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Sangre de Mariposas TRES PERSONAJES EN LA HISTORIA, por Roberto Lovera De-Sola

 

Carlos Delgado Chalbaud
Lo vivido por Delgado durante el proceso que llevó al derrocamiento del maestro Gallegos, quien lo consideraba como un hijo, requiere, sin duda, de la presencia de un psiquiatra para analizarlo, ya que fue un parricidio.

Esta es la segunda novela del periodista Oscar Silva Araque: Sangre de mariposas (Presentaciones: Manuel Felipe Sierra y María Fernanda Fuentes. Caracas: Gráficas Laudi, 2017. 193 p.). En ella destacamos, dentro de su interesante trama, la magnífica foto de la carátula que debemos a uno de los grandes de nuestra fotografía contemporánea: Juanito Martínez Pozueta (1902-1979). En ella vemos a tres de los protagonistas de la parte venezolana del libro: al maestro Rómulo Gallegos(1884-1969) rodeado, siendo presidente, de los comandantes Carlos Delgado Chalbaud (1909-1950) y Marcos Pérez Jiménez (1914-2001). La primera novela de Silva Araque fue Santa Bárbara (1992)[1].

El asunto de Sangre de mariposas, para nosotros, más que sobre las personalidades del venezolano Delgado Chalbaud y del colombiano Jorge Eliécer Gaitan (1903-1948), asunto que centra la mayor parte del relato, es el panorama y los hechos políticos del siglo XX, a partir del final de la Primera Guerra Mundial, cuyos combates cesaron en 1918 pero la paz, en cuyo establecimiento fue central la presencia e ideas del presidente norteamericano Woodrow Wilson (1856-1924), politólogo de profesión y profesor universitario, fue establecida en los acuerdos de Versalles al año siguiente, momento en que surgió también la Sociedad de las Naciones, la primera sociedad internacional formada en el mundo[2], puesta en marcha en 1920, con sede en Ginebra, Suiza, de la cual formó parte Venezuela. La Sociedad de las Naciones fue establecida gracias a los 14 Puntos (enero 8, 1918) del presidente Wilson.

Sangre de MariposasPara entender el suceder político del siglo pasado se debe tener en cuenta que si bien esta centuria se inició en 1901, como lo requiere todo siglo para poder tener cien años, en verdad, desde el punto de vista político, esta se inició con los grandes cambios que trajo al mundo la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y su creadora posguerra (1918-1939). Dentro de ellos se hizo presente, y en la novela aparece, el significado que tuvo la Revolución Soviética (1917) y sus consecuencias. En el período de la posguerra mencionado será que veremos actuar a los dos protagonistas de Sangre de mariposas, novela en la que se van a interrelacionar también una serie de sucesos políticos de la segunda posguerra, iniciada en 1945, en la cual aparecen los tres protagonistas de ese período latinoamericano: Rómulo Betancourt (1908-1981), Gaitán y Delgado Chalbaud. Y, desde luego, como nos vamos a encontrar con dos asesinatos políticos, uno de ellos un magnicidio, por momentos el narrador deja correr el hilo del tiempo al recordar el intento de asesinato del Libertador, sucedido también en Bogotá (septiembre 25,1828) del cual este se salvó milagrosamente, cosa que no sucedió ni a Gaitán, ni al comandante Delgado. También cayó por las balas fratricidas (p. 130-131) el mexicano Emiliano Zapata (1879-1919), quien también aparece en la novela. Y pudo mencionarse el otro asesinato: el de Trostki (1879-1940), sucedido en Ciudad de México, cometido por el comunista Ramón Mercader. Muerto en La Habana en 1978, mandado a ello por Stalin (1879-1953), crimen que conmovió a muchos, tanto que el maestro mexicano Octavio Paz (1914-1998) escribió: “El asesinato de Troski me horrorizó”. De este trata la mejor novela latinoamericana de nuestros días: El hombre que amaba los perros (2009) del cubano disidente Leonardo Padura (1955), la que aquí hemos analizado[3].

