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Scary Stories to Tell in the Dark CUANDO NUESTROS MONSTRUOS SALEN A LA LUZ, por Luis Bond

Historias de terror para ser contadas en la oscuridad
Los tópicos que bordea el guión de forma sutil nos resuenan a nivel personal y colectivo, dotando a Scary Stories to Tell in the Dark de una robustez que no solemos conseguir en las propuestas de este tipo y menos enfocadas al público adolescente.

De todos los géneros cinematográficos, el terror es uno de los más complejos de llevar a buen puerto. Al moverse como funambulista entre asustarnos o hacer el ridículo, muchos factores deben alinearse correctamente para que el miedo (como emoción primigenia) emerja y nos arrobe hasta sumergirnos en “otra realidad”. Se necesita una excelente puesta en escena, sustentada por una historia interesante y bien desarrollada donde habiten personajes profundos que se enfrenten a monstruos tan aterradores que puedan instalarse en nuestra psique y nos persigan mucho tiempo después de terminada la proyección. Es precisamente en este último punto donde la mayoría de las producciones enmarcadas en este género fallan. Sea un fantasma, un demonio o un ser de otro mundo, esta fuerza antagónica debería encarnar un misterio hipnótico y espeluznante, transformándose para la audiencia en la representación del mal y causar —solo con su presencia— una angustia indefinible. Un reto enorme y que, muchas veces, queda a mitad de camino en pantalla.

Pocos realizadores pueden darse el lujo de ser referentes a la hora de crear criaturas que nos quiten el sueño y uno de ellos es, sin lugar a dudas, Guillermo del Toro. El laureado director, guionista y productor, maestro de la fantasía y el horror, ha sido la mente detrás de seres terroríficos y fascinantes en El Laberinto del Fauno, El espinazo del Diablo, Crimson Peak, Hellboy, The Shape of Water y ha ayudado a otros directores como J. A. Bayona (El Orfanato) y Andy Muschietti (Mamá) a materializar los fantasmas de sus pesadillas. Este es el caso de Scary Stories to Tell in the Dark (Historias de miedo para contar en la oscuridad) del director Andre Øvredal, donde Del Toro asume la producción ejecutiva para insuflarle vida a los monstruos que creó Alvin Schwartz en sus libros. Esta dupla mexicano-noruega, es la responsable de una de las propuestas del cine de terror más interesante de este año, creando un largometraje que desborda personalidad y que lo eleva por encima de sus posibles homólogos.

Ambientada en 1968, la película transcurre en un pueblito tranquilo —y que parece congelado en el tiempo— llamado Mill Valley. La historia comienza en Halloween y sigue la travesía de un grupo de adolescentes conformado por Stella (Zoe Margaret Colletti), una escritora bastante tímida, Ramón (Michael Garza), un latino recién llegado al pueblo, Auggie (Gabriel Rush), un cerebrito hipocondríaco, Chuck (Austin Zajur), un bromista cobarde y Ruth (Natalie Ganzhorn), la novia del terrible Tommy (Austin Brams), el bully del pueblo. Luego de enfrentarse a los abusivos del colegio, nuestros protagonistas terminan encerrados —en plena Noche de Brujas— en una casa abandonada. Las cosas comienzan a complicarse cuando descubren que ese lugar pertenecía a Sarah Bellows, la chica que encarna la leyenda más terrorífica del lugar: se dice que fue maltratada por su familia y, en venganza, le contaba historias de terror a los chicos que se acercaban a su casa, ocasionando decenas de desapariciones en misteriosas circunstancias. Después de vagar por el lugar, Stella y sus amigos llegan al cuarto de Sarah y consiguen un cuaderno donde están escritos, con sangre, todos los relatos que la chica narraba. Tentada por su pasión por lo macabro, la protagonista decide llevarse el cuaderno de Sarah sin sospechar que éste está maldito. Desde ese momento, todas las noches, aparecen en sus páginas historias, que se escriben solas y se vuelven reales, donde cada uno de los que entraron en la casa de los Bellows son acosados por monstruos que encarnan sus peores miedos.

