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Tres observaciones LA PROLONGACIÓN DE LA DICTADURA EN VENEZUELA, por Jorge Lazo Cividanes

No + dictadura 3
Salvo intervención extranjera, el proceso de transición depende entonces de la fractura que se produzca al interior de ese triángulo de poder.

1. No hay transición sin fractura en el bloque de poder.

Un régimen político es la expresión de una determinada estructura de poder. Que, a su vez, emana de un proceso de lucha por el control y distribución de recursos, materiales y simbólicos (1). Comporta, además, una dualidad inherente a toda forma de poder: la coexistencia simultánea de un elemento de continuidad y uno de cambio (2). El poder es relacional, no se posee, se ejerce sobre las acciones de otros (3). La dictadura, como estructura de poder, típicamente resiste la voluntad de la mayoría e inhibe transitoriamente, mediante procesos arbitrarios y fraudulentos, el cambio. Para comprender sus mecanismos de sustentación se necesita examinar las interacciones institucionales al interior del Estado. Particularmente, entre aquellas instituciones que ejercen mayor poder y que, por lo tanto, condicionan la orientación que sigue el proceso político.

Dada la naturaleza esencialmente represiva de toda dictadura, las instituciones del Estado con mayor capacidad coercitiva constituyen, desde luego, las más influyentes en el proceso de cambio o continuidad. Ellas conforman lo que Hazem Kandil llama “el triángulo de poder”: el gobierno, las fuerzas armadas y los cuerpos de seguridad del Estado (4). Aunque tradicionalmente sus intereses se solapan (un factor fundamental para el mantenimiento de la unidad de la coalición autoritaria), también rivalizan permanentemente entre sí. Buscan imponer sus prioridades y, cuando las discrepancias aumentan, se crean fisuras y escisiones. Desde una perspectiva histórica se puede apreciar con facilidad que todos los regímenes políticos son volátiles. Incluyendo, naturalmente, los autoritarios.

Salvo intervención extranjera, el proceso de transición depende entonces de la fractura que se produzca al interior de ese triángulo de poder. Para ello se requiere minar la unidad de la dictadura. Atacar la ideología oficial y exacerbar sus contradicciones. Instigar las divisiones internas. Sobre todo entre los miembros de la cúpula ideológicamente más distantes de la línea que sigue el régimen. Hay que atraer al bando opositor segmentos de la élite con suficientes recursos para desestabilizar y ponen fin a la dictadura. Aunque solo los motive la ambición. “When the risks are large, so too must be the prospective compensation. Otherwise, who would take the risk?” (5).

Nuestra incapacidad para garantizar un espacio en la transición a potenciales desertores de la cúpula autoritaria refuerza la unidad de la coalición en el poder. Los dictadores están conscientes. Por eso suelen seleccionar colaboradores que presentan un fuerte rechazo entre los grupos opositores y tienen, por tanto, un incentivo adicional para mantenerse leales. Si queremos propiciar el cambio o, al menos, influirlo, se requiere también organizar y movilizar a la ciudadanía. Combatir el sentimiento generalizado de indefensión y desesperanza, la mayor fuente de obediencia y conformidad (6). Las actitudes dogmáticas o moralistas no contribuyen. Tampoco la falta de audacia o la excesiva prudencia. Todo cambio representa un riesgo y una oportunidad. Una vez iniciado, nadie sabe con certeza como termina. No obstante, frente a una dictadura, el peor escenario es la estabilidad.

2. Algunas instituciones democráticas son instrumentales al mantenimiento del régimen autoritario.

La motivación principal del dictador es mantener el poder y aumentar su patrimonio. Pero no puede hacerlo solo. Ningún dictador es capaz de sostenerse sin ayuda de colaboradores, ni siquiera el más opresivo (7). Todos dependen de cómplices leales que, en lugar de fomentar su caída, invierten en la preservación de las instituciones autoritarias. No obstante, esto comporta un dilema. Sin un compromiso creíble que garantice un reparto del poder entre el dictador y los miembros de su coalición nada impide que el primero ignore los intereses de los segundos o estos conspiren contra aquel. Lo que mitiga este dilema es, paradójicamente, la existencia de instituciones asociadas a la democracia: partidos, elecciones y asambleas legislativas (8).

Los dictadores permiten instituciones que limitan su poder porque éstas hacen creíble el compromiso entre las partes (9). Por ejemplo, delegando en el partido la atribución de puestos en la estructura del Estado, el dictador reafirma su compromiso de compartir el poder a largo plazo. Y así minimiza los riesgos de fractura en el seno de su coalición. La existencia de elecciones multipartidistas empodera al partido oficial frente al dictador (amenaza de división) y se convierte en un instrumento pacífico y asequible para, eventualmente, desafiarlo. Incluso en regímenes de partido único las elecciones periódicas garantizan la promoción constante de miembros del partido a posiciones de poder (10).

De igual modo, estas instituciones democráticas brindan al dictador la oportunidad de cooptar opositores. Mediante concesiones políticas menores (“espacios”), neutraliza parte de sus adversarios, al tiempo que aísla y reprime selectivamente a otros. Estas prácticas, sumadas a las habituales divisiones en el campo opositor, evitan la necesidad de mayores restricciones a derechos civiles de la población y permiten un nivel menor de represión general. Un factor siempre riesgoso (escalada), con potenciales efectos negativos inmediatos en la legitimidad e inestabilidad del régimen. En suma: la existencia de estas instituciones no hace más democrático al régimen (11). Y para la oposición, esto tiene importantes implicaciones y, tal vez, conlleve una advertencia: jugar a la democracia con las reglas de la dictadura no solo puede ser inútil, sino contraproducente. Por tanto, estas instituciones democráticas carecen de valor estratégico para la oposición, salvo que puedan ser utilizadas para fracturar el bloque de poder.