En esa primera posguerra nadie ha visto mejor la realidad venezolana de aquellos días que el historiador Tomás Polanco Alcántara (1927-2002) al anotar en su biografía de Gómez:

“Algunos venezolanos sí sabían lo que estaba pasando afuera, pero de haberse referido de esos temas quizá el intento no hubiera pasado de ser un monólogo, desde luego carente de interlocutor… Es razonable afirmar que en ese contraste, entre la agitación intelectual, política y social del mundo y la vida apacible de Gómez en Maracay, estaba el fondo de la tragedia venezolana. De haber vibrado Gómez, lo que era imposible, al ritmo de nuevo mundo, el destino del país hubiera sido bien distinto… pero más grave fue que esa falta de sintonía personal de Gómez respecto al mundo, se hizo característica del grupo conductor del país”[4].

Esos venezolanos eran, entre otros, nuestros diplomáticos Diógenes Escalante (1879-1964) y Caracciolo Parra Pérez (1888-1964) quienes lo advertían en sus informes diplomáticos. Tan comprensivos eran de aquellos días que cuando el general López Contreras decidió elaborar su programa de gobierno, el que se conocería como el Programa de Febrero (febrero 21,1936), lo confió a ambos, estando aun vivo el Benemérito, pero consciente López que el sucesor sería él. No se debe olvidar que entre nuestros diplomáticos de los años veinte hubo personas, como Arturo Uslar Pietri (1906-2001) o Alberto Adriani (1898-1936) también conscientes de la preparación con la que se debían preparar para cuando el “Viejo” desapareciera, lo que era evidente.

Las historias de los tres

A lo largo de esta novela, que es histórica, nos toparemos con tres personajes centrales de la historia latinoamericana del siglo XX. Nos referimos a Betancourt, a Delgado Chalbaud y al colombiano Jorge Eliecer Gaitán. También aparece en los días del ‘Bogotazo’ (abril 9 de 1948) el joven Fidel Castro (1926-2016).

Betancourt

En el caso de Betancourt veremos tropezarse a este con Gaitán, todavía en su exilio gomecista. Pero de este período se pregunta Silva Araque si había sido comunista Betancourt en su juventud, dado que en su exilio tico había sido él quien escribía los editoriales del periódico del Partido Comunista de Costa Rica. Muchos años después, cuando Naudy Suárez le trajo las copias de aquellos trabajos a don Rómulo, se le salieron algunas lágrimas de emoción, recordando su lejana juventud. Pero cuando Betanocurt regresó del exilio, muerto Gómez, ya no era marxista (p. 127), se había cumplido en él un proceso, pero el sanbenito no logró quitárselo. En sus tiempos de Costa Rica había estudiado con atención el marxismo y la historia de Venezuela, había comprendido que aquel no era el camino para su país. Y dentro del marxismo fue —más que estalinista— trostquista[5].

Gaitán

Gaitan fue siempre, ayer como hoy, una leyenda. Fue el autor de Las ideas socialistas en Colombia. Betancourt y Gaitán se conocieron en Caracas durante el ‘trienio adeco’, cuando Gaitán fue invitado, dijo aquí uno de sus célebres discursos en El Silencio. La invitación se la llevó a Bogotá nuestro Alfredo Sadel (1930-1989), como leemos en la novela que glosamos. Al terminar su peroración, Betancourt se le acercó y le dijo “Menos mal, doctor Gaitán, que usted no vive en Caracas, porque si viviera aquí me quitaría la presidencia”.

Ambos, antes, habían tenido un intercambio epistolar que Silva Araque trata (p. 44).

Gaitán —creemos que de ello no queda duda hoy en día— fue de aquellos políticos bien formados, abogado y criminólogo, con estudios de posgrado en Italia, de los que en la arena pública desearon crear nuevos días para América Latina, pero a quien su gente del Partido Liberal lograron la forma de eliminarlo (p. 121). Las masas siempre lo siguieron porque fue un vocero de sus necesidades y de sus deseos más sentidos. Pero con él en acción los partidos tradicionales nunca encontraron la forma de entenderse. Y eso provocó la gran sangría que Colombia vivió en el último medio siglo. Hasta la guerrilla y el narcotráfico se engendró como consecuencia de aquel hecho. Esto Silva Araque nos lo hace ver muy bien en su novela. Y podemos comprender bien lo que se desató en Bogotá el 9 de abril de 1948, cuando los colombianos vieron caer a Gaitán en Bogotá, a la 1,15 minutos de la tarde, cerca de su lugar de trabajo, situado en la  Carrera Séptima, número 14-55, donde estaba su bufete, en el Edificio Nieto, en el centro de Bogotá.