El principal acierto de Historias de terror para contar en la oscuridad es la empatía que uno desarrolla por sus personajes. La película desde el primer momento nos coloca en sus zapatos, trasladándonos a nuestra adolescencia y haciéndonos revivir esa mezcla única entre inocencia, curiosidad y temeridad que se suele tener en ese momento de la vida. Más allá de todas las aventuras que viven los protagonistas, el largometraje los hace experimentar una variedad de emociones donde risas, sustos, ternura y dolor se intercalan sin que tengan un respiro, permitiéndonos establecer con ellos un vínculo muy fuerte mientras nos adentramos en sus psiques. A esto hay que sumarle la galería de monstruos que acosan a cada uno de nuestro héroes. Una lista tan heterogénea que va desde un espantapájaros, pasando por un nido de arañas en el cachete de una adolescente, hasta una cadáver que se desarma y arma a su antojo transformándose en una criatura imposible de evitar. Es así como los chicos y las representaciones de sus miedos crean una sinergía que nos conecta con cada historia.

Del aspecto técnico no hay quejas. Andre Øvredal (Troll Hunters y The Autopsy of Jane Doe) nos cautiva con su dirección, decantándose por una propuesta bastante clásica, usando la cámara como un personaje más para sumergirnos de lleno en la experiencia de vivir en Mill Valley y conocer la vida de los protagonistas. Alejándose de los sustos baratos o el efectismo, Øvredal pone toda su atención en crear un mood diferente para cada historia que narra, dotando a la película de muchas personalidades y haciendo que la sola presencia del monstruo y su setting nos genere angustia. En este último apartado, todo el equipo técnico merece reconocimiento por hacer de cada relato una experiencia única y, al mismo tiempo, creando cohesión en el conjunto. El diseño de producción, más allá de recrear la época, le da vida a espacios y los vuelve kinestésicos; la dirección de fotografía es envolvente y hace de cada cuadro una viñeta preciosa: por último, el montaje se aleja de los jump scare, apostando por mantener en tensión al espectador en todo momento y que sea el ataque inevitable de las criaturas lo que nos haga saltar del asiento.

Otra elección interesante de Scary Stories to Tell in the Dark es la utilización de 1968 como telón de fondo. Si bien es cierto que los libros de Schwartz se desarrollan en dicho momento histórico, hay cierta paradoja inherente. Por un lado, Estados Unidos está sumido en una época de cambios (Nixon, hippies, Vietnam) y, en la otra antípoda, pareciera que el tiempo se hubiese detenido en Mill Valley, lo que le da a la película un toque onírico que hace más permeable la aparición de los monstruos y el desarrollo del guión. Más allá de eso, el contexto permite trabajar entre líneas una cantidad enorme de temas que hoy están más vigentes que nunca: el fanatismo político, la guerra, el bullying, el racismo, la vanidad, la avaricia, la tergiversación de la información, las familias disfuncionales, el desconocimiento de la historia, el enfrentarnos al pasado, el valor de la amistad, el cómo plantarle la cara a nuestros miedos y perseguir nuestra pasión sin importar lo que digan los demás. Tópicos casi universales que rápidamente resuenan con los espectadores, dotando a la película de una doble lectura que la aleja de la banalidad que suele aquejar a este género.

Historias de terror para contar en la oscuridad es una película que me hubiese encantado ver con 14 años de edad y que fuese mi primer acercamiento al cine de terror. La dupla Del Toro y Øvredal funciona paseándose entre el horror y la fantasía, creando una galería de monstruos e historias que se sostienen por sí mismas, rebosando personalidad, y que se engranan perfectamente como conjunto. Los protagonistas son entrañables, bien caracterizados y con una profundidad psicológica que nos hace empatizar con ellos y conectar con sus miedos. Los tópicos que bordea el guión de forma sutil nos resuenan a nivel personal y colectivo, dotando a Scary Stories to Tell in the Dark de una robustez que no solemos conseguir en las propuestas de este tipo y menos enfocadas al público adolescente. Dejando a un lado las terroríficas criaturas que nos generarán pesadillas, la película nos recuerda que los verdaderos monstruos son fruto de nuestra mente y que, lejos de huirles, la única solución para acabar con ellos es llenándonos de valor y enfrentándolos.

Lo mejor: los monstruos y el diseño de producción. Se siente el sello de Guillermo del Toro en cada fotograma. El cast, desde el primer minuto adoramos a los protagonistas. La mezcla entre terror y fantasía que la hace una película envolvente. Los temas que se tocan entrelíneas.

Lo malo: más de uno entrará a la sala esperando una película de terror genérica y la ausencia de jump scares hará que muchos salgan descolocados. El final abierto para una secuela rompe la sensación de ser un relato autónomo que la película desarrolla desde que comienza.

@luisbond009

 


Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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