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Santiago de Chile MIS PRIMERAS IMPRESIONES, por Mitchele Vidal

Santiago de Chile

Unos juran que la peor ciudad para estar solo es Venecia. Otros gritan que es París. ¡Pues todos están equivocados! La peor ciudad para estar solo es Santiago de Chile.

No exagero ni un poco. Basta poner pie en tierra santiaguina para que empieces a ver besos, a escuchar suspiros, a envidiar abrazos sobre esta tierra austral. La cosa no tiene medida. En el Metro. En los autobuses. Sobre la grama de los parques, en bicicleta, a pie. En la calle, en el mercado, en los malls —como les llaman aquí a los centros comerciales. Manos y labios siempre en pareja, brazos ansiosos, lenguas entrépitas y besos repetidos que no saben de pudores ni recatos. Tampoco de horarios. Pueden acompañar el café matutino o el cansancio del regreso. No lo digo yo, apenas aterrizando, lo dicen los cronistas, lo comentan los inmigrantes. Los amapuches al aire libre forman parte del paisaje santiaguino. Una hermosa casualidad que el venezolanismo amapuche —cariños, mimos, caricias— contenga el término mapuche —nombre de las poblaciones originarias de Chile— y que lo practiquen tanto.

También el beso —cauto, superficial, recatado— en la mejilla es el primer contacto con un desconocido. Aquí no se usa dar la mano cuando te presentan a alguien, ni siquiera en el trabajo. El saludo es un besito y punto. Pero más allá de eso son poco expresivos. Pero son amables y respetuosos. Que me llamen “dama”, en lugar de señora, me parece súper elegante.

De estas y otras cosas va esta crónica escrita a dos meses de vivir en esta ciudad austral. Muy poco tiempo para digerirla, pero algo les puedo contar. O eso aspiro.

Son 4.900 los kilómetros que separan a Caracas de Santiago de Chile. No es poca cosa. Como no lo son la variedad idiomática, el clima, el humor, las costumbres; por nombrar algunas diferencias.

Cuando los oigo hablar —rapidito y con modismos— recuerdo de inmediato aquel vídeo: “qué difícil es hablar el español”. La lengua de Cervantes en labios latinoamericanos —desde el Río Grande hasta la Patagonia— es un universo rico y extenso. Nada nuevo bajo este sol de verano, pero cuando te diriges a alguien que ‘habla tu mismo idioma’ y no le entiendes o —peor aún— no te entiende, ¡sorprende y hasta frustra! Claro, es divertido hasta que dices una palabra ‘normal’ y del otro lado oyen una grosería. Aunque siempre habrá un alma caritativa, otro venezolano, que te advierta antes de meter la pata. Y más ahora donde lo que sobra son venezolanos por el mundo. Y hablando de paisanos, la cantidad en Santiago es notable, especialmente del interior de Venezuela. Basta estar lejos de tu terruño para identificar a tus pares rápidamente. Nunca había estado tan consciente de mi acento como ahora, cuando vivo rodeada de otros hispanohablantes.

En cuanto al chileno hay un rasgo característico y es el uso del artículo Lo para designar lugares. Para los venezolanos el lo solo es una partícula de la gramática escolar, ¡si es que lo recuerdan! En cambio, aquí hay muchos lugares cuyo nombre comienza con un Lo. El uso de los artículos para llamar a las personas es también característico. Yo aquí soy la Mitchele.

Tocando otro tema, entro en el mestizaje. Hasta ahora —y hago énfasis en el tiempo, porque no quiero pasar de sabelotodo— veo que los chilenos tienen un fenotipo marcado por dos determinantes: indígena y española. Muy poca huella de otras etnias. Me refiero especialmente a la africana, tan presente en el venezolano. Esa es otra razón para identificar fácilmente a mis paisanos: el tumbao acompañando los rasgos caféconleche y redondeados.

