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Tiempo y verdugo EL AHORA EN TOTALITARISMO, por Edilio Peña

Esperar reloj
El pensamiento maligno es un proyectil que penetra con deliberada saña, inesperadamente, la mente del ahora.

Especial para Ideas de Babel. Toda espera activa un nivel de expectativa tolerable o insufrible, el cumplimiento de un deseo, feliz o fatal que se añora con santidad o criminalidad.

Pero cuando la espera se transforma en infinita, cunde la desesperación y la locura hace próxima su cercana presencia. Toca la puerta que nadie se había atrevido a tocar. Es como la larga carretera que transitamos, y que de tanto andar nos convertimos en el espejismo que se derrite a la distancia. Lo lamentable es que nadie nos distingue, nadie atina a ver ese acto de salida por el que todos hemos apostado: el acto comicial de votar; para salir de una dictadura y comenzar una verdadera democracia que no se parezca jamás a la de la nostalgia que miente. Aunque el deseo de ejecutar al verdugo es nuestra mayor fantasía, porque este ha dejado de ser humano y no merece nuestra piedad o nuestro posterior arrepentimiento que es improbable que ocurra. No puede haber culpa nuestra cuando alguien ha matado a nuestro padre, a nuestro hermano, a nuestro hijo más pequeño, que se pudren en la morgue, y a quienes se les niega la autopsia porque puede revelar al asesino y la orden del plan de la cadena de mando que ordenó por ley de decreto de estado, fusilarlo, en la larga y ancha autopista de la ciudad que se ha convertido en un infierno.

El misticismo mismo desea vencer la larga espera del desierto —su lluvia de arena que desgarra la carne y perfora los ojos— con la meditación o el rezo de la oración o un mantra, con una existencia recogida en sí misma y que sólo transita en el ahora porque busca conjurar el pasado y el futuro que nos lacera y atormenta con la pérdida más querida y el dolor hondo que la venganza no podrá reparar, como la justicia, mientras vivamos. La existencia del ser vivo transita en el presente. Lo ama tanto que no quiere que nadie se lo arrebate.

La política no redime a quienes le han arrancado el corazón, apenas los consuela con los actos de una civilidad que después vuelve a correr el riesgo de extraviarse y corromperse. Es un como un estigma cíclico o como parte del malestar de la cultura que todavía no logra ser expurgado ni conjurado. Somos una especie rara, mucho más que la que consideran los zoólogos. Sin embargo, el ahora ha sido asaltado también, dejando en la indefensión el sosiego místico que han intentado preservar quienes lo cultivan.

El pensamiento maligno es un proyectil que penetra con deliberada saña, inesperadamente, la mente del ahora. Quizá ese ha sido uno de los secuestros más terribles de la espiritualidad del hombre por parte de las dictaduras totalitarias. Roban al ser humano el sentido más puro de su vida. El instante glorioso de su plenitud. La esencia del lugar que lo habita es cuando verdaderamente lo pierde todo. Yo era el que fui. En ese encierro del hastío y del insomnio, donde el ser olvida mirar el cielo y sentir el corazón más cercano de su semejante. Ese solitario de la multitud que busca dormir profundamente en el desamparo, porque le da miedo soñar bajo techo. Porque sabe que en los bosques del sueño, también acecha la pantera de la pesadilla, la hija predilecta del huracán mental.

Un ser humano sin sentido llega a estar perdido hasta de su propia e íntima soledad; no sabe cómo llevar consigo esa alma desnuda y rota que arrastra como un fardo. Todo lo contrario es cuando no hay nada que esperar, sobre todo cuando la felicidad ha desaparecido como posibilidad y la desdicha se ha hecho costumbre y envilece la cotidianidad, convirtiéndose en impotencia, indiferencia, tristeza u odio. Por eso buscamos el refugio de escribir un poema, cantar un canción, u oír un nocturno de Chopin. La razón se apoya en cálculos de probabilidades matemáticas, siendo estas el sustantivo de toda expectativa para alcanzar un objetivo individual o colectivo. Allí anida el encanto o el desencanto, aunque ambos puedan ser inesperados como la muerte o el amor.

Pero si los cálculos se prolongan en el tiempo y vencen la fe, que siempre es obstinada, al no poder convertirse en hechos definitivamente concretos que liberen los deseos de volar tan alto como un pájaro, las sublimes emociones de las personas pueden desaparecer o sucumbir en la desesperanza que lleva a la depresión profunda que devasta la psiquis y degrada el cuerpo, unas veces con el hambre, la falta de socorro médico o la tortura, o el olvido que devora a la memoria en una tumba de un calabozo o en un cuarto mugriento y aislado de un hospital. Porque toda espera excesiva está acicateada por la ilusión del ideal que el sueño humano le ha pautado. Que llegue pronto el paraíso y no el horror.

Hay hechos excepcionales que anulan toda comprensión lógica que fragua la perversión del absurdo inducido por las dictaduras totalitarias. En la oscuridad del hospital universitario de la ciudad de Mérida, en el piso 9, está un joven de veintiséis años, Jhonatan Rivas: dos balas disparadas a su cabeza por las fuerzas represoras de la dictadura delincuencial que se ha apoderado de Venezuela, postrado en un camastro en estado vegetativo. La mórbida crueldad no termina ahí. Está aislado con pocos familiares que han vendido todo lo poco tienen para comprar tres ampollas que debe suministrársele todos los días, en el intento por salvarlo, aunque está postrado como un muerto. Pocos lo pueden visitar, pocos lo pueden mirar, pocos lo pueden tocar, pocos le pueden hablar, aunque él no los oiga. Está prohibido. Quizás sus familiares se aferran a la idea de conformarse con saber que sólo respira, entregándose ellos a ese silente y profundo respiro hasta consumir sus vidas junto con la de Jhonatan.

El misterio cunde porque no sabemos si a pesar de que ha perdido masa encefálica y pudo ser extraída una de las balas, ese ser humano está testificando, desde un umbral de conciencia iluminada, la tragedia en que se halla sembrada la patria que se dispuso a liberar.

edilio2@yahoo.com

@edilio_p

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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