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Sicario, día del soldado TIERRA DE CARTELES, por Héctor Concari

Die Agenten Matt (Josh Brolin) und Alejandro (Benicio Del Toro) an der US-mexikanische Grenze
Los agentes Alejandro (Benicio Del Toro) y Matt (Josh Brolin) en la frontera entre EEUU y México.

No es un tema menor el de la frontera, en especial cuando esa frontera es la que separa a México de Estados Unidos. Porque la demarcación no solo es geográfica y cultural sino también histórica y sobre ella planea siempre la sombra del territorio anexado al Norte en 1845. Y por si esto fuera poco, ya sabemos que la migración es hoy por hoy uno de los temas que gobierna la agenda política del presidente de Estados Unidos. La frontera es entonces, en el imaginario del vecino más poderoso, un abismo, un punto de no retorno. El último bastión civilizado antes del desierto de los tártaros, ese shithole del que solo pueden venir los pobres, mal vestidos y hablando español.

En términos cinematográficos la frontera siempre ha sido un tema para el cine policial. Su cumbre siempre será Sed de mal (Touch of evil, 1958), el último filme norteamericano de Orson Welles, pero sus escenarios a lo largo de varios años y estados siempre asoman, ya sea que hablemos de la pretenciosa Babel de González Iñárritu o de la muy estimable serie El puente de Netflix. En todos los casos hay un elemento común. La frontera del cine está lejos de ese tajo radical, tan imaginario como el puente de Trump, que aislaría a los buenos de la peste importada. En los ejemplos mencionados –y hay muchos más– la frontera es más que un territorio, es un elemento corruptor, una medusa que atrapa a los habitantes de uno y otro lado y los mezcla y combina en una aleación no siempre saludable para los ideales del poder. El policía corrupto Hank Quinlan que encarnaba Welles se enfrentaba a un colega mexicano decente, de la misma forma en que los personajes de El puente exhiben una inevitable ambivalencia legal de lado y lado. La causa es la misma. No habitan un territorio de leyes claras, sino una nebulosa donde los datos siempre están o serán cuestionados.

Sicario 2 es la secuela de un excelente filme de Dennis Villeneuve, que parte de una premisa bélica. Todo el discurso de la presente administración norteamericana es verdadero, con lo cual el narcotráfico y la trata de personas deben ser considerados terrorismo. Un acto de guerra que debe ser respondido por el ejército (es el ‘día del soldado’ del título). Pero, por supuesto, esta no es una guerra convencional, por lo cual un agente curtido en Irak y Afganistán es llamado a casa para iniciar una guerra entre los carteles de la droga. En términos simples: importemos las guerras tribales que hemos conocido allá lejos, pero del otro lado del muro, que aún no está allí pero ya viene. Tal vez no sea coincidencia que, para dirigir la empresa, se traigan al italiano Stefano Sollima, director de Suburra, otra serie de Netflix, por cierto muy buena, que trata de la mafia y la corrupción en su país de origen.

El esquema de la película, que funciona como un perfecto artefacto de relojería, está formado por las distintas facciones del poder norteamericano, enfrentado a la parte expuesta de los carteles de la droga. No hay, salvo en nombre y en parentesco, grandes capos en la pantalla. Los agonistas del asunto son operativos de nivel medio, apenas suficiente para armar un gigantesco operativo clandestino y manejando una decena larga de millones de dólares, enfrentados a la vez a los sicarios del cartel y a sus propios jefes, porque, adivinan, la línea política, de tan radical es imposible de cumplir. No conviene mirar muy de cerca la línea argumental, porque descubriríamos unas cuantas incongruencias que pasan desapercibidas en una narración frenética, con una fotografía (del consagrado Dariusz Wolski) que se regodea en los tonos oscuros, ironía del contrasentido para una película que se desarrolla en el desierto, pero ¡que bien funciona! Mención adicional para la música entre marcial y angustiante de la islandesa Hildur Guonadottir. Una nota final sobre el poder englobante de las fronteras: en todo este asunto lo que se está configurando es un nuevo subgénero que abreva a la vez en el policial, el thriller político, el discurso cada vez más polarizador de la administración Trump y –ya lo veremos en la anunciada secuela– la reacción de Andrés López Obrador.

SICARIO, DÍA DEL SOLDADO (Sicario, day of the soldado), Estados Unidos e Italia. 2018. Director: Stefano Sollima. Con Josh Brolin, Benicio del Toro, Matthew Modine.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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