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Un cuento urbano UNA HISTORIA DE AMOR EFÍMERA, por Rubén Monasterios

Urbe 1
«Le gustaba ir a ese sitio sin proyecto alguno, sin rechazar la posibilidad de una experiencia aleatoria; se había cruzado en ese bar, en la barra, con damas atractivas y favorablemente dispuestas».

Era fresca la tarde. Perdido en la muchedumbre solitaria marchaba a buen paso, de prisa, sin tener ninguna necesidad; hacía lo que todos los demás, sólo llevado por el condicionamiento  del hombre citadino;  no tenía ninguna tarea pendiente, nadie lo esperaba.

Recorrió las dos cuadras  de distancia entre el centro comercial posmoderno y el vetusto edificio Galipán, yendo hacia el bar donde encontraba solaz después del día de trabajo. En su mente resonó el piano de media cola tocado por el mulato Tonio, jamás ausente, siempre enfundado en su raído smoking, siempre tecleando en clave de blue, de jazz, manoseando a su antojo alguna balada romántica de moda y cosas de Aldemaro. Saboreó anticipadamente el placer de estar ahí, al fin relajado, sin la presión urbana por los cuatro costados; más aún, sintiéndose fuera de la modernidad, como si hubiera hecho un viaje al pasado con el sólo hecho de atravesar la puerta; una puerta siempre cerrada. Uno debía tocar un timbre, alguien echaba un vistazo y te abrían. No, no era  un club privado ni un local exclusivo, sólo se trataba de su norma. Entonces entraría en una atmósfera old fashion, un establecimiento de vagas evocaciones eduardianas, acabado en madera, de caoba, con un aroma particular, a una mezcla de tabaco, whisky y coñac; un olor a cosa añeja, noble, con solera auténtica; el único establecimiento de su tipo sobreviviente de la década de los cincuenta en la ciudad. Sus martinis y manhattans no tenían parangón, y ahí acudían los afectos a esos cocteles; hasta turistas bien informados se dejaban ver de vez en cuando. A diferencia de otros bares presuntuosos de moralismo, en los que rige la absurda norma de admitir damas «sólo acompañadas por caballeros», en este son bienvenidas andando sin representación viril; claro, en cuanto su apariencia fuera distinguida; el ambiente en sí mismo operaba como filtro, rechazando a las zarrapastrosas y las de notorio aspecto de putas; de aquí que, ocasionalmente, ocurrieran encuentros interesantes. El establecimiento se ha adaptado al concepto nuevo de piano-bar ‘de solteros’, vale decir, un ambiente elegante y discreto favorecedor de los encuentros entre personas de cierta clase.

Le gustaba ir a ese sitio sin proyecto alguno, sin rechazar la posibilidad de una experiencia aleatoria; se había cruzado en ese bar, en la barra, con damas atractivas y favorablemente dispuestas. El recuerdo agridulce pinta un dejo de nostalgia en su rostro: ahí empezó uno de sus romances prolongados; ese era uno de sus atractivos; aunque la mayoría de las veces no ocurría nada, pero ¿qué importaba? Bebía su par de manhattans «con Jack Daniels, por favor»; su límite, en un tiempo promedio de dos horas; se marchaba a eso de las siete, cuando el tránsito se había vuelto razonablemente descongestionado; entonces volvía sobre sus pasos, hasta el centro comercial, abordaba su carro y en cosa de minutos estaba en su casa. Bueno, es un decir, una manera de llamar su apartamento.

