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Visiones de un corresponsal CIUDAD DE MÉXICO Y ALAN RIDING, por Enrique Viloria Vera

Alan Riding
Riding precisa que tanto el crecimiento como la destrucción de la hasta entonces apacible y benévola capital, se debe fundamentalmente al inevitable cambio económico que experimentó México a raíz de la Segunda Guerra Mundial.

“Sin duda México debe ser una de las ciudades más bellas fundadas por los europeos en cualquier hemisferio”, escribió Alexander Von Humboldt en 1803, maravillado ante los edificios de piedra, las amplias avenidas y grandiosas plazas, y escribió también que el lago de Texcoco y los pueblos que lo rodean le recordaban “los más bellos lagos de las montañas suizas”.

Alan Riding

Especial para Ideas de Babel. No sólo narradores y poetas se han valido de la palabra para describir, analizar, criticar o loar a los pueblos, villas y ciudades que concitan su emoción, el ensayista Alan Riding, alejado de versos, rimas, tramas y personajes, también se vale del verbo para consagrar un sesudo estudio de la ciudad de México —donde residió por más de diez años como corresponsal del muy prestigioso diario The New York Times— en su libro Vecinos distantes, publicado en 1985.

Sin muchos miramientos, el escritor inicia su observación citadina afirmando que “para ser el centro urbano más grande del mundo, la ciudad de México se encuentra en el lugar menos práctico de todos. Está situada a 2255 metros sobre el nivel del mar, rodeada de montañas y volcanes, asentada en una zona sísmica, hundiéndose gradualmente en su subsuelo blando, lejos de fuentes de abastecimiento de agua, alimentos y energía, y literalmente, con poco oxígeno”.

Y es que, a pesar de todos estos contras y debilidades, la actual Ciudad de México, desde tiempos inmemoriales, ya estaba destinada a erigirse en el centro fundamental de actividades del muy complejo y extendido país. En efecto, el escritor precisa que: “La Ciudad de México destaca porque la secular tradición del poder centralizado fue seguida por una fuerte explosión demográfica sin precedentes a partir de 1940. Es diferente, porque no hay ninguna ciudad del mundo que, hoy día, sea mayor”.

Riding realiza un breve pero fructífero recorrido por la evolución del apetecido emplazamiento de la actual megalópolis, desde que circa del año 200 a. C., Teotihuacán situó al altiplano como punto focal de la cultura política mexicana y precisa que: “en los siguientes mil años, la migración a la zona se incrementó, y para cuando los aztecas fundaron Tenochtitlán en una isla del lago de Texcoco en 1325, el valle de México contaba con muchos asentamientos de pueblos y ciudades. Los aztecas fueron más allá y obligaron a una gran parte de Mesoamérica a reconocer a Tenochtitlán como capital militar, política, religiosa y comercial y, después de la conquista, en 1521, este sólo hecho convenció a los españoles de construir la ciudad de México en el mismo punto”.

Durante la conquista, la ciudad continuó desempeñando un papel protagónico y fundamental en la historia de la nación. Fue el muy digno hogar de virreyes, la sagrada morada de arzobispos y la prestigiosa y codiciada residencia de una respingada aristocracia española, y, por supuesto, el centro político y administrativo de la extensa colonia de ultramar del imperio español, Subraya Riding: “En México quedaba suficiente oro y plata para convertir a la capital en una elegante ciudad colonial”.

La expresa declaración de Distrito Federal de la ciudad de México, a principios del siglo XIX, luego de la Independencia, acentuó el concepto de poder centralizado. Es de hacer notar que el crecimiento y la expansión de la megalópolis en ciernes se ralentizó durante la ocupación que sufrió tanto por parte de Francia como de los Estados Unidos de América. El periodista puntualiza que “no fue sino hasta la segunda mitad del siglo XIX cuando se reanudó su crecimiento, primero cuando se construyó el magnífico Paseo de la Reforma, desde el centro de la ciudad al castillo de Chapultepec y, más adelante, cuando se resolvieron los problemas de drenaje. Al mismo tiempo, la dictadura del general Porfirio Díaz reafirmó la influencia política de la Ciudad de México, asegurando, por primera vez desde la Colonia, que todas las decisiones importantes que afectaran a cualquier parte del país, nuevamente, se tomaran en el Palacio Nacional”.

Progresivamente la capital fagocitó al país, como boa constrictora y de lenta digestión, la metrópoli fue convirtiéndose en megalópolis creciente e incontrolable. El prolijo corresponsal, el minucioso analista, el escritor bien informado, reporta el gradual proceso de transformación que sufrió Ciudad de México: “El cambio urbano se dio primero con la Revolución (…) durante el conflicto tanto campesinos migrantes como ricos terratenientes empezaron a dirigirse a la capital, huyendo de la violencia en otros puntos del país (…) Muchos viejos ‘chilangos’, nombre que se da a los habitantes de la capital, recuerdan todavía como caminaban todos los días en una ciudad con aire limpio y fresco y cielo azul, viendo los volcanes, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, coronados de nieve detrás de los bosques de pinos que rodeaban la ciudad. Después, en el curso de las cuatro décadas siguientes, la ciudad se transformó”.

