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Taurus EL MAL Y EL BIEN, por José Ramón Otero Roko

Taurus
Ese es el Lenin de Aleksandr Sokurov.

Sinopsis: Segunda película de la trilogía dedicada al crepúsculo de los grandes líderes mundiales del siglo XX. Después de abordar la figura de Hitler en Moloch (1999), el cineasta ruso se concentra en los últimos días de Vladimir Ilich Ulianov, Lenin. Confinado en una casa expropiada por el Estado, convaleciente y preocupado por el desmedido afán de poder de Stalin, el líder bolchevique se lamenta por la situación de la Unión Soviética y reivindica la necesidad de extender la revolución del proletariado a otros países. Nacido bajo el signo de Tauro, por lo común vinculado con la fuerza, el magnetismo y el poder de la voz, Lenin se presenta ante el umbral de la muerte con la faceta trágica del toro, el poderoso animal destinado al sacrificio.

Análisis de José Ramón Otero Roko. Una serie de imágenes permanecen fijas en la memoria de los rusos y en la de quienes aprendieron la historia conscientes de la pedagogía que afirmaba que el futuro sólo podía traernos el progreso. En una de ellas encontramos a Vladímir Illich Lenin arengando al pueblo desde un atril en un mitin. En otra, al Lenin que paseaba en coche descubierto aclamado en las calles de Moscú. Un poco más adelante la severidad y la serenidad del Lenin embalsamado que aún hoy reposa en el mausoleo junto al Kremlin. En Taurus (2000) Sokurov trabaja en esos iconos de la cultura popular rusa para destruirlos, para mostrarnos un viejo, decrépito, débil, enfermo, en una dacha de Gorki húmeda, mundana, obsesiva, residente en un cuarto cuya puerta está, más baja, a la medida de los que tienen que inclinarse para cruzarla. Lenin tiene una bala alojada en la espalda, muy cerca de la espina dorsal. Lenin va a ser asesinado por Stalin, como afirmó Trotsky. Lenin tiene una demencia fruto de la sífilis. Lenin tiene la afección del poder cuando decae, su tiranía resalta cuanto más en el momento en que no es respetada por su círculo más íntimo y se convierte en un paciente lastimoso que es ignorado por los que le cargan sobre sus hombros.

El Lenin de Sokurov es un inválido al que le sacan los mocos mientras apunta con el dedo a los pájaros. Un hombre que ha olvidado qué hacía allí y sólo recuerda que sus palabras antes tenían otro efecto en los que le rodeaban. El espectro de una idea que vemos a través del líquido verde de una probeta, o de una lente en un microscopio. El desenlace prematuro de una revolución ante la que sólo se inclinan los árboles caídos que hay que apartar del camino.

Ese es el Lenin de Aleksandr Sokurov.

Sokurov es un moralista clásico. Una cualidad necesaria para que el esteta resista el paso del tiempo y perdure. Al fin y al cabo los valores ‘eternos’ ya han durado el suficiente tiempo como para ser inmortales, todo lo inmortales que pueden ser hoy las obras pictóricas restauradas una y otra vez hasta borrar completamente el original, o el celuloide, convertido en bytes, asegurándose la réplica eterna sólo mientras exista público.

El moralista entonces puede caminar de puntillas por la historia del Palacio de Invierno, como en El arca rusa, convertir los ritos de los tiranos por la gracia de dios en belleza, pedirnos silencio mil veces, maravillarnos con la precisión de su dibujo, y en otro asalto, condenar a un Lenin ya moribundo en una tetralogía, que para más escarnio, completan Adolfo Hitler, el emperador japonés Hirohito y, presumiblemente, el tirano Vladimir Putin. Debe de ser muy difícil ser artista en la Rusia que legaron Gorbachov y Yeltsin, sin referentes morales reales, añorando un pasado imperial con la candidez del niño que rezaba en secreto durante el comunismo, alegando en su defensa la falacia romana de que siempre lo que viene después de, ha sido causado por.

Y, sin embargo, Sokurov es uno de los más grandes artistas del cine de nuestro tiempo, quizás porque construye todo su arte en el territorio de la subjetividad del sueño, de la imaginación parcial y autista del sonámbulo. Poco importa que se refugie en una nueva fábula, como en Faust (2011), nos embriaga. Nos embelesa y nos embriaga. Porque es incapaz de defender cinematográficamente la misma moral que propaga, porque su cámara se encuentra, ante todo, partidaria de la turbación de los sentidos, de la ebriedad de la dolencia, del trastorno de la tentación. En ningún otro narrador somos tan conscientes de que el relato está regido por la voluntad de su creador. De que el aliento del pecado de Fausto, del padecimiento de Lenin, proviene no de sí mismos, al fin y al cabo figuras metafóricas que el espíritu utiliza para constituir sus contrarios, sino de ese director ruso que concibe la imagen a semejanza de lo que percibe un ánima con los cinco sentidos. El tacto nunca termina de tocar, insinúa que acaricia, se promueve como un gesto en un espacio aparte. El gusto no paladea, contiene. El olfato no huele, respira el olor de los otros. La vista ve, pero con los párpados cerrados, produciendo las imágenes, no recepcionándolas. El oído escucha, lo escucha todo y lo hace simultáneo, no del todo inteligible, dando la impresión de que todo lo dicho es insignificante y a la vez permanente, no en el tiempo, sino en el volumen de esa estancia.

