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Zoofilia UNA PASIÓN COMÚN (1), Rubén Monasterios

Bestialismo con cabra en el Medio Oriente
Bestialismo con cabra en el Medio Oriente

Uno pensaría que la zoofilia, o bestialismo, es una práctica propia de aisladas zonas rurales o de países al margen de la corriente dominante de la civilización moderna. ¡No lo crea! La información sobre el tópico puesta en la red revela lo contrario; aparte de ser  una costumbre del todo universal que se inicia con la domesticación de los primeros animales ─probablemente la cabra y el lobo─, hará cosa de unos 15 mil años, figura en la entramada cultural de naciones tan avanzadas como Alemania, Suiza, Dinamarca, España, Canadá, Estados Unidos y otras; en países suramericanos, africanos y asiáticos es una práctica generalizada. En todas partes la extensión es mucho mayor en ambiente rural que en el urbano.

Pintura de autor no identificado que exhibe la práctica del bestialismo con cabras en el Medio Oriente; nada muy diferente ocurre en otras regiones caprícolas.

La remota antigüedad del bestialismo la documentan grabados rupestres hallados en cavernas desde Liberia hasta la Península Ibérica; en numerosas iglesias cristianas dispersas por todo el continente europeo existen relieves y gárgolas que lo representan; asimismo, se alude en leyendas propias de muchos pueblos. Tratando de no ser en exceso prolijo, focalicemos solo el ámbito helénico, fuente primordial de la cultura occidental. Una de las imágenes que viene a la mente es el Minotauro, monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro nacido de la unión de la reina cretense Pasifae y el fabuloso toro blanco que Poseidón regaló a su marido, el rey Minos. De hecho, Pasifae se enamoró de la bestia y se disfrazó de vaca para seducirlo. Los centauros, criaturas mitad humana, mitad equino, son los descendientes de un personaje mítico de ese nombre y de yeguas de Tesalia. Ni Leda ni Europa rechazaron a Zeus transformado  en cisne y toro blanco, respectivamente, con el propósito de acostarse con ellas.

Europa y Zeus como toro en el dibujo de F. von Bayros
Europa y Zeus como toro en el dibujo de F. von Bayros.

En los países desarrollados la vigencia del bestialismo ─en el sentido de costumbre viva en  la cultura popular─ se  hace notable en la indiferencia histórica de las autoridades respecto a la actividad; sólo en fechas recientes han dictado leyes concernientes al asunto, gracias a la presión persistente de ONG comprometidas con el bienestar de los animales, de colectivos moralistas y de la denuncia de casos extremadamente escandalosos. Algunos disponen de legislaciones en exceso laxas, tanto, que de hecho la admiten.

En resumen, el bestialismo es una práctica universal en el tiempo y en el espacio; ocurre  en ambientes rural y urbano, en contextos primitivos y civilizados.

La perspectiva  científica

Es del dominio público que zoofilia (del griego zoon, animal; philia, amor), zoosexualidad, zooerotismo o bestialismo consiste en la estimulación sexual o erotización de personas por animales. El término fue acuñado en el lenguaje científico por Richard von Krafft-Ebin en 1894.

Hilando fino, los especialistas diferencian entre el último de esos vocablos y los tres primeros, que, salvo matices, son equivalentes. Bestialismo es contacto sexual de cualquier índole con un animal; zoofilia designa la atracción sexual por un animal, la  estimulación erótica a partir del mismo; lo que involucra vínculos sentimentales: amor, si se quiere, y no necesariamente implica coito o contactos físicos sexuales; la excitación experimentada por una persona como efecto de inspeccionar animales coitando es zoofilia.

El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, editado por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, una guía a tal efecto en casi todo el mundo, cataloga a la zoosexualidad como una parafilia, vale decir, una de las numerosas variantes de la sexualidad alternativa.

Por otra parte, existe el bestialismo inverso, es decir, la atracción por humanos en animales; algunos observadores hacen notar que los perros pueden estar dispuestos a participar en actividad sexual con seres humanos; también los delfines; al menos una especie de simios muestra interés sexual por los humanos.