El Bogotazo

Pero los sucesos del Bogotazo (abril 9, 1948), en los que perdió la vida Gaitán, fue la hora cenital del gran abogado, político y tribuno. Ese día estaban presentes en Bogotá, en la reunión en que la Unión Panamericana se transformó en la OEA, los venezolanos Rómulo Betancourt, expresidente, jefe de nuestra delegación, José Rafael Pocaterra (1889-1955)[6], Ramón J. Velásquez (1916-2014) y Marcos Falcón Briceño (1907-1998), miembros de la delegación venezolana que asistía al evento. Había estado allí, hasta el día anterior, el escritor Antonio Arraiz (1903-1962), director del diario El Nacional, quien cubrió para su diario los eventos de la reunión, llegando a la conclusión, en los artículos que envió a Caracas, que la persona más importante y singular del evento había sido Rómulo Betancourt.

El Bogotazo es el evento más singular narrado en Sangre de mariposas, bien contado por el ojo zahorí del novelista. Aquel día también estaba en Bogotá el joven dirigente estudiantil cubano Fidel Castro (1926-2016), quien antes había pasado por Caracas y había sido entrevistado por Omar Pérez. Nada indicaba aquel día cual sería su futuro[7]. También se llegaron a conocer en aquellos días Castro y Camilo Torres (1929-1966), sociólogo, en el período anterior a hacerse sacerdote y antes de haber ingresado a la guerrilla del ELN, en una de cuyas acciones perdió la vida. El ELN había sido fundado también por un presbítero.

De Gaitán debemos anotar que se trató de una personalidad trágica[8]. Ansió un cambio democrático, dentro de un socialismo moderado, sin salirse del Partido Liberal, dentro del cual, es lo lógico, se fraguó la conjura que terminó con su vida, lo que en Sangre de mariposas leemos (p.34-35).

Delgado Chalbaud

En Sangre de mariposas vemos desarrollarse todos los momentos decisivos de la vida del comandante Delgado. Podemos así mirar al ser humano en su vivir; la significación que para le tuvo la prisión de su padre, Román Delgado Chalbaud (1882-1929) entre 1914-1927. El hecho de no haberlo podido ver en los años decisivos del crecimiento y de la iniciación sexual, ello dejó una impronta en su psiquis. Lo dejó de ver cuando tenía cinco años, se volvió a encontrar con él, una vez salido de prisión, trece años mas tarde en París (julio 17, 1927). La ausencia del padre, como bien lo vio Federico Vegas (1950), en el gran libro que le dedicó, es la esencia de su situación psicológica[9]. Querer emular al progenitor fue hondo sentimiento para él. Trató de hacerlo, pero manos armadas se lo impidieron. En esto de la organización del asesinato creemos que nadie fue mas claro que el historiador José Antonio de Armas Chitty (1908-1995) al decir que este fue “un asesinato estimulado desde altas esferas por elementos de tercera o cuarta categoría”[10]. Cosa ratificada hace poco en un artículo de Eddie Ramírez, el dirigente petrolero, hijo del comandante Edito Ramírez (1913-1999). Se trata de lo siguiente: es lo dicho por el oficial Félix Román Moreno, después general perezjimenista, quien se refirió a Delgado diciendo que “ese es un problemita que no sabemos como resolverlo”, testimonio recogido por Eddie Ramírez. Y es obvio que Urbina no actuó solo, fue empujado a hacerlo desde muy arriba, pese a que se carezca de la prueba de que aquello sucedió así. De hecho el mayor beneficiado del crimen fue el propio Pérez Jiménez.

Cuando un protagonista de esta historia señala “Delgado Chalbaud es un problema que aun no hemos resuelto”, allí todo está dicho. A nosotros, que hemos estudiado mucho la personalidad de Delgado, no nos queda duda que los cabecillas de aquello, los que empujaron a Urbina, fueron Pérez Jiménez y Llovera Páez. De allí el airado diálogo en Miraflores, a poco del magnicidio, que algunos escucharon, en donde Pérez Jiménez reclamó a Llovera lo que había hecho aquel día. No es casual que haya sido Llovera uno de los primeros oficiales en llegar a la quinta Maritza estando aun allí el cadáver de Delgado.

