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Tremendo peo DISQUISICIONES SOBRE EL USO DEL IDIOMA CASTELLLANO, por Antonio Llerandi

Me enteré hace poco, debido a mi curiosidad científica, que nuestras queridas y consumidas vacas son las culpables de la emisión entre 5% y 10% del total de los gases de metano del mundo, que tienen un efecto dañino para la atmósfera que aun respiramos.

El título de este artículo es una expresión muy arraigada en mi querida y ausente Venezuela y tiene la connotación de que alguien está metido en un problemón, o como decimos también, en un ‘berenjenal’.

Podría ser algo significativo y expresivo, por ejemplo, ante la situación de la oposición al régimen del país, o a título individual si algún cónyuge es descubierto in fraganti en acciones paralelas o fuera del lecho conyugal por su correspondiente consorte, o situaciones extremas por el estilo. El político, el marido o la esposa podrían estar metidos en tremendo peo.

Pero en este caso no se refiere a casos tan puntuales, tiene que ver con algo más universal. Me enteré hace poco, debido a mi curiosidad científica, que nuestras queridas y consumidas vacas son las culpables de la emisión entre 5% y 10% del total de los gases de metano del mundo, que tienen un efecto dañino para la atmósfera que aun respiramos. Aunque nuestros queridos bovinos sólo comen hierbitas como cualquier vegano actual, sin embargo, sus ventosidades, que en buena parte de los sitios hispanohablantes llamamos peos, son precisamente el elemento contaminante, de ahí que estamos metidos en tremendo peo.

El volumen es gigantesco y si nos atenemos a estadísticas que podríamos considerar acertadas, en nuestro sobreviviente planeta existen 1.500 millones de las llamadas cabezas de ganado, o 6.000 millones de patas de ganado, si nos da por contarlas por sus extremidades y no por sus cabezas. Y ahí vamos con otra expresión criolla bastante descriptiva: ‘un pocotón’. Debo aclarar que a pesar de ser un derivado de la palabra poco, que desde luego significa poco, ‘pocotón’ es todo lo contrario, es mucho, muchote pues.

Siguiendo con nuestra expresividad criolla en algún momento de nuestra historia política se habló de las ‘vacas sagradas’ refiriéndose a grupos privilegiados en el ejercicio del poder que siempre los ha habido… o mal habido sería lo más correcto. Si nos atenemos a su origen todo hace pensar que el asunto se tramonta a la India, lugar donde precisamente las vacas son sagradas, pues pastan y pastan y pean y pean y nadie se las engulle.

Analicemos el asunto. Todo hace pensar que cada vez hay más vacas, no sólo en la India donde no se las mastican, sino que además, siguiendo una tendencia cada vez más universal del veganismo, en otras partes tampoco se las están jamando, otra expresión venezolana equivalente a comérselas. Lo cual incrementa el problema en la ecuación: más vacas, más peos. No me queda claro si las susodichas ventosidades de los veganos también produzcan un efecto similar, pero confío que la contextura de los estómagos de los rumiantes: libro, panza, bonete y cuajar, sea el origen de esos peos. Pero qué pasa si con el tiempo el aparato digestivo de los veganos comienza a mutar y convertirse, producto del consumo exclusivo de hierbitas, en algo equivalente al de las vacas. He aquí una futura investigación genética de la transformación en función del uso.

Para completar el panorama preocupante, averiguo que el sector agrícola también es responsable de otro 25% de la emisión de gases dañinos. Disyuntivas que se nos presentan: nos comemos rapidito a todas las vacas para que no sigan peándose, o inventamos un Festal para vacas que alivien el problema. Aja! Y qué hacemos con los veganos. No los podemos eliminar y cada vez son más. Los convencemos de volver al pollito y el pescadito y uno que otro huevito frito o por otro lado el incremento agrícola seguirá. Estamos metidos en tremendo peo.

Aterrado ya con este problema, aunque a decir verdad el asunto como que le va a tocar a los nietos, me encuentro con otra aterradora e inesperada noticia para mí. En la ciudad de Hattingen, de 50.000 habitantes, en la zona de Renania del Norte en Alemania, fue necesaria la intervención urgente de los bomberos y la policía, pues en un Club Swinger con capacidad para 160 personas, se encontraban 350 (más del doble permitido) en plena actividad swing, que si nos atenemos a la definición del dictionary: “to move rhytmically back and forth”, produjeron en el local un considerable exceso de monóxido de carbono que puso esas vidas en peligro.

Esas almas descarriadas —según diría un religioso— con su ancestral swing estaban produciendo un veneno mortal. Siguiendo en la onda pecadora estaban, con su desorbitada manera de enfrentarse a los placeres de la carne, convirtiendo el aire en su propia destrucción.

Díganme si no estamos metidos en tremendo peo con los problemas de la carne, a la intemperie y bajo techo también.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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