Perdonamos entonces lo mal que habla de un hombre malo en Taurus. Todos los poderosos son malos, el poder corrompe y en este modelo de sociedad corrompe completamente. Se olvidan los puntos de partida, las ideas que se reflejan en el horizonte, la forma en que los actos una vez soñados se transformaban en hechos coherentes. Todos los que toman decisiones que afectan la vida de otros sin su concurso o su consentimiento son malos. Todos los que disponen sobre la vida de los demás, los que tienen el poder de que permanezca, o de que se destruya, son malos. La maldad es una moneda corriente que tiene el don de ser la distancia más corta entre dos puntos, es simple, es sencilla, casi todo el mundo la acepta, la desea, íntimamente la comprende. Y en los poderosos la maldad es visión de Estado, es esa mentira mil veces repetida del difícil arte de gobernar, porque gobernar para un hombre no es difícil, es imposible, y el único gobierno que merece tal nombre es en el que los seres humanos se gobiernan a sí mismos.

Fausto pacta con el diablo. Pero quién es el diablo para pactar con él sino esa totalidad sensorial de su cine. ¿Cómo no entregarse al mal si todo lo que les circunda les turba, de un modo u otro les contacta, les desorienta, les convierte en una versión tras otra de sí mismos? En el cine de Sokurov los personajes tienen el alma rota en pedazos que son recogidos por los que les rodean, esos otros que mascullan mientras toman una pieza del puzzle de la esencia humana y la miran y la tiran para que otro la recoja. Ese espíritu está en los carraspeos, en el ruido que hacen con los objetos, en la configuración de la luz en sus escenarios, en la forma en que miran más allá del cuadro rozando con los ojos a quienes tienen al lado. La maldad, al contrario de en la vida real, donde sólo está al servicio de sí misma, se pone en Sokurov al servicio de dos cosas: la belleza y el bien moral. Un bien moral cobardemente escondido en la moral clásica, la religión, la tradición y la jerarquía de una sangre sobre las otras. Si Nicolás II mataba le asistía un derecho, colgar un cuadro en el Palacio del Hermitage, si Lenin mataba era un usurpador de la muerte, un hombre que por tener ideales tenía la obligación de ser débil y era doblemente culpable al traicionarlos.

Después de ganar el León de Oro del Festival de Venecia de 2011 por Faust, Sokurov hizo dos declaraciones sobre la relación del Fausto de Goethe con la política y el pensamiento. Dijo que “todo lo que necesitan los políticos está ahí”. Después que se debía tomar nota ya que se trataba “de una obra que abrió el alma humana a escritores y pensadores”. Sokurov no piensa cuando habla de ‘políticos’ en los auténticos políticos, los ciudadanos que están movilizados en contra de los poderes económicos y gubernamentales en todo el mundo, sino en gente como Vladimir Putin a quien solicitó apoyo en una entrevista en su dacha de las afueras de Moscú, y que liberó once millones de dólares de una de las instituciones fantasma que controla —el fondo para el desarrollo de los medios masivos de comunicación— para financiar la película. Es curioso como una tetralogía sobre El Poder con mayúsculas termina siendo respaldada por el mayor gángster de la historia moderna de Rusia, Vladimir Putin, y puesta al servicio, en el orden filosófico, de la clase parasitaria que controla las democracias burguesas en Eurasia. El arte puede ser a veces la tapa de una cloaca, lo cual no niega su valor artístico pero sí nos hace repensar su valor moral.

Este clásico de Aleksandr Sokurov se presenta el 2 de diciembre en los Sábados Selectos del Cinecelarg3, A la 2:30 pm. Entrada libre.

TAURUS (Telets). Rusia, 2001, 104 minutos. Dirección: Aleksandr Sokurov. Guion: Youri Arabov. Fotografía: Aleksandr Sokurov. Música: Andrey Sigle. Reparto: Leonid Mozgovoi,  Mariya Kuznetsova,  Serguei Razhouk,  Natalia Nikoulenko, Lev Yeliseyev,  Nikolaï Oustinov. Productora: Lenfilm.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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