Podemos, en Sangre de mariposas, seguir a Delgado mientras cursaba los estudios medios en los Estados Unidos, y más tarde en París, hasta su graduación como ingeniero, especialista en la construcción de puentes. Y mas tarde sus altos estudios castrenses, también en Francia, a los cuales lo envió, muerto Gómez, el presidente Eleazar López Contreras (1883-1973). Lo vemos en su lujosa casa en el Country Club, donde podemos mirar las estanterías de su biblioteca, sus discos (p. 23). Nos enteramos de los varios idiomas que hablaba: inglés y francés. Vemos a su única esposa Lucía Levine y su hija, con la madre de sus hijos varones nunca llegó a casarse; hallamos también el significado de la presencia de las esposas e hijas de Betancourt y Delgado (p. 89-91), una amistad tan nítida, respetada por don Rómulo, que la hija hizo a Virginia Betancourt, su heredera universal.

Se centra el relato en la conspiración del año cincuenta que se lo llevó por delante. Esta fue bien presentida por él. Existe un singular testimonio de aquello, en una conversación con Laureano Vallenilla Lanz (1912-1973), tenida el 4 de noviembre, nueve días antes del asesinato, Vallenilla las trascribe en su Escrito de memoria (1961)[11]. Allí se lee “[Delgado]: A veces me pregunto qué será de estos pobres muchachos[sus hijos][12]… cuando yo desaparezca”. Dice Laureanito…: “En ese sentido no tienes razones para inquietarte…eres joven todavía y te quedan largos años de actividad”.

Y responde Delgado:

“¡Quién sabe! Declara tristemente. Venezuela es un país de sorpresas y no puedo adivinar cómo terminará todo esto para mí. Un elevado porcentaje de la asistencia a esta fiesta es de enemigos míos. Observa la hostilidad y la reserva de muchos. A mi no se me acoge con entusiasmo y cordialidad como a Llovera [Páez], por ejemplo”. Replica Laureanito:

“Quizá obedece ello… a tu condición de Presidente de la Junta, a tu carácter, a tu educación distinta” (p. 318).

Sobre el asesinato de Delgado existe un hecho, divulgado en 2010, por Oscar Yanes (1927-2013). Este aparece en las memorias de uno de los cirujanos que le hizo la autopsia, Rubén Jaen Centeno, lo que nos indica que el ‘papelito’ mandando por Rafael Simón Urbina (1897-1950) a Pérez Jiménez, del cual tenemos fotocopia de su original, era falso, Delgado no había quedado malherido. El tiro de gracia era para acabar con su vida. En el capítulo de las Memorias de un cirujano del corazón dice el galeno:

“no se entiende la necesidad de hacerle dos disparos a un hombre desarmado, para luego rematarlo con el clásico tiro de gracia. Horas más tarde algunos de los indiciados llegaron al Hospital Militar, en estado de embriaguez, y esa condición podría explicar ese asesinato inútil” (p. 308).

Esto indica que la frase de Urbina, en su comunicación a Pérez Jiménez: “Yo no quería que lo matarán” es falsa, pues el tiro de gracia indica que sí deseaban hacerlo.

Volvamos a Sangre de mariposas, esta es una novela tan bien tramada que en la medida que la leemos nos vamos topando incluso con hechos oníricos (p. 84) u observamos a un cadáver hablando (p. 130)[13].

“¿Por qué no lo mataron antes?” (p. 11) es la interrogante con las que nos topamos desde la primera línea de Sangre de mariposas. Sabemos que Delgado Chalbaud fue personaje de vida trágica, drama que culminó con su asesinato, en la quinta Maritza de Las Mercedes, el 13 de noviembre de 1950, por varios disparos y un tiro de gracia[14]. Pero hubo mucho más en aquella vida llena de desasosiego. Por ello leemos: “Es que andar sobre cuerdas flojas es algo difícil” (p. 45). “Eso sí lo reconoció, nunca le faltó coraje; cuando lo del Falke, su padre tuvo que hacerlo encerrar en su camarote, por los marinos polacos, para evitar que desembarcara…Luego en otra ocasión [octubre 18, 1945], no dudó un segundo en someter con su pistola al director de la Academia Militar, una vez develado el golpe contra el general [Isaías] Medina Angarita (1897-1953), reduciéndolo mientras lo llevaba hasta el casino de oficiales, y ahora (noviembre 13, 1950) se estaba enfrentando a trompadas contra aquellos borrachos que le disparaban sin clemencia” (p. 11-12).

