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Un cuento angelical ALADO AMANTE, por Rubén Monasterios

Alado amanteDesde la más tierna infancia Luwin sintió un interés  intenso por los ángeles; adoraba los libros con láminas en las que figuraban ángeles; en los templos  llamaban menos su atención las figuras del Redentor, de la Virgen  y de los santos, que las puestas a veces a sus pies, otras en su entorno, esos gracioso motivos ornamentales a la manera de símbolos de su gloria celestial, los putti; niños desnudos, gordezuelos, de caras sonrientes, pelo ensortijado y alitas en sus espaldas; son los querubines, y residen, como todos los demás ángeles, en el Cielo.

El misterio del Cielo se convirtió para Luwin en una idea fija que no podía retirar de su mente; de niño escuchaba fascinado a sus mayores; en cuanto aprendió a leer hurgó en los libros puestos a su alcance; cada vez era más complicado el enigma; sí, existe y hay medios para llegar a él, una vez liberada el alma de su lastre material; pero dónde está, cómo es, se interrogaba sin encontrar respuesta clara. Gracias a sus muchas búsquedas y a su maduración intelectual, con el correr del tiempo logró formarse una idea más o menos coherente de la morada del Creador y de los ángeles, santos y bienaventurados.

Todo cuanto se dice del Cielo, a partir de revelaciones de espíritus iluminados, lo aceptamos como ex suppositione, no como absolute, leyó en un texto de teología. Algunos dicen que es un estado, no un lugar; un estado del alma, que, como todos sabemos, sobrevive al cuerpo. Otros creen que hay razones para suponer que sí es un lugar concreto; ¿dónde está?… “Más allá”, dicen. ¿Más allá de qué? Probablemente más allá del Universo, de todo cuanto puede percibir o llegar a ser percibido por el hombre. Visionarios han tenido revelaciones del cielo. Según esos iluminados, las almas de quienes logran la salvación eterna en el más allá conforman un inmenso conjunto de entes desprovistos de atributos materiales y de apetitos terrenos; tal masa infinita de los absolutamente purificados, espíritus prístinos libres de toda mácula, yace en disposición reverencial después de los entes celestiales primarios o esenciales en la Corte Celestial, dispuestos en orden jerárquico; en la primera categoría, los arcángeles, ángeles guerreros, comandantes de los batallones de Dios; a continuación los ángeles, espíritus de luz; los siguen los serafines, los mensajeros del Creador con la misión de consolar a los hombres en sus tribulaciones; entre ellos se cuentan los ángeles de la guarda; después vienen los tronos, siguen los santos: humanos que gracias a sus obras sublimes o su sacrificio ganaron su lugar en los altares, y por último los espíritus bienaventurados, las almas de personas admitidas en el Cielo debido a sus méritos cristianos mientras estuvieron en vida. Todos ellos, formando círculos en torno a Dios, giran en torno a la Sacrosanta Trinidad; son como anillos de movimiento sereno y majestuoso, todos los seres celestiales; giran y giran siguiendo un solemne tempo de adagio. En el centro de ese espacio sin ubicación, sin dimensiones, sin límites, está el Supremo Misterio Divino, la Santísima Trinidad; a propósito de facilitar la comprensión de las mentes sencillas, se le representa como “el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”; no pasa de ser un simbolismo, en realidad son esencia espiritual pura. Es ese espacio no hay gente ni animales, sino almas, espíritus; tampoco hay cosas, sino emociones puras, y estás son de inconcebible felicidad. Sólo en Él piensan, a Él aspiran, fusionados con Él están. Él los ha hecho parte de su esencia; están ciegos por la luz deslumbrante emanada de Él y no ven porque no tienen necesidad de ello: a Dios lo miran con el alma, no con ojos mortales; tampoco tienen necesidad de oír; hablan, pero dicen una única palabra salmodial:¡Santo! al mismo ritmo de su austero movimiento; y la repiten sin variación alguna por toda la eternidad.

Entre todos esos seres celestiales, uno en particular lo obsesionaba, su ángel de la guarda. Se prendó de él al ver por primera vez su imagen en una estampa regalada por su padrino. “He aquí tu ángel de la guarda”, le dijo. Representaba esa lámina a un ser semejante a un humano en su adolescencia, andrógino de apariencia; encrespada era su cabellera, ardientes sus ojos, rosa su boca esbozando una sonrisa; lo cubría una túnica vaporosa que dejaba ver sus pies, preciosos pies descalzos; detrás de él se percibían sus dos grandes alas emplumadas y todo él estaba envuelto en un halo dorado. Esa noche no pudo dormir, fascinado  por el ente angélico.

