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Una tarea individual MIRAR EL HORIZONTE, por Inés Muñoz Aguirre

Mirar al horizonte
Preservar nuestra salud mental por encima de cualquier situación por más extrema que nos parezca.

Hace siete años escribí la obra de teatro Estado de sitio. En un foro con lectura dramatizada no faltó quien dijera que el tema era un poco exagerado. Dos hermanos encerrados en un apartamento que hacen turnos para buscar agua, que se alternan en las colas de los abastos y supermercados para adquirir alimentos, que transitan asustados por las escaleras de su edificio debido al racionamiento eléctrico, que a media noche escuchan tiros y han sido testigos de cómo los colectivos invaden apartamentos desocupados.

La obra fue publicada en México hace tres años y quizá de lo que he escrito es el único texto que he leído y releído una y otra vez, digo esto, porque una vez que lo que escribo se transforma en un libro, lo miro de lejos, siempre con cierto temor. Pero, ¿por qué he repasado esas páginas tantas veces? Quizá porque todo ha ido sucediendo y eso no deja de sorprenderme, contestaría en primera instancia, pero la verdad es que lo hago porque en la relación de los hermanos hay momentos que se convierten en la clave de lo que tiene que asumir cualquier sociedad en situación de crisis:  los hermanos juegan a preservar su memoria, la imaginación, la rapidez mental y quizá la posibilidad de reírse en medio de su propia tragedia.

Ahí está lo que me gusta de esta obra, lo que he defendido siempre, lo que yo no puedo explicar con la propiedad adecuada porque no soy psicólogo ni psiquiatra, pero digo una y otra vez cuál es el punto clave: preservar nuestra salud mental por encima de cualquier situación por más extrema que nos parezca. ¿Qué es lo que hacía el protagonista de La vida es bella, no sólo por su hijo, si no por él?

En la teoría es fácil, dirán algunos. Sin embargo, cuando analizamos como la depresión, el negativismo, la tristeza, la decepción, se instalan y crecen en nuestra vida. Es fácil entender que se va perdiendo la energía, que empezamos a valorizar la queja por encima de cualquier otra actitud y que somos capaces, porque ya se hace frecuente, de señalar, juzgar y agredir a quien se muestra positivo, a quien disfruta una buena comida, a quien viaja o simplemente a quien se ríe. El círculo perverso estimulado por las malas noticias, por matrices de opinión que se alzan de un lado y de otro, y por los desaciertos que asumimos como nuestros, funciona como un pesado grillete que sujeta no sólo nuestro cuerpo, si no cada una de nuestras emociones, al punto que ya nos identificamos como una sociedad sumida en la miseria.  Así, la gente hace colas para todo, convertidos en seres improductivos pero además convertidos en un gran silencio.

No es fácil lo que estamos viviendo como sociedad, pero no fue fácil para los que sobrevivieron a los campos de concentración, mientras miraban vacío, hambre, desolación y muerte a su alrededor. No fue fácil para los inmigrantes europeos que llegaron aquí después de la guerra, como muchos de ellos cuentan, con una mano adelante y otra atrás. No es fácil para los padres que pierden a sus hijos, para los que han superado la perdida de una parte de su cuerpo gracias a las minas terrestres. Menciono estas terribles experiencias como la práctica que han tenido que enfrentar muchas personas que con el paso del tiempo reconstruyen sus vidas, salen adelante y rescatan siempre una visión positiva de lo vivido.

Nosotros, cada uno desde su tarea individual tiene la vida por delante y urge la tarea sobre lo emocional, lo cual no significa desconocer lo que nos pasa, significa buscar el lado positivo de lo que nos ocurre, ejercitarnos, encontrarnos los unos con los otros, compartir un libro, una historia, una película. Compartir el pedazo de pan. Hablar, decir, hacer. Sobre todo hacer desde nuestros ámbitos de estudio o de trabajo. Detenernos a lamentarnos o a juzgar a quien no se detiene, es entregarse y todo el que se entrega es vencido por su oponente. ¡No nos entreguemos!

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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