Inicio / Destacado / Venezuela REPENSAR LA ESTRATEGIA PARA HACER LA TRANSICIÓN POSIBLE, por Jorge Lazo Cividanes

Venezuela REPENSAR LA ESTRATEGIA PARA HACER LA TRANSICIÓN POSIBLE, por Jorge Lazo Cividanes

Ajedrez 1
Una buena estrategia no solventa una mala conducción.

Hacer la victoria posible, esa es la finalidad de toda estrategia. Se define un objetivo realista. Se identifica una ruta viable. Se desarrollan los medios adecuados. Y se ejecuta con determinación. Todo a partir de supuestos que se consideran veraces y no contradictorios. Y dado que no se revela, la estrategia no tiene porque agradar, ni ser políticamente correcta. Solo importa que sea efectiva.

Si, por el contrario, se coleccionan penosas derrotas; si se dilapidan, una y otra vez, valiosos recursos; si se desaprovechan continuamente condiciones favorables para impulsar un cambio democrático, obviamente se hace necesario no solo cuestionar la conducción sino también replantearse la estrategia. Es el caso de la oposición venezolana, que en este terreno exhibe una de sus debilidades más notorias. Tres errores estratégicos la caracterizan. Primero, la persistente incapacidad para comprender al adversario, se trate de Hugo Chávez o Nicolás Maduro. (Un error, por cierto, rara vez cometido por el chavismo). Segundo, las oscilaciones continuas en relación con el objetivo que persigue. Y, por último, la impericia en el uso de los medios de que dispone unido a la negligencia en el desarrollo de aquellos de los cuales carece y que son, no obstante, indispensables para producir una transición democrática en el país.

Bajo la sombra de la violencia

La democracia representa un método de regulación de la competencia política (conflicto) que evita la violencia entre las partes. Eso constituye, tal vez, su mayor atributo. Dado que 1) el resultado es aceptable para quienes compiten y 2) las posibilidades reales de alternancia hacen que los costos asociados a la utilización de la violencia resulten mayores que los de la derrota, los cambios se producen de manera “democrática, pacifica, constitucional y electoral”. Naturalmente, para que funcione se requiere de sociedades relativamente homogéneas y prósperas. Y dotadas, además, con dispositivos institucionales que, en condiciones eventuales de alta polarización, limiten la posibilidad de radicalismos (1). En un régimen autoritario, por el contrario, el conflicto queda regulado por la violencia (o la amenaza de su uso). No hay otro árbitro. En consecuencia, las capacidades necesarias para que los actores políticos logren sus objetivos y las restricciones que enfrentan, en un tipo de régimen u otro, no equivalen. Lo que para la democracia representa una anomalía (la violencia), para la dictadura constituye una virtud.

No todos los autoritarismos son iguales

Las democracias, como se sabe, se parecen más entre sí que los regímenes autoritarios, mucho más heterogéneos. Que haya diversos tipos de dictaduras tiene, en relación con las transiciones, implicaciones y consecuencias sustantivas. Entre todos los regímenes autoritarios, por ejemplo, los ‘revolucionarios’ (China, Cuba, Vietnam, URSS, etcétera) figuran entre los más duraderos. Típicamente, en ellos el poder se mantiene a través de poderosos mecanismos que explican su perdurabilidad: 1) la destrucción de los centros de poder independiente, 2) la fuerte cohesión interna dentro del partido en el poder, 3) el control hegemónico de las fuerzas de seguridad del Estado, identificadas políticamente con el partido y la revolución, y 4) un poderoso aparato de coerción (2). Sin olvidar, desde luego, la existencia de una ideología oficial que legitima todo lo anterior. Aunque a un nivel de realización mucho menor y presentando numerosas contradicciones y deficiencias, este tipo de Estado hegemónico constituye el modelo seguido por Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Y por tanto, los mecanismos de dominación mencionados conforman parte de los pilares que sostienen la dictadura venezolana. Toda estrategia de cambio, en consecuencia, ha de plantearse la manera de socavarlos.

Las formas de la transición

Sintetizando un poco, hay tres formas básicas de transiciones según Huntington (3): por transformación, por reemplazo y por traspaso. Todo dependiendo del grupo que lidera el proceso de cambio: reformadores en el régimen (transformación), opositores (reemplazo) o la acción conjunta de reformadores en el régimen y moderados en la oposición (traspaso). Dado que la realidad es fluida, la transición puede comenzar de una forma y terminar de otra. O presentar características que, eventualmente, dificulten ubicarla de forma neta en una sola categoría. Las negociaciones, además, suelen ser frecuentes. Al igual que los cambios de facción entre los miembros de uno u otro grupo. La viabilidad de una salida pacifica y/o negociada (transformación o traspaso) pasa por la existencia, identificación y empoderamiento de los sectores reformistas del régimen. Visto así, una transformación depende de que: 1) los grupos reformistas sean más poderosos que los miembros de la línea dura, 2) que el régimen sea más poderoso que la oposición y que 3) en la oposición los moderados sean más poderosos, a su vez, que los radicales. Si, por el contrario, los radicales dominan la oposición y los de línea dura al gobierno la transición es improbable.

