demarcación política venezolana que toma su curioso nombre de los aborígenes establecidos en su territorio en tiempos precolombinos, superlativamente activos en su sexualidad gracias a la avispa lambeojitos, endémica en la región. Ese pueblo se hacía llamar coaheir, nombre formado por el vocablo de la lengua caribe coa, con el significado de palo, y por el proveniente del araucano heir, el verbo dar; de modo que coaheir se entiende correctamente en el sentido de “los que dan con el palo”, del todo coherente con sus costumbres. Otra interpretación traduce el vocablo heir como cerámica, lo cual da lugar al nombre −asimismo cónsono con sus prácticas sexuales− de “los palocerámica”, o “los que tienen el palo como la cerámica”, vale decir, duro; pero la moralina nacional ha ocultado estas etimologías, haciéndonos creer que coa significa hombre o gente; de aquí que el nombre de esos indígenas sería el insulso “hombres de la cerámica”; cuando no existe ninguna evidencia arqueológica de cerámica importante en la región.

El uso de insectos con fines eróticos corresponde a una categoría especial de las variantes del comportamiento sexual denominada entomofilia, en  la que la particularidad reside en obtener placer sexual mediante el contacto directo con animales pequeños, en zonas erógenas del cuerpo como el pene, el clítoris, el pecho o el ano. Las personas con esta inclinación sienten una gran excitación cuando estos pequeños animales caminan, muerden o pican por las zonas en las que son ubicados, o con cualquier desplazamiento por el cuerpo. Las hormigas son los insectos más comunes en esta práctica (formicofilia), aunque también puede darse con abejas, moscas y otras especies, o con animales que no son insectos como gusanos, caracoles, ranas y otros.

Las moscas participan en una práctica masturbatoria singular y ejemplifican el uso de insectos como «objetos del deseo». Consiste en meter cierta cantidad de ellas en un frasco de boca ancha en el cual se introduce el pene; el revoloteo enloquecido de los animales produce excitación y conduce al  orgasmo. Otra, es el fleshing, que consiste en introducirse insectos o peces pequeños en el ano o en la vagina, lográndose el placer a partir de los movimientos desesperados del animal. Se ha reportado otra forma de erotización mediante los insectos, conocida como crush bug, o excitación sexual lograda a partir de ver mujeres pisoteando esos animales y de escuchar el crujido que producen al ser aplastados.

Algunos aficionados se valen de animales venenosos de mayor peligrosidad, como arañas y alacranes, con lo que combinan la excitación sensorial debida al roce de las patas del organismo, con la propia del temor al exponerse a una picadura tóxica. Esta conducta sugiere cierto componente masoquista en la persona y, a nuestro entender, es una variación de lo que podríamos llamar pericufilia (del latín periculum, riesgo, tentativa, ensayo), o excitación erótica a partir de exponerse al peligro.

La entomofilia tiene amplia historia; probablemente el siguiente relato no sea más que una conseja, pero el hecho es que la tradición dice que al mediar el siglo XII ocurrió que en el discurrir de la festiva vendimia, labor realizada por los campesinos centroeuropeos del pasado completamente desnudos, una chica traviesa le arrojó a su enamorado unas abejas en los genitales; superada la sorpresa, descubrió el gañán que la picadura apenas si dolía, y para la mayor gratificación de ambos también se hizo evidente que le originaba una poderosa erección y aumentaba el grosor de su pene; no tardarían en advertir que, además, dilataba la eyeculación y hacía más intenso su orgasmo.

A partir de esa experiencia el mozo tomó el hábito de hacerse picar por abejas; atrapaba un par de ellas, las cogía por las alas, las colocaba en su pene y las apretaba, incitándolas a picar; así obtenía a su albedrío el efecto deseado. Experimentos modernos realizados por sexólogos, comprueban que su toxina tiene el efecto de aumentar el grosor del pene de 16 a 22 centímetros, en promedio.

Princesa de la elección zoófila

Si bien es cierto que diversas especies animales son objetos del deseo, se hace evidente que a todo lo largo de la Historia una de ellas es la privilegiada por la elección de los zoófilos, el Equus africanus asinus, el asno. Y para los inclinados a este placer tendencialmente heterosexuales, nada puede ser mejor que la hembra del jumento en su etapa juvenil, o sea, la pollina.

Manara
Portada de la novela gráfica a partir de ‘La Metamorfosis’ debida a Milo Manara

Ningún otro animal está tan fuertemente vinculado al erotismo, tanto al rural o primitivo como al más sofisticado. En los anales sexológicos figuran casos de mujeres zoofílicas inclinadas a los equinos, o que sin serlo han querido alardear de su capacidad para soportar pingas enormes, que han hecho uso del asno con fines sexuales. Musset, en su novela pornoerótica Dos noches de placer, describe el coito colectivo de una comunidad de hermanitas de la caridad con un soberbio macho padrote que mantenían en su convento.

El jumento figura en diversas obras literarias; en las letras venezolanas Salvador Garmendia le dedica una apasionada apología en sus Crónicas Sádicas. Entre tantas, quizá la más popular sea la J.R. Jiménez, Platero y yo, pero se trata de un burrrito medio pendejo, de  lo más poético y sin inquietudes eróticas; en cambio, es bien ácido el protagonista de La Metamorfosis o El asno de oro de Apuleyo (Roma s. II), obra fundacional de la picaresca y de la literatura pornohumorística en occidente, una lectura imprescindible. El personaje Lucio se ve transformado en burro por obra de la magia; como tal va a dar a un establo y a ese lugar su amo acude a tirarse a una amante. Asombrado, el hombre observa que el animal tiene una erección al presenciar el acto, y decide matarlo, lo que no logra al fin.