Tanto  como tratándose de cualquier otra posibilidad de sexualidad alternativa, existen zoofílicos cuya orientación sexual básica es hétero u homosexual, sean mujeres u hombres; lo que no debe entenderse en el sentido de que los primeros prefieren animales hembras y los segundos machos; este asunto de las preferencias según la orientación sexual básica no está suficientemente estudiado. Tampoco hay evidencia conclusiva sobre la posible relación entre bestialismo y pedofilia; las escasas investigaciones sobre el tema son objetadas debido a su falta de extensión y parcialidad, por cuanto han sido realizadas  con pequeñas muestras de individuos atípicos, tales como presos.

En los ambientes rurales es habitual tener relaciones sexuales con la hembra del animal propio de la fauna doméstica local: vaca, cabra, oveja, burra… y una razón de peso que explica tal inclinación es que las hembras son más dóciles y fáciles de manipular que sus machos. En algunos lugares los pastores deben pasar largos meses invernales aislados con sus rebaños, y no les queda otro remedio que solucionarse con ellos; en tales hábitats es común que la iniciación sexual de los muchachos ocurra de esa forma. En contextos urbanos, personas tímidas y solitarias entrenan perros en quehaceres eróticos; menos frecuentemente a gatos.

Aclaremos que alguna experiencia de tal naturaleza no hace de la persona bestialista o zoofílica; es el anclaje o fijación en ella, al punto de preferirla sobre el coito entre humanos o de no encontrar satisfacción sexual de otra manera, lo que configura una parafilia; y sólo es ‘problema’ ─vale decir, una alteración del aparato psíquico de la persona que requiere la atención del sexólogo─ en la medida en que la persona se sienta conflictuada por dicha fijación. En el amplísimo universo de varones que declara haber tenido alguna vez relaciones sexuales con animales, aproximadamente 40 % confiesa que lo hace ‘a menudo’, al menos una vez a la semana; lo que conduce a pensar  que son zoófilos definidos.

Relieve en uno de los templos del grupo oeste, Khajuraho, India.
Relieve en uno de los templos del grupo oeste, Khajuraho, India.

La zoofilia a la luz del derecho

Enrique Gimbernat, eminente jurista y catedrático de Derecho Penal de la Universidad Complutense de Madrid, considera que legislar sobre la materia (la zoofilia) constituiría “un auténtico disparate”. “El derecho penal se pronuncia claramente sobre lo que constituyen crímenes sexuales”… “pero un animal no es un bien jurídico, no tiene derechos legales. Y lo que están haciendo esta gente con los animales nos puede gustar más o menos, pero no constituye tortura. Si no hay daño al animal ¿qué se pretende denunciar precisamente”? Comenta que la zoofilia es un “acto sin víctima”. “Es un tema moral, y el derecho no está para proteger la moralidad”… “Mientras no haya víctima jurídica el ciudadano puede hacer lo que quiera con su vida sexual. Esto es como el adulterio, o como el tema de homosexualidad para los sectores más conservadores. ¿Quiénes somos nosotros para prohibirlo?”.

Los antiguos griegos y romanos no le dieron mayor significación al bestialismo; Juvenal (Roma, 60-128) hace referencia en Sátiras a mujeres que, en ausencia de hombres, copulaban con asnos; claro, habiendo pasado a la Historia como paradigma del hiperbolismo literario, quizá sea una de sus exageraciones destinadas a exponer la depravación de sus contemporáneos; pero, al parecer, no era motivo de escándalo entre ellos; numerosos hallazgos arqueológicos ponen en evidencia que las escenas de zoofilia practicada por dioses y humanos con diferentes animales eran una decoración común en objetos cotidianos  y muros; la representación de los mitos y leyendas antes citados, aparece por todas partes.

Bajo la  influencia del pensamiento cristiano el bestialismo en Europa medieval empezó a tener dificultades, a partir de prohibiciones  bíblicas explícitas: “Si alguno se ayunta con un animal, ciertamente se le dará muerte; también mataréis al animal” (Levítico 20:15, 16) y “A cualquiera que se eche con un animal, ciertamente se le dará muerte” (Éxodo 22:19). También se le asoció a la brujería, a lo diabólico; el bestialismo es uno de los tantos recursos de que se vale el demonio en su propósito de empañar la perfección de la creación, escribe un teólogo. acuñó la repulsión la conseja de que la relación sexual con animales podía dar lugar al nacimiento de monstruos; ergo, numerosos aficionados atrapados en el acto, tanto como los animales comprometidos, fueron formalmente juzgados por tribunales laicos y eclesiásticos y terminaron en la horca o en la hoguera.

