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Stalin Gamarra LA MONTAÑA DE LOS MUERTOS, por Edilio Peña.

Guerrillas venezolanas en los sesenta
El grupo de guerrilleros que se mueve entre las selvas de Barinas y la dura piedra de Trujillo, va descubriendo que su épica de hacer la revolución no tiene sentido.

Especial para Ideas de Babel. Los temas trágicos y dolorosos parecen ser los mismos a la hora de escarbar en las historias colectivas o personales, para convertirlos de reales a expresiones de la ficción narrativa. Son variaciones que han de repetirse sin cesar con otros nombres o seudónimos, desde una naciente desconocida que aviva el fuego del misterio; bien de una  persona o de un personaje. A veces puede ser un disparo que hace estallar los oídos o un rayo de luz que quema las pupilas cuando la tragedia se apodera y ahoga los latidos del corazón. Las guerras no han podido conjurarse y desterrarse en la larga historia de las conflagraciones, a pesar de las capitulaciones, armisticios y  acuerdos de paz. Las dictaduras que gustan propiciarlas, tampoco. Los temas trágicos transitan en el tiempo como un reptil o un felino, trituran y engullen generaciones, el destino vulnerable de un individuo, la inocencia del niño que ignora los ardides de la conciencia amaestrada en la enajenación de una lógica justificada por cualquier ideología. Nadie ha podido quebrarle la cerviz al arquetipo de los hechos trágicos, deliberados y conscientes. Mucho menos, los determinados por una ciega pulsión inconsciente. Ni siquiera Carl Gustav Jung, quien creyó encontrar en la personalidad arrolladora del Führer, ante las masas que lo glorificaban con la fuerza de la voluntad, el testimonio más palpable y luminoso de su hallazgo clínico: el inconsciente colectivo. Una evidencia patética  de que los psiquiatras equivocan sus diagnósticos o se vuelven locos.

Los espacios donde han de representarse los temas trágicos pueden ser distintos, pero el tiempo de la condena es la misma cuando el victimario ejecuta a la víctima. Jesucristo sigue siendo crucificado en el cuerpo de sus hijos, siglo tras siglo. Los temas trágicos siguen asaltando lo colectivo e individual. Algunos alcanzan a ser épicas, otros escaramuzas o absurdos convertidos en pesadillas. Sin embargo, pareciera que la promesa de vencer o dominar los temas trágicos, terminan por desvanecer la esperanza, pero sobre todo, las expectativas de un pueblo o una persona. Así ocurre con esos despeñaderos que son las utopías y las revoluciones. Quizá porque existe un abismo entre el cauce  de los ríos de la razón, y aquellos profundos ríos por donde transitan las emociones, aunque el delta donde  desemboquen ambos  pueda ser  el abismo o la inmensidad.

Las guerrillas fueron una de esas formas o la guillotina que decapitó a la adolescencia venezolana en aquel entonces de los años sesenta del siglo veinte. Una juventud dormida o dopada por el catecismo ideológico, que se entregó sin saberlo y aun sabiéndolo, al guion de un genio del mal: Fidel Castro. Ese que siempre supo cuál era su objetivo: apoderarse de la riqueza venezolana. Parte de esa juventud que soñó asaltar el cielo, procreó para el futuro asaltantes de bancos y ladrones del erario público. Desde entonces, se han escrito muchos testimonios de esa herida que se le infligió a Venezuela y que desde hace dieciocho años ha comenzado a supurar con el horror. Pero nunca se había escrito una novela que restañara las heridas del pasado, para que no se repitiera lo que inevitablemente, se repite y peor ahora que no es desde el poder de una ideología, sino a través de los oscuros intereses de una banda de hampones y narcotraficantes que se apoderaron del Estado y la República. Esa novela que constituye un hallazgo de la ficción narrativa en un país que dejó de leer, se llama La montaña de los muertos, y pertenece su magnífica escritura a Stalin Gamarra, quien vive en las altas montañas de los Andes. Gamarra no sólo es narrador, a su vez cultiva la poesía, el ensayo y la pintura, esta última con asombroso  y original cromatismo que deslumbra.

La Montaña de los Muertos es una novela que está narrada desde la economía del lenguaje. No hay excesos, porque ninguna palabra sobra o hace falta. Es una particularidad, una sorprendente virtud, más al saber que la novela como género, corre el riesgo natural de la tentación frondosa y exuberante. Esta tendencia de agotar el universo de la historia  que explora. En cambio, en esta novela la estructura de la composición novelística tradicional, es invertida. Así cada capítulo es la punta de un iceberg, donde la masa profunda de los acontecimientos comprime, para que sean unos pocos los que  emerjan y naden en la superficie expositiva de cada párrafo, de cada línea. Eso le otorga a la novela una resonancia plástica de exquisitas imágenes y melodías que resuenan en su incesante fluir y representación que convoca a la imaginación del lector. Aquellos detalles que dan testimonio de que hay una causa profunda que el misterio tiene secuestrada. Es decir, lo que más ha lacerado o sublimado a sus protagonistas, los personajes. Esa metáfora asombrosa de la condición humana.