Lo vivido por Delgado durante el proceso que llevó al derrocamiento del maestro Gallegos, quien lo consideraba como un hijo, requiere, sin duda, de la presencia de un psiquiatra para analizarlo, ya que fue un parricidio. Conocemos directamente muchos de los pormenores que nos contó el doctor Raul Nass, secretario privado del presidente Gallegos. Existe también las opiniones del doctor Gonzalo Barrios (1902-1993).

Hay una observación en la novela que debe tenerse en cuenta: “El único que podría tener éxito en esa otra aventura era el comandante [Marcos] Pérez Jiménez (1914-2001)”(p. 19), ya que fue Pérez Jiménez el mayor beneficiado del crimen.

Lo que se enlaza con el diálogo Vallenilla-Delgado en la fiesta del día de San Carlos, al que ya hemos aludido. Recuérdese que ambos eran hijos del gomecismo, Laureanito siempre, su padre don Laureano fue el ideólogo de la tiranía. Ambos se trataron, jóvenes estudiantes, en París, pese a ser Vallenilla un gomecista y Delgado el hijo de un perseguido. Allá también estaba Uslar Pietri, por ello cuando Vallenilla fue ministro de la dictadura, siempre vio con buenos ojos a don Arturo, quien tras su injusto exilio, laboraba en Caracas.

Dicho esto es importante aquello que leemos en Sangre de mariposas, consecuencia del diálogo Delgado-Vallenilla: “A partir del lunes comenzaría a estudiar con precisión los hilos de la conspiración que buscaban sacarlo del poder. Existían demasiadas evidencias de los comprometidos, quizá fueran los mas envalentonados pero no los mas audaces…El único que podría tener éxito en esa otra aventura es el comandante Pérez Jiménez” (p. 19).

Y muerto, de la forma como lo fue, acota Silva Araque: “Y de pronto… terrible… destinado a desaparecer de la memoria del país, a él que sólo le interesó vivir por Venezuela” (p. 26). Sólo, lo sabemos hoy, ha sido revivido por la historia. Pero de él quedaron las opiniones de sus colabores, la de Gerardo Sansón, su ministro de Obras Públicas, la del cardenal José Humberto Quintero (1902-1984) y la de Augusto Mijares (1897-1979), su ministro de Educación, entre otros. El de don Augusto subraya la singularidad y decencia de su personalidad y acción.

Por ello de él pudo decir Sansón: “Delgado era un hombre extraordinario, de una capacidad increíble de análisis, perfectamente práctico. Sabía tomar decisiones con mucha energía. Era muy culto, muy liberal, muy democrático. Era tan honesto que exageraba. El rumbo de Venezuela cambió con su muerte”. Y monseñor Quintero, quien mucho lo trató cuando Delgado lo nombró director del Servicio de Capellanía Militar, cuando este fue creado y fue puesto en las manos del entonces padre Quintero. Dijo el prelado que las notas fundamentales de su personalidad habían sido “su clara inteligencia y la rectitud de su corazón”[15]. Y Augusto Mijares: “Faltaríamos a un sagrado deber si no concluyéramos este somero recuento de acariciadas memorias con el nombre de otro excepcional venezolano que tuvimos el privilegio de observar de cerca: el coronel Carlos Delgado Chalbaud… Algún día Venezuela conocerá mejor, en retrato de cuerpo entero, todo lo que Delgado Chalbaud hubiera podido darle en patriotismo, talento, conocimientos, laboriosidad y deseo de servir a una patria mejor. Dentro de la línea de exposición que vengo siguiendo, debo conformarme con recordar su espontánea y desdeñosa pulcritud en cuanto pudiera tocar el provecho personal. Desafío demasiado temerario a los turbios intereses que le tocó detener, y que en definitiva lo entregó, inerme, al sacrificio”.

De allí también que leamos en Sangre de mariposas: “creo que esa era la misma aventura de Carlos, él creyó que podía colarse entre ese país de aventureros, de hombres de asonadas, paradas y golpes de mano” (p. 91), no se dio cuenta que “en Venezuela las guerras son personales” (p. 91), y la que hicieron contra él, hasta eliminarlo, lo fue.

