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Una visión íntima DIOS EN LA OBRA DE SALVADOR PÁNIKER, por Enrique Viloria Vera

CONTRAPORTADA SALVADOR PANIKER BARCELONA 27 10 2008 FOTO MARINA VILANOVA
Lo sagrado en lo profano, la mística en la física, la razón en la magia, la fe en el escepticismo, lo singular en lo plural, el hombre libre de ataduras ligado autónomamente con su alianza personal y cómplice: “necesito volver a rezar. Rezar a mi manera”. Foto de Marina Vilanova.

Y, una vez más, me digo a mí mismo que sucede aquí como en las religiones, que todas arrancan de la experiencia del fundador; la segunda generación es ya sólo la interpretación de una experiencia ajena, y la 27ª generación ya todo es interpretación (doctrina) sin experiencia alguna. Puro manierismo. En este sentido, mi pretensión es actuar siempre como el fundador de una religión.

Salvador Pániker

Dios, la religación, la trascendencia, la posible eternidad, han sido un problema de siempre y de todos.  Salvador Pániker no es la excepción. Desde su más jesuítica adolescencia el tema religioso, la relación con la divinidad, el religare, la re-ligación primero, la des-ligación después, fueron asuntos sustanciales que turbaron sensiblemente los precoces borrones del futuro ensayista, las ardorosas y primigenias páginas escritas al impulso juvenil, que luego, sesudamente, con menos apremio y mayor madurez, releyó y seleccionó para que sus dietarios íntimos fungiesen también de personales y reflexionados evangelios que anuncian su propia y buena nueva.

Ya para marzo de 1944, Salvador, el joven, un tanto confuso acerca de las imposiciones doctrinarias de una católica fe dogmática, a sus nerviosos dieciochos años, perplejo, escribía, en sus iniciales diarios, rasgándose las imberbes vestiduras: “Si Dios es infinitamente feliz, a Dios no le hace ningún daño que el hombre peque. Por fin he sentido que no tengo fe en Jesucristo. Pero entonces ¿qué significado tenía mi emoción de antaño al comulgar?” Para al día siguiente experimentar y escribir todo lo contrario para confesarse a sí mismo, jubiloso esta vez, que: “he vuelto a recobrar la fe casi extinguida. Me he confesado. Me he sentido más alegre, más puro, después de la confesión (…) Es curioso, pero durante todo el tiempo que he estado apartado de Dios, ni un solo día he dejado de rezarle una salve a la Virgen.”

Porque desde muy temprano Dios o Cristo, sin arrianismos de por medio, se le metió en el alma y en la conciencia a Pániker como un indomable y “tremendo sarampión cristiano”, alimentado por casa, entorno y familia, y en especial, tiernamente, por Bulita, “mi abuela, la madre de mi madre. Tardé tres días en llorar. Algo bloqueaba mi espontaneidad, quizá el gentío familiar: Pero le dedique al suceso unas cuantas páginas, en las que explicaba que mi abuela había sido una mujer “buena, fina, amable, cariñosa, agradable, generosa, delicada”; la persona que me había enseñado a rezar, en catalán.”

Entre monjas teresianas y curas jesuitas transcurren los años de infancia y adolescencia del escritor, es decir, entre rezos y más rezos que alimentaron tanto la fe como la duda. Recuerda Pániker el momento aquel, único e irrepetible cuando tuvo que abandonar la certeza del regazo hogareño para enfrentar las incertidumbres de la escuela: “Lo anunció mi madre con tono irreversible. Fue el único quebranto de mi infancia: los niños, ya se sabe, son crueles y huelen mal. Pero enseguida me protegió ser más listo que la mayoría: El colegio era el de las monjas teresianas, edificio de Gaudí, calle de Ganduxer. Al cruzar el vestíbulo había que decir “Viva Jesús.” La monja respondía; “Muera el pecado.” Allí hice mi Primera Comunión y declamé en público la famosa cantinela; “renunciamos a Satanás, a sus pompas y a sus fastos…” No me gustaba recitar aquello; recuerdo perfectamente que no me gustaba: aún sin disponer de un instrumental crítico, percibía que era un discurso amanerado y tonto. Al año siguiente me llevaron a la Academia Ramón Lull, Paseo de la Bosanova, donde unos dómines de aspecto severo iban a prepararme para el ingreso al bachillerato. Reaparecieron los dómines, al cabo de los años, con faja, sotana y bonete. Eran los incombustibles jesuitas.”