Pero para seguir hablando de Santiago hay que honrar sus aceras anchas, sus ciclovías, su Metro —el segundo más largo de Latinoamérica con 108 estaciones— y su transporte público. Subsidiado por el gobierno y denostado por sus detractores, quienes  no están conformes con su servicio ni con las grandes sumas de dinero que el Estado ha invertido en él. Unos y otros exponen sus argumentos. Pero yo, usuaria de lunes a lunes del transporte público les digo que es bastante eficiente. Y me hago eco de un estudio reciente que revela que el transporte público de Santiago es el más eficiente de Latinoamérica. Puedes recorrer la ciudad toda sirviéndote de este medio y caminar, que para eso también están invirtiendo en mejorar las aceras y delimitando algunas áreas de Santiago Centro sólo para uso peatonal. La apuesta en medios alternativos de transporte —especialmente la bicicleta—también es grande. ¡Aún falta harto, diría un chileno! Sí, pero van en la senda correcta.

Por otro lado están sus malls llenos de mercadería del mundo entero. Junto a su vino chileno y universal, sus frutas grandes y aromáticas, ceviches y empanadas de pino (carne), su palta —chiquita y cremosa—, sus dulces y sus quejas. Se quejan mucho los chilenos: del clima, de la contaminación, del taco (tráfico), de la recesión económica, de la inseguridad… Y mientras se quejan de la inseguridad leo en la prensa que Chile —también— está entre los países donde se vive más tranquilo. ¡Glup! Como venezolana trago grueso cuando los oigo quejarse de la inseguridad mientras van caminando con el celular y viendo youtube en el Metro. Pero ya se sabe: la inconformidad es uno de los signos del ser humano.

Los chilenos no saben que están mejor que el resto de los latinoamericanos. Que tienen una de las tasas más bajas de inflación y más altas de inversión. Cuando se los comento me dicen: sí, pero estábamos mejor. Tienen instituciones sólidas y confían en ellas. Una muestra es el uso del cheque, un instrumento que creí desaparecería en la era de la banca digital y aquí está vigente. ¿Qué mayor demostración de confianza que recibir un cheque?

De la arquitectura y las capas de ciudad estoy apenas aprendiendo y disfrutando. Santiago cumplió 476 años de fundada por Pedro de Valdivia y su casco fundacional —nada modesto, de 126 cuadras— fue erigido sobre los restos de una ciudad incaica. Hoy, sobre esta plaza, la de Armas, se encuentra una estatua ecuestre del conquistador. Esto me llama la atención porque Caracas no cuenta con una presencia tan fuerte de su par español. La Plaza es también una superposición de épocas reflejadas en la arquitectura: la majestuosa Catedral Metropolitana [Joaquín Toesca-1780], el edificio de Correos, la Municipalidad de Santiago, el Museo Histórico Nacional y el célebre Portal Fernández-Concha —un edificio que combina residencias en los pisos altos y una galería comercial en planta baja. Todos reconstruidos en el siglo XIX, tras la devastaciones del tiempo y los terremotos. La plaza, recientemente remodelada [2013] vio incrementada su arborización, para aumentar las zonas de sombra, y el alumbrado público. Convoca a propios y extraños y es el sitio favorito de la comunidad peruana. Allí conviven niños, artistas improvisados, jugadores de ajedrez, turistas, devotos y pololos (novios), por supuesto.

De estas capas de ciudad la del siglo XIX tiene magníficos exponentes: Santiago está llena de grandes palacios decimonónicos que albergan distintos usos. Algunos muy nobles como la Biblioteca Nacional y el Museo de Bellas Artes, pero hay muchos otros donde también se evidencia la gran influencia europea —especialmente francesa— en buena parte de la arquitectura de la ciudad.

Luego identifico una capa de la arquitectura de fines del siglo XX, quizás de los años setenta, ochenta y noventa, especialmente destinada a vivienda. Son edificios de vocación horizontal, con grandes balcones, ventanales y  una identidad particular. Algunos albergan comercios en planta baja, otros continúan con el verde exterior.