Quien todo esto ha estudiado, siempre con el corazón perturbado por la perdida de un venezolano de los quilates del comandante Delgado, no puede dejar de recordar una terrible frase de otro gran venezolano dicha a Laureano Vallenilla Lanz[16]. Esto dijo el egregio doctor Gustavo Herrera Grau (1890-1953) conversando en Nueva York: “La lógica histórica no es aplicable a nuestro país. Allá triunfan los incapaces y se persigue a los dignos”. ¿Habría que poner estas líneas como epitafio frente a la tumba de Carlos Delgado Chalbaud?

[1] Oscar Silva Araque: Santa Bárbara. Maracaibo: Editorial Alfil del Oyo, 1992.

[2] Hasta entonces las grandes asambleas internacionales había sido los Concilios Ecuménicos convocados por la Iglesia católica. El primero en el cual Venezuela estuvo presente fue en el Concilio Valticano I (1869-1970). De este el presbítero José Antonio Ponte (1832-1885), futuro arzobispo de Caracas (1876-1883), quien asistió a él, como secretario del arzobispo Silvestre Guevara y Lira (1814-1882). Lo hizo en sus Recuerdos del Ilustrísimo señor Arzobispo de Caracas y Venezuela… Caracas: Imprenta de El Monitor,1884. XVI,266 p. Los 14 Puntos del presidente Wilson son: 1) Convenios abiertos y no diplomacia secreta en el futuro; 2) Libertad de navegación en la paz y en la guerra fuera de las aguas jurisdiccionales, excepto cuando los mares quedasen cerrados por un acuerdo internacional; 3) Desaparición, tanto como sea posible, de las barreras económicas; 4) Garantías adecuadas para la reducción de los armamentos nacionales; 5) Reajuste de las reclamaciones coloniales, de tal manera que los intereses de los pueblos merezcan igual consideración que las aspiraciones de los gobiernos, cuyo fundamento habrá de ser determinado; 6) Evacuación de todo el territorio ruso, dándose a Rusia plena oportunidad para su propio desarrollo con la ayuda de las potencias; 7) Plena restauración de Bélgica en su completa y libre soberanía; 8) Liberación de todo el territorio francés y reparación de los perjuicios causados por Prusia en 1871; 9) Reajuste de las fronteras italianas de acuerdo con el principio de la nacionalidad; 10) Oportunidad para un desarrollo autónomo de los pueblos del Imperio austrohúngaro; 11) Evacuación de Rumania, Serbia y Montenegro, concesión de un acceso al mar a Serbia y arreglo de las relaciones entre los Estados balcánicos de acuerdo con sus sentimientos y el principio de nacionalidad; 12)Seguridad de desarrollo autónomo de las nacionalidades no turcas del Imperio otomano, y el Estrecho de los Dardanelos libres para toda clase de barcos; 13) Declarara a Polonia como un estado independiente; 14) La creación de una asociación general de naciones, a constituir mediante pactos específicos con el propósito de garantizar mutuamente la independencia política y la integridad territorial, tanto de los Estados grandes como de los pequeños. De aquí salió la iniciativa para la conformación de una Sociedad de Naciones, antecedente de las Naciones Unidas (1945). Sobre la presencia de Venezuela en esa institución veáse Freddy Vivas: Venezuela en la Sociedad de las Naciones, 1920-1939. Descripción y análisis de una actuación diplomática. Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1981. 350 p.

[3] Sobre ambos asesinatos consultar: John Womack: Zapata y la Revolución mexicana. 2ª.ed. México: Siglo XXI Editores, 1969. XII, 443 p., el más completo estudio sobre el personaje; Leonardo Padura: El hombre que amaba los perros. 12. ed. Barcelona: Tusquets, 2011. 765 p.

[4] Tomás Polanco Alcántara: Juan Vicente Gómez: aproximación de una biografía. Caracas: Academia Nacional de la Historia, Grijalbo, 1990. 540 p. La cita procede de las p. 294-295. Este es uno de los cinco libros fundamentales sobre Gómez, los otros son los de Domingo Alberto Rangel (Gómez, el amo del poder, 1975), Ramón J. Velásquez (Confidencias imaginarias de Juan Vicente Gómez, 1979); Manuel Caballero (Gómez, el tirano liberal, 1993) y Jorge Olavarría (Gómez, un enigma histórico, 2007).