Años de iniciación y aprendizaje realiza el niño Salvador, el joven Pániker, en medio de pupitres y confesionarios, de aulas y capillas, de pecados y arrepentimientos, de monjas y curas, de Cristo y la Virgen todo por conseguir, comulgando diariamente, el reino de Dios en la Tierra. AMDG. Lustros propicios para que el escritor desarrolle su bradmacharya, es decir, el primer estado de la existencia humana de acuerdo con el drama hindú: “1) estado de bradmacharya o época del estudiante: castidad y aprendizaje con gurú.” que conduce al escritor a dejar plasmados lejanos recuerdos y remotas vivencias en su Primer Testamento.

No parece, sin embargo, que el ambicionado gurú del filósofo en ciernes haya portado sotana y tonsura, haya sido soldado de Cristo en la tierra, en fin, que haya sido un ignaciano, un iñiguista, un teatino, es decir, un jesuita.

 El mismo escritor, prolijo en juicios y evocaciones, rememora el viejo edificio de concreto de los jesuitas de Sarriá —“una fábrica entre modernismo y neogótica, de gran envergadura, ladrillo rojo, estructurado en horizontales y verticales, con dos extrañas torres de vigilancia, una de ellas sin rematar, en cierta forma un college ingles”— para afirmar sin embarazos que: “hubiera sido plausible encontrar allí una cierta tradición real, una paideia respetable. Y he aquí la lástima, que no hubiera nada, de eso. En la escalinata de la entrada, una vez a la semana, dábamos los gritos patrióticos: La verticalidad gótica, la espiritualidad afilada y consistente, quedaba neutralizada por la tremenda banalidad de la época y de los curas. Aunque tampoco era cosa nueva: Ya lo había advertido el perspicaz Ortega, él mismo antiguo alumno de la Orden: “El vicio radical de los jesuitas, y especialmente de los jesuitas españoles, no consiste en su maquiavelismo, ni en la codicia, ni en la soberbia, sino lisa y llanamente en la ignorancia.” Maticemos: la ignorancia con adornos, la ignorancia de cartón hueco: El vicio radical de los jesuitas ha sido siempre el de un mal equilibrio entre lo secular y lo sagrado (…) Sólo recuerdo un aceptable profesor de filosofía, el P. Orovio, que finalmente se salió de la Orden. El resto eran unas impresionantes medianías.” (Las negritas son nuestras)

El desencanto institucional y pedagógico de sus años jesuíticos no llevó a Pániker a renunciar a su devoción cristiana, a prescindir de la religiosidad, a dejar de buscar el gurú iniciatorio en sus propias intuiciones que, en enjundiosos tratados, rigurosas monografías, y en especial, en sus desarropados dietarios, formalizaría, décadas después, como un cuerpo de doctrina religiosa libertaria y personal, para convertirse él mismo en inusitado y sobrevenido gurú. Desde aquellos juveniles tiempos de religiosos desengaños, el escritor, admitía con toda lozanía y sinceridad juvenil: “es curioso, pero durante todo el tiempo que he estado apartado de Dios, ni un solo día he dejado de rezarle una salve a la Virgen.” En efecto, para Pániker “el personaje más puro de todos los tiempos era la Virgen María.

Bendita sea tu pureza

y eternamente lo sea

pues todo un Dios se recrea

en tan graciosa belleza.”

Años más tarde, aventurero a sus anchas, sin idealizaciones orientalistas y sin occidentales prejuicios, en la búsqueda de sus hindúes orígenes paternales —“lo particular del caso es que nosotros éramos medio indios y apenas nos dejaron concienciarlo”— para a su manera, hacerlos suyos; Pániker, más maduro y firmemente conciente, consiente: “La Virgen, la Madre, la Diosa, Kumari, Maha–Devi, tal era el mito religioso que, en el fondo me atraía, y que me sigue atrayendo. El tantrismo privilegia ese tipo de devoción y prefiere venerar a Parvati antes que, a Chiva, a Lakshmi antes que a Vishnú (…) Sólo el judaísmo y el islamismo expulsaron a la madre para implantar una religiosidad orientada hacia la voluntad, la masculinidad, la historia, el superego.”