Por su parte, en una transición por remplazo los reformistas representan un sector muy débil dentro del régimen o, simplemente, no existen. Domina la línea dura. El cambio depende, en consecuencia, de circunstancias y eventos que minen el régimen autoritario y produzcan defecciones. Estas defecciones, llegado un punto, conducen a su colapso o derribo. Este representa un escenario muy poco probable en sistemas de partido único. Difícil también en regímenes militares, a menos que se produzcan 1) cambios en la cúpula castrense que alteren el balance interno de poder, lo cual puede incluir golpes de una facción contra otra, o 2) derrotas militares en conflictos externos. Remplazos ocurren con mayor frecuencia en dictaduras de carácter personal. El elemento esencial para este tipo de transición es, nuevamente, la defección (directa, mediante golpe; pasiva, negándose a reprimir) de las fuerzas armadas, un evento fatídico para cualquier dictadura.

¿Y por qué las fuerzas armadas defeccionan? Por diversas razones, que tradicionalmente van desde la politización de las mismas, el debilitamiento del profesionalismo y la corrupción de los altos mandos hasta la creación de fuerzas de seguridad paralelas (paramilitares o milicias), generalmente en contextos de creciente oposición popular contra el régimen autoritario. Las fuerzas armadas, en todo caso, constituyen un poderoso instrumento de poder que puede estar, por igual, al servicio de la libertad (aliados) o de la opresión (enemigos). En tal sentido, conviene siempre advertir que “nuestros enemigos algunas veces no lo son por esencia sino en razón de condiciones externas a ellos, y pueden ser transformados en aliados por un cambio en las circunstancias” (4).

Una condición inexorable

En todos los tipos y casos, al margen de sus diferencias y matices, la fractura del régimen autoritario es una condición indispensable para producir el cambio democrático. Sin fractura no hay transición. La unidad interna constituye la mejor baza del régimen. Una estrategia opositora debe, en consecuencia, orientarse a quebrar esa unidad y propiciar eventos que lo desestabilicen. Participar en un proceso electoral o dejar de hacerlo (votar o no votar) adquiere, por tanto, un valor estratégico muy diferente de la simple conquista de un “espacio de poder”. El voto representa un instrumento de lucha útil en la medida que deslegitima al dictador, y no lo contrario. Un dictador acepta someterse a la voluntad libre de los ciudadanos cuando su poder se ha visto minado y siente la presión de mecanismos de disuasión creíbles. Ningún dictador capitula por voluntad propia, quien está en el poder cede cuando se encuentra débil (5).

En ese sentido, dependiendo del contexto, puede contribuir a la fractura del régimen 1) la percepción entre los miembros de la cúpula gobernante de que negociar supone una alternativa mejor que esperar a que la situación continúe degradándose y, al final, se desate la violencia; 2) la posibilidad de perder el control sobre las fuerzas de seguridad del Estado; 3) la necesidad de buscar una fuente de legitimidad, mediante elecciones o negociaciones con la oposición (6), 4) el uso creciente y masivo de la represión; y 5) el efecto de las presiones internacionales (mediante sanciones o beneficios asociados al reconocimiento internacional, como acceso a financiamiento en países fuertemente dependientes de flujos externos). Huntington (7), por su parte, recomienda: 1) enfatizar la ilegitimidad del régimen, tanto en lo relativo al uso de la represión como al pobre desempeño económico, si lo hubiese; 2) obtener apoyos en las fuerzas armadas; 3) promover y practicar la no-violencia; 4) oponerse al régimen en todos los escenarios, incluyendo el electoral; 5) desarrollar contactos con organizaciones internacionales, tanto gubernamentales como no gubernamentales, incluyendo grandes medios; y 7) promover la unidad entre la mayoría de los sectores opositores.

En suma

Una buena estrategia no solventa una mala conducción. La transición necesita de ambas. Las observaciones que anteceden, por tanto, han sido hechas presumiendo que los errores estratégicos de la dirigencia opositora se derivan de su negligencia y no de su venalidad. Hay que acometer con diligencia el replanteamiento de la estrategia contra la dictadura. Y para ello, como se ha insistido aquí, es indispensable examinar meticulosamente los factores que caracterizan la estructura de dominación y modelan las dinámicas de poder en un régimen autoritario. Venezuela se juega su futuro, los dirigentes opositores también.

Notas:

(1) Przeworski, Adam; Rivero, Gonzalo; Xi, Tianyang (2015) “Elections as a conflict processing mechanism”. European Journal of Political Economy. Vol. 39 September, p. 246.

(2) Levitsky, Steven and Way, Lucan (2013). “The Durability of Revolutionary Regimes”. Journal of Democracy. Vol. 24, No. 3, p. 7.

(3) Huntington, Samuel P. (2009). “ How Countries Democratize”. Political Science Quarterly. Vol. 124 No. 1 , p. 31-69.

(4) Shore, Zachary (2014). A Sense of the Enemy. NY: Oxford University Press. p. 188.

(5) Sperber, Manes (1995). Psychologie du pouvoir. Paris: Editions Odile Jacob. p. 95.

(6) Stepan, Alfred (2016) “Transition Leaders Speak”. Journal of Democracy. Vol. 27, No. 1, p. 169.

(7) Huntington, p. 59.

Publicado originalmente en https://jorgelazocividanes.wordpress.com

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

Te interesa

Amantes

Romances súbitos y efímeros SALVAJE, por Rubén Monasterios

                                                 Dedicado a la Dama de Nácar Apenas llegando, me cruzo con una muchacha …

Deja un comentario