De la persistencia del bestialismo en la cultura popular medieval hay evidencias no sólo en la documentación de esos procesos, también se descubre en las leyendas y en los cuentos populares que una vez escritos fueron llamados “de hadas”. Entre las leyendas es significativa la del unicornio. Se suponía a este animal mítico invencible; no obstante, perdía todo su poder y se volvía manso al captar el aroma de  una doncella; entonces acudía a ella y descansa en su regazo la cabeza armada del único cuerno de oro entorchado, y así el cazador podía matarlo sin riesgo. Tratándose de cuentos, recordemos el aroma zoófilo de La Bella  y la Bestia o de Caperucita Roja.

En su lectura transtextual el último de los cuentos citados revela ser una metáfora de la experiencia de las chicas díscolas y desobedientes con los ‘lobos’ de salón.

Con el correr del tiempo, poco a poco, se fueron disolviendo esas fantasías; las autoridades dejaron de considerar al bestialismo como una de las prioridades entre sus preocupaciones. En el discurrir de la Revolución Francesa, a finales del s. XVIII, se despenalizó la práctica en ese país. No obstante, aunque si bien los poderes político y religioso han sido un tanto indiferentes, lo cierto es que siempre persistió reprobación del bestialismo en sectores de la colectividad. La repugnancia por el bestialismo se dispersó por todo el mundo civilizado en forma de un tabú.

En lo que ha corrido del siglo XXI se aprecia un endurecimiento de las legislaciones sobre la zoofilia, debido, como lo destacamos antes, a presiones de agrupaciones y escándalos que desbordan las denuncias de actos de tal naturaleza  corrientemente difundidas por los medios; las noticias al respecto por lo general se presentan como “curiosidades” y se tratan en un tono un tanto humorístico-picaresco; o, en sentido opuesto, cuando involucran actos nítidamente criminales o brutalidad, con un acento repulsivo. En cualquier caso, son frecuentes; por ejemplo, para la fecha de esta escritura (noviembre, 2017) corren por la red varios casos. Uno de un hombre arrestado por tener sexo con una vaca, denunciado por el irritado dueño del animal; otro de un sujeto que se complacía mostrando en Internet sus coitos con perros… podría seguir el recuento ad nauseam.

A fines de 2017, en nueve o diez estados de Norteamérica no era delito tener relaciones sexuales con animales. Las heridas que los animales pudieran sufrir como consecuencia de las violaciones se catalogaban como ‘simples’ actos de maltrato. Hasta hace poco Dinamarca compartió con Tailandia el calificativo de paraíso zoófilo; en el país asiático la práctica sigue campante, forma de prostitución que se lleva a cabo con orangutanes hembras en los así llamados Burdeles de Bestialidad. En Canadá las autoridades judiciales se ocuparon del tema en 2015, a raíz de un escándalo de amplia repercusión mediática, el caso de  un hombre que grababa videos de perros lamiéndoles los genitales a sus hijastras adolescentes, previamente untados de mantequilla. Fue condenado por agresión sexual, no por zoofilia. El Tribunal Supremo argumentó que no existe en la legislación canadiense una definición exacta de zoofilia, de modo que no es delito tener sexo con animales, siempre que no haya penetración. “De esta forma ha legalizado los encuentros sexuales entre animales y personas”, dicen los comentaristas. El del Líbano es uno de los tantos casos insólitos propios de las culturas del Medio Oriente: se permite a los hombres tener relaciones sexuales con animales de forma legal, siempre y cuando sean hembras. De lo contrario, el acto está castigado con la muerte porque es visto como una práctica homosexual. Aunque Alemania había sido tolerante en el pasado con la práctica de la zoofilia, el Bundesrat (la Cámara que representa a los estados federados alemanes) decidió aceptar en 2012 una antigua reclamación de las asociaciones protectoras de los animales, que exigían la prohibición de su uso sexual por seres humanos. Actualmente es un delito penado con multa de hasta 25 mil euros. En España la zoofilia no está prohibida expresamente. El Código Penal hispano no prevé delito ni falta alguna para esta práctica; sólo el artículo 337 establece penas de tres meses a un año de prisión “para quienes maltraten con ensañamiento a animales domésticos causándoles la muerte o provocándoles lesiones” y eso en una revisión  del año 2016, a partir de reconocer que “en España existe un mercado negro de bestialismo” y como efecto de la presión del Partido Animalista.