En esta novela no es la extensión lo que importa, sino la intensidad trágica de la historia que la determina. Su concisión narrativa hereda el registro puntual, contundente y deslumbrante de la grande prosa de Jorge Luis Borges, Edgar Allan Poe, Franz Kafka y Juan Rulfo. De allí que la novela esté narrada desde la intimidad de la conciencia. Cada personaje no sólo es un observador acucioso del otro, por igual, de sí mismo. Es un insomne que está en vigilia permanente, en la fatigosa y sudorosa jornada. Desconfía de todos, así como de sí mismo. Porque la propia estructura guerrillera,  reserva  la desconfianza como valor revolucionario potencial y cambia con arbitrariedad, la identidad de los miembros del ejército que compone, sucesivamente, hasta que cada guerrillero termina por encarnar siempre a un desconocido con el nuevo nombre o seudónimo que le es asignado.  Entonces, cada combatiente lleva consigo, a un delator que espía los intersticios de la vida que busca resguardarse en las sutiles pulsiones de las  necesidades del cuerpo y el espíritu, como secretos inconfesables que ni los espejos deben mirar. La lactancia sexual desacostumbrada, los enamoramientos de la luz, el hondo perfume de los montes. La evocación de la estrella más luminosa del universo que los ampara: Aldebarán. Todo movimiento guerrillero o terrorista tiene la obstinada y perversa necesidad de borrar el pasado de sus militantes y soldados. Convertirlos en pieza impersonal de una maquinaria asesina. La solidaridad o la compasión están condicionada por la degradación que posibilita la jerarquía, en la cual se está sujeto a cumplir cualquier orden sin pensarla. Una orden que puede ir contra sí mismo. Es una de las voluntades más atroz del poder de ese paradigma que es la revolución. La conciencia rural advierte esa directriz venida de la conciencia urbana, representada en los esotéricos que no son más que la expresión más representativa de la dirección del partido, que ha lanzado a la guerrilla  aquella adolescencia que no se ha encontrado aún.

Laa montaña de los muertosEl grupo de guerrilleros que se mueve entre las selvas de Barinas y la dura piedra de Trujillo, va descubriendo que su épica de hacer la revolución no tiene sentido. No va a ninguna parte. Es el mito de Sísifo que desconoce, tanto como desconocer la diferencia abismal entre el hombre rebelde y el revolucionario. El primero quiere ser libre sin agotar la libertad, el segundo, conquistar el poder para realizarse y consagrarse después, en la corrupción del alma. El grupo guerrillero deambula como prisioneros de un campo de concentración que enaltece el esfuerzo, pero que jamás logra un resultado alguno en medio del charco de la desdicha. No tiene brújula de orientación, porque sus jefes desconocen la sustancialidad de la condición humana. De tenerla, la íntima conciencia puede despertar en la amplitud y densidad de otras dimensiones. Los primeros que se lo advierte son los campesinos que los recibe y le da cobijo en los rincones profundos de la soledad rural, pero que también después lo delata al ejército que lo persigue por el rastro de sus olores que dejan las huellas de cada una de sus pisadas extraviadas. Hacia el final de la novela, el lector se pregunta si el grupo guerrillero  no es más que la representación de una jugada metafísica de  Joaquín Trincado, uno de los maestros del espiritismo, quien nació en el siglo XIX y tocó las puertas del siglo XX.

Sólo Alexis, un sobreviviente del grupo guerrillero escapa del laberinto de la montaña que acumula muertos, ese que termina por oír al fin, la voz intima de su conciencia y se aboca a ser múltiple, como ese personaje de Shakespeare: “Mi conciencia tiene mil lenguas y cada lengua cuenta su historia particular”. Ese que se refugia en una embajada y toma otros senderos que le ofrece la inmensidad del cielo y del mar. Ese que probablemente, a través del narrador omnisciente de la misma novela, escribe La montaña de los muertos.

LA MONTAÑA DE LOS MUERTOS, de Stalin Gamarra. Ediciones Actual. Dirección de Cultura. Universidad de los Andes. Mérida, 2014.

edilio2@yahoo.com

@edilio_p

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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