La burra erótica en la tradición oral venezolana     

La hembra joven de la especie, la pollina, ha dado lugar a las anécdotas más interesantes. Al respecto, en la literatura oral del folclore venezolano corre lo que no sé si es anécdota o cuento inventado, de un acontecer supuestamente ocurrido en un pueblito de Barcelona (Edo. Anzoáteguí, Venezuela), narrado por William Rodríguez. Lo  consignamos a continuación tanto por ser ilustrativo de la zoofilia asnal en nuestro país, como por cumplir con el encomiable propósito de darle forma escrita a la tradición oral.

Refiere de un joven cuyo  padre lo envió a Caracas a estudiar medicina; el muy  sinvergüenza nada estudió, se la pasó rumbeando; no obstante, en sus andanzas aprendió a ser ventrílocuo.

Al regresar al terruño al cabo de seis años el padre le hace una fiesta e invita a todo el pueblo, en especial a los enfermos, asegurando que su hijo los curaría. El joven, desde luego, no tiene la más puta idea de qué hacer, y se ve obligado a confesar que no estudió medicina. El progenitor monta en cólera; el hijo le dice: «Tranquilo, viejo: estudié algo mejor. ¡Soy ventrílocuo!»… «Ã‚¿Â¡Ventri qué!?», pregunta el padre. «Ventrílocuo, o sea que hago hablar a cualquier cosa»… Y a propósito de demostrar su destreza le dice al señor que le pregunte algo a una silla; este, con temor, interroga a la silla: «Ã‚¿Silla como estás?» y para su mayor asombro el mueble le responde: «Chirriando mucho, porque te meces cuando te me sientas»… El asombrado y orgulloso padre exhibe a su hijo a los invitados; estos, maravillados, le piden que hable con todas las cosas que se les ocurren; hasta que un pequeño le jala el pantalón y le pregunta: «Ã‚¿Señor, usted puede hablar con la burra?»… Y cuando el sujeto se disponía a hacerlo lo interrumpe su padre con el siguiente comentario: «Mijo, mejor llamamos a tocar al conjunto, ¡porque esa bicha es muy cuentera!»

Un caso auténtico de bestialismo trágico

La siguiente anécdota es verdadera. Ocurrió en Barquisimeto, en el curso de la década de los cincuenta. Los muchachos de entonces solían vagabundear por las riberas del río Turbio, cazando iguanas, pescando bagres, a cuyo efecto iban provistos de chinas y de una suerte de lanza construida con un palo y un hierro bien afilado amarrado en una punta; también andaban en búsqueda de oportunidades sexuales con inocentes rameras rurales que por un (1) bolívar solucionaban entre las breñas; o en su defecto, con burras.

Uno de los asiduos aventureros era cierto sujeto conocido como el Maracucho;  un lince con la china, fino pescando con la lanza y apasionado de las burras. Formó una relación estable con una pollina preciosa, a la que sedujo mediante su técnica de acariciarla con una botella, que pasaba por su lomo, siguiendo la columna vertebral; le llevaba dulces y le hablaba con ternura. La burrita acudía a él apenas los veía venir. Pero apareció un jumento que interrumpió el idilio. La pollina mostró preferencia por este animal y empezó a evitar al Maracucho. El joven intenta atraerla con carantoñas y regalos; el asno lo enfrenta rebuznando con ira y pelando los dientes; otras veces lo mira con sorna y rezonga con acento sarcástico, evidentemente burlándose de él.

La amargura del Maracucho es indescriptible; llora y se mesa los cabellos. Sus amigos intentan consolarlo; uno de ellos le ofrece una gallina de su propiedad. «Ã‚¡Una gallina! ¡Jamás podrá compararse a mi pollina!»

BurritaEl Maracucho va una y otra vez al río; cierta vez encuentra a la burrita sola e intenta atraerla con palabras cariñosas, pero ella lo esquiva; su comportamiento lo lleva al frenesí; exclamando «Ã‚¡Mía, o de nadie!» arroja la lanza con su mayor fuerza y la clava en el vientre del animal, que exhala un rebuzno agónico y huye río abajo. Días después se descubre su cadáver siendo festín de los zamuros.

Se ha consumado el primer crimen interespecial de la historia, así como el primer equinocidio conocido.

La furia del Maracucho no se calma con ese crimen; su dolor se transforma en odio ciego hacia el jumento, al que culpabiliza de los aconteceres; jura vengarse del burro, aunque a tal efecto trama un plan más perverso que el sólo darle muerte, porque su resultado lo hará sufrir en vida a todo lo largo de su existencia.

Animado por ese propósito maligno, el Maracucho vaga por las riberas del Turbio en busca del burro. Finalmente lo localiza precisamente en el momento en que se disponía a acabar con la virtud de una pollinita. Apunta con la china, dispara una piedra; el proyectil pega exactamente en el falo engrifado del jumento. El animal cae, se revuelca de dolor, rebuznando desesperadamente.

El Maracucho ha consumado su venganza: A partir de entonces el burro quedó impotente. Siendo un burro maduro, en la plenitud de sus facultades eróticas, jamás volvió a lograr una erección porque al sentirse excitado sexualmente al cruzarse con una burra en celo, un mecanismo mental la impedía al recordar el inmenso dolor de la pedrada en su órgano viril, como resultado del efecto de reflejo condicionado. ¡El Maracucho lo aplicó sin saber una gota de Psicología ni mucho menos de su descubridor, Pavlov!

                  

                                                            Ω

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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