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Umit POEMARIO DEL SALVADOREÑO LUIS BORJA, por Enrique Viloria Vera

Menuda sorpresa tuve al escuchar los versos leídos por el galardonado poeta, el vigor, la energía, que se desprendía de la lectura emocionada que me conmovió hasta los tuétanos

Y no no callamos la locura ni la muerte. Ni el disparo que quebró los huesos de la tierra de los huesos que nacieron como piedras. Todo comienza, pues, con la ternura entre las manos y con el odio entre los dientes. Todo comienza, mis hermanos, en el sueño de los pájaros y su grito de sangre.

Luis Borja

Mi relación con El Salvador ha sido temprana e indirecta, permítanme una breve remembranza. En mi juventud fui impenitente lector de los versos justicieros de Ernesto Cardenal. Pablo Neruda, César Vallejo, Guillén, Andrés Eloy Blanco y, por supuesto, Roque Dalton. Un poco más mayor conocí, en Caracas, al exiliado dirigente demócrata-cristiano Napoleón Duarte, Napo para los amigos, quien después sería Presidente de la República y daría inicio a las negociaciones de paz con el guerrillero Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional que culminarían con la firma de los Acuerdos de Paz en 1992. En esta difícil y lenta negociación intervinieron dos viejos amigos venezolanos: mi querido tocayo Enrique Ter Horst y Pedro Nikken. Años después, tuve el honor de conocer y compartir mesa y micrófono con ellos, y con el Embajador salvadoreño en Venezuela, Román Mayorga, a raíz de la celebración en la Universidad Metropolitana de un muy concurrido foro sobre los referidos Acuerdos de Paz que, honrosamente, me tocó coordinar.

Así que al enterarme de que el poemario UMIT de Luis Borja obtuvo el Premio Pilar Fernández Labrador convocado por la Diputación de Salamanca, y que el mismo sería presentado en el Encuentro de Poetas Iberoamericanos que eficientemente organiza —por ya más de 20 años— el poeta peruano-salmantino Alfredo Pérez Alencart., no dudé en acercarme al Teatro Liceo.

Menuda sorpresa tuve al escuchar los versos leídos por el galardonado poeta, el vigor, la energía, que se desprendía de la lectura emocionada que me conmovió hasta los tuétanos, como debe ser, ya que Umit, según el poeta:

«En la lengua nahuat pipil que se habla al occidente de El Salvador, la palabra Umit significa “hueso”. Para el Dr. Rafael Lara Martínez, el hombre que me enseñó a hablar con los muertos, dicha palabra puede interpretarse como difrasismo de regeneración vital.»

El poemario viene precedido por un prólogo de antología escrito por la catedrática Carmen Ruiz Barrionuevo, en el que hace —una vez más— gala de su profundo conocimiento de la poesía salvadoreña. Así, señala enjundiosamente:

«A lo largo del siglo XX, El Salvador ha ofrecido numerosos poetas que han destacado en el conjunto centroamericano, des­de Claudia Lars, Hugo Lindo, Roque Dalton, Roberto Armijo, Alfonso Kijadurías, David Escobar Galindo, Claribel Alegría y de un modo más lateral, pero definitivo, por la trascendencia de su pensamiento, Alberto Masferrer. Todos ellos se integran en diferentes líneas poéticas, entre las que despuntan el tono inti­mista y personal, la indagación del entorno, y sobre todo la reflexión acerca del propio país, su historia y su significación en el mundo.»

Además. la prologuista informa:

«Parece claro, que ese mismo tono reivindicativo y crítico se trasmite a muchos de los poetas salvadoreños actuales y, en con­creto, a Luis Borja. Un poema de Roque Dalton, muy recordado, ‘Todos’, incluido en Las historias prohibidas del pulgarcito, con­tiene algunos de los elementos que también encontraremos en UMIT. Pero no se trata de una continuación, ni siquiera puede hablarse de un homenaje por parte de Luis Borja, sino que cier­tos conceptos, esos que surgen en una poesía que “debe hacer pensar”, se revierten también en sus versos. Dice Dalton: “To­dos nacimos medio muertos en 1932 / sobrevivimos, pero medio vivos / cada uno con una cuenta de treinta mil muertos enteros” y añade: “Ser salvadoreño es ser medio muerto / eso que se mue­ve / es la mitad de la vida que nos dejaron”. No será muy difícil observar cómo estos versos contienen en sí mismos algunos de los resortes del libro que comentamos.»