[5] Sobre este es fundamental el libro de Alejandro Gómez: Rómulo Betancourt y Partido Comunista de Costa Rica, 1932-1935. Prólogo: Manuel Caballero. Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1985. 217 p. Véase también Manuel Caballero: La internacional comunista y la revolución latinoamericana. 3ra. ed. Caracas: Alfa, 2006.  282 p.

[6] De este hay un testimonio de aquel día en carta a Ramón J. Velásquez quien la reprodujo en el inicio de su obra La caída del liberalismo amarrillo. Caracas: Norma, 2005. 512 p. Ver en las p. 37-38.

[7] Arturo Alape: El Bogotazo: memorias del olvido. 2ª. ed. La Habana: Casa de las Américas, 1983. 720 p. Incluye el relato de Fidel Castro (p.635-680) sobre aquellos hechos.

[8] Hay dos trabajos de autores venezolanos que deben tenerse en cuenta. Nos referimos a Miguel Otero Silva: El cercado ajeno. Opiniones sobre arte y política. Prólogo: Arturo Uslar Pietri. Caracas: Pensamiento Vivo Editores, 1961. 190 p. Ver: ”La chusma de Jorge Elicer Gaitán” (p. 111-129). Ensayo publicado en El Nacional, Caracas: mayo 5, 1948. El otro es el libro de William Briceño: Gaitán después de medio siglo. 3ra. ed. Prólogos: Gloria Gaitán y Oscar Silva Araque. Maracaibo: Imp. Internacional, 2000. 368 p.

[9] Federico Vegas: Sumario. Caracas: Grijalbo, 2010. 754 p.

[10] José Antonio de Armas Chitty: Historia de la radiodifusión en Venezuela. Caracas: Cámara Venezolana de la Industria de la Radiodifusión, 1975. 288 p. La cita procede de la p. 106; Edito Ramírez: “Reminicencias de la penúltima dictadura”, en www.eluniversal.com, Caracas: enero 26, 2010.

[11] Laureano Vallenilla Lanz: Escrito de memoria. 2ª. ed. Caracas: Ediciones Garrido,1967. 478 p. La cita procede de la p. 318. Esta obra es fundamental para la comprensión del proceso histórico venezolano del siglo XX hasta 1958, al igual que la novela de mismo Vallenilla: Allá en Caracas. Caracas: Tip. Garrido, 1948. 355 p., muy elogiada por la crítica al publicarse, especialmente por el mayor crítico de aquellos días: Rafael Angarita Arvelo (1898-1971). Escrito de memoria ha sido desdeñada siempre, por razones políticas, por los que llegaron al poder en 1958, pese a su singularidad y la bella prosa en que está escrita. De la misma forma ha sido pocos los que han leído las memorias, presentadas como novela sin serlas, de Víctor Manuel Rivas (1909-1965): La cola del huracán. Madrid: Coculsa, 1968. 646 p., ambas por ser libros contrarios a Acción Democrática, pero que merecen la más seria consideración. Para Rivas “la cola del huracán” fue el 18 de octubre de 1945.

[12] Los dos varones de su primera unión, novia con quien no llegó a casarse. La hembra de su matrimonio con Lucía Levine. Las dos parejas se suicidaron al igual que su hija Elena: ¿Qué sembraría Delgado en sus parejas para terminaran así, incluso la única hija.

[13] No es la primera vez que un cadáver traspasa el tiempo en nuestra ficción. Ya sucedió en la novela de Ana Teresa Torres: Doña Inés contra el olvido. Caracas, Monte Ávila Editores, 1992. 239 p., en la cual doña Inés, una vez fallecida, sigue viva y actuante a lo largo del devenir nacional.

[14] Oscar Yanes: La verdad sobre el asesinato de Delgado Chalbaud. Caracas: Planeta, 2010. 330 p. Ver: “El doctor Ruben Jaen Centeno y la autopsia de Delgado Chalbaud” (p. 306-310). La cita procede de la p. 308.

[15] José Humberto Quintero: Discursos. Obras publicadas, 1924-1972. Caracas, Editorial Arte, 1972. XIV, 1573 p. Ver: “Como un granito de mostaza”(p. 515-1522). La cita procede de la p. 1518; Augusto Mijares: Longitud y latitud. Caracas: Ediciones Seguros Horizonte, 1971. 228 p. Ver:”Los caudillos y los líderes”(p.107-110). La cita procede de la p. 109.

[16] Laureano Vallenilla Lanz: Escrito de memoria, p. 269-270.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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