La vio en el curso del segundo sorbo de su coctel. Le gustó su estilo: la manera como tomaba una aceituna con  la punta de los dedos y la mordía perezosamente en un extremo; llamó su atención el algo así como una cierta sombra de desdicha envolviéndola; esa impresión ─¿una ilusión suya, una intuición?─ trajo a su mente aquel melancólico Adiós tristeza./ Buenos días tristeza./ Estás inscrita en las líneas del techo. / Estás inscrita en los ojos que amo./ Tú no eres exactamente la miseria, / pues los más pobres labios te denuncian / por una sonrisa. / Buenos días tristeza. / Amor de los cuerpos amables, / potencia del amor, / cuya amabilidad surge /como un monstruo incorpóreo. / Cabeza sin punta, / tristeza bello rostro. Sintiéndose atisbada, la muchacha le deparó una mirada rápida y volvió a concentrarse en su trago; él creyó percibir un celaje de sonrisa en sus labios. No estaba seguro; podía haberla imaginado.

Lucía melenita castaña y rasgos faciales bien proporcionados, correspondientes a la dimensión aurea, pensó. Su grupa en forma de manzana se destacaba por la posición sedente en el taburete de la barra. Ocurrió otro cruce de miradas, esta vez un tanto más cálido. Tuvo necesidad la dama de ir a ‘empolvarse la nariz’, lo cual le dio la oportunidad de ver a su antojo su fina figura. Pasó el tiempo, y ella seguía sola; esa circunstancia y el inicio del segundo manhattan lo animaron a propósito de abordarla. Ambos bebían el mismo coctel; feliz coincidencia: podía servir de punto de partida; y así fue.

Con el tercer manhattan ya charlaban amigablemente; desde luego, en un plano superficial, sin aportar ninguno de los dos datos más íntimos. El tiempo voló y llegó una hora adecuada para cenar; la invitó a  un restaurante italiano próximo al bar; la chica aceptó de buena gana.

Como por obra del azar, las manos se rozaron una y otra vez y terminaron entrelazadas. En un rincón sombrío del estacionamiento se dieron el primer beso, húmedo y profundo. La muchacha no objetó su proposición de tomar la última copa en su apartamento.

La pasión no les dio tiempo de compartir el trago; apenas cerraron la puerta a sus espaldas se enredaron en un abrazo de sinuosidades vegetales y en el sofá, a medias desvestidos, consumaron su primera entrega recíproca.

Mitigado el ardor de la llama que quema sin consumir del todo, volvieron a hacer el amor, ahora con sosiego, recreándose en exquisiteces eróticas. Cada uno bebió del otro en todas las fuentes del amor; sugirió ella la entrega anal postrándose en posición decúbito ventral y entre gritos ahogados, ayes y suspiros fue debidamente complacida. Varias veces cumplieron su vuelo hacia la eternidad, hasta la extenuación del cuerpo y el espíritu, hasta la enervación conclusiva, transitando por estados de esperanza y miedo, de felicidad y tormento; entre lamentos y risas abrieron hacia el infinito una súplica del corazón en el mar de amor, deleitable, sin fin.

Se despertó presa de una vaga ansiedad. Ella no yacía a su lado en la cama ni se encontraba en ningún otro lugar del apartamento. Confundido, buscó aquí y allá alguna señal de la muchacha, quizá un mensaje. Súbitamente advirtió que lo  único que sabía de ella era un nombre, porque ni el teléfono; porque tal como ocurrieron las cosas entre ellos, no vino a lugar… Nada encontró. ¿Cómo pudo irse así, sin despedirse, sin dejar una nota, cuando anoche parecía tan dulce, tan entregada, tan enamorada? Sólo sabía su nombre; bueno un nombre, el dicho por ella; ni un dato más. Resignado y amargado reflexionó mientras se dirigía al baño: «ÃƒÆ’‚¡Hay gente rara en este mundo! Ese será su juego; el juego perverso de pasar por la vida de los hombres como un ensueño; usarlos una noche  y a continuación desecharlos». Se percibió a sí mismo como una toallita kleenex. «ÃƒÆ’‚¿Cómo llamarán los sexólogos esta desviación de la conducta sexual humana?». «ÃƒÆ’‚¡Esta ciudad está llena de locos!», concluyó, disponiéndose a olvidar el incidente, entrando al baño a rasurarse.