Riding precisa que tanto el crecimiento como la destrucción de la hasta entonces apacible y benévola capital, se debe fundamentalmente al inevitable cambio económico que experimentó México a raíz de la Segunda Guerra Mundial. La escasez de bienes intermedios y de productos manufacturados que, antes de la conflagración, se importaban obligaron al país a adoptar una política de “crecimiento hacia adentro”, endógeno, que se tradujo en la adopción de una firme política de “sustitución de importaciones”. El ensayista anota: “Después de la guerra, la industrialización para la “sustitución de importaciones” era la política oficial y ésta alentaba la constante migración de campesinos hacia las ciudades. Conforme la ciudad de México se expandía, su fuerza magnética aumentaba: tanto la inversión nacional como la extranjera se veían atraídas hacia el mercado más grande y los migrantes se dirigían al punto donde encontraban empleos”.

La macrocefalia urbana de Ciudad de México se acentuó, promoviendo ese monstruo de mil cabezas que, hoy en día, tiene una superficie de 1.495 kilómetros cuadrados y se divide administrativamente en 16 demarcaciones territoriales o delegaciones. Su población es de 8.9 millones de habitantes aproximadamente; sin embargo, cuando se considera también la Zona Metropolitana del Valle de México, suma entonces una población total de más de 21 millones de habitantes, lo que la posiciona como uno de los mayores hervideros humanos y urbanos del mundo, y el más grande del continente americano.

Riding enumera los ingentes problemas que aquejan a la ciudad de México y a sus moradores y visitantes, destacando:

  • La contaminación que se traduce en una nube grisácea que cubre el valle de México durante una buena parte del año. Esta aguda contaminación hace que los visitantes se quejen de “que les arden los ojos o les duele la garganta, o cavilan nerviosamente sobre las innumerables sustancias tóxicas que están inhalando”.
  • La basura, la ingente cantidad de millones desechos sólidos que se producen diariamente en la ciudad, es otro asunto muy grave que preocupa a las autoridades y a los millones de habitantes de la urbe; su recolección es insuficiente. Riding señala que “en las zonas más pobres de la capital, donde los camiones recolectores de basura pasan ocasionalmente, los habitantes se ven obligados a quemar la basura con la esperanza de acabar con las ratas y las moscas. En los grandes vertederos al aire libre de la ciudad, las emanaciones bioquímicas en ocasiones encienden humeantes fuegos lentos que llegan a durar varias semanas, obligando a veces a la evacuación de los vecindarios cercanos”.
  • El transporte urbano se suma a los agudos problemas que importunan a los chilangos. En este sentido, el escritor precisa que debido a la ubicación de las fábricas y de las moradas de los trabajadores industriales, así como de los edificios del gobierno y las oficinas particulares: “la mayoría de las personas atraviesan gran parte de la zona urbana de 800 kilómetros cuadrados todos los días para ir de su casa al trabajo o viceversa”. A este incesante desplazamiento, se añade que el tema del transporte público no ha sido atacado eficientemente, razón por la cual” quienes dependen de los transportes públicos cada día deben pasar por una odisea que incluye cuatro o cinco horas de hacer colas o de colgarse peligrosamente de los costados de los camiones, o de ser aplastados en el metro”
  • La pobreza y la miseria con su inevitable secuela de violencia y delincuencia —al igual que en tantas otras grandes urbes de los países en desarrollo— tampoco están ausentes de las penurias de Ciudad de México.

Empero, a pesar de sus muchos, acuciosos y agobiantes problemas, la capital de los Estados Unidos de México no ha perdido su ancestral donaire, su reconocido glamour, Riding así lo asienta, a objeto de que su análisis de la ciudad no sea el propio de la llamada prensa amarilla que destaca sólo lo protervo y las incorrecciones de las ciudades del Tercer Mundo. Objetivo y sin intereses ocultos o aviesos, el muy reconocido corresponsal informa:

“La Ciudad de México ha perdido mucha de su añeja elegancia de principios de siglo, pero su espíritu ha superado la metamorfosis. Esto no se puede ver fácilmente porque ha huido del tránsito estruendoso, las calles apiñadas y los crecientes barrios de consumidores de clase media. Sin embargo, se puede encontrar todavía un puñado de comunidades antiguas y sobre todo en la vida de los capitalinos comunes y corrientes, generalmente pobres. Las tradiciones que diferencian a la Ciudad de México de otras grandes ciudades –la arquitectura colonial, los mercados, la comida, la música, la dedicación a la familia y el tiempo de ocio, la formalidad civilizada, incluyendo la preferencia por un ritmo de vida lento– mantienen vivos su cuerpo y espíritu”.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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