Desde entonces no cesó de propiciar lo que llamó el “encuentro con el ángel”; a tal efecto, ensayó diferentes experiencias. Una de ellas lo llevaba a frecuentar lugares solitarios: cierto rincón de un parque, un callejón sombrío  y sin salida próximo a la casa; suponía que el silencio y la oscuridad propiciarían la aparición. En otra, la practicada con más frecuencia, solía encerrarse en su cuarto lleno de sombras trémulas al estar iluminado solamente por una vela; el procedimiento consistía en estar ahí, solo, esperando durante largo rato, en silencio  total, escuchando atentamente, mirando de reojo a sus espaldas, aguardando señales de naturaleza ignorada; a veces tenía la impresión de oír algo: roces tenues, un susurro leve, un rumor como el de un ligerísimo batir de alas… Entonces se volteaba con rapidez para ver, pero nada había detrás suyo. No obstante, Luwin sabía que andaba por ahí, rondándolo, protegiéndolo con sus grandes alas emplumadas blancas y brillantes; y su intuición le decía que era un ángel muy antiguo, tan viejo como la eternidad, aunque de radiante lozanía, semejante a un sol de primavera.

Creció, sin perder la fe ni la esperanza de encontrar al ángel; a falta de él, orientó sus anhelos hacia seres parecidos al ángel; lo consumía una pasión por esos muchachos de apariencia equívoca, delgados, esbeltos, de traseros altaneros y bien definidos, caballeras encrespadas y labios sonrosados; o sea, semejantes al ángel; pero apenas mitigaban sus ansias, ninguno de ellos logro aplacarlas del todo.

Amaba a su ángel; lo deseaba; lo evocaba en sus vigilias y lo soñaba estando dormido; lo veía en cada uno de los muchachos tendidos desnudos en su lecho; le escribía poemas y le cantaba canciones. En sus oraciones le pedía a Dios como única gracia la concesión de ver a su ángel al menos una vez en esta vida; verlo y a continuación morir; estaba dispuesto a ello, no cesaba de ofrecer su sacrificio por el privilegio de ver por una vez al ángel. Ante la indiferencia del  Creador, recurrió al Diablo; lo invocó con la intención de proponerle el pacto de entregar su alma inmortal a cambio de un encuentro con el ángel; tampoco recibió respuesta del demonio.

Y así, de pronto, sin mediar invocaciones satánicas ni piadosas plegarias ni circunstancia especial alguna, ocurrió el prodigio: ¡se materializó el ángel! Idéntico en todo a la imagen de aquella estampa regalada por el padrino, ahora ajada de tanto manoseo y desteñida  con el tiempo.

La aparición respondió a todas las preguntas formuladas  por Luwin,  una vez recuperado de su asombro, a excepción de una: la concerniente a su nombre, “porque era demasiado deslumbrante y su simple pronunciación podría dejarlo ciego o algo peor”; no obstante, Luwin tenía la facultad de ponerle un nombre, a su antojo. Luwin lo  llamó Marius.

Los ángeles no tienen sexo ─explicó─. Fueron creados así; pero al materializarse asumen la apariencia masculina, porque Dios y  Su Hijo son hombres.

Los humanos suponen a los ángeles indiferentes a las inquietudes eróticas; ¡soberano error! Los espíritus celestiales se sienten atraídos por seres terrenales; ocurre a menudo, lo que pasa es que rara vez se divulga; en sentido contrario, son innumerables los humanos fascinados por su belleza sobrenatural.

─ Lo dice el Divino en sus verídicas palabras del Génesis: En tiempos de Noé, algunos  ángeles materializados “viendo los hijos de Dios que eran hermosas las hijas de los hombres” tomaron mujeres de entre ellas y se entregaron a los placeres del sexo. Te debe ser familiar el acontecimiento de Sodoma; la chusma vil  asaltó la casa de Lot con la pretensión de violar a los ángeles enviados por el Señor, alojados en ella. El patriarca les ofreció sus hijas;  las despreciaron: los depravados querían a los singularmente bellos ángeles. Lo cuenta Lucas…