Pániker parte de sus evidentes raíces catalanas para aproximarse maduramente a su remoto, pero también innegable origen hindú: “A cada momento diseñamos el futuro a la vez que reinventamos el pasado”, y reconocerse híbrido, mestizo en carne e ideas, en cuerpo y conceptos, en vida y religión: “Pero nunca he idealizado a la India; me he limitado a incorporar una parte de su sabiduría (lo que, técnicamente, se llama mística) igual que han hecho otros occidentales. Y sigo siendo fundamentalmente un europeo, heredero de Heráclito, Platón, Leibnitz, Juan Sebastián Bach.”

Este mestizaje sanguíneo, inocultable y evidente lo transforma en cultural después, y lo lleva, en consecuencia, más allá del color aceitunado de su cuerpo, de sus profundos ojos orientales, de su magra apariencia de fakir intelectual, de su lento aprendizaje de gurú internacionalmente reconocido, de swami en ascenso: “Éste es el país del jazmín y del sándalo, de los riachuelos calmados y las muchachas perfumadas, del arroz y las especias, los dulces cocoteros, la Gran Diosa Madre: Esta es una parte de ni origen, mi raíz perdida y amputada. Soy un niño trasplantado, huérfano de mis propias leyendas.”

El propio escritor, espléndido siempre en la explicación de sus motivaciones más intimas y sus razones más recónditas, comunica: “desde hace años, vengo predicando sobre pluralismo de marcos teóricos, gusto por lo difícil, hipercomplejidad, ambivalencia, incertidumbre, margen, juego, apoteosis de lo efímero. Sin embargo, sigo manteniendo un cierto sentimiento de seguridad antológica. Tal vez he convertido el azar en un soplo divino. O he sacralizado el desorden.”

A estas alturas sería conveniente preguntarnos entonces qué fue de aquel adolescente católico de dubitativa fe, cuya abuela lo había enseñado, de niño, a rezar en catalán, que denostó de su jesuítico bachillerato, y encontró en otras latitudes orientales su propio Norte religioso y personal; pues, muy simple, el propio Salvador, adulto ahora, nos informa sin empachos: “Pues ya ven, se salió de la cáscara. Pero mantuvo el convencimiento de que hay algo (…) Desde hace tiempo persigo una nueva alianza”

¿Y qué es ese algo? ¿Y con quién y cómo es esa novísima alianza? Nos preguntamos sus lectores, a fin de que el propio Pániker, no podría ser de otra manera, sea quien nos explique con mayor precisión, nos introduzca verazmente en sus hallazgos espirituales, en su renovada fe, en su Dios a la medida, en la religión personal que funda sin ánimos de impuesta universalidad, y, mucho menos, de obligada institucionalidad, y para que no quede ningún asomo de duda el demiurgo fundador afirma que su Primer Testamento. “es un libro de religión, de mi religión (que es tanto re – ligación como des – ligación) donde lo que más me importa es lo que ya no me importa a mí: el modo como de realidad se dice así misma (discurso provisional y a menudo chistoso) a través de cualquier minúscula parcela o peripecia (…) Acabo de explicarlo: toda mi vida he tendido a “trascender” o séase ir más allá de los símbolos…”

Y Pániker explica, sin pretensiones episcopales, carente de feligresía, las bases conceptuales de su personal y exclusivo credo:

  • “No existe un espacio libre o neutro, para la observación del pasado ni para la proyección del futuro. Cualquier ejercicio de conocimiento modifica la realidad. Lo enseña la mecánica cuántica: no hay nada que responda rigurosamente a la objetividad.”
  • “Lo que cuenta es el montaje, la reinvención impresionista de pasado / futuro, ese flujo indivisible y variable con un punto de tangencia y de maniobra que llamamos el presente.”
  • Y en cuanto a su primaria y razonada re – ligación, el escritor en trance de amores terrenales para explicar el divino, reconoce que en sus primeros tiempos evangélicos: “Mi teología podía ser ingenua, pero servía de trampolín para potenciar fuerzas hondas y secretas. Así que todo aquel jeroglífico, mi ciclo totémico, era real en el marco de un determinado paradigma (…) Poder de los signos. Mi Dios era real dentro de su correspondiente marco (…) La física de Newton funciona dentro de su ámbito macroscópico.  Por consiguiente, mi Dios totémico, mi Dios platónico, mi Dios hecho de Orden y Perfección, se comportó como yo esperaba: La fe, por definición, viene por siempre verificada por los hechos (…) Mi conciencia y mi fe se mantuvieron fieles al esquema previo (…) Mi ciclo totémico resultó eficaz en tanto que yo me mantenía dentro de la órbita, el universo newtoniano de un catolicismo precrítico: Los sacramentos tenían la eficacia de un placebo (…) Nosotros disponíamos del cristianismo. Era una religión. Era un recurso muy antiguo para mantener a raya la locura y la esperanza.”
  • La des–ligación del fervoroso creyente de su inicial Dios totémico, la realiza Pániker en espiral: como “el tránsito que va de la física de Newton a la física de Einstein, y, más todavía, al proceso crítico del saber humano. En cada situación y época, uno echa mano a las metáforas disponibles (…) A mi juicio, la Iglesia, la teología, cometió el error de tantas instituciones humanas: ligar su suerte a la de una determinada visión del mundo, filosofía natural, concepto del hombre.”
  • Y para aclarar ese cambio de física —de la newtoniana a la de Einstein— que alteró las bases de su primigenio y convencional religare a un Dios barbado y proscriptor, a una Iglesia Católica dogmática y reguladora, Pániker explica sinceramente: “Lo que ocurrió más adelante fue que la vida se encargó de deshacer la estrechez del marco de referencia: Los ruidos, los desórdenes y “las imperfecciones” me hicieron salir del sueño dogmático: Y no para renegar de lo anterior. Ya digo que tampoco Einstein destruyó a Newton: sólo demostró que la física de Newton era un caso particular de una física más amplia. El totemismo de mi primer catolicismo era un caso particular de una sabiduría más amplia: Y así indefinidamente.” (Las negritas son nuestras)
  • A raíz de su relación con la divinidad, de su experiencia numinosa, Pániker cree en un cierto encantamiento del mundo que traduce en una religiosidad polimórfica y libre de confesionalidad (…) En el pasado “yo” no era nada y “Dios” lo era todo. (…) Un nuevo paradigma está emergiendo, y procede revisar nuestra metáfora (…) Procede abandonar la idea newtoniana de que tenemos conceptos sobre un mundo independiente de estos conceptos. Hay quien estima que las implicaciones de la mecánica cuántica son casi psicodélicas: no sólo influimos sobre el mundo al observarlo, sino que en cierto modo lo recreamos.”

Y luego de estas personales y enjundiosas reflexiones del sobrevenido filosofo –teólogo-ingeniero-catalán-indio, nos preguntamos habiendo ya entendido el ritmo epistemológico-psicodélico de la religión personal del escritor