Sin embargo, prontamente aclara y precisa:

«En todo caso, el poema de Borja no blande la política, ni el sectarismo, pretende realizar un canto de amor que, rompien­do la historia selectiva, se una también a la reviviscencia de la memoria, una memoria que debería traer la justicia. Si puede decirse que procede de parecido propósito que el poema citado de Roque Dalton, su poemario es muy distinto. Porque si Dal­ton maneja la poesía conversacional que no excluye la prosa y la apropiación de textos, tan de moda en su época, Borja es fun­damentalmente lírico, se ampara en el canto, en la base míti­ca indígena y el poderío de las imágenes. No en vano admira a Vicente Aleixandre y a ese poeta radical, feroz a veces, que es Leopoldo María Panero.»

En nuestro caso señaláremos, de entrada, que el poemario es un inmenso camposanto perturbador, un cementerio de la ignominia, una necrópolis de humildes tumbas —sin mausoleos o monumentos mortuorios, sin ofrendas de flores— que contiene un osario variopinto, donde reposan —sin olvido— los esqueletos enteros o fragmentados, los dispersos miembros, las disimiles calaveras, de unos inocentes anónimos sin apellidos de abolengo; poeta dixit:  es el vejestorio de huesos que guarda un delirio de sangre.

En fin, de nuevo en palabras de Ruiz Barrionuevo:

«La violencia y la muerte se conjugan en los versos de muchos poetas salvadoreños que, en efecto, estimulan con su fuerza y se perciben desencadenados por esa urgencia que en su país produjo la necesidad de revisar los sangrientos sucesos de 1932, lleva­dos a cabo durante el periodo que se denomina el ‘martinato’, la dictadura cívico militar del general Maximiliano Hernández Martínez (1931-1944). Unos hechos que alcanzaron el nivel de un genocidio cultural, ya que se produjo el exterminio físico de un grupo étnico. Es la represión indígena que fue descrita como matanza del 32, masacre del 32, o etnocidio del 32.»

Borja, dolido y memorioso, versifica;

Ellos aparecieron disparando contra toda la carne

—Y allá cayó mi padre—

Ellos aparecieron reprimiendo la sangre

Disparando al tumulto de las manos

Nosotros nos defendíamos con el filo de los huesos

Desplegamos toda la sangre sobre el paisaje

Ellos empezaron a dibujar el camino de la pólvora

—Allá cayó mi hermano—

Y así empezaron a desfilar los muertos en el ruido de la bala

Y así todos fuimos comprendiendo la muerte

Junto al disparo de sus manos todo se fue desmoronando

—cayó mi madre—

Y se derribaron todas las tormentas de la sangre

Jamás supimos de dónde venía la bala

Jamás comprendimos la inmensidad del ahogo

Sólo caíamos

En nuestro breve análisis, pondremos el énfasis en dos temas que nos parecen relevantes en los versos de Borja, quien forja sangre y muerte en una poética fragua de incomprensible e inhumana represión:

Empiezan a cruzar los pájaros y en su pico llevan el presagio de la sangre. / Empieza pues, la sonata de la sangre y de la muerte.

El salvadoreño, sin remilgos, escribe:

Yo, recuerdo los nombres de la tierra: padre y madre atados desde los huesos

recuerdo esta tierra desolada en la que se despeñan los nombres de la sangre

los nombres de la carne que la nutren

Esta tierra que habito con la angustia de un niño perdido

desde ella hablo

con toda la voz habitada de sangre…

Igualmente se lamenta:

Yo retomé la sangre en mis manos para delinear el mapa de mi tierra.

Compuse con todos mis huesos la memoria de un país desdibujado

Sólo supe empuñar la cólera para lanzarme a la muerte

¡Chiflún! Sonaban el filo contra el filo de mi hueso

Y sólo veía caer los cuerpos como poquitos de piedra

Y yo corría como queriendo empuñar el aire

Y ¡chiflún! sonaban los planazos que partían la carne

Y sólo veía correr los riyitos de sangre adornando con figuras las calles

Yo retomaba la sangre de mis muertos para empaparme de memoria

Para no olvidarme dónde esquihabían caído

Pero pronto, señor, yo era un puño de sangre que corría entre los pedregales

Y supe que los muertos estaban por todos los lados.

Con un solidario y lloroso sentido pésame, concluyo a dúo con ese joven poeta salvadoreño, a quien leo, descubro y registro en mis anales de la mejor poesía de nuestra Patria Grande:

En mi canto va el grito y el tiempo

La historia de mis muertos furtivos

Juntitos todos, hueso a hueso, para darse calor

para no olvidar las palpitaciones de los años.

Por eso mi voz deletrea la historia de mi sangre

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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