A favor y en contra de la zoofilia

En algunos países los legisladores y ONG que promueven el control del bestialismo tienen que enfrentarse a influyentes colectividades organizadas que lo apoyan, considerándola un derecho y una tradición, tanto como a personalidades notables que la favorecen e  incluso a veces la practican..

El tabú al bestialismo responde a diferentes razones. Una de ellas es el asco: una reacción anímico-fisiológica en parte instintiva y en parte cultural, de tener un contacto íntimo con un animal. El asco es instintivo; de acuerdo a la observación científica los animales repudian naturalmente comer los productos que pueden hacerles daño; pero también se nos enseña que la relación sexual con un animal es sucia, contraria a la moral y pecaminosa; probablemente la socialización antizoofílica sea lo de mayor peso; de hecho, es la razón alegada con más frecuencia en los alegatos contrarios a la práctica.

Es un razonamiento de carácter socio-ideológico o moral. Quienes parten de esta plataforma consideran su uso sexual un acto de crueldad, un atentado contra los atribuidos derechos de los animales; sostienen que se trata de un abuso digno de castigo el que una persona se valga para su placer sexual de un ser indefenso e irracional, incapaz de manifestar su voluntad de participar o no en el acto. El punto de vista religioso contrario a la zoofilia alega las mismas razones y añade al acto la idea de pecado, o sea, una ofensa a Dios.

Pasando por alto el asunto del pecado, que no es discutible desde la perspectiva dogmática religiosa, lo cierto es que de acuerdo con la muy confiable revista de divulgación científica Scientific American ─con más de 150 años de existencia─ la mayoría de los zoófilos no son crueles con los animales; de hecho, muchos de ellos son activistas de organizaciones defensoras de los derechos que los humanos les hemos atribuido.

El argumento del abuso resulta un tanto débil; la pregunta obvia que se hace cualquier persona sin dogmatismos es ¿acaso el buey del arado o el asno de la noria han manifestado su voluntad de hacer esos trabajos? Tampoco se pide su aprobación tratándose de sacrificarlos con fines alimenticios o religiosos, de someterlos a procedimientos quirúrgicos (la castración o los realizados con fines estéticos), de usarlos en experimentos, cazarlos, etcétera.

La posición antizoófila en gran medida es una ideología, tanto como el supremacismo racial blanco, pongamos por caso. Sus fundamentos son motivo de controversia en el campo científico.

Probablemente sea Peter Singer (Australia, 1946) la más relevante de las personalidades en el marco de la reflexión moderna sobre la relación entre la especie Homo sapiens y las demás especies animales; para este filósofo y demás personas que coinciden con su planteamiento, todos somos idénticamente animales, incluso los humanos: no somos otra cosa que primates más evolucionados; y todos los seres sensibles al sufrimiento ─argumenta─ tienen idénticos derechos y deben ser respetados en esa cualidad. Desde su perspectiva, las actividades de mutua satisfacción sexual pueden darse eventualmente entre humanos y otros animales, tanto como ocurren en el contexto de la naturaleza, donde la sexualidad interespecial da lugar a los híbridos; en consecuencia, no encuentra ninguna transgresión moral en el bestialismo; la zoofilia debe ser repudiada y castigada por la ley en cuanto viole ese Principio de la No crueldad,  vale decir, sólo en cuanto involucre abuso o daño físico al animal.

Híbrido de dos especies diferentes: cebra y burro

El profesor de bioética Brian Cutteridge (Canadá, 37 años), zoófilo, en su defensa a la acusación de tener relaciones sexuales con un perro rottweiller, expuso ese argumento: “Las leyes que tipifiquen como delito la zoofilia basándose en repugnancia social de tales actos, pero no en los daños reales causados por tales actos, son una infracción injusta e inconstitucional en la libertad individual.”