Pero quiero resaltar que durante los últimos años la arquitectura chilena ha dado un salto enorme. No solo por sus arquitectos destacados internacionalmente como: Alejandro Aravena —premio Pritzker 2016—, Smiljan Radic, Cazú Zegers, Mathias Klotz, Teodoro Fernández Larrañaga, por nombrar apenas algunos, sino porque esta entusiasta movida arquitectónica tiene sus bases fundadas en que los proyectos más importantes para la ciudad son otorgados mediante concursos. Si me lee algún arquitecto colombiano o chileno esto le parecerá de lo más normal, pero para los venezolanos —lamentablemente— esta es una práctica en desuso.

La lista de obras notables de arquitectura chilena contemporánea incluye edificios y espacios públicos que, definitivamente, le están dando una nueva y amable cara a Santiago: Parque Bicentenario, Museo de la Memoria, Centro Cultural Gabriela Mistral, Parque Bicentenario de la Infancia, Edificio Consorcio Santiago, Mercado Tirso de Molina, poco a poco los voy visitando y aprendiendo de ellos.

No le dedicaré mucho espacio al denominado Sanhattan. Una gran operación inmobiliaria que llenó de rascacielos a Santiago. La mayoría de ellos podría estar en Berlín, Singapur o Santiago… lo que sí es innegable es que a pesar de lo anónimo de muchos de sus diseños no olvidaron darle a la ciudad una continuidad en áreas verdes y caminables. Esta operación descongestionó el centro y trasladó la actividad financiera al oriente de la ciudad.

Haciendo una reducción simplista, pero alusiva al ‘color’ de las algunos de los barrios de Santiago apuro esta paleta: crudo y cubierto por la pátina del tiempo en Santiago Centro, azul —vibrante, como el cielo— en Las Condes, Bellavista es multicolor gracias a los grafiti y a Recoleta y Patronato hace falta lavarles la cara para redescubrir sus colores. Pero en general en Santiago abunda el verde, muy presente en las calles y en sus múltiples parques.

Como toda gran ciudad Santiago también tiene su ángel de la guarda patrimonial. Ese es el caso de Sary Santiaguina, quien sabe oler cuando llega la picota, sin perder de vista la creación de nuevas rutas patrimoniales para que propios y extraños conozcan esas edificaciones que atesoran secretos y recuerdos de épocas pasadas. También tiene muchos fotógrafos y cronistas que dejan sus hermosos registros en las redes sociales. Como muestra les dejo este botón: Calle Chile. Un blog que es puro color y sabor santiaguino editado por el venezolano-chileno Alberto Rojas Jiménez.

Algo que me llama la atención es la herencia vasca en Chile. “Hay al menos dos cosas que claramente se le pueden atribuir al ingenio vasco: la Compañía de Jesús y la República de Chile.” La cita es de Miguel de Unamuno y la encuentro buscando en Google el porqué de la abrumadora presencia vasca en la toponimia santiaguina. Camino por Isidora Goyenechea, me bajo en la estación Irarrázabal y escucho varias veces al día hablar de los Larraín y confirmo que sí, que los vascos llegaron con Diego de Almagro y Pedro de Valdivia para quedarse, y para seguir viniendo y poblando Chile. Sus sonoros apellidos nombran avenidas, calles, edificios y personajes emblemáticos junto a las voces araucanas.

Y para cerrar esta crónica de un viaje que se convirtió en estancia —cuan larga sea dependerá de cómo me adapte a este país delgadito y pujante— me referiré a la presencia enorme, imponente, sobrecogedora de la cordillera de Los Andes y su afilado perfil; tan distinto a la sinuosidad de mi Ávila pero que, montaña al fin, abraza y cobija sueños y esperanzas. Las mías y las de muchos venezolanos.

Aquí estoy, de Santiago de León a Santiago de Chile.

*Publicado originalmente en http://imagenes-urbanas.blogspot.com.co/

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Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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