3. Las crisis económicas son oportunidades de cambio, pero el tipo de régimen autoritario y las acciones de quienes se oponen cuentan.

Un apunte final sobre la naturaleza del régimen autoritario. La cohesión interna del partido oficial no depende necesariamente de los resultados de las políticas económicas implementadas por el régimen. En general, las dictaduras pueden sobrevivir un contexto de crisis siempre que los beneficios a los sectores que la sostienen no se vean mermados o desaparezcan o, por negligencia y mal cálculo, sean mal distribuidos (12). Los regímenes autoritarios nacidos de revoluciones sociales clásicas (México, Rusia, China, Cuba) o de procesos radicales de liberación nacional (Angola, Vietnam, Zimbabwe) han sido capaces de soportar contextos económicos muy adversos. Sin embargo, regímenes “revolucionarios” que no presentan el mismo nivel de transformaciones radicales en la estructura social o donde los cambios se llevan a cabo mediante instituciones del Estado preexistentes (Perón, Velasco Alvarado e, incluso, Chávez) no poseen la misma capacidad de resiliencia. Suelen ser menos sólidos y duraderos (13).

Los regímenes revolucionarios clásicos se caracterizan por: a) una estructura de poder creada tras la destrucción total de los centros independientes de poder precedentes, b) partidos oficiales altamente cohesionados, c) fuerte control sobre las fuerzas de seguridad y d) un poderoso aparato represivo (14). Además, exhiben una notable cohesión interna producto de identidades, normas y estructuras organizativas forjadas durante conflictos violentos, sostenidos y motivados ideológicamente. Todo ello resultado de un proceso histórico que, en parte, se impone a los agentes políticos y, por tanto, no es simplemente el producto de una decisión, plan o estrategia (15). Es decir, no es “reproducible”. Por el contrario, cuando el régimen autoritario se sostiene sobre una base clientelar, el fracaso económico y los tiempos de crisis pueden debilitarlo significativamente y favorecer su caída. Particularmente, si la oposición es percibida como una alternativa real de poder, hay alta polarización y se producen signos manifiestos de masiva desafección hacia el régimen (16). No obstante, regímenes autoritarios débiles pueden sobrevivir por años a causa, entre otras cosas, de la impericia de sus adversarios. Por sí mismas, las dictaduras, aunque estén débiles, no caen.

Notas:

(1) Bourdieu, Pierre (2002) “Science, politique et sciences sociales”. Actes de la recherche en sciences sociales. Vol. 141-142, pp. 9-12.

(2) Bourdieu, Pierre and Wacquant, Loic (1992) An Invitation to Reflexive Sociology. Chicago: University of Chicago Press, p. 17. Véase también: Bourdieu, Pierre, 1930-2002. (1996). The State Nobility : Elite Schools in the Field of Power. Stanford: Stanford University Press, p. 264. Bourdieu, Pierre (2011) “Champ du pouvoir et division du travail de domination. Texte manuscrit inédit ayant servi de support de cours au Collège de France, 1985-1986”. Actes de la recherche en sciences sociales, No. 190, p. 128.

(3) Foucault, Michel (1994) Dits et Ecris 1954-1988 IV. Paris: Gallimard. p. 236.

(4) Kandil, Hazem. (2016) The Power Triangle. Military, Security, and Politics in Regime Change. NY: Oxford University Press.

(5) Bueno de Mesquita, Bruce; Smith, Alastair; Silverson, Randolph; Morrow, James. (2003) The Logic of Political Survival. Cambridge: MIT Press, p. 22.

(6) Moghaddam, Fathali (2013). The Psychology of Dictatorship. Washington D.C.: American Psychological Association, p. 200.

(7) Bueno de Mezquita et al, p. 28.

(8) Magaloni, Beatriz (2008) “Credible Power-Sharing and the Longevity of Authoritarian Rule”. Comparative Political StudiesVol.41(4-5), pp.715-741.

(9) Boix, Carles ; Svolik, Milan W. (2013) “The Foundations of Limited Authoritarian Government: Institutions, Commitment, and Power-Sharing in Dictatorships”. The Journal of PoliticsVol.75 (2), pp.300-316.

(10) Magaloni, p. 24-25.

(11) Frantz, Erica & Kendall-Taylor, Andrea (2014). “A Dictator’s Toolkit”. Journal of Peace ResearchVol.51 (3), pp.332-346.

(12) Bueno de Mezquita et al, p. 19.

(13) Levitsky, Steven & Way, Lucan (2013) “The Durability of Revolutionary Regimes”. Journal of DemocracyVol.24(3), pp.5-17.

(14) Levitsky & Way, p. 7.

(15) Levitsky, Steven & Way, Lucan (2012) “Beyond Patronage: Violent Struggle, Ruling Party Cohesion, and Authoritarian Durability”. Perspectives on PoliticsVol.10(4), pp.869-889.

(16) Magaloni, p. 15.

Publicado originalmente en https://jorgelazocividanes.wordpress.com

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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