Y he aquí que impromptu siente en su corazón en helado zarpazo del horror al leer lo que, en efecto, era el mensaje de despedida de su amante de la noche anterior; nítidamente escrito en el espejo con lápiz labial, decía: Bienvenido al mundo del SIDA.

~ oOo ~

 

Epílogo

¡Chapó! por la tradición oral

No es habitual publicar un relato relativamente breve seguido ─a manera de epílogo─ de un ensayo sobre el tema; particularmente si dicho escrito es más extenso que el cuento; no obstante, a mi entender, estos espacios acogen las proposiciones escriturales no convencionales, y las llamadas experimentales, vale decir, en las que se emprende por ensayo-y-error la búsqueda de nuevos lenguajes.

Es probable que el lector del relato piense «Pero este argumento es el de un chiste cruel viejo, oído varias veces por ahí».

Y tiene toda la razón; es un chiste de corrillo, una de las variantes de la tradición narrativa y poética no escrita, un  elemento del folclore urbano. Al escribir ese y otros cuentos a partir de material proveniente de la misma fuente, me animó la idea de darle forma literaria a narraciones breves flotantes en la  nube de la literatura oral.

El propósito nada tiene de original. ¿Acaso no era Cendrillon ou La petite pantoufle de verre un cuento contado y recontado ─todo un lugar común─ cuando al mediar del siglo XVII Charles Perrault lo recogió de la tradición oral y lo escribió, incluyéndolo en su libro Cuentos del pasado?

Anticipándose a Perrault el mismo tema había sido escrito en napolitano por el poeta y cortesano Giambattista Basile (ca. 1570-1632), bajo el título La gatta cennerentola; los más tempranos rastros de esta narración se encuentran entre los antiguos egipcios; lo contaron los chinos del siglo IX; pasa por los romanos; se conoce una versión  persa del siglo XII y el mismo cuento existe en la tradición oral de los aborígenes norteamericanos. En fecha más reciente lo reescriben los hermanos Grimm; en la modernidad lo trata cinematográficamente Walt Disney y más o menos maquillado ha sido víctima de los escritores de telenovelas.

Y el argumento sigue tan campante; porque entre los componentes que confluyen en la creación artística: materia, tema y tratamiento, los dos primeros «están ahí», como suele decirse, a disposición de cualquiera. La materia, tratándose de literatura, es el idioma; el tema es cualquier asunto, real o imaginado; inédito o previamente tratado. El esencial en la configuración de un lenguaje estético es el último, el tratamiento que el hacedor le imparte a esas cosas; es el factor exclusivo del  creador.

El tratamiento de un tema, argumento o asunto previamente abordado por otros autores es una práctica literaria común; sea suficiente reseñar que Shakespeare y Lope de Vega le entraron a saco a poetas y narradores antiguos y contemporáneos; considerando tan sólo una obra, el primero escribió Romeo y Julieta (1597) y el hispano Castelvinos y Monteses (¿1606?), ambas a partir de la novella del autor italiano Mateo Bandello (1490-1560), quien, por su parte, tomó el tema de una antiquísima leyenda propia de la tradición oral de muchos pueblos.

La tradición oral, o literatura oral, es una fuente de argumentos inapreciable; en todas las épocas y lugares los escritores han echado mano a los chistes de corrillo, proverbios, versificaciones, leyendas urbanas y teorías de conspiración, entre otras variantes de la oralidad literaria.

El usado como argumento básico del relato Una historia de amor efímera se origina y rueda por todo el mundo a partir de la eclosión del SIDA en la década de los ochenta. Llamaban entonces a la enfermedad el cáncer gay, pero ya se perfilaban indicios de que también podía trasmitirse mediante relaciones heterosexuales.

El chiste quedó grabado en mis circuitos cerebrales; a propósito de exorcizar ese demonio (cosa que no logré, evidentemente, porque siguió ahí) escribí una primera versión basada en el mismo, publicada en el diario El Nacional, con el título Una historia de amor de la Era del Desastre. Jaime Ballestas la incluiría en Fabricantes de Sonrisas (1992), su antología del humor venezolano moderno.

En el pasado, llamaban a los chistes y otras formas más elaboradas de ese material, cuantos ‘de camino’, porque los narraban los viajeros para aliviar las penurias de las travesías o en el reposo en torno al hogar. Con el correr del tiempo algunos de contenido más o menos interesante a los niños, o supuestamente adecuado para ellos, pasaron a denominarse ‘de hadas’. Por cierto, esa costumbre de la gente de contar cuentos alternándose en la  narración, es el modelo adoptado por Giovanni Boccaccio para darle estructura a su Decamerón (mediados del siglo XIV); resultó exitoso y fue imitado por numerosos autores siguientes.

Por lo general, el material oral además de distraer, tenía una intención aleccionadora o didáctica resumida en la moraleja; esta solía ser explícita y expuesta en verso en los cuentos de antaño. Véase la  propia de la versión escrita de Caperucita Roja de Perrault ─la más difundida en nuestros días, porque existen varias─, descartada de las ediciones modernas:

Vemos aquí que los adolescentes / y más las jovencitas / elegantes, bien hechas y bonitas, / hacen mal en oír a ciertas gentes, / y que no hay que extrañarse de la broma /de que a tantas el lobo se las coma. / Digo lobo, porque estos animales / no todos son iguales: / los hay con un carácter excelente /  y humor afable, dulce y complaciente, / que sin ruido, sin hiel ni irritación / persiguen a las jóvenes Doncellas, / llegando detrás de ellas / a la casa y hasta a la habitación. / ¿Quién ignora que son estos melosos / Lobos, ¡ay!, los que son más peligrosos?

El primer verso revela que a Perrault no dejaban de preocuparle los  «lobos de salón» interesados en jóvenes varones.

También me interesó el chiste en cuestión por ser tan similar a la forma clásica, que hasta su intención didáctica tiene; su moraleja  es implícita, pero puede ser entendida por cualquier buen entendedor. Los educadores sexuales la resumen en el proverbio practica el sexo seguro.

No todo el material oral es valioso desde el punto de vista estético o social, pero al menos una parte del mismo está marcada por la chispa del talento, y toda la producción literaria oral invariablemente refleja las tensiones de la dinámica sociopsicológica de un momento de la colectividad. Las ansiedades vigentes, miedos, expectativas, frustraciones, rabias, actitudes  y otros contenidos emocionales y cognitivos generalizados en la masa se hacen sentir en ellas.

En el chiste erótico cruel que nos  ocupa se percibe un sentimiento de angustia de la civilización del momento; revela el miedo vigente en la ecúmene por la emergencia del SIDA, con toda su carga de mitología y execración religiosa de la sexualidad, por cuanto la enfermedad aflora precisamente después del fenómeno cultural de la Escalada Erótica, y parecía venir a confirmar la idea de que Dios odia al sexo, imponiendo un castigo espantoso por su práctica desaforada. Además, me pareció cargado de una amargura existencial de acento becktiano y de un sentimiento perverso por la conducta vengativa de la coprotagonista.

No obstante, el más trascendente efecto cultural debido a la escritura de la tradición oral, radica en que esa práctica  intelectual  conduce a la consolidación de los idiomas. Contribuyó a darle forma a todas las lenguas de la civilización; al castellano, las obras de Berceo, Juan Ruiz, Lucanor,  el mester de clerecía y las recopilaciones del mester de juglaría; las fuentes principales de toda esa literatura escrita fueron narraciones y canciones de la gente del pueblo; el último es lírica tradicional y cantos de gesta para ser recitados en corrillos. La escritura de la oralidad contribuyó en tal sentido en el remoto pasado, y continúa haciéndolo en el presente, porque el idioma es un fenómeno cultural cambiante; en la oralidad se generan los nuevos vocablos y formas de decir que enriquecen y modifican los idiomas.

Fue raro fue el recopilador del pasado que siguió el procedimiento verbatim a partir de la fuente original; entonces no existía el concepto de Folclorología en cuanto rama de la Etnología. Casi siempre se dejaron llevar por su imaginación al transcribirla; con frecuencia se vieron obligados a modificar parcialmente los argumentos debido a presiones del entorno social. Alterando o no la oralidad, preservaron lo esencial de ella, porque el verbo es frágil; está sujeto a la deformación sucesiva y al olvido, dado su  tránsito de una generación a otra de portadores, y ─lo más importante desde la perspectiva de  la cultura artística─  a partir de la oralidad crearon piezas notables de la narrativa y la poética de todos los tiempos.

Independientemente de su propósito, cumplieron el principio de la estética de crear un nuevo lenguaje a partir de un lenguaje previo dado; lo cual, según lo dije, también fue mi intención; y si al lector le gustó el cuento: activó evocaciones, pulsó alguna emoción, lo alteró en su final, cumplí mi cometido.

Corresponde a ese logro la obra de Jean de La Fontaine en sus Fábulas escogidas y puestas en verso (2ª mit. s. XVII). Tanto como podría valorarse hoy el chiste popular desde la perspectiva de la inteligencia, la de su época  veía la fábula por encima del hombro; era un género menor indigno de la atención de un intelectual; y no había mayor lugar común en las colectividades europeas que la historia de la hormiga y la cigarra. El poeta pasa por alto el prejuicio y escoge la fábula como tema de su obra; gracias a su tratamiento la dignifica, por así decirlo, y  le restituye al género la magnitud que tuvo en los tiempos griegos y romanos; a lo que era sencilla diversión de campesinos y en la más favorable de las apreciaciones un recurso didáctico, le incorpora una dimensión estética; la transforma en obra de arte.

Los hermanos Grimm, Jacob y Wilhelm (primera mitad del siglo XIX) fueron los primeros en valerse del procedimiento verbatim en su recopilación de los relatos; ellos no se consideraban a sí mismos escritores para niños, sino lingüistas y folclorólogos, de aquí que rehusaran presentarlos como cuentos infantiles, suavizados en sus situaciones argumentales y lenguaje y decorados con ilustraciones; en lugar de ello  los enriquecieron con notas eruditas que, al decir de un comentarista ─y como curiosamente ocurre en este caso─ eran más extensas que los cuentos. Pero una vez descubierto el interés del público infantil y animados por el propósito de darles la mayor difusión posible, aceptaron  refinarlos; en las ediciones siguientes los textos fueron adornados y censurados en sus contenidos más atroces.

Digamos, al desgaire, que la primera edición del libro de los Grimm, realizada con criterio científico, apenas se movió en las librerías; en cambio las arregladas para los niños se convirtieron en best-sellers... hasta el día de  hoy.

Y con los Grimm entramos en otro de los aspectos que resaltan la importancia de la transcripción de la literatura originalmente oral, la conservación del corpus cultural de un pueblo en función de la política nacionalista.

Queda Prusia bajo el dominio de Francia. Alemania había sido invadida por los ejércitos de Napoleón; el nuevo gobierno reprime la cultura local; la respuesta es la resistencia alemana en forma  de un movimiento nacionalista. Los hermanos Grimm entienden que pueden contribuir a fortalecer la noción de nacionalidad germana difundiendo el tesoro cultural recopilado en su función de estudiosos del folclore; así aparece el libro hoy conocido como Cuentos de hadas de los hermanos Grimm o  Cuentos para la infancia y el hogar. Es una de las joyas de la literatura en lengua alemana; los manuscritos son propiedad de la biblioteca de la Universidad de Kassel y fueron incluidos en el Programa Memoria del Mundo de la Unesco en 2005. ¿Lo serían, de no haber sido recopilados?

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Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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