Efectivamente, el enamoramiento entre ángeles y humanos figura en numerosas leyendas; una particularmente notable es la conocida como El Arcángel de la Paloma, del folclore andino venezolano. Cuenta de un hombre que en una remota y perdida ermita de las montañas, descubrió la estatua toscamente tallada de un ente celestial, a todas luces un arcángel, vestido con una túnica y protegido por un peto de hierro forjado, aunque sosteniendo en su mano derecha una blanca paloma en lugar de la espada propia de estos guerreros defensores del Ámbito Celeste y vencedores de los ángeles rebeldes. La imagen cobra vida y le declara su propósito de convertirse en su ángel de la guarda, “aunque algo deberás dar a cambio por mis favores” ─exigió, porque era un ángel corrupto─. El  hombre, sin vacilar, acepta y, en efecto, desde entonces el ser lo  acompaña, siempre favoreciéndolo, aunque sin volver a dejarse ver jamás. Después de viajar por todo el mundo y de convertirse en rico y famoso, el hombre renuncia a todos esos beneficios y se retira a su lugar de origen, animado por la voluntad de llevar una descansada y discreta vida el resto de sus días. Casó entonces con doncella de la región, a quien la conseja vecinal calificaba de rara a causa de sus ausencias, divagaciones y extrañezas. Habíase decidido consumar el connubio en la remota casona  de una hacienda de café fundada en tiempos coloniales, adquirida por el señor para establecer la residencia familiar. La noche del himeneo, estando la pareja a solas en la sombría alcoba, al despojar a la esposa de sus vestiduras, encuentra sus caderas y la región genital aisladas por una suerte de espeluznante cinturón de castidad, formado por ramas de un rosal antiguo que parecían nacer de su carne y que en su carne hundían sus largas y torcidas espinas; en ese instante, la mujer entra en un trance. Dispónese el marido a buscar ayuda, cuando en un lugar de la alcoba se abre un portal y aparece el arcángel que a partir de aquella primera vez, décadas atrás, hasta entonces nunca se había dejado ver.

Su aspecto es idéntico a la arcaica estatua, aunque en esta ocasión no lleva la paloma en su mano.  Vengo a cobrar lo que me debes, por cuanto yo te he dado, dice el ente celestial, en tanto avanza hacia el tálamo; el hombre intenta impedir su aproximación, lo encara, lo increpa: ¡Tú no eres mi ángel!…  ¿Dónde está la paloma?  ─alega con énfasis pueril en su desesperación a partir del asombroso acontecimiento─. La aparición esboza una sonrisa sardónica ante la observación y levantándose el faldón de la túnica le enseña un enorme falo rampante, y señalándolo con un dedo largo, sarmentoso, de uña corva y ennegrecida por el tiempo, responde: ¡La paloma está aquí! De un gesto imponente aparta de su camino al infeliz marido, otro gesto hace el milagro de  despojar de su impedimento a la esposa que solloza de deseo y tiende sus brazos hacia él; la cubre y en el lecho nupcial sólo se ven sus grandes alas de plumas pétreas moviéndose al ritmo de los cuerpos entregados al amor.

─Tú eres persona ilustrada ─dijo Marius─; quizá sepas que en los anales sexológicos se registran casos de angelofilia: pasión erótica sentida por los ángeles. Uno considerado clásico del género, figura en la primera edición de Psicopatía Sexualis de Richard von Kraff-Ebing, uno de los padres de la sexología científica. Por presiones de la Jerarquía Católica fue expurgado de las ediciones siguientes.

Era idéntico a la imagen ─explicó el ángel─ porque los seres etéreos se materializan de acuerdo a la forma que los humanos les atribuimos en nuestras fantasías y ensueños; y se hizo tangible porque los ángeles son sensibles a la influencia de las pasiones humanas, responden a los deseos fervientes; ocurre con ellos lo mismo que con cualquier otro ideal: si la persona lo piensa con amor y la debida persistencia, el hecho imaginado termina por hacerse realidad.

Pero su trasmutación del Universo etéreo al material involucraba para Marius terribles consecuencias; con ello había perdido la gracia y el más sublime de todos los dones, la bienaventuranza; además, su vida entre los humanos sería breve, por cuanto al estar abrasado por su  amor hacia Luwin agotaría con rapidez la vaga sustancia que le confería corporeidad.

─No te turbes─ le dijo el ángel─. ¡Qué nada empañe nuestro amor!

─¡Ay!, pero será horrible verte envejecer… ─exclamó Luwin bañado en lágrimas─.

─No, no me verás envejecer, porque no lo haré. Así como aparecí de súbito frente a ti, así me iré cuando llegue el momento predestinado. Me disolveré en la nada, como una pompa de jabón.

A partir de entonces Marius retornaría a la dimensión astral, donde vagaría como espíritu inferior por toda la eternidad.

Y como no había tiempo que perder en ese mismo instante Luwin y Marius consumaron su amor.

Y así vivieron el tiempo concedido en la mayor felicidad. Para mostrarse en público las raras veces que lo hacían, Marius usaba una capa a propósito de ocultar sus grandes alas emplumadas; así parecía un jorobado. La gente se compadecía al ver a ese joven tan hermoso con esa deformidad; Marius y Luwin sonreían con picardía e intercambiaban miradas de complicidad, sin revelar a nadie su secreto.

Y un día Marius dejó de estar ahí.

Y para siempre durante el resto de su existencia Luwin recordaría la divinidad de hacer el amor con un ángel; claro, no dejaba de tener alguna incomodidad, precisamente a causa de esas grandes y bellas alas emplumadas.

~ oOo ~

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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