La zoofilia se fundamenta en la idea identificada como excepcionalismo especial humano (Singer), según la cual los humanos somos superiores a los demás animales; considerar inferior a un ser por el hecho de tener alas o pelaje y una inteligencia más limitada, es tan irracional como discriminar a alguien por el color de su piel ─acota el escritor─. Una de las consecuencias de esa creencia es el tabú a la relación sexual con animales, que se nos hace sentir como un acto denigrante para el humano.

Es notoria su coincidencia con el tabú propio de los supremacistas blancos impuesto a las relaciones con negros; transgredido innumerables veces en la época de su mayor vigencia, y todavía hoy, por desgracia (¡y pérdida de inefables placeres para los necios que lo siguen!), no del todo esfumado en cierto pensamiento racista.

Peter Singer
Brian Singer

El libro de Singer Liberación animal (1975) ejerció una influencia decisiva en las organizaciones que luchan por los derechos de los animales y condenan el abuso de ellos, considerando al bestialismo una forma de tal conducta, que hicieron suyo el Principio de No Crueldad. ¡Pero al mismo tiempo le dio fundamentos éticos a los zoófilos! Su pensamiento se refleja en los lemas de pancartas exhibidas en protestas públicas: “Amamos a los animales”… “Rechazamos todo tipo de violencia y abusos que pueda causar sufrimientos y nos duele en el alma ver sufrir a los animales”… “No podemos hacer nada contra nuestras inclinaciones, por eso ejercemos nuestras inclinaciones con responsabilidad”… Una paradoja que se explica al tomar en cuenta que muchos de los últimos también son defensores de los animales y no encuentran un ápice de crueldad en su intercambio sexual.

Otros colectivos y personalidades opuestos al bestialismo, los más conservadores, aprecian la obra de Singer como un empujón hacia el desenfreno sexual dado al ecúmene; desde su perspectiva, comenzó con la ‘normalización’ de la homosexualidad, detrás de la cual ven venir la pedofilia, el incesto y el bestialismo, la aceptación del aborto, la eutanasia y la justificación del infanticidio. Desprecian a Peter Singer y con amargura se refieren a su celebridad y reconocimiento de méritos académicos: “Australia ha otorgado su más alta condecoración civil a un filósofo que proporciona una defensa moral de las relaciones sexuales con animales.”

Viene a lugar reseñar que Singer no la propicia, se limita a razonar sobre el fenómeno a la luz de su filosofía utilitaria. Hace lo que tiene que hacer un científico. ¿Que altera paradigmas estratificados por la cultura? Sí, suele ocurrir con el pensamiento libertario.

Argumentos más sólidos de carácter higiénico y sanitario, apelan a los potenciales efectos en la salud que el bestialismo pueda ocasionar a los involucrados animales y humanos.

Tratándose de mamíferos grandes, no hay indicios de que pueda ocasional daños de alguna naturaleza, aunque el  uso sexual de  un animal reiteradamente produce un efecto de condicionamiento. Se reportan casos de perros entrenados para la felación o el cunilingus convertidos en verdaderos problemas para sus propietarios, por cuanto intentan hacérselo a cuanta persona se cruza con ellos.

En cuanto a los humanos practicantes, algunos indicios de la investigación médica (The Journal of Sexual Medicine, octubre de 2011) sugieren una relación entre la zoofilia y el cáncer en el pene, como efecto de la flora y fauna localizada en la boca y los aparatos sexual y excretor de las bestias, diferentes a las propias de los humanos; el contacto íntimo con animales ─incluyendo besos bucales─ expone al riesgo de zoonosis, o infecciones de diversa índole transmitidas por ellos; la costumbre tendencialmente zoofílica de hacerse lamer la cara por perros, o de besarlos en la boca, es realmente una asquerocidad, tomando en cuenta que ese animal un momento antes pudo estar olfateando el culo de otro perro o bebiendo agua en un charco callejero.

La penetración asimismo posibilita el contagio de la ETS linfogranuloma venéreo; las consecuencias de tener contacto sexual con animales pueden ser graves. Se conocen casos de daños en el aparato sexual femenino ocasionados por penetraciones bestiales.

En su libro divulgativo Crónicas de ciencia improbable (2014) el periodista francés Pierre Barthélémy  nos hace ver que “los amores bestiales se revelan, pues, como amistades peligrosas”… Y hace esta amedrentadora advertencia: “En la mayoría de los casos, el tratamiento de la enfermedad implica una amputación parcial o total de la verga.”

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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