  • ¿Cómo se llama entonces el Dios de Pániker? A lo que responde enfatizando en la mística y no en la religión: “¿Infinito?, ¿Dios?, ¿Brahman? El nombre es lo de menos. No es prudente ligar la mística a una determinada imagen física del mundo, por mucho que aparentemente le convenga. Sólo que una cosa es la mística y otra la religión, una cosa es lo absoluto y otra el ritmo (…) ¿Dios? En fecha tan temprana —para mí— como agosto de 1956, anoté en mi diario: “Sigo creyendo que detrás de la palabra Dios se esconde algo, no se qué, pero algo. Lingüísticamente, Dios es más una interjección que un substantivo.” Hoy añadiría que Dios es un símbolo polisémico de del cual sería higiénico desprenderse. Remitirse a dios tiene mucho de superfluo y tautológico: hay algo: No se sabe qué, pero hay algo: Inaccesible. También lo más intimo. Intimus cordis, decía San Agustín. Eso – llámese como se quiera – con lo cual poder establecer una alianza.”
  • Y si el nombre es lo de menos ¿Cómo es entonces el nuevo Dios del escritor desligado y vuelto a religar? Y Pániker solicito responde: “Uno rechaza absolutamente al Dios Juez Todopoderoso que te vigila como un personaje de Orwell. Ya decía Allan Watts que eso del dios-jefe —ese invento tan propagado por las iglesias cristianas— corresponde a una imagen política de del universo. Y nada de eso tiene hoy pie. Uno opta por el dios cómplice, o con la complicidad divina, porque nos hace sentir en el mundo como en nuestra casa; nos permite jugar a aventureros y a estar tranquilos. Ser artífices —todo lo minúsculo que se quiera— de una parcela de realidad…En alguna parte tengo escrito que Dios es lo que cada cual hace con su soledad (…) Necesitamos un amigo, no un maestro.”
  • ¿Y cómo es a final de cuentas la religión de Pániker? ¿Es a la medida? “Eclecticismo, sincretismo, apetito simultaneo de racionalidad y misterio, individualismo y salud. Articulación entre lo psicológico y lo espiritual: auge de los esoterismos —generalmente de baratija. Dentro de ese marco, mi postura es estrictamente retroprogresiva: racionalidad y mística, eliminando el irracionalismo y la bisutería.”

Porque, recordemos, Pániker el filósofo, ya no el teólogo por universal necesidad de trascendencia, es el padre del término retroprogresión, que, al decir del escritor, es un vocablo fértil, pingüe, fecundo, supone: “el encaje entre fragmentación y mística, es la pieza que falta para dar consistencia a la tan traída y llevada postmodernidad: Aproximándose al origen, la fragmentación se tiene en pie y no hacen falta grandes síntesis totalitarias Uno puede vivir en la interinidad y a  la intemperie. Cabe el pluralismo real, el pensamiento débil, la ironía, la religión a la carta (…) El modelo retroprogresivo explica esto: a medida que crece la racionalización crece también la parte oscura que la racionalización deslinda. Ello es que el animal humano necesita desarrollarse y expandirse en ambas direcciones, no sólo en una: en la dirección racional/científica/secularizadora y en la dirección metafísica/originaria/mística. El verdadero progreso es retroprogreso (…) Hoy se trata de mantener el fuego sagrado desde nuestras cotas de secularidad y escepticismo. Aproximarse al origen sin ingenuidad y sin antropomorfismo – o con el mínimo posible. Es el meollo de mi filosofía retroprogresiva.”

Y para que no quede asomo de dudas acerca de su postura religiosa personal y retroprogresiva, sin ánimos de universalidad o de contemporaneidad mal entendida, el propio Pániker aclara: “Atención: no se confunda mi postura con la llamada espiritualidad de la New Age, aunque exista un denominador común: la fatiga frente a las religiones institucionales, un cierto retorno al origen, un deseo de ensayar la liberación por cuenta propia. Lo malo de la New Age es que ha degenerado en un popurrí popular e irracionalista, un esoterismo de baratija, una dimensión meramente retro, un campo abonado para un montón de espabilados que pescan en río revuelto…”

Lo sagrado en lo profano, la mística en la física, la razón en la magia, la fe en el escepticismo, lo singular en lo plural, el hombre libre de ataduras ligado autónomamente con su alianza personal y cómplice: “necesito volver a rezar. Rezar a mi manera. Esa figura, rezar, la han desprestigiado los profesionales de la religión. Paro era una figura bella, un acto complicado y candoroso, un a música, un cante jondo. Un asomarse al exterior. Al exterior de todo (…) Si no rezo, no respiro.”        

        

NOTA: Este artículo toma referencias individuales y combinadas de los cuatro dietarios de Salvador Pániker, a saber: Primer Testamento, Segunda Memoria, Cuaderno Amarillo y Variaciones 95.       

